La Tasa de Fecundidad en Europa: Un Análisis de la Década de los Ochenta y sus Consecuencias

La década de los ochenta marcó un punto de inflexión crucial en la evolución demográfica europea, caracterizada por un rápido y pronunciado descenso de la fecundidad y la natalidad. Este fenómeno, que comenzó en algunos países en la década anterior, se consolidó y generalizó, sentando las bases para un cambio demográfico estructural con profundas repercusiones económicas y sociales que se extienden hasta la actualidad.

El Caso Español: Un Descenso Acelerado en los Ochenta

El rápido descenso de la natalidad y fecundidad en España se evidencia en los siguientes hitos: en 1976 la fecundidad se situaba en 2,80 hijos por mujer, y los nacimientos sumaban 677.456. Este descenso se hizo particularmente notable en la década de los ochenta. En 1980, nacieron en España 571.018 niños, una cifra que ya reflejaba una tasa de natalidad baja y un índice de Fecundidad (número medio de hijos por mujer) de 2,21. Aunque esta cifra se acercaba al umbral de reemplazo generacional (2,1 hijos por mujer), la tendencia a la baja era ya inconfundible, especialmente al comparar con 1979 (16,17‰) o 1970 (19,5‰).

El descenso tocó fondo en 1998 con 1,15 hijos por mujer, 365.193 nacimientos y un saldo natural de solo 4.682 nuevos habitantes. La recuperación posterior ha sido muy lenta, pues en 2008 solo se consiguieron 1,44 hijos por mujer (518.967 nacimientos).

Gráfico de la evolución del número total de nacimientos en España (1975-2008), según la nacionalidad de la madre

Envejecimiento de la Población Española: El Impacto de los Ochenta

El envejecimiento de la población española se disparó cuando el nivel de vida empezó a crecer y a acercarse a los estándares europeos. En 1950, la edad media de los españoles era de 27,5 años y en 1980 de 30,4 años, lo que representaba un envejecimiento de apenas 2,9 años en 30 años. Sin embargo, en la década de los ochenta, la población envejeció tanto como en las tres décadas anteriores, sumando 2,9 años para alcanzar los 33,4 años. En los años noventa, este salto fue aún mayor, de 4,2 años, llegando a los 37,6 años.

Este hecho diferencial, la celeridad con que se produjeron estos cambios, de alta a muy baja fecundidad durante la década de los ochenta y su persistencia treinta años después, constituye un factor problemático para el mantenimiento del statu quo económico y social.

Impacto Demográfico y Económico de la Baja Fecundidad

Esta disminución drástica de la natalidad y fecundidad tendría consecuencias económicas y demográficas problemáticas al llegar esas generaciones menguadas a la edad laboral y procreadora. Primero, porque se intensificará el envejecimiento demográfico; segundo, porque se deteriorará la ratio de trabajadores por jubilados y, por último, disminuirá mucho la población en edad fértil.

Pirámide de población de España por edad y sexo (1-1-2009)

La pirámide demográfica de España, que antes aseguraba el crecimiento demográfico al tener cohortes jóvenes más numerosas, ha sufrido un cambio. Las actuales cohortes jóvenes, muy menguadas respecto a los adultos y mayores, pueden abocar a una sociedad con menos población activa y, sobre todo, con menos población total si persiste la desnatalidad actual.

Los efectos negativos están ahora en su fase de inicio, como se aprecia en el perfil de la pirámide de población. El más grave e inmediato de la desnatalidad es el rápido envejecimiento demográfico, que será especialmente intenso en las próximas décadas. Entonces llegarán a los 65 años de edad las abultadas cohortes de los adultos actuales, en las que coinciden los resultados de la alta natalidad anterior a 1977 y de la inmigración actual. Estas cohortes de adultos llegarán casi intactas a la jubilación por la alta esperanza de vida alcanzada.

El segundo efecto negativo es de orden económico y es tan importante como grave: la previsible insuficiencia de la mano de obra. Primero, por lo que afecta a la progresiva sustitución de las abultadas cohortes actuales de adultos. Segundo, y sobre todo, por la ruptura de la actual ratio entre trabajadores cotizantes y pensionistas.

La Dimensión Europea del "Invierno Demográfico"

Los datos a nivel europeo son similares a los observados en España. En los años sesenta y setenta, en los países que ahora forman la Unión Europea, nacían alrededor de siete millones de niños al año. En contraste, el INSEE, instituto de estadísticas del Gobierno francés, publicó que en 2022 habían nacido en Francia 723.000 niños, la cifra más baja desde la Segunda Guerra Mundial y un retroceso importante desde los números de los años sesenta y setenta, donde se llegaron a superar los 900.000 nacimientos al año con una decena menos de millones de habitantes.

Todos los continentes aumentan su población excepto Europa, que es cada vez más pequeña y más vieja. Si la población mundial tiene una media de edad de poco más de 30 años, los europeos rondan los 44. La caída de la natalidad y el envejecimiento, donde nacen menos niños y la gente vive más tiempo, ocurre en los 27 países de la Unión Europea.

Mapa de Europa mostrando la edad media de la población por región o país

Envejecimiento Europeo y Dependencia de la Inmigración

El envejecimiento europeo es prácticamente igual de espectacular. Los datos de Eurostat, la Oficina de Estadísticas de la Comisión Europea, hablan de una Europa que muestra cada vez más las arrugas y las canas. En los últimos 20 años, la población de la Unión Europea envejeció 5,7 años para llegar a los 44,1. En el mismo período, la población italiana envejeció 7,2 años, la española 7,1, la alemana 5,7 y la francesa 4,5 años. Las tres regiones europeas más viejas son la alemana de Chemnitz (más de 52 años de media), la Liguria italiana (cercana a los 51,5 años) y la también alemana de Sachsen-Anhalt (más de 51,2 años).

Europa es cada vez más vieja y envejece dos veces más rápido, lo que la convierte en el único continente que depende de la inmigración para no perder población. Mientras la población mundial en 1990 era un 66% de la actual, la europea ya era un 85%. La población de los países que hoy forman la Unión Europea era en 1990 el 7,23% de la población mundial y hoy es el 5,5%.

Las previsiones de la Comisión Europea indican que la población de la Unión Europea tocará su máximo entre 2025 y 2030, cuando llegue a 449 millones, para luego iniciar un descenso prolongado que se acelerará a partir de la segunda mitad del siglo, proyectando 419 millones para 2080.

08.02.2023 -Ciclo El Invierno Demográfico Español: La autodestrucción demográfica de España y Europa

El Alto Representante para la Política Exterior de la UE, Josep Borrell, ha señalado que “el invierno demográfico de Europa solo se cubre por los aportes del resto del mundo”. El occidente europeo va aumentando muy ligeramente su población gracias a la inmigración, porque el crecimiento natural es negativo. Pero el centro y el este de la Unión Europea pierden población, en gran medida debido a la emigración hacia el oeste y la escasa inmigración.

La Inmigración como Factor Moderador del Envejecimiento

Junto a la desnatalidad que se inició en España hace treinta años, se ha producido otra novedad demográfica más reciente: la llegada masiva de una inmigración joven desde países menos desarrollados. En 2008, los 108.195 nacimientos de madre extranjera representaron el 20,8% del total de nacidos en España, aunque los extranjeros representaban solo el 12,1% del conjunto de la población.

Estos nacimientos contribuyen a restaurar el desequilibrio que la desnatalidad española había introducido en el grupo joven de la pirámide de edades. La evolución más reciente de la fecundidad muestra un aumento generalizado, tanto en las españolas como en todas las nacionalidades de las extranjeras, aunque los niveles actuales están muy lejos del necesario para el reemplazo de generaciones (2,1 hijos por mujer).

Factores y Persistencia de la Baja Fecundidad

El descenso de la fecundidad, el aumento del envejecimiento y de la inmigración extranjera son propios, por lo que nos enseña la historia, del progreso económico y social de las sociedades desarrolladas. El fenómeno de la baja natalidad ocurre por igual en países con políticas sociales de ayuda a la natalidad y la familia muy potentes, como Francia o los escandinavos, o en países, como los de Europa del este, donde esas políticas son mucho más débiles. Tampoco parece importar si las leyes de aborto son muy liberales o muy restrictivas, o si la independencia de los jóvenes es temprana o tardía, o la disponibilidad de guarderías, la tasa de empleo femenino o el precio de la vivienda.

No puede afirmarse en el plano teórico que la natalidad aumenta cuanto mayores son los gastos sociales a favor de la familia y la infancia; pero más arriesgado sería decir que no tienen nada que ver. Las políticas en materia de fecundidad sin duda no pueden dirigirse a los resultados inmediatos ni ser directas, porque las decisiones que afectan a la fecundidad se sitúan en el ámbito privado de la pareja. Sin embargo, es indudable que las facilidades para alcanzar una situación económica favorable para las parejas jóvenes facilitan la toma de decisiones favorables a la fecundidad. En ese orden han de situarse las medidas que facilitan el trabajo femenino fuera del hogar.

Esto conlleva incrementar necesariamente los apoyos a la familia, a la infancia y a la juventud por parte del Estado y de la sociedad, ya que serán precisamente los beneficiarios de que existan esos ciudadanos en el futuro. Estos apoyos aún son especialmente escasos y titubeantes en España, tanto si se comparan con los existentes en otros países de Europa occidental como, sobre todo, si se atiende a las consecuencias negativas que supondrá para el país la actual desnatalidad.

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