La figura de la matrona en la España rural: El caso de Petrina en los años 60

Introducción: El legado de las parteras en la España del siglo XX

La historia que se presenta a continuación se centra en la figura de Petrina, una mujer que dedicó parte de su vida a la labor de partera en la localidad de Albares de la Ribera, un pequeño pueblo en la comarca leonesa de El Bierzo. Compaginando sus tareas en el campo, la costura y el hogar, Petrina ejerció como partera durante las décadas de 1960 y 1970. Su labor se extendió hasta que las mujeres embarazadas comenzaron a optar por dar a luz en la Residencia pública de Ponferrada, la capital de la comarca.

Adoptando los enfoques y técnicas metodológicas de la historia oral y la historia social, el testimonio de Petrina permite conocer y reflexionar sobre la atención en el momento del parto en una zona rural durante un periodo de transición. Este periodo se caracteriza por la generalización de la asistencia sanitaria a través de la Seguridad Social. Asimismo, se busca visibilizar el trascendental papel que mujeres como Petrina desempeñaron en los primeros momentos de vida de muchas personas, un papel que, por diversas razones, ha permanecido a menudo invisible.

Orígenes y desarrollo de la práctica de Petrina

El inicio de una vocación inesperada

El inicio de Petrina en la práctica de la obstetricia estuvo intrínsecamente ligado a su entorno familiar. La primera vez que asistió un parto fue al presenciar el de una cuñada. Sintió la necesidad de ayudar a la partera que atendía el alumbramiento, una mujer mayor con poca fuerza. Esta iniciación, motivada por una necesidad circundante y un deseo de cuidar, se alinea con la observación de diversos estudiosos de la materia, quienes señalan la fidelidad de las mujeres a su deseo de cuidar a sus congéneres como un rasgo histórico característico de la práctica sanitaria femenina.

Si bien la familia pudo ser una vía de entrada a este mundo, la atención puntual difiere de los cuidados que se convierten en oficio y obtienen reconocimiento. Tras su primera intervención, los sanitarios locales elogiaron su valentía, afirmando que "le salvaste la vida". A partir de entonces, comenzaron a requerir su ayuda: "el practicante venía y se encontraba él solo, pues mandaba que vinieran a llamarme a mí para estar con él, por si le hacía falta ayuda".

La consolidación como partera oficiosa

Con el tiempo, Petrina acabó atendiendo los partos de la localidad, recurriendo a los profesionales solo en casos muy específicos. La percepción de su competencia creció: "ya empezó aquello de que yo valía, y entonces ya pues cuando lo llamaban a él decía: no, no, llamar a Petrina que vaya ella".

La escasez de recursos sanitarios oficiales en aquella época, con insuficientes medios humanos y problemas de control, junto con las deficientes condiciones materiales y sanitarias de muchos hogares (carencia de agua corriente, energía eléctrica), pudo ser un factor que impulsara a los sanitarios a confiar en la disposición de Petrina para asumir esta asistencia oficiosa. A esto se sumaba la solicitud de las propias vecinas, quienes comenzaron a pedirle que las atendiera, reflejando el peso de la tradición, que históricamente había asignado esta tarea a mujeres no doctas.

El tipo de prestaciones ofrecidas también marcaba diferencias. A pesar de tener al practicante como instructor, Petrina no realizaba ciertas técnicas que las parturientas preferían, como la colocación de una palangana bajo el glúteo durante el parto. Además, en los partos que ella asistía, las decisiones recaían en los familiares y la parturienta, a diferencia de cuando intervenían los sanitarios. Autores han señalado que esta autonomía ha sido un factor determinante para que, en ocasiones, las mujeres prefirieran ser asistidas por parteras tradicionales antes que por profesionales.

La personalidad de Petrina también jugó un papel crucial: su inquietud, curiosidad, audacia e iniciativa, combinadas con prudencia y responsabilidad, le ganaron la reputación de ser "válida". Su generosidad y un fuerte sentido del compromiso con su comunidad, respondiendo a las expectativas sociales ("te llamaban y qué ibas a hacer"), completan el perfil de esta figura.

Fin de una era: La transición hacia la atención hospitalaria

La generalización de la atención sanitaria en los años 60, con la cobertura de médico y practicante, no impidió que Petrina continuara atendiendo partos durante años. Fue a principios de los años 70, con la expansión hospitalaria, cuando las mujeres de la localidad comenzaron a dirigirse a la Residencia de Ponferrada. Petrina recuerda haber promovido activamente el uso de este centro, aconsejando y derivando a las mujeres hacia él.

La práctica de la partera: Atención y cuidados

El desarrollo del parto

Cuando una mujer del pueblo se ponía de parto, la familia acudía a buscar a Petrina, quien se desplazaba al domicilio de la parturienta. Esta era acompañada por familiares que desempeñaban un papel activo desde el inicio: "nada más que tenías los primeros dolores, ellos mataban una gallina, y la ponían a cocer para preparar el caldo de gallina" que la parturienta consumiría tras el alumbramiento.

Fotografía de una cocina rural tradicional española con utensilios de cocina de mediados del siglo XX.

Lugar y postura del parto

Los partos solían atenderse en la habitación, sobre la cama. Para proteger el colchón, se colocaban ropas viejas y pieles de cordero debajo. Algunas mujeres optaban por parir en el suelo o de rodillas. La postura y el lugar eran elegidos libremente por la parturienta, "como ellas quisieran".

Normas de higiene

Siguiendo las indicaciones del practicante y el médico, Petrina se lavaba las manos con jabón antes de cualquier intervención y las desinfectaba con alcohol. En cuanto a la parturienta, no se realizaba ningún procedimiento previo al parto, aunque "las mujeres que eran limpias procuraban estar ya aseadas". Tras el alumbramiento, lavaba a la mujer con agua templada (previamente hervida) con unas gotas de alcohol, utilizando un porrón y una gasa.

Fases del parto: dilatación, expulsión y alumbramiento

Petrina no administraba medicación para calmar los dolores. Una vez que la criatura asomaba, seguía las indicaciones del practicante: "le daba media vuelta para que saliera de hombros, le agarraba por los pies, y si no lloraba luego, le daba dos pequeñitos azotes en el culo para que comenzase a llorar". Si el proceso se prolongaba, realizaba masajes abdominales a la parturienta.

Tras el nacimiento, esperaba cinco minutos para la expulsión espontánea de la placenta. Si no se producía, realizaba un masaje abdominal o manipulaba el cordón umbilical para facilitar el desprendimiento, siempre asegurándose de que la placenta saliera completa, "que no quede algo dentro". Posteriormente, la placenta se entregaba a los familiares para su entierro.

Atención del cordón umbilical

El cordón umbilical se ataba en dos puntos con hilo de carrete desinfectado en alcohol. Se cortaba por el medio y se cubría con una gasa para evitar rozaduras con la ropa.

Técnicas específicas y manejo de complicaciones

Episiotomía

En uno de los partos asistidos, Petrina realizó, junto al practicante, una episiotomía, sin sutura posterior.

"Meter mano"

La técnica de introducir la mano en la vagina para verificar la posición del feto o corregirla si venía mal colocada era una práctica habitual. "Si metes la mano y ves... por ejemplo vienen de lao o salen de culo... se lo vuelves a colocar tú".

Hemorragias

El practicante le enseñó a diferenciar una hemorragia normal de aquellas que requerían una intervención especial, como las que "hace espuma y sale rápido". En estos casos, le proporcionaba inyecciones para controlar la hemorragia.

Sufrimiento fetal

En casos de sufrimiento fetal durante el parto, se rociaba a las criaturas con agua fría para reanimarlas.

Atención al recién nacido y cuidados posteriores

Al recién nacido se le lavaba con agua templada previamente hervida. Se le vestía y se le administraban unas cucharaditas de agua de manzanilla con azúcar "pa que hagan unas cacas negras".

Petrina continuaba visitando a la madre y al recién nacido durante los días posteriores al parto, "hasta que se le caía el cordonín" al bebé o hasta que la madre se recuperaba. Una vez caído el cordón, aplicaba mercromina en la zona umbilical.

El "Bautismo de Urgencia"

En situaciones de peligro de muerte para el recién nacido, Petrina administraba el bautismo de urgencia utilizando "agua de socorro" traída de la iglesia. Ya en manuales de obstetricia de finales del siglo XIX se advertía que los sacerdotes de los pueblos eran responsables de instruir a las parteras en lo referente al Sacramento del Bautismo. Petrina recuerda haberlo realizado en una ocasión, pronunciando las palabras rituales para asegurar la salvación del alma del infante.

Cualidades para la práctica de la obstetricia

Cualidades innatas y adquiridas

Entre las cualidades necesarias para ser una buena partera, Petrina destacaba la fuerza física, mencionando la falta de ella en su predecesora por su avanzada edad. Esta característica, sin embargo, no es definitoria del sexo femenino, sino más bien una necesidad para una labor históricamente reservada a las mujeres. El resto de las cualidades eran fruto del aprendizaje, recibido de diversas fuentes: la partera, el practicante y el médico.

Ilustración antigua de una partera atendiendo un parto en un entorno doméstico.

Breve recorrido histórico de la profesión de matrona en España

Las parteras, matronas o comadronas han existido desde la antigüedad, desempeñando el papel de ayuda y acompañamiento en partos y nacimientos. En la España rural, esta figura mantuvo su relevancia durante décadas, adaptándose a los cambios sociales y sanitarios.

Antigüedad y referencias bíblicas

Las referencias bíblicas al trabajo de las parteras hebreas, como Sifrá y Puá, atestiguan su elevado prestigio social y la importancia de su labor. Textos antiguos describen la asistencia en partos distócicos, partos gemelares y la aplicación de técnicas específicas.

Edad Media y Renacimiento

A lo largo de la Edad Media y el Renacimiento, la profesión de matrona comenzó a ser regulada. Se establecieron normativas sobre su formación y práctica, con referencias legales que exigían exámenes y otorgaban cartas de aprobación para el ejercicio del oficio. Figuras como "La Herradera" asistieron nacimientos de relevancia histórica.

Siglos XVI al XVIII: Profesionalización y regulación

La promulgación de Pragmáticas por los Reyes Católicos en 1498 y la regulación por el Real Tribunal del Protomedicato aumentaron el prestigio de la profesión. Se publicaron tratados obstétrico-ginecológicos y materno-infantiles en lengua castellana, como el de Damián Carbón. La figura del cirujano comenzó a ganar terreno en la asistencia al parto, generando pugnas con las matronas tradicionales.

En el siglo XVIII, se promulgaron leyes y reales cédulas que obligaban a las parteras a pasar exámenes para ejercer profesionalmente. Se publicaron manuales de instrucción para comadronas, sirviendo como libros de texto para su formación y evaluación. Las Ordenanzas del Real Colegio de San Carlos reglamentaron los estudios de matrona, y se designaron matronas para la asistencia gratuita a los pobres.

Siglo XIX: Hacia la titulación oficial

El siglo XIX vio la consolidación de la figura de la partera como una profesional con título oficial. La Ley de Instrucción Pública de 1857 definió a la partera como "la mujer práctica en el arte de partos o que ejerce en virtud de título". Se crearon reglamentos para la enseñanza de practicantes y matronas, autorizando a estas últimas a asistir "partos y sobrepartos naturales".

Siglo XX: Modernización y especialización

El siglo XX se caracterizó por la reorganización de los estudios de matrona y la creación de escuelas oficiales. La primera escuela de matronas fundada en España fue la de Casa de Salud de Santa Cristina en Madrid. Se crearon nuevos servicios municipales de matronas para la asistencia gratuita a embarazadas.

La Ley de Sanidad Nacional de 1944 unificó las profesiones auxiliares sanitarias, creando Colegios Oficiales de Auxiliares Sanitarios. El Real Decreto de 1953 unificó los estudios de practicantes, enfermeras y matronas en el proyecto del Ayudante Técnico Sanitario (ATS), estableciendo la posibilidad de especialización.

Historia de las matronas en España (2022)

El caso de Manolita en Hoyo de Manzanares

En Hoyo de Manzanares, Manolita, Manuela Roldán Peña, desempeñó el papel de partera desde los años 50 hasta principios de los 70. Su experiencia en enfermería, adquirida en el Sanatorio antituberculoso de Miralpardo, le proporcionó habilidades en administración de medicación, curas y apoyo al equipo médico.

Su predecesora en la práctica de la partería fue su tía Feliciana, quien probablemente le transmitió sus saberes. Hasta bien entrado el siglo XVII, los hombres tenían prohibido por ley, religión o cultura asistir partos o involucrarse en aspectos íntimos de lo femenino. La alta natalidad de la época hizo que Manolita asistiera a un gran número de nacimientos en el pueblo. El médico solo intervenía en caso de problemas específicos. En ocasiones, coincidieron varios partos en un mismo día, requiriendo la presencia de Manolita en múltiples domicilios.

Tras el parto, Manolita visitaba a la madre durante dos o tres días para realizar lavados y supervisar el ombligo del bebé, que ella misma ataba con cordón de hilo preparado por la madre y cubierto con una venda de algodón sin costuras.

Además de su labor como partera, Manolita también ejerció como practicante, administrando inyecciones recetadas por el médico local. En los años 60, la prescripción de inyecciones era habitual debido a la limitada disponibilidad de medicamentos orales alternativos. El instrumental utilizado incluía un estuche metálico para la jeringuilla de cristal, que se desinfectaba con alcohol y se quemaba tras su uso, ya que las jeringuillas desechables no llegaron a España hasta 1973.

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