La evolución de la medicina y las costumbres sociales han modelado, a lo largo de los siglos, las prácticas relacionadas con el parto y, consecuentemente, el mobiliario asociado a este evento trascendental. La historia del parto es un reflejo de las civilizaciones, sus conocimientos y sus herramientas, donde las sillas o mesas de parto han ocupado un lugar particular.

Orígenes de la Medicina Especializada y el Mobiliario Obstétrico
Las mesas, sillas o sillones de exploración ginecológicas se crean cuando nacen las especialidades médicas a comienzos del siglo XIX. Con el aumento de la población, la revolución industrial, la emigración de la población rural y el desarrollo de las ciencias, surge la medicina especializada. Esto permitió que un médico pudiera dedicarse a una sola especialidad, lo que a su vez impulsó el desarrollo de técnicas de exploración, diagnóstico y tratamientos especializados, como la reinvención del espéculo en 1901.
Aunque existieron muchos modelos de mobiliario médico con elementos comunes, también se desarrollaron específicamente mesas, sillas o sillones que servían para el parto, denominados mesas de partos.
Formas Históricas del Parto y Aparición de las Sillas Parteras
El parto ha tenido diferentes formas de producirse dependiendo de la época y de las costumbres de las civilizaciones. El parto primitivo evolucionó con las formas de vida y los lugares de cada cultura. Las posiciones para parir han sido variadas, incluyendo la acostada, sentada, en cuclillas, de pie o de rodillas. Existían zonas o lugares específicos para el parto, a veces separados de la tribu, y también aparatos o elementos para facilitarlo, como las sillas de parto. Si bien la cama o el lecho siempre fue la forma habitual de tener el parto, se tiene conocimiento de la existencia de sillas o muebles para parir desde la época egipcia y mesopotámica. Sorano de Éfeso, en el siglo II d.C., ya describió la silla obstétrica en sus libros.
Las sillas parteras, conocidas también como de parto, de parir, o sillón obstétrico, fueron utilizadas inicialmente por la nobleza real y familias con grandes recursos económicos, para luego popularizarse entre las clases menos pudientes. En España, su presencia está documentada, incluso en las cantigas de Alfonso X el Sabio, donde hay un dibujo al respecto.
La Silla de Parto en la Historia de la Medicina y la Literatura
En 1513, el alemán Eucharius Rösslin publicó el tratado Der Ronsegarten (El jardín de rosas), donde explicaba el uso de la silla de parir. En España, esta técnica también era conocida. Francisco Núñez, en su Libro intitulado del parto humano (1580), tradujo la obra de Rösslin y describió los «asientos, en donde debía sentarse la parturienta llegado y momento y el modo de usarlos» por las parteras, quienes se encargaban de «menear el asiento a una y a otra parte» (fol. 28v-29v). Este mobiliario también era útil para la expulsión de la placenta (pares o secundinas) (fol. 32r).
Sin embargo, su práctica no estaba muy extendida, como destacaba Juan Alonso de los Ruices y Fontecha en sus Diez previlegios para mujeres preñadas (1606): «yo nunca la he visto en cabo alguno, que por mejor tienen un gentilhombre aun para detrás y échanle los brazos al cuello». Es más, esta técnica contaba con detractores, entre ellos el propio rey Felipe II de España. El 14 de junio de 1588, Felipe II, en una carta a su hija Catalina Micaela, duquesa de Saboya, felicitó el buen suceso de su parto, que él achacó al uso de la «camilla» y no de la silla de parto. En un revelador texto, el rey achacaba la muerte de su primera esposa, María Manuela de Portugal, en el parto del príncipe Carlos, al uso de la silla, calificándola de «cosa muy peligrosa», mientras que sus siguientes esposas, Isabel de Valois y Ana de Austria, «parieron siempre en camilla […], lo más seguro».

Ejemplos y Controversias de Sillas Parteras en Museos Españoles
Un modelo de mesa de partos del siglo XIX, de principios de siglo, era una silla transportable que se reducía a un cajón mediante tablas articuladas, transformándose en un objeto fácilmente transportable.
El Museo Municipal de San Sebastián, hoy conocido como Museo San Telmo, adquirió en 1916 una silla partera del siglo XVIII, en euskera «ume-iki-lakiyá», lo que abrió una controversia sobre su uso real en los partos. El promotor de la compra fue Telesforo de Aranzadi (Bergara 1860-Barcelona 1945), considerado padre de la Antropología vasca. Según el acta del 1 de agosto de 1916, la silla fue vendida por Agustin R. de Arcaute por veintidós pesetas y cincuenta céntimos.
Descripción de la Silla del Museo San Telmo
En la ficha del Museo de San Telmo se especifica que es una silla partera de tres patas de madera, elaborada con técnica de machihembrado y decoración torneada. Sus tres gruesas patas torneadas forman un triángulo unido por tres travesas, conformando el eje principal que se eleva hasta el final del conjunto. A este eje se une el asiento triangular. Las patas se integran con la barra superior del conjunto: la pata trasera directamente, junto a dos pequeñas travesas en ángulo de 45º, y las delanteras mediante dos travesaños torneados de unos 30 cm. Sus medidas son 88 centímetros de altura, 63,5 de longitud y 48 de anchura. En la misma reunión del 1 de agosto de 1916, el museo donostiarra aprobó la compra de otra silla partera a Benicia Azcorbe, de Legorreta, por dieciocho pesetas con sesenta céntimos.

Debates y Otras Evidencias
Según un artículo del antropólogo forense Francisco Etxeberria, titulado 'Silla vasca de parto: Siglo XVI', se sabe que en la época medieval había mujeres que daban a luz sentadas y asistidas por otras mujeres. Una forma de dar a luz documentada etnográficamente en España y Europa es la mujer parturienta sentada en las piernas de un varón, quien se sentaba en un taburete con las piernas abiertas en "uve". Etxeberria destaca que «la medicina oficial inventa un tipo de silla para parir en forma de herradura», con un efecto similar al de las piernas abiertas del varón, y afirma que «las de tres patas tienen más estabilidad y así la silla es más útil para colocarla en cualquier terreno irregular, en un caserío, etc.».
Aranzadi, en un artículo de 1916 en la revista 'Euskalerriaren Alde', ponía en valor el uso de estas sillas por las embarazadas guipuzcoanas en los caseríos, basándose en la Encuesta del Ateneo de Madrid de 1901, llegando a asegurar que era una costumbre típicamente vasca. Sin embargo, su tesis fue rebatida tres años después por Manuel de Lekuona, quien, también en 'Euskalerriaren Alde', publicó un artículo titulado 'La silla de parir'. Lekuona consideró que el «uso primitivo y ad hoc» del asiento de Itsasondo podría no ser solo para el parto, sino también para otras finalidades «corrientes», y agregó que no estaba probado que este modo de alumbramiento fuera exclusivo de los vascos, mencionando una pintura en la Catedral de Vitoria donde se veía a San Antonio de Padua sentado en una silla similar.
Además de las sillas del Museo San Telmo, la historiadora Arantza Cuesta Ezeiza ha documentado otras dos en Gipuzkoa: una en la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción en Beasain y otra en la ermita de San Miguel de Motxorro en Legazpi. Esta última, de estilo popular, se utilizaba con la mujer sentada en posición inversa a la normal, pasando las piernas a ambos lados del larguero posterior y asiendo un travesaño para hacer fuerza. Cuando la mujer no iba a tener más hijos, se añadían listones para un asiento y se usaba como silla normal.
Confusión y Falsas Atribuciones
Francisco Etxeberria también mantiene que, tras la adquisición de la pieza de Itsasondo por el museo de San Sebastián, un carpintero reprodujo y vendió copias a otros museos como supuestas sillas de parto, generando «una gran confusión» al ser estas réplicas frágiles en comparación con la silla robusta del San Telmo. Remarca que sillas parecidas aparecen en museos de Madrid y Bilbao, y advierte sobre publicaciones «absurdas» donde sillones de parto en Málaga y Badajoz resultaron ser sillas para defecar.
La Encuesta del Ateneo de Madrid (1901-1902), sobre costumbres populares de nacimiento, reveló que, aunque ancianas guipuzcoanas recordaban haber oído hablar de sillas parteras, nunca las vieron utilizar. La generalidad de las mujeres consultadas recordaba dar a luz acostadas en la cama, en decúbito supino y con las piernas flexionadas.
Aun así, el Centro de Investigación del Patrimonio Etnológico en Madrid posee una silla partera de madera de castaño, procedente de Gipuzkoa, con una estructura muy sólida de 87 cm de altura, 53 de longitud y 52 de anchura, compuesta por tres pies torneados y un asiento triangular, con chambranas torneadas y un respaldo formado por una pala torneada. Importantes eran los tirantes que actuaban de brazo y enlace. Igualmente, el Museo de Artes y Tradiciones Populares de la Universidad Autónoma de Madrid conserva una silla partera «procedente del País Vasco» de finales del siglo XIX, cuyo asiento triangular desmontable servía para ser utilizada como silla convencional después del parto.
Reflexión sobre el Parto Sentado
Considerando la rica historia del mobiliario de parto, que se remonta a civilizaciones antiguas y ha sido objeto de estudio y debate, la idea de dar a luz en una silla no es en absoluto descabellada, sino una práctica ancestral que ha acompañado a la humanidad. Quizás, como el escritor estadounidense Isaac Asimov señaló, «el peligro es que un hijo nacido en el trono casi con seguridad se echa a perder. Recibe demasiados halagos y demasiado poder, y confunde el accidente del nacimiento con las realizaciones de valor». Una humilde silla partera, en su funcionalidad histórica, puede haber ofrecido un camino más terrenal y asistido al mundo.
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