La Quinta del Biberón: Jóvenes en la Batalla del Ebro

La Guerra Civil Española, desarrollada entre 1936 y 1939, dejó miles de historias marcadas a fuego en la memoria de quienes sobrevivieron a un conflicto bélico que nunca debió ocurrir en una España dividida. Entre estos incontables capítulos, se encuentra el de la llamada ‘Quinta del Biberón’ o ‘Leva del Biberón’, un acontecimiento atroz que siempre estará vivo y que nunca deberá caer en el olvido.

Contexto de la Guerra Civil y la Creación de la "Quinta del Biberón"

Cuando la guerra entraba en su tercer año de conflicto, las víctimas mortales alcanzaban las decenas de millares en ambos bandos. El ejército republicano padecía con gravedad el empuje del bando nacional y comenzó a tomar medidas de urgencia, a menudo injustas en un panorama cada vez más desequilibrado. En un esfuerzo por alargar el conflicto, con la esperanza de que estallara un conflicto europeo que posicionara a Francia y Reino Unido a favor de la República, se tomó la decisión de reclutar a jóvenes que hasta entonces se habían considerado demasiado jóvenes para luchar.

El gobierno republicano reclutó a 30.000 hombres que conformaron la ‘Quinta del biberón’. Esta leva, conocida como la "Leva del 41", estaba compuesta mayoritariamente por jóvenes de 17 años, aunque también incluía a algunos mayores, muchos de ellos casados. Sus primeras labores fueron puramente auxiliares en enfermerías, comedores y como mensajeros, pero poco tiempo distó entre la llamada a filas y la incorporación de estos ‘niños’ y adultos al campo de batalla.

El Llamamiento a Filas y la Instrucción

El 28 de abril de 1938, muchos de estos jóvenes, como Joan C., natural del Pla de Cabra, cambiaron su situación de espectadores por la de actores. Se presentaron en la Caja de Reclutas de Tarragona tras ser llamados a filas escasos días antes. La situación era convulsa y precipitada, y a los reclutas se les pedía llevar consigo una manta, una escudilla y cubiertos. Les entregaron 30 pesetas. Sin pasar por casa, los llevaron a Samá, un Centro de Instrucción Provincial entre Montbrió y Cambrils. Allí se alojaron en barracones, los "niños" junto con soldados y reclutas de quintas anteriores (la 27 y 28).

Al día siguiente, con el toque de diana, los sacaron de los camastros para un rápido reconocimiento médico a cargo del Dr. Farré. La instrucción fue muy básica y apresurada. Se les entregó un fusil Mauser checoslovaco del calibre 7'92, más corto que el modelo 98, sin casco, gorro o cinta para el fusil. Así, los reclutas, como Joan C., caminaron hacia Botarell con el resto de su compañía. Posteriormente, en camiones, fueron trasladados a Llardecans, pasando por Cambrils, y a la semana, a Maials. Este patrón de movilización se repitió "un sin fin de veces" a varios lugares. Según contaba Joan C., no iban muy pertrechados de munición, apenas 150 balas y alguna granada de mano, lo que daba un protagonismo relevante a la bayoneta calada en el cañón de aquel pesado Mauser, convirtiendo el conjunto de adolescente, fusil y bayoneta en un instrumento de carnicería. Joan C. siempre durmió acurrucado, apoyando la cabeza sobre el macuto, en una actitud que tenía algo de feto intrauterino. Su primera carta a casa fue el día del alistamiento, informando a su familia de la situación convulsa y precipitada, y de las 30 pesetas recibidas.

Foto de billetes de 30 pesetas de la época de la Guerra Civil Española

La Batalla del Ebro: El Bautismo de Fuego

La Batalla del Ebro fue la más larga y sangrienta de la Guerra Civil, extendiéndose por 113 días de bombas, disparos, hambre y terror. Más de 13.000 hombres murieron en la última gran ofensiva del Gobierno republicano.

A mediados de agosto de 1938, cerca de Vilalba dels Arcs, Joan C. se encontraba en una posición conocida como "La Targa". Este complejo de fortines de hormigón era un verdadero bastión, guarnecido con nidos de ametralladoras y morteros de 50mm, un objetivo militar claro. Los alrededores eran terreno descubierto y los viñedos ofrecían poco abrigo en caso de asalto. Aquel día, la batalla fue intensa. Por la mañana, un bombardeo aéreo los despertó, y pudieron ver cómo un avión enemigo caía, aparentemente impactado. A pesar del miedo, Joan C. se mantuvo firme, incluso cuando algo que no explotó cayó cerca de él y de su compañero Ramón.

Poco después de la acción aérea, comenzó un nutrido cañoneo de artillería. Aunque los disparos quedaban largos y no causaron destrozos en su posición, la intensidad era tremenda. Tras la acción de la artillería enemiga, se hizo un "silencio denso y tranquilizador", que fue el preludio del ataque terrestre. Los atacantes eran Requetés Catalanes, conocidos por ser aguerridos en combate. Los morteros republicanos respondían con fuego a los que avanzaban por el viñedo. Defensores y atacantes tragaban el polvo fúnebre de la tierra ametrallada, con "una gran cantidad de partículas tatuadas en la piel de cara y manos". Los proyectiles de fusil llovían sobre el bastión de hormigón y los pozos de tirador, provocando muertos y heridos que "gritaban de dolor".

Aquel viñedo se convirtió en un cementerio para muchos Requetés, algunos de los cuales se hacían los muertos tras las cepas para evitar la lluvia de balas de las ametralladoras. Al anochecer, se declaró un "caballeresco alto al fuego" para permitir a los rivales retirar a sus caídos de la "tierra de nadie" que fue aquel viñedo maldito. Bajo los pinos de esa zona, aún se pueden apreciar los restos de hormigón de la posición "Targa", aunque nada queda de las dos trincheras circulares o los pozos de tirador.

Infografía o esquema de las fortificaciones de

La Cruda Realidad y el Legado de los "Biberones"

Los "niños" de la Quinta del Biberón a menudo fueron adoptados por la mayoría de los veteranos en el frente. Sin embargo, la guerra también reveló la brutalidad humana. Joan C. presenció una escena "repugnante": un suboficial apuntando con su pistola a uno de los "biberones" que se negaba a subir a una colina. Este suboficial era "odiado por todos", y su asunto sería zanjado más tarde.

En otro momento, cerca de la reserva de Pàndols, un teniente republicano hizo un gesto de saludo en respeto a los caídos del bando rival, a riesgo de recibir un tiro. Días más tarde, este oficial sería fusilado. Joan C. relató también haber recogido, junto con su "hermano de armas" Ramón Camats, un total de 207 cuerpos de compañeros durante los días que estuvo en aquellos escenarios, 165 con nombre o apodo y 42 desconocidos. Aquello fue su guerra, su batalla, para un joven de 17 años que no sabía el significado de cada uno de los dos ejércitos. Los jóvenes que sobrevivieron de aquella quinta se hicieron "viejos de golpe".

La experiencia de Jaume, otro de los últimos supervivientes de la ‘Quinta del biberón’, es un testimonio invaluable. Con 17 años, tuvo que entrar en el frente. Su primera noche evidenció la inocencia de esos niños: "El primer día que nos llevaron allí había paja para dormir por la noche pero no dormimos. Todo el mundo jugando con la paja... No teníamos idea de lo que era una guerra". La crudeza del conflicto llegó al punto de que Jaume cogió una infección por beber del río Ebro, repleto de cadáveres.

"La Quinta del Biberón: Jóvenes en el Infierno de la Guerra Civil"

El Fin de la Guerra y el Destino de los Supervivientes

Corrieron los meses a la par que la invasión franquista en las ciudades españolas. La ofensiva de Cataluña no terminaría hasta febrero de 1939. Más de la mitad de estos jóvenes reclutados no consiguieron ver acabar la guerra. Sin embargo, la suerte de los que sobrevivieron fue muy dispar: una parte de ellos acabaron prisioneros por los ejércitos del dictador Francisco Franco; otra parte consiguió abandonar el país y la dictadura que no compartían, llegando a Francia donde vivirían, si no corrían la mala suerte de ser capturados y encerrados en campos de concentración.

Otros no salieron de España terminada la guerra y acabaron presos en Vitoria, Miranda de Ebro, Zaragoza, Barcelona e incluso en el Sáhara español. La mayoría de estos jóvenes, afortunadamente, acabarían en libertad, aunque nunca olvidarían la injusticia que la situación del país les obligó a vivir. Su ideología política o la redención fueron, en muchos casos, la causa por la que los franquistas no los castigaron con mayor énfasis. Muchos de ellos reconocieron posteriormente haber sido coaccionados u obligados a alistarse al bando republicano por orden de Manuel Azaña.

Desde 1983, un número reducido de supervivientes y familiares de esta quinta formaron la ‘Agrupación de Supervivientes de la Leva del Biberón’, una organización que ha rememorado diversos actos relacionados con el trágico suceso de una guerra entre españoles, manteniendo viva la memoria de aquellos jóvenes que fueron arrancados de su infancia para luchar en la Batalla del Ebro.

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