El Imperio bizantino, también conocido como Imperio Romano de Oriente o simplemente Bizancio, representa la continuación del Imperio romano en su parte oriental. Si bien no hay un acuerdo universal entre los historiadores sobre la fecha exacta de su inicio, sus orígenes se remontan a la decisión del emperador romano Constantino I de trasladar la capital del Imperio romano de Roma a Bizancio.

El Origen y la Fundación de Constantinopla
Las luchas internas por el poder en el Imperio Romano culminaron con el ascenso de Constantino I al trono en el año 324 d.C., tras derrotar a Licinio en Bizancio. Este evento marcó un punto de inflexión, ya que Constantino decidió fundar una nueva urbe en este lugar para que fuera la capital de su imperio, reunificando los territorios orientales y occidentales. La inauguración oficial de esta nueva ciudad, conocida como Constantinopla o "Ciudad de Constantino", tuvo lugar el 11 de mayo de 330 d.C. El nombre popular de Constantinopla pronto sustituyó a la elección oficial del propio emperador de "Nueva Roma".
La elección de Bizancio como nueva capital no fue casual. La ciudad poseía un excelente puerto natural en la entrada del Cuerno de Oro y, estratégicamente ubicada a caballo entre Europa y Asia, permitía controlar el tráfico de barcos a través del Bósforo, entre el Egeo y el Mar Negro. Esta posición era fundamental para el lucrativo comercio entre Oriente y Occidente. Para convertirla en la superpotencia deseada, Constantino necesitaba atraer a la gente de la zona occidental para que viviera allí. Para conseguirlo, debía superar importantes desafíos, como traer agua potable a la metrópoli, un problema que fue resuelto bajo el mandato del emperador Valente.
Además del agua, los bizantinos tuvieron que construir un sistema para protegerse de los ataques invasores, especialmente de los hunos. Para ello, levantaron un sofisticado sistema de murallas, construidas a partir de mortero de caliza y ladrillo. Las paredes tenían una altura de nueve metros y un grosor de cinco metros. La construcción de las enormes Murallas de Teodosio, entre 410 y 413, garantizó la capacidad de resistencia de la ciudad frente a ataques tanto por mar como por tierra. Sin embargo, estas murallas sucumbieron en el año 447 debido a una serie de terremotos de alta intensidad, aunque fueron restauradas en pocas semanas antes de la llegada de los hunos.

La División del Imperio Romano y la Consolidación Bizantina
Después de la muerte del emperador Teodosio I en el año 395, el Imperio romano se dividió de forma definitiva entre sus dos hijos, dando lugar al Imperio romano occidental y al Imperio romano oriental. Este último fue conocido más tarde como Imperio bizantino. Con la separación, Constantinopla pasó a ser la capital del Imperio Romano de Oriente.
En los inicios del Imperio bizantino se empleaba el latín como idioma de la administración imperial, mientras que el griego era la lengua hablada mayoritaria. A finales del siglo IV, el Imperio bizantino estaba conformado por aproximadamente 24 millones de habitantes que poblaban un área cercana a 1.600.000 km². Los bizantinos se llamaban a sí mismos "romanos", su emperador era basileon ton Rhomaion o "emperador de los romanos", y su capital era "Nueva Roma". A pesar de esta autodenominación, los bizantinos desarrollaron su propio sistema político, prácticas religiosas, arte y arquitectura, aunque muy influenciados por la tradición cultural grecorromana, pero con rasgos distintivos.
La Época de Justiniano I y el Máximo Esplendor
La situación política de Constantinopla sufrió un importante cambio con la llegada al poder del emperador Justiniano I en el año 527 d.C. Es bajo su mandato (527-565 d.C.) cuando el Imperio bizantino alcanza su máximo esplendor. Justiniano fue un líder visionario con el objetivo de restaurar la grandeza del antiguo Imperio romano. Lanzó varias ofensivas para retomar territorios en Occidente y emprendió una campaña urbanística para revitalizar la nueva capital y convertirla en una ciudad formidable.

Con la ayuda de su competente general Belisario (ca. 500-565), Justiniano I logró recuperar territorios en el Norte de África, España e Italia, que habían sido perdidos por los emperadores de Occidente. El aumento de poder convirtió al Imperio en el mayor mercado del mundo. Los bizantinos importaban diferentes productos de Asia, especialmente seda y especias, y muchos de estos productos eran considerados artículos de lujo en Occidente. Para facilitar el comercio, los bizantinos acuñaron millones de monedas.
Justiniano I también se destacó por la creación del Código de Justiniano o Corpus Juris Civilis (Corpus de Derecho Civil), redactado por un panel de expertos legales. Este corpus recogió, editó y revisó el enorme conjunto de leyes romanas que se habían acumulado a lo largo de los siglos, una cantidad descomunal de edictos imperiales, jurisprudencia y listas de delitos y castigos. Además, durante su reinado se construyó la Catedral de Santa Sofía, una maravillosa construcción terminada en el año 537, que sirvió como catedral cristiana hasta la invasión del Imperio Otomano en 1453 y es el ejemplo arquitectónico más importante de la época bizantina, destacando por su enorme cúpula central de 30 metros de diámetro.

Estructura Social y Política Bizantina
Organización del Gobierno
Los emperadores bizantinos o basileus (o basilissa en el caso de las emperatrices) residían en el espléndido Gran Palacio de Constantinopla y gobernaban como monarcas absolutos sobre un vasto imperio. A pesar de ser un gobernante absoluto, se esperaba de un emperador, por su gobierno, la población y la Iglesia, que gobernara sabia y justamente. Y, lo que es más importante, un emperador debía tener éxitos militares, ya que el ejército era en la práctica la institución más poderosa de Bizancio. Los generales en Constantinopla y las provincias podían, y de hecho lo hicieron, destronar a un emperador que fracasara en la defensa de las fronteras imperiales y que trajera consigo la catástrofe económica.
La imagen del emperador aparecía en las monedas bizantinas, que también se utilizaban para mostrar al sucesor electo, normalmente el hijo primogénito, aunque no siempre, porque no había reglas sucesorias establecidas. Se consideraba a los emperadores como elegidos por Dios para gobernar, aunque una magnífica corona y una vestimenta de púrpura de Tiro ayudaban a reafirmar su derecho a gobernar. El gobierno bizantino seguía los modelos establecidos en la Roma imperial. Aunque el emperador era omnipotente, se esperaba que consultara a instituciones importantes, como el Senado. En Constantinopla, a diferencia de Roma, el Senado estaba formado por hombres que habían ascendido en el rango militar, con lo que no existía una clase senatorial como tal.
El funcionario más importante en Bizancio era el Prefecto del Pretorio del Este, de quien dependían todos los gobernadores regionales del Imperio, que a su vez supervisaban a los consejos de las ciudades o curae, cuyos miembros eran responsables de los servicios públicos y la recaudación de tributos en sus ciudades y territorios adyacentes. Esos consejos estaban repartidos geográficamente en unas 100 provincias, a su vez agrupadas en 12 diócesis, tres en cada una de las cuatro prefecturas del Imperio. A partir del siglo VII, los gobernadores de las diócesis, o themes, como fueron denominados tras la reestructuración, pasaron de hecho a ser comandantes militares provinciales (strategoi), con dependencia directa del emperador, al ser abolido el cargo de Prefecto del Pretorio.
Clases Sociales
Los bizantinos daban gran importancia al nombre familiar, a la riqueza heredada y al nacimiento respetable de un individuo. Los miembros de las clases altas de la sociedad poseían las tres cosas. La riqueza provenía de la propiedad de tierras o de su administración bajo una jurisdicción de administración individual. Sin embargo, no existía la aristocracia de sangre como tal en la sociedad bizantina, y tanto el patrocinio como la educación eran formas de subir en el escalafón social. La mayoría en las clases bajas seguía la profesión de los padres, aunque la herencia, la acumulación de riqueza y la ausencia de una prohibición formal de movilidad entre clases ofrecían la posibilidad de mejorar la posición social.
El papel de las mujeres bizantinas, como en el caso de los hombres, dependía de su rango social. Era de esperar que las mujeres de la aristocracia gestionaran su hogar y cuidaran de sus hijos. A pesar de que podían tener propiedades, no podían desempeñar empleos públicos, y dedicaban su tiempo libre a tejer, ir de compras, a la iglesia, o a leer (aunque no tenían una educación formal). Muchas mujeres trabajaban, igual que los hombres, en la agricultura y en diversas industrias manufactureras y servicios de alimentación. Podían ser propietarias de sus tierras o negocios, y algunas mejoraban su posición social por medio del matrimonio.
La Religión en el Imperio Bizantino
El Imperio adoptó como religión oficial al cristianismo durante el mandato de Teodosio I. El paganismo continuó practicándose durante siglos después de la fundación de Bizancio, pero fue el cristianismo el que pasó a ser un elemento característico de la cultura bizantina, afectando profundamente a su política, las relaciones exteriores, el arte y la arquitectura. La Iglesia estaba encabezada por el Patriarca u obispo de Constantinopla, que era nombrado y destituido por el emperador.
Durante el período 730-842, existió una prohibición en el Imperio bizantino de las imágenes religiosas basada en lo que Dios le recomendaba a Moisés sobre las mismas, un fenómeno conocido como iconoclasia o "destrucción de imágenes". Debido a esto, se originaron ciertas disputas entre quienes defendían esta postura y los que la rechazaban. Esta situación contribuyó a la separación del cristianismo conocida como "Cisma de Oriente", que lo dividió en dos corrientes que luchaban por la primacía de la Iglesia: los católicos fieles al Papa de Roma y los Ortodoxos defensores del Patriarca de Constantinopla. Durante la oleada iconoclasta, muchas valiosas obras de arte fueron destruidas, especialmente durante los reinados de León III y su sucesor Constantino V.
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El monacato es una característica particular de la vida religiosa bizantina. Hombres y mujeres se retiraban a monasterios donde dedicaban sus vidas a Cristo y a la ayuda a pobres y enfermos. En ellos vivían una vida sencilla, siguiendo las reglas establecidas por figuras importantes de la Iglesia como Basilio el Grande. Muchos monjes eran también estudiosos, el más famoso San Cirilo, que inventó el alfabeto glagolítico. Los monasterios se convirtieron en repositorios de textos y conocimientos, de un valor incalculable.
Expansión Geográfica y Declive del Imperio
La extensión geográfica del Imperio bizantino cambió a lo largo de los siglos al irse sucediendo los triunfos y derrotas militares de cada emperador. A los inicios de la historia del Imperio, sus territorios incluían Egipto, Siria, Jordania, Líbano y Palestina. Grecia era menos importante en términos prácticos que como símbolo de la idea que los bizantinos tenían de sí mismos como herederos verdaderos de la cultura grecorromana.
A pesar de su esplendor bajo Justiniano, el Imperio bizantino se enfrentó en sus mil años de historia a numerosos desafíos que le llevaron a su declive. A partir del siglo VII, las invasiones árabes, búlgaras y eslavas comenzaron a debilitar el imperio. Las conquistas musulmanas de los siglos VII y VIII arrebataron al Imperio sus territorios en Levante (incluyendo Jerusalén en el 637), Norte de África y el este de Asia Menor. Al menos el Imperio se mantuvo firme como un baluarte frente a la expansión árabe en Europa, con Constantinopla resistiendo por dos veces los asedios árabes.
En el siglo X, bajo el mandato de Basilio II, el Imperio bizantino experimentó un resurgimiento. Basilio II (976-1025), conocido como el "asesino de búlgaros" por sus victorias en los Balcanes, logró reconquistar el sur de Italia, controlar a los piratas de Creta y obtener victorias contra los árabes en Chipre, la Grecia continental y Dalmacia, duplicando el tamaño del Imperio. Este renacimiento fue impulsado, en parte, por la potencia militar que le otorgó al ejército bizantino la creación de una nueva arma muy poderosa: la catapulta. Sin embargo, fue el último resurgir y el comienzo de un declive paulatino e inexorable.
Después de la dolorosa derrota contra los selyúcidas en la batalla de Manzikert, en Armenia, en 1071, hubo una breve recuperación con Alejo I Comneno. En los siglos XII y XIII, el Sultanato de Rum conquistó la mitad de Asia Menor, y sobrevino el desastre cuando los ejércitos de la Cuarta Cruzada saquearon Constantinopla en 1204. Repartido entre Venecia y sus aliados, el Imperio sobrevivió solamente en el exilio, hasta su restauración en 1261. En el siglo XIV, consistía únicamente en un pequeño territorio en el extremo sur de Grecia y una franja alrededor de la capital.
Finalmente, el golpe definitivo llegó el martes 29 de mayo de 1453, cuando el sultán otomano Mehmed II conquisto Constantinopla, marcando la caída definitiva del Imperio bizantino después de casi 1.500 años de existencia.