Los niños insufribles han existido siempre, pero aquellos que surgieron en la España del nacionalcatolicismo fueron particularmente notables. A través del personaje de El repelente niño Vicente, Rafael Azcona inmortalizó los rasgos de la personalidad de estas almas exasperantes. Afortunadamente, su hermana, la díscola Pepita, servía como contrapunto perfecto.
Desde su aparición, El repelente niño Vicente se consolidó como el primer libro publicado por Azcona y su éxito fue fulminante. Esta fábula, desprovista de animales, dio lugar a un personaje que trascendió fronteras y que aún hoy forma parte del imaginario colectivo español.
El legado de El repelente niño Vicente no se limitó a su obra literaria principal. Azcona también publicó un libro de dibujos titulado Los chistes del repelente niño Vicente y numerosas tiras de humor gráfico que exploraban aún más las peripecias del personaje.
Orígenes y Evolución del Personaje
El origen de El repelente niño Vicente se remonta a las páginas de la revista satírica La Codorniz, donde apareció por primera vez a principios de la década de 1950. Más tarde, el personaje y sus historias se expandieron a otros medios, incluyendo el diario Pueblo, entre 1952 y 1954.
En el proceso de reedición del libro original, un accidente informático provocó la pérdida de la versión escaneada. Ante este contratiempo, el autor decidió reescribir la obra y, de paso, incorporar algunos episodios inéditos que en su momento no se incluyeron para evitar la censura de la legislación vigente.

Rafael Azcona: Un Maestro del Humor y la Sátira
Rafael Azcona (Logroño, 1926-Madrid, 2008) es reconocido como uno de los guionistas europeos más brillantes. Su prolífica carrera abarca alrededor de ochenta guiones para películas icónicas como El pisito, El cochecito, El verdugo y Belle Époque, entre muchas otras.
Aunque su producción cinematográfica es más conocida, su obra literaria posee un valor equiparable. Sus primeras novelas, como El repelente niño Vicente y Los muertos no se tocan, nene, están marcadas por su experiencia como humorista gráfico en La Codorniz.
La formación de Azcona fue en gran medida autodidacta. Desde joven, mostró un profundo interés por la escritura, el dibujo y el humor. En 1951, se trasladó a Madrid, donde comenzó su andadura profesional colaborando en la revista satírica La Codorniz, de la que llegó a ser redactor habitual.
Primeras Obras Literarias y Salto al Cine
Azcona debutó como novelista con obras de corte satírico que criticaban la sociedad española de la época. Entre ellas se encuentran Los ilusos (1951), El pisito. Novela de amor e inquilinato (1957), Los europeos (1960) y Los muertos no se tocan, nene (1956). Estas novelas, caracterizadas por su brevedad y acidez, denunciaban la miseria, el incipiente desarrollismo y la frustración de las clases medias y bajas.
Su incursión en el mundo del cine se produjo tras conocer al director italiano Marco Ferreri, quien le propuso adaptar El pisito (1959). El éxito inmediato de esta adaptación marcó el inicio de una exitosa carrera cinematográfica.

El éxito de las adaptaciones cinematográficas de sus novelas impulsó a Azcona a dedicarse casi exclusivamente a la escritura de guiones. Si bien dejó de publicar novelas nuevas, nunca abandonó por completo la escritura literaria. En las décadas de 1990 y 2000, el autor riojano reescribió varias de sus obras tempranas, incluyendo El repelente niño Vicente.
El Estilo Literario de Azcona
El estilo de Rafael Azcona se caracteriza por su claridad, su enfoque directo y la ausencia de barroquismos innecesarios. Sus novelas son concisas, ricas en diálogos y con una marcada teatralidad.
Predomina el humor amargo y la ironía, dirigidos contra las instituciones, la familia, la religión y la obsesión por el ascenso social. Azcona retrató de manera excepcional la España contradictoria de los años 50.
La Creación de Vicente: Un Retrato de la España de Posguerra
El primer gran éxito de Azcona fue la creación del personaje El repelente niño Vicente. Sus viñetas, chistes y textos cortos aparecieron en La Codorniz y Pueblo entre 1952 y 1954. Estas historias sirvieron de inspiración para La vida del repelente niño Vicente, publicado originalmente en 1956 por Taurus y reeditado en diversas ocasiones, incluida una versión revisada por Aguilar en 2005 con episodios inéditos.
Azcona desarrolla en breves capítulos algunos de los episodios más exagerados, absurdos y hilarantes de la infancia de Vicente. La narrativa comienza con el peculiar noviazgo de sus padres, Alberto y Victoria, y el nacimiento de su hermana mayor, Josefina, cuyo carácter rebelde pronto causa disgusto a sus sufridos padres.
Tras diez años de espera, Victoria vuelve a quedar embarazada. Para evitar otra decepción, decide leer a Menéndez Pelayo y visitar museos con la esperanza de que el futuro bebé sea formal y serio. Nace Vicente, un niño que desde muy temprano muestra un exagerado respeto por los mayores y un desmedido amor por el conocimiento.
Este niño sabelotodo, circunspecto, pedante y puritano, se convierte en la antítesis de su hermana mayor, Pepita, quien es díscola y contestataria. Vicente, a pesar de ser un buen chico en esencia, intenta convertir a todos a su alrededor al "Saber y la Virtud" mediante amonestaciones y poca tacto, logrando nulo éxito y resultados nefastos.
Actuando como una mezcla de padre, sacerdote, juez, policía y profesor, Vicente resulta insoportable y risible para sus compañeros de colegio, quienes le apodan "repelente niño Vicente", un mote que se populariza rápidamente. Las personas corrientes también se espantan ante su comportamiento. Solo su padre, don Alberto, se muestra complacido con haber tenido un "niño superdotado polifacético".
El libro se lee con una sonrisa de principio a fin, ofreciendo un retrato cómico y crítico de la sociedad española de la época. La obra sugiere una reflexión sobre la España de posguerra y la influencia del nacionalcatolicismo en la formación de la infancia.
El periodista y crítico cinematográfico estadounidense John Hopewell señaló que "quienes comprenden mejor la obra de Azcona, comprenden mejor a España", lo que subraya la profunda conexión entre su sátira y la realidad social del país.
La Conferencia que Unió a los Padres de Vicente
La unión de los padres de Vicente no se forjó en un baile, cine o excursión campestre, sino en una conferencia. Esta pareja, que prefería este tipo de espectáculos siempre que estuvieran clasificados como "Recomendada para jóvenes sin formar", eligió un evento titulado "El dinero no hace la felicidad, y donde esté la salud que se quite todo".
En esta conferencia, un financiero con vocación de aleccionar al prójimo, especialmente al económicamente débil, argumentaba que la riqueza hacía desgraciados a los ricos, mientras que los pobres eran felicísimos gracias a su pobreza.
El Matrimonio y la Rutina
El matrimonio, aunque no vivía en la opulencia, tampoco pasaba estrecheces. Residían en Madrid, en la calle de Fuencarral 133. Don Alberto, aunque aún no era jefe de administración, contaba con un sueldo que permitía cubrir gastos básicos como alquiler, acelgas, pescadillas y huevos fritos, además de ahorrar entre diez y doce pesetas mensuales.
Aunque no podían permitirse una criada, la tenían. Doña Victoria, al engordar, se dedicó a visitar y recibir visitas, lo que le dejaba poco tiempo para las tareas domésticas, como hacer croquetas.
Constituían un matrimonio bien avenido, lo que, paradójicamente, les llevaba a un aburrimiento considerable. Se levantaban a las ocho de la mañana. Don Alberto, fiel a las tradiciones, desayunaba un par de porras remojadas en café, a pesar de que los jugos gástricos se convertían en ácidos abrasivos. Tras despedirse de su esposa con la frase ritual "Y ahora al ministerio, a cumplir con mi misión de probo funcionario", omitía la parte de "que consiste en ponerle trabas y cortapisas a toda cabeza de contribuyente que se asome a la ventanilla".
Por las noches, la cena consistía siempre en huevo frito con croquetas. El aburrimiento acumulado durante el día los dejaba completamente estupidizados y prácticamente dormidos al acostarse. No es de extrañar, por tanto, que la pareja tardara en concebir a su primer hijo.
