A mediados de 1938, la situación para la República Española era desesperada en el contexto de la Guerra Civil. En febrero de ese año, las tropas sublevadas habían ocupado Teruel, y el general Franco preparó una ofensiva en un amplio frente en Aragón con quince divisiones de infantería, además del Corpo di Truppe Volontarie (CTV) italiano. En poco más de un mes, los sublevados llevaron a cabo el más espectacular de sus avances, llegando, incluso, a amenazar València y Barcelona. El avance franquista resultó casi un paseo militar. El 10 de marzo se reconquistó Belchite, ocupado en agosto anterior por la República. Por primera vez en la guerra, se emplearon los carros de combate de forma concentrada y como punta de lanza, de acuerdo con las teorías de la Blitzkrieg, o guerra relámpago.
El pánico cundió rápidamente. El 13 de marzo, los franquistas ocuparon Montalbán. El 14, el CTV tomó Alcañiz. Para el día 17, Caspe estaba también en manos de los sublevados. Entre el 23 y el 30 de marzo, los alzados tomaron la amplia zona aragonesa que había sido ocupada en el verano de 1936 por las columnas milicianas salidas de Barcelona. Mientras tanto, en la parte sur de Aragón, las divisiones franquistas avanzaron por la meseta del Maestrazgo. El avance sublevado se basaba en una logística de alto nivel, que complementaba la superioridad táctica y organizativa de las fuerzas de Franco. El 15 de abril de 1938, las brigadas navarras al mando del general García Valiño llegaron al Mediterráneo en Vinaròs, dividiendo el territorio republicano. Hacia el día 19, los sublevados controlaban ya 60 kilómetros de la orilla mediterránea. La responsabilidad del desastre se atribuyó al ministro de Defensa Nacional Indalecio Prieto, quien se vio obligado a dimitir.

El Origen y la Movilización de la "Quinta del Biberón"
El bando republicano, que había sufrido repetidas derrotas y pérdida de territorio, sufría una grave carencia de efectivos humanos. En respuesta al fulgurante avance franquista, el nuevo gobierno de la República se vio obligado a movilizar nuevas levas. Al principio de la guerra, las fuerzas gubernamentales habían consistido en milicias voluntarias, más tarde militarizadas e incorporadas al Ejército Popular. La edad habitual para el servicio militar era de veintiún años, pero, a mediados de 1937, ambos bandos ya habían incorporado a filas a mozos más jóvenes.
Para cubrir las numerosas bajas, se ordenó la realización de nuevas quintas el 13 de abril de 1938. Entre ellas, se encontraba la Quinta del 1941, que estaba formada por aquellos que deberían ir a servir en el año 1941 cuando tuvieran 21 años, pero las necesidades de la guerra les obligaron a hacerla cuando tenían 17 o 18 años. Se cree que recibió este nombre cuando la líder anarquista Federica Montseny se refirió a todos ellos de esta manera: «¿Diecisiete años? ¡Todavía toman el biberón!». Fue el nombre que se dio a las levas de 1938 y 1939 en todo el territorio que aún controlaba la España republicana durante los últimos años de la guerra civil española, y fue movilizada a finales de abril de 1938. En total fueron llamados a filas unos 30.000 jóvenes, venidos de todo el territorio nacional del lado republicano: Murcia, Cataluña y Valencia, entre otras.
La Experiencia del Frente: Un Joven "Biberón" en Guerra
Un 28 de abril de 1938, muchos de estos jóvenes vieron cómo su situación de espectadores cambiaba a la de actores. Al ser llamados a filas, escasamente unos días antes, se presentaron en las Cajas de Reclutas de ciudades como Tarragona. El bagaje que se pedía para la incorporación era básico: una manta, una escudilla y cubiertos. Aquel día, todo parecía muy convulso y precipitado. Les informaron: «Sois la leva del 41». Y aunque la mayoría tenía 17 años, también había con ellos algunos más mayores, casados la mayoría. Les dieron 30 pesetas y sin pasar por casa, los llevaron a Samá (a caballo entre Montbrió y Cambrils), el Centro de Instrucción Provincial. Los "niños" (como los llamaban) se alojaban en barracones junto con soldados y reclutas de quintas anteriores.

Al día siguiente de llegar, con el toque de diana, fueron sacados de los camastros y después del desayuno, los llamaron a formar para un rápido reconocimiento médico. La instrucción fue muy básica y apresurada. Se les entregó un fusil Mauser checoslovaco del calibre 7'92, algo más corto que el modelo 98. Salieron de allí solo con camisa y pantalón, sin casco, sin gorro, sin cinta para el fusil, caminando hacia Botarell con el resto. Aunque tenían que ir en tren, por algún motivo, no lo hicieron, siendo posteriormente trasladados en camiones a Llardecans (pasando por Cambrils) y, una semana después, a Maials. De allí, fueron movilizados una y otra vez a varios lugares.
Según los relatos de los soldados, no iban muy pertrechados de munición: apenas 150 balas y alguna granada de mano, lo que daba un protagonismo más relevante a la bayoneta calada en el cañón de aquel pesado Mauser, convirtiendo el conjunto de adolescente, fusil y bayoneta en un instrumento de carnicería. Muchos de sus días de guerra, durmieron siempre acurrucados en algún rincón, en una actitud que tenía algo de feto intrauterino, con la cabeza apoyada sobre el macuto. La primera carta a casa, escrita el mismo día de alistamiento, reflejaba la confusión y la prisa: "Les escribo estas apresuradas líneas para que sepan de mí. Todo por aquí parece muy convulso y precipitado. Nos han dado 30 pesetas. Sin nada más, reciban todo mi cariño y un fuerte abrazo de su hijo y hermano que les quiere."
Guerra Civil Española La Batalla del Ebro Primera Parte youtube original
La Batalla del Ebro: El Escenario de Fuego
Con hombres recuperados de las mejores divisiones y voluntarios que llevaban luchando desde el principio de la guerra, se constituyó el Ejército del Ebro, nutrido principalmente de cuerpos de Ejército comunistas, bajo el mando del coronel de milicias Juan Modesto, con divisiones como la 3ª de Tagüeña, la 11ª de Líster y la 45ª Internacional de Hans Khale. Los "biberones" fueron enviados a reforzar la ofensiva republicana en la Batalla del Ebro, una de las más cruentas de la guerra civil española, donde la esperanza era solo para aquellos privilegiados que consiguieran sobrevivir. También tomaron parte en batallas como las de Merengue y Baladredo, en el frente del Segre.
Cerca de Vilalba dels Arcs, a mediados de agosto, se encontraban en posiciones como "La Targa", un complejo de fortines de hormigón, un verdadero bastión guarnecido con varios nidos de ametralladoras y morteros de 50mm. Los alrededores eran terreno descubierto, y los viñedos ofrecían poco abrigo en caso de asalto. La intensidad de los combates era extrema. Una mañana, los despertó un bombardeo aéreo; uno de los aviones cayó cerca de ellos sin explotar. Poco tiempo después, comenzó un cañoneo de artillería muy nutrido, que, por suerte para ellos, no causó destrozos en su posición. Tras la acción aérea y artillera, llegó un silencio denso y al tiempo tranquilizador. Y entonces, comenzó el ataque terrestre por parte de los Requetés Catalanes, conocidos por ser muy aguerridos en combate. Los morteros castigaban a los del viñedo. Defensores y atacantes, todos tragando el polvo fúnebre de la tierra ametrallada, con partículas tatuadas en la piel de cara y manos, bajo una lluvia constante de proyectiles de fusil. Empezaban ya a tener muertos y los heridos gritaban de dolor. Aquel viñedo se convirtió en un cementerio para muchos Requetés; algunos se hacían los muertos tras las cepas para evitar la lluvia de balas de las ametralladoras. Al anochecer, se hizo un caballeresco "alto al fuego" para permitir a los rivales retirar a sus caídos de la "tierra de nadie". Bajo los pinos de aquella zona, aún se pueden apreciar los restos de hormigón de la posición "Targa".
Las Cicatrices de la Guerra y su Legado
La guerra forzó a estos jóvenes a enfrentar situaciones inhumanas. Un día, al tender una línea de enlace con otra compañía, algunos quintos presenciaron cómo un suboficial apuntaba con su pistola a un "biberón" que se negaba a subir a la colina. Otros "niños" fueron adoptados por los veteranos de la posición, que incluso mostraron respeto por los caídos del bando contrario. Días mas tarde, uno de sus tenientes que había hecho un gesto de saludo en respeto a sus caídos, sería fusilado.
La crudeza de la guerra dejaba una marca imborrable. Uno de ellos, Joan C., tuvo que recoger, junto a un compañero, 207 cuerpos de compañeros, 165 de ellos con nombre o apodo, y 42 desconocidos. Aquello fue su guerra, su batalla. Un joven de 17 años que no sabía el significado de cada uno de los dos Ejércitos, donde los jóvenes que sobrevivieron se hicieron viejos de golpe. El desprecio a la vida humana se manifestaba en actos de "justicia" sumaria, como el ajusticiamiento de un individuo odiado por todos, "veteranos y no veteranos", a quien le dieron una buena salva de despedida. «"No se siente nada, chaval"», era una frase que resumía la deshumanización que la guerra provocaba.

La guerra entre españoles, un conflicto bélico que nunca debió ocurrir dentro de una España dividida, dejó cicatrices imborrables. Lamentablemente, la guerra civil española no fue la primera ni la última en emplear menores de edad en combate. Otros conflictos como la guerra civil estadounidense o la Segunda Guerra Mundial con las Juventudes Hitlerianas, también recurrieron a niños para paliar la desventaja. Acabada la guerra, los supervivientes corrieron suertes muy diferentes: algunos se exiliaron en Francia y acabaron en campos de concentración como Argelès-sur-Mer, Saint-Cyprien y Agda; otros fueron a prisiones franquistas y campos de concentración como Vitoria y Miranda de Ebro, o a batallones de trabajadores repartidos por toda España, e incluso hicieron el servicio militar en Zaragoza, Barcelona y hasta en el Sáhara español.
La Memoria y la Visibilización: "Aquí Donde Estoy"
El 28 de abril siempre será recordado como un día triste en la historia reciente de España. En la actualidad, la historia de la "Quinta del Biberón" se visibiliza a través de proyectos como el documental
El documental recoge las entrevistas realizadas por María Castro Hernández al centenario Gabriel, recuperando al adolescente gracias a las 54 cartas que su familia conservó. En ellas, Gabriel revelaba una increíble capacidad de resistencia, un humor a prueba de bombas y una firme convicción de estar en el lado correcto de las trincheras, desarrollando a la vez un sinfín de estrategias para evitar que su familia se preocupara por su situación. «Para Gabriel, lo más importante era lanzar el mensaje de que las guerras no sirven para nada, que solo traen muertos», señala María Castro. El historiador Roc Salvadó Poy subraya en el epílogo de la novela gráfica que «vivir una guerra de adolescente, cuando se inicia la conciencia de la vida, es una gran incongruencia. Gabriel, nuestro protagonista, sobrevivió a esa incongruencia y, como tantos jóvenes de su generación, guardó los recuerdos del desastre y el de los compañeros sacrificados en el campo de batalla. Miedo, dolor y desconcierto fueron su día a día. A él y a todos los que en ella lucharon les marcó para siempre».