La historia de la tecnología y los eventos bélicos a menudo se entrelazan con relatos personales y el impacto en la sociedad. Esta exploración conjunta aborda la evolución y el legado de las máquinas de escribir, un invento que revolucionó la comunicación y el trabajo de oficina, junto a la dura realidad de los jóvenes conscriptos de la "Quinta del Biberón" durante la Batalla del Ebro en la Guerra Civil Española, un episodio que marcó a toda una generación.
La Máquina de Escribir: De la Innovación Mecánica al Icono Cultural
Orígenes e Innovación
La primera máquina de escribir mecánica fue construida en 1864 por el mecánico austríaco P. Mitteerhofer. Esta invención fue mejorada por C. L. Sholes y, en 1873, la firma Remington lanzó al mercado en Nueva York la primera máquina de escribir confiable, un invento de Christopher Sholes y Carlos Glidden, quienes vendieron la patente por 12.000 dólares. Fue en este modelo donde se introdujo el teclado QWERTY que se haría famoso. Se dice que el escritor Mark Twain fue uno de los primeros entusiastas.

Sin embargo, el diseño inicial impedía al dactilógrafo ver bien lo que escribía en la hoja. Esta limitación fue resuelta en el año 1900 por un competidor, Underwood, gracias a la inventiva del mecánico Franz Wagner. Así fue que en 1920, esta fábrica ubicada en Hartford, Connecticut, llegó a dominar la producción mundial. A partir de entonces, las innovaciones se sucedieron, y surgieron numerosos tipos de máquinas de escribir que se fueron concretando en unos pocos modelos actuales.
El Diseño Moderno: Olivetti y su Impacto
El Museo de Arte Moderno de Nueva York tiene en su colección dedicada al diseño contemporáneo varios de los modelos fabricados en la Italia de posguerra por la firma Olivetti. Es el caso de la Lexikon 80 diseñada en 1948 por Marcello Nizzoli, quien también lanzó en 1950 la Lettera 22. De los años del hippismo data la Olivetti Valentine, diseñada en 1969 por Ettore Sottsass y Perry King.

Estos diseñadores italianos renovaron el aspecto de las máquinas de escribir aplicando innovaciones de la industria automotriz, específicamente las carrocerías estampadas en acero. De pronto, esas Olivetti tenían curvas hermosas y todo lo demás -desde las teclas hasta el carro y sus bordes metálicos- se veía aerodinámico y bien proporcionado.
Modelos icónicos y su impacto cultural
Escritores y periodistas -entre ellos John Updike, Thomas Pynchon y Sylvia Plath- popularizaron la portátil Lettera 32, presentada en 1963 por Nizzoli. Se sabe que Cormac McCarthy escribió sus relatos con este último modelo, que en 2009 -en una subasta benéfica hecha en Christie’s de Nueva York- se vendió por 254.000 dólares. Luego de la subasta, McCarthy recibió otra Lettera 32 por la que pagó 20 dólares. Él declaró detestar las computadoras modernas que, ya a finales de la década de 1980, desplazaron en Occidente a las máquinas de escribir.
Declive y Legado de la Máquina de Escribir
En el Museo de Ciencias en Londres se conserva la última máquina de escribir fabricada en Inglaterra, una Brother producida en 2012, testigo de otros tiempos. En sus colecciones no faltan máquinas de origen estadounidense -como Underwood, Remington, IBM y Smith Corona- además de las alemanas Olympia y Adler, junto a las británicas Imperial Typewriter y Royal.
Ya en 1974, el experto inglés Wilfred Beeching -que en esa época dirigía el British Typewriter Museum, ubicado en Bornemouth- admitía el final de esta tecnología en su libro Century of the Typewriter, donde imaginaba el efecto de las computadoras.
La fascinante historia de las máquinas de escribir antiguas
La máquina de escribir provocó importantes cambios sociales. En varios países, miles de mujeres encontraron en la dactilografía un oficio. Además de hacer más legible la escritura convencional, hoy parece una tecnología obsoleta, pero aún se usa en países donde falla la electricidad. Las últimas máquinas se fabrican ahora en la India y en Malasia, donde no faltan dactilógrafos callejeros -como en México- dispuestos a escribir a pedido.
Los órganos esenciales de una máquina de escribir son: el teclado, o conjunto de teclas dispuestas según su frecuencia; el carro, que puede moverse sobre unas guías y lleva un cilindro de goma semiendurecida al que se enrolla el papel; y la cinta, un tejido estrecho, impregnado de tinta y sustancias higroscópicas y espesantes, que se interpone entre el tipo y el papel. El funcionamiento de la máquina de escribir se basa en la pulsación de las teclas.
Incluso en la ficción, la máquina de escribir dejó su huella. En 1891, Arthur Conan Doyle imaginó que su detective Sherlock Holmes aclaraba un asesinato por la tipografía de una de estas máquinas. “Es curioso, pero una máquina de escribir tiene tanta individualidad como una persona que escribe a mano”, dice Holmes en “A case of identity”.
La "Quinta del Biberón" en la Batalla del Ebro
La Batalla del Ebro, uno de los episodios más cruentos de la Guerra Civil Española, es un recuerdo doloroso para muchos, especialmente para aquellos que, siendo apenas adolescentes, fueron forzados a combatir. La conocida como "Quinta del Biberón", formada por jóvenes nacidos en 1921 y 1922, fue movilizada prematuramente para suplir las bajas en el frente. Los siguientes relatos se basan en las vivencias de Joan C., un joven que, con solo 17 años, fue parte de esta leva.
Contexto Histórico: Los Jóvenes Reclutas
Fue el 28 de abril de 1938 cuando Joan C., un joven del Pla de Cabra, cambió su situación de espectador por la de actor en el conflicto. Tras ser llamado a filas apenas unos días antes, se presentó en la Caja de Reclutas de Tarragona. Se les pedía una manta, una escudilla y cubiertos como bagaje para la incorporación. Aquel día, todo parecía muy convulso y precipitado, al punto que algunos habían olvidado traer consigo la escudilla o el vaso.

A estos jóvenes se les repetía: "SOIS LA LEVA DEL 41". Si bien la mayoría tenía 17 años, también había con ellos algunos soldados mayores, la mayoría casados. Al principio, les dieron 30 pesetas y, sin pasar por casa, los llevaron a Samá (entre Montbrió y Cambrils), el Centro de Instrucción Provincial. Allí, los "niños" -como los llamaban- se alojaron en barracones junto con soldados y reclutas de quintas anteriores (los de la 27 y 28).
Al día siguiente de su llegada, con el toque de diana, los sacaron de los camastros casi a empujones. Después del desayuno, los llamaron a formar para un rápido reconocimiento médico, llevado a cabo por un tal Dr. Farré. La instrucción fue muy básica y apresurada. Se les entregó un Mauser checoslovaco del calibre 7'92, algo más corto que el modelo 98. Joan C. y el resto salieron con camisa y pantalón, sin casco, sin gorro, sin cinta para el fusil, caminando hacia Botarell.
Originalmente, debían ir en tren, pero fueron trasladados en camiones a Llardecans, pasando por Cambrils, y una semana después a Maials. De allí, fueron movilizados una y otra vez a varios lugares. Según el relato, no iban muy pertrechados de munición: 150 balas y alguna granada de mano. Esta escasez de recursos daba un protagonismo más relevante a la bayoneta calada en el cañón de aquel pesado Mauser, convirtiendo el conjunto de adolescente, fusil y bayoneta en un instrumento de carnicería.
La mayoría de sus días de guerra, Joan C. durmió acurrucado en algún rincón, en una actitud que tenía algo de feto intrauterino, apoyando la cabeza siempre sobre el macuto. Su primera carta a casa, escrita el mismo día de su alistamiento, decía: "Les escribo estas apresuradas líneas para que sepan de mí. Todo por aquí parece muy convulso y precipitado. Nos han dado 30 pesetas. Sin nada más, reciban todo mi cariño y un fuerte abrazo de su hijo y hermano que les quiere." Fueron 30 pesetas las que le mandaron a la guerra, billetes aún conservados en casa.
La Experiencia de Combate: Posición "La Targa"
A mediados de agosto, cerca de Vilalba dels Arcs, Joan C. se encontraba en una posición conocida como "La Targa". Le impresionó el complejo de fortines de hormigón, un verdadero bastión que, de seguro, era un objetivo militar del bando rival, pues estaba guarnecido con varios nidos de ametralladoras y morteros de 50mm. Los alrededores eran terreno descubierto, y los viñedos ofrecían poco abrigo en caso de asalto a su posición. Aún así, fueron atacados.

Aquel día, el pánico era inmenso. De buena mañana, los despertaron con un bombardeo aéreo en una sola pasada. Pudieron ver cómo uno de los aviones caía, ya que, al parecer, algún servidor de ametralladora impactó en un alerón, dejando al aparato sin capacidad de maniobra, cayendo con cierta lentitud. Un proyectil cayó cerca de Joan y Ramón, pero, por fortuna, no explotó. Poco tiempo después de la acción aérea, empezó un cañoneo de artillería muy nutrido. Por suerte, los disparos quedaban largos, pasando los proyectiles por encima con su ronco y estremecedor silbido, y no causaron ningún destrozo en su posición. Las ametralladoras escupían fuego con mucha intensidad sobre un enemigo aún invisible. Tras la acción de la artillería enemiga, se hizo el silencio; un silencio denso y, al mismo tiempo, tranquilizador. Y entonces, comenzó el asalto.
Eran Requetés Catalanes los atacantes, conocidos por ser muy aguerridos en combate. Los morteros castigaban con fuerza a los defensores del viñedo. Defensores y atacantes tragaban el polvo fúnebre de la tierra ametrallada, con una gran cantidad de partículas tatuadas en la piel de cara y manos. Seguían lloviéndoles proyectiles de fusil en aquel bastión de hormigón y pozos de tirador. Empezaban ya a tener muertos y los heridos gritaban de dolor. Aquel viñedo fue un cementerio para muchos Requetés. Algunos se hacían los muertos tras las cepas para evitar la lluvia de balas de las ametralladoras, pues a cada movimiento respondía una ráfaga. La bayoneta de un Mauser Checoslovaco (VZ24) era a menudo la última defensa.
Al anochecer, se hizo un caballeresco "alto al fuego" para permitir a los rivales retirar a sus caídos de la "tierra de nadie" que fue aquel viñedo maldito. Bajo aquellos pinos aún se pueden apreciar los restos de hormigón de lo que fue la posición "Targa". Nada queda de las dos trincheras circulares ni de los pozos de tirador que había.
La Cruda Realidad de la Guerra
Al día siguiente de estos eventos, algunos quintos presenciaron una escena repugnante. Mientras tendían una línea de enlace con otra compañía cercana, en el puesto de mando, vieron a un suboficial, o lo que fuere, apuntando con su pistola a uno de los suyos, un "biberón", que gritaba: "¡NO QUIERO SUBIR A LA COLINA!" Los jóvenes soldados, aunque armados, tuvieron que contener su ira y siguieron su camino, desconociendo el final de aquel terrible suceso. Sin embargo, aquel oficial era odiado por todos, veteranos y no veteranos, e incluso, se dice, por los propios requetés. Los "niños" fueron adoptados por la mayoría de los veteranos de aquella posición.
Poco después de este infierno, mientras algunos formaban cerca de la reserva de Pàndols, uno de sus oficiales, un Teniente, hizo un gesto de saludo en respeto a sus caídos, a los de "ellos", puesto en pie a riesgo de recibir un tiro. Días más tarde, este teniente sería fusilado.
A finales de agosto, Joan C. no entendía un número: #207. No era una cota de alguna posición, ni un número de batallón o compañía. Eran los cuerpos de compañeros que le tocó recoger junto con Ramón Camats, su hermano de armas, durante los días que estuvo por aquellos escenarios del mismísimo infierno. De ellos, 165 tenían nombre o apodo, porque llegó a conocerlos o tratar con ellos, y 42 eran desconocidos. ¡Aquello fue su Guerra! ¡Aquello fue su Batalla! Un joven de 17 años que no sabía qué significaba cada uno de los dos Ejércitos. Los jóvenes que sobrevivieron de aquella quinta se hicieron viejos de golpe. Ese fue Joan C.
En otro momento, y en otro lugar, se hizo justicia en lo que un grupo de compañeros llamó una ceremonia: "Nuestro interés especial en aquel nauseabundo acto... lo convertimos en una ceremonia de 'hacer justicia'. Acordamos cada uno realizar el mismo número de disparos (4). Que son los que recibieron Tomás, Antoni y Josep". Joan C. solo hizo dos, sintiendo que "aquel maldito no merecía tanto", pero aún así, se llevó una buena salva de despedida. Doce individuos, que "nada vieron" de lo que le pasó a Rufino, le dieron "puerta" ese día. "..."NO SE SIENTE NADA CHAVAL"..."
Este relato es un Memorial en Honor a todos los Quintos "biberones", caídos en la Batalla del Ebro, y a todos aquellos jóvenes cuyas vidas fueron irrevocablemente marcadas por el conflicto.