El cuidado como actividad indispensable para la perpetuación de la especie es una realidad tan antigua como el ser humano, una actividad que deviene de lo deletéreo de su dimensión corporal. Estamos, pues, ante una de esas materias que trasciende lo contingente, lo incidental, para instalarse en el núcleo mismo de la propia existencia, de una dimensión que ha seguido su propio recorrido histórico a lo largo de los siglos.
La Amplitud del Concepto de Cuidado
En este sentido, lo primero que hay que hacer notar es que no se trata de una trayectoria homogénea, uniforme, sino de una actividad que ha sido abordada desde diferentes ámbitos por diversos perfiles de cuidadores. Por ello no se puede hablar de historia de la enfermería como sinónimo de historia del cuidado, ya que esta segunda acepción es más amplia que la primera, al albergar no sólo a las enfermeras/os sino también a otros colectivos como los practicantes y las matronas.
Teniendo en cuenta esta matización se ha organizado el texto en base a tres líneas directrices: la compresión de la historia del cuidado desde el prisma de la historia general, el desarrollo específico de cada una de estas figuras del cuidado y la consideración especial de sus recorridos en el contexto español.
El Rol Histórico de las Matronas en España
Orígenes y Primeras Regulaciones (Siglos XV-XVI)
Para realizar el estudio de la historia de las comadronas tenemos que conocer los saberes y prácticas populares en torno al nacimiento. El acercamiento a este saber constituye una fuente de riqueza que nos puede aproximar al campo práctico del hacer de las comadronas. Las primeras informaciones son que a principio de siglo hay influencias por la ideología religiosa y se percibe que es una herencia de siglos anteriores.
Existe documentación de 1434 de las Cortes de Zamora y de 1448 de las Ordenanzas de Madrigal, la cual refleja la posibilidad de que las comadronas pudieran ejercer libremente su profesión de atender a parturientas para el nacimiento de sus hijos. Sin embargo, a partir de 1477 y por orden de los Reyes Católicos, se reguló este ejercicio, quedando las parteras excluidas de las profesiones médicas con reconocimiento legal.
El primer tratado que se conoce en lengua castellana sobre la necesidad de la formación de las comadronas para poder ejercer su profesión es del año 1541, autor del cual fue Damián Carbó, titulado “Libro del arte de las comadres o madrinas y del regimiento de las preñadas y paridas y de los niños”.

Distinción Rural y Urbana (Siglos XVI-XVII)
En los siglos XVI y XVII, las comadronas realizaban el ejercicio de ayudar a las mujeres a parir en el ámbito rural, dónde no llegaba el saber científico. En el ámbito urbano, eran los médicos los que llevaban el proceso de parto y las funciones de las matronas eran definidas por ellos.
Ideología, Formación y Competencia (Siglo XVIII)
En el siglo XVIII se describe que la profesión de matrona debe ser exclusiva para mujeres debido a su naturaleza y la única razón por la cual ellas pueden salir de su hogar para realizar otras funciones que no sean las tareas domésticas.
Una buena comadrona, así como una buena mujer, debía ser compasiva, paciente, con buena reputación y disposición para ayudar al prójimo y saber acompañar. Obligatoriamente debían ser devotas de la Virgen María y temer a Dios, además de saber administrar el Bautismo; si a estas cualidades se le añadía haber parido y tener el cuidado de unos niños, eran unas mujeres aptas para acompañar al parto de otras y poder protegerlas.
Todo y con esto, la formación de las matronas en el año 1750 estuvo limitada a causa de la ideología de la época. La mujer se debía al matrimonio y a la reproducción. No es hasta finales del mismo siglo que se empieza a formular la idea que las mujeres puedan formarse con fines de utilidad social, aunque existía cierto miedo por la posibilidad de transformar la estructura social y familiar.
Surgió la competencia de los hombres en esta profesión, los llamados cirujanos barberos, lo que provocó la aplicación de leyes en contra de las mujeres parteras que poco a poco fueron desprestigiándose. Básicamente se situaban en las ciudades y atendían a las familias adineradas.

Avances Académicos y Legales (Siglo XIX)
Al principio del siglo XIX, el rey que en aquel momento gobernaba, aprobó una Real Cédula cuya finalidad era la de regular la situación académico-legal de la Cirugía y sus ramas subalternas, entre ellas, la de partera.
Para poder tener el título se pedía que las comadronas debían tener unos requisitos: haber practicado la Obstetricia por espacio de cuatro años con un Facultativo o Comadrona aprobada, o bien dos años de prácticas y dos de estudios en alguno de los Colegios de Medicina y Cirugía. También se les exigía ser viudas o casadas y los mismos requisitos relacionados con el mantenimiento del orden social y la moral. En ocasiones, también el saber leer y escribir.
A principios de 1857 la Ley de Instrucción Pública (Ley de Moyano) supuso un avance importante, debido al reconocimiento de la necesidad social de aumentar la formación de toda la población, incluida la femenina. Se reglamentaron las condiciones para obtener el título de comadrona en las que, como novedad, se exigía haber recibido con aprovechamiento la Primera Enseñanza Elemental. Los estudios debían cursarse en centros autorizados donde teoría y práctica serían simultáneas, con lo que era necesario que hubiera sala de partos.
El trabajo de las matronas - informe Salamanca
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