A lo largo de la historia, las mujeres han desempeñado un papel fundamental en la medicina y la sanación, a menudo desafiando prohibiciones y prejuicios. Un colectivo especialmente requerido en la sociedad medieval fue el de las matronas y sanadoras, quienes, en muchos casos, demostraban una eficiencia superior a la del médico profesional. A pesar de su crucial contribución, estos oficios fueron frecuentemente considerados despreciables, asociados al ocultismo y a la magia negra. Esta percepción se agudizaba por el hecho de que eran mujeres, vistas como seres imperfectos y dedicadas a actividades consideradas al margen de la ley o de dudosa moralidad, como la curación sin formación profesional o, en casos extremos, la brujería.
Trota de Salerno: Una Pionera de la Medicina Medieval
La figura de Trota de Salerno (siglos XI-XII) es un testimonio de la contribución femenina a la medicina. Fue una médica especializada en ginecología, parte de la Escuela Médica Salernitana, una institución laica que, a diferencia de otras de su época, permitía la incorporación de mujeres. Su figura ha estado históricamente asociada a un grupo de sanadoras, matronas, curanderas y herboristas de Salerno que practicaban una medicina preventiva, con un enfoque eminentemente práctico y empírico, basado en remedios domésticos y cotidianos.

Su labor no se centraba tanto en la curación, sino en facilitar una práctica anticipatoria que procurara un equilibrio entre la salud y la enfermedad. Dentro de este enfoque preventivo, Trota mostró un interés particular por el control reproductivo y el conocimiento contraceptivo femenino. Su obra incluye recetas de anticonceptivos y abortivos que, en los siglos posteriores, fueron ampliamente difundidas y copiadas por médicos paganos, alejados del clero. Los tres libros que se componen o se han atribuido a su medicina son: Liber de sinthomatibus mulierum (Libro de las enfermedades de las mujeres), De curis mulierum (Sobre los tratamientos de las mujeres) y De ornatu mulierum (Sobre la cosmética de las mujeres), en los que se presta especial atención a sus recetas y rituales mágicos.
Las Matronas en la Sociedad Medieval Europea
En la estructura estamental de la sociedad medieval, la figura de las matronas adquirió una relevancia destacada. Eran las mujeres que acompañaban a las embarazadas para asegurar un parto exitoso. Su presencia era fundamental en una época donde, por cuestiones morales relacionadas con la intimidad femenina, no era común que el médico asistiera el parto, interviniendo solo en situaciones de peligro para la vida del nonato.

Hasta finales de los siglos XVI y XVII, las matronas ejercían sin haber recibido formación específica, basando su trabajo en la experiencia. Algunas, sin embargo, habían memorizado manuales como el De curis mulieribus de Trota de Salerno. Además de asistir partos, eran transmisoras del saber, enseñando a futuras matronas a administrar remedios terapéuticos y asistir a las parturientas. Su experiencia era su principal herramienta, y eran el pilar de la salud reproductiva en las comunidades.
Funciones y Prácticas de las Matronas
Las funciones de la matrona trascendían el parto y el posparto, abarcando incluso un carácter testimonial o jurídico. Existen numerosos documentos que dan cuenta de esta función, como pleitos sobre herencias, testamentos en caso de muerte de la parturienta, solicitudes de nulidad matrimonial, casos de infidelidad, o la verificación de la integridad del cuerpo de la mujer en situaciones de violación.
Los tratados médicos medievales, como el Lilium medicinae de Bernardo de Gordonio (siglo XIV), ofrecían un ritual detallado para asegurar un buen parto. En él, se recomendaba escoger una matrona con manos delgadas y dedos largos para facilitar la dilatación de la matriz y la extracción del nonato. Para prevenir abortos naturales, se aplicaban recetas con ingredientes como el hisopo, la raíz de lirio, el orégano y la hierba gatera. Los textos archivísticos confirman que las matronas conocían las propiedades de las hierbas aromáticas, utilizando remedios como los baños con artemisa para acelerar el parto, disminuir el dolor y favorecer la dilatación.

Además de sus conocimientos empíricos, la fe jugaba un papel importante. Se esperaba que las matronas fueran buenas cristianas y conocieran oraciones como el Padrenuestro, el Credo y el Avemaría, destinadas a evitar partos complicados. También recurrían a objetos religiosos, como la cinta de la Virgen, que las parturientas se colocaban sobre el abdomen, y era esencial encender velas y usar amuletos, como piedras preciosas como el coral, para augurar un buen desenlace.
Las matronas también tenían la responsabilidad de administrar un bautismo de emergencia (sub conditione) en casos de peligro de muerte del recién nacido o de malformaciones. A este colectivo se unían las nodrizas, cuya labor era esencial en caso de fallecimiento de la madre o producción insuficiente de leche materna. En España, desde el siglo XII, la presencia de nodrizas reales era común, y su trabajo estaba regulado por leyes como las Siete Partidas de Alfonso X el Sabio.
La Persecución y Demonización de las Sanadoras
Durante mucho tiempo, el parto y los fenómenos asociados se ligaron a aspectos misteriosos u ocultos, atribuyéndose incluso poderes sobrenaturales a la placenta y el cordón umbilical. Esta visión, combinada con la asociación de sus prácticas a cultos paganos, hizo que la figura de la matrona fuera mal vista por la Iglesia Católica, convirtiéndolas en objetivos claros de la Inquisición. Se las acusaba de cometer crímenes, de asociarse con el demonio, y de ser brujas y hechiceras. La muerte de la criatura en el vientre materno o el aborto espontáneo eran interpretados como maldiciones, resultado de su supuesta mala praxis.

Esta persecución se formalizó con textos como el Directorium inquisitorum (1376) de Nicolau Eimeric, que dedicaba atención a la nigromancia y la invocación al demonio por parte de las mujeres, vinculando sus dotes de sanación a la hechicería. Los procesos contra las sanadoras, especialmente las matronas, se intensificaron drásticamente con el Malleus maleficarum (1486) de los inquisidores Henry Kramer y Jacob Sprenger. Este manual sirvió de guía para casi dos siglos de juicios, en los que se destacaba la supuesta autoridad de las matronas para provocar abortos y "embrujar" a los nonatos en el útero materno con solo la mirada.

Los inquisidores llegaban a afirmar que, tras el parto, la matrona sacaba al recién nacido de la habitación y lo ofrecía a Lucifer junto a los fogones de la cocina. También se documentaron acusaciones de matronas capaces de lanzar hechizos que paralizaban el cuerpo y la lengua de las parturientas.
Las Matronas en los Textos Literarios
La literatura de la época también refleja la visión mágica y a menudo negativa que rodeaba el nacimiento y el posparto. En el Libro de Buen Amor del Arcipreste de Hita, se alude a la partera con un oficio de "herbolera" y capaz de causar mal de ojo. Jaume Roig, en su obra Espill, describió cómo el ejercicio de la matrona se asociaba a la superstición, e incluso se narraban ejemplos de sanadoras que provocaban el parto o la muerte del nonato mediante hechicería.
Contrariamente a esta visión, San Vicente Ferrer predicaba que, al acercarse el parto, Cristo enviaba un buen ángel para preservar a la criatura de cualquier mal. Sin embargo, en general, los textos didácticos, literarios e históricos testimonian que el fracaso en el parto se asociaba a las malas prácticas de las matronas. La experiencia, transmitida a lo largo de generaciones, fue interpretada como una influencia de la superstición, la magia y la invocación al demonio.
Sanadoras en Culturas Antiguas y Orientales
La investigación moderna ha revelado la extensa presencia de mujeres sanadoras a lo largo de la historia en diversas culturas. La Dra. Diana Patricia Díaz Hernández, médica cirujana e investigadora, ha documentado un creciente número de estas figuras históricas, desde 291 hasta el siglo XIX, cifra que hoy ha aumentado a 383. Estas mujeres lograron ejercer su vocación a pesar de múltiples prohibiciones, obteniendo privilegios por pertenecer a familias aristocráticas o médicas, o abriéndose camino a través del ingreso a conventos, el apoyo de autoridades locales o el aprendizaje autodidacta.
Los indicios de su existencia a menudo son mínimos: una inscripción en piedra, una mención en un texto antiguo, una autobiografía olvidada. Aunque en algunos casos su existencia es debatida por la dificultad de verificación, sus huellas perviven en manuscritos, testimonios de pacientes nobles y registros académicos incipientes.
Antiguo Egipto y el Mundo Greco-Romano
En el Egipto Antiguo, dos figuras femeninas han captado la atención: Merit Ptah y Peseshet. Peseshet, quien vivió durante la Dinastía IV alrededor del 2500 a.C., cuenta con pruebas confiables de su existencia y rol médico, apareciendo en múltiples libros y artículos. Por otro lado, Merit Ptah, mencionada por primera vez por la médica e historiadora Kate Campbell Hurd-Mead, se popularizó como ejemplo de la contribución femenina a la ciencia, aunque investigaciones recientes han revelado que no hay evidencia arqueológica o documental sólida que confirme su existencia como médica.

En Europa y África antiguas, el rastro de las sanadoras es más esquivo. Se recuerdan nombres como Julia Saturnina, quien se presume fue partera, y Metrodora, autora de textos fundamentales sobre la medicina femenina. Plinio el Viejo, en su obra Historia Natural, menciona a otras sanadoras como Elefantis, Lais de Atenas, Olimpia de Tebas, Salpe y Sotira, atribuyéndoles tratamientos y prácticas. Por ejemplo, Sotira recomendaba el uso del flujo menstrual para ciertas fiebres, mientras que Olimpia de Tebas sugería remedios con grasa de serpiente o hiel de ternera para la esterilidad.
China Imperial
En Oriente, especialmente en China, las sanadoras también desempeñaron un rol crucial. A lo largo de las dinastías, desde la Xia (2070-1600 a.C.) hasta la Qing (1644-1912 d.C.), la educación médica formal para mujeres era inexistente. Sin embargo, muchas aprendían de familiares o trabajaban como sanadoras itinerantes. Un ejemplo notable es Tan Yunxian (1461-1554) de la dinastía Ming, quien aprendió de su abuela y trató inicialmente a su familia, para luego atender a mujeres que preferían no ser vistas por médicos hombres.
Medicina Tradicional Africana: Saberes Ancestrales y Resistencia
La medicina africana, a menudo sesgada por la perspectiva colonial, contaba con sistemas de salud comunitaria sofisticados, basados en el empirismo terapéutico y la observación, transmitidos oralmente durante siglos y sostenidos principalmente por redes de mujeres. Dar a luz era un proceso natural en el que las mujeres parían en casa bajo el cuidado de otras mujeres de la comunidad, algunas de las cuales ejercían como parteras tradicionales.

Estas parteras, generalmente mujeres mayores con años de experiencia, observación y asistencia en numerosos nacimientos, transferían su saber de generación en generación, creando linajes de conocimiento femenino vitales para la supervivencia de las comunidades. Por ejemplo, en la cultura Baganda, las tías (ssengas) educaban a sus sobrinas en salud sexual e higiene, preparándolas para la maternidad. Entre los yoruba de Nigeria, las parteras tradicionales (agbebi) asistían a las mujeres durante el parto en cuclillas, una posición que facilitaba la dilatación y mejoraba los resultados neonatales.
Curanderas y la Transmisión del Conocimiento
Las curanderas, herboristas y sanadoras espirituales eran la columna vertebral de estos sistemas. En África, reciben nombres diversos según la región: Iyanifa, Adahunse u Oniseegun entre los yoruba; Dibia entre los igbo; Boka para los hausa; y Sangoma o Nyanga en Sudáfrica. Cada denominación reflejaba especializaciones y enfoques distintos en el arte de curar.
La transmisión del conocimiento médico era un proceso riguroso. Las sanadoras tradicionales se organizaban en escuelas alrededor de una maestra principal (gobela), donde la estudiante o iniciada era simultáneamente curada y educada, un proceso que podía durar años (con un promedio de 7 años en estudios etnográficos sudafricanos). Este aprendizaje implicaba vivir con la maestra, siguiendo estrictos rituales de purificación y una observación constante, lo que garantizaba una profunda interiorización del conocimiento.

Dado que el saber de las sangomas era una tradición oral, el repertorio curativo de cada sanadora podía variar, aunque los principios fundamentales se mantenían. En el sur de África, sus prácticas se dividían en disciplinas como la adivinación, el uso de hierbas, el control de espíritus ancestrales, el culto de espíritus extranjeros, la percusión y la danza, y la formación de nuevas sangomas. Esta diversificación demostraba una comprensión holística de la salud, integrando cuerpo, mente y espíritu. Las doctoras tradicionales trataban a los pacientes holísticamente, buscando reconectar el equilibrio social y emocional, y su práctica era económicamente viable y socialmente valorada.
El Impacto Devastador del Colonialismo y la Resistencia
La llegada del colonialismo europeo, entre 1880 y 1910, marcó un punto de inflexión devastador para estos sistemas de salud africanos. Surgieron conflictos entre las sanadoras tradicionales y la atención sanitaria colonial, llevando a la marginación de formas de cuidado y terapia que eran significativas para muchas comunidades. Se prohibieron numerosas prácticas médicas tradicionales y se intentó controlar estrictamente la venta de medicinas herbales.

Esta subyugación se basó en la creencia etnocéntrica de que la concepción africana de enfermedad estaba ligada a la brujería. Calificar estas prácticas de "brujería" reforzó los conceptos de atraso y superstición, justificaciones para la "misión civilizadora" y el dominio colonial. Las curanderas, herederas de un conocimiento milenario, fueron evitadas, marginadas, degradadas y despreciadas. La subyugación de la medicina tradicional continuó incluso después de la independencia de la mayoría de los países africanos.
Sin embargo, la resistencia no tardó en manifestarse. En Nigeria, en 1922, un grupo de sanadoras nativas insistió en que su medicina fuera reconocida legalmente. Hoy, la medicina tradicional africana es reconocida como un sistema complejo, científico en su método de observación y experimentación, y profundamente efectivo en su contexto. Las mujeres que sostenían estos sistemas no eran brujas ignorantes ni charlatanas peligrosas, como quiso pintar el discurso colonial. La imposición del modelo biomédico occidental no representó un progreso médico para África, sino la destrucción violenta de sistemas que funcionaban, la devaluación del conocimiento femenino y la ruptura de redes comunitarias de cuidado esenciales.
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