Lactancio y Eusebio de Cesarea: Arquitectos de una Nueva Era Religiosa

Introducción a Figuras Clave en el Cristianismo Temprano

Lactancio y Eusebio de Cesarea son dos figuras centrales cuyo trabajo intelectual y literario se entrelaza profundamente con el surgimiento y la consolidación del cristianismo bajo el emperador Constantino el Grande. Ambos jugaron roles cruciales en la formación de la narrativa cristiana primitiva y en la articulación de su doctrina, así como en la producción de los primeros textos que conformarían el Nuevo Testamento. Sus biografías y escritos ofrecen una perspectiva fundamental para comprender los complejos procesos políticos y religiosos del siglo IV, y han sido objeto de intenso estudio y reinterpretación a lo largo de la historia.

Retrato de Lactancio y Eusebio de Cesarea, ilustración de época

Lactancio: El "Cicerón Cristiano" y Pensador Estratega

Biografía y Formación

Lucio Cecilio Firmiano Lactancio, nacido alrededor del 245 y fallecido hacia el 325, procedía de África. Fue discípulo de Arnobio. Posteriormente, abandonó África y se dirigió a Oriente, específicamente a la importante ciudad de Nicomedia, donde fue empleado por el emperador como profesor de retórica. Bien instruido en la cultura y en la filosofía antigua, se convirtió al cristianismo antes de la persecución de Diocleciano. Después del año 305, cuando Diocleciano se retiró y Galerius quedó como único dueño del Imperio en Oriente, este mandó cerrar las escuelas de retórica, y Lactancio se vio reducido a la más espantosa miseria.

De esta situación, Constantino vino a sacarlo, llamándolo a las Galias en el año 311 y nombrándolo preceptor de su hijo Crispo. En esta ocupación continuó pacíficamente hasta el fin de su vida, entretenido en la composición de sus obras. En su extrema vejez fue tutor de Crispo César, hijo de Constantino en la Galia, el mismo que luego fue condenado a muerte por su padre. Tras el envenenamiento de su discípulo, Lactancio suprimió la dedicatoria de su obra principal, las Divinæ Institutiones, a Constantino el Grande. Al mismo tiempo, Lactancio, en la nueva edición de la obra, aprovechó la ocasión para suprimir pasajes escandalosos desde el punto de vista dogmático.

Obras y Legado Literario

Muchas son las obras que escribió Lactancio antes y después de su conversión. En todas ellas aparece su estilo escogido y clasicista, que le mereció el renombre de Cicerón cristiano. Entre sus escritos cristianos, merecen especial mención las obras Sobre la operación de Dios y De la ira de Dios. Más notable todavía es otra de carácter dogmático, titulada Instituciones divinas, considerada una verdadera apología de la religión cristiana y un compendio de su doctrina. Sin embargo, en esta última obra es donde más se muestra la deficiencia de la instrucción de su autor, pues en realidad resulta floja e incompleta.

Mucho más nombre le ha dado el trabajo histórico Sobre la muerte de los perseguidores, que trata del fin trágico de los que persiguieron a la Iglesia y reúne multitud de tradiciones y leyendas sobre este tema. Es, juntamente con Eusebio de Cesarea, la fuente principal, sobre todo para la persecución de Diocleciano. A imitación de Eusebio, tiene especial predilección en citar fragmentos de autores de su tiempo, que dan un sabor de objetividad relativa a su obra.

Por otra parte, Jerónimo de Estridón, en su Varones ilustres, nos informa de más obras de este prolífico autor, de temática no religiosa, la mayoría de las cuales no han llegado hasta nosotros. Jerónimo menciona un Banquete suyo, que escribió siendo joven en África, y un Itinerario de un viaje de África a Nicomedia escrito en hexámetros, y otro libro que se llama El Gramático, muy hermoso, además de dos libros A Asclepíades, un libro De la persecución, cuatro libros de Epístolas a Probo, dos libros de Epístolas a Severo, dos libros de Epístolas a su discípulo Demetrio y un libro al mismo tiempo De la obra de Dios o de la creación del hombre.

Lactancio como "Hombre de la Idea"

Según la reconstrucción histórica de Fernando Conde Torrens, Lactancio fue el ideólogo primero y único, el auténtico Fundador del Cristianismo, al que bautizó como «el hombre de la idea». En sus «Instituciones divinas», Lactancio explica ya con todo detalle la solución y se busca una religión monoteísta que será la inmediata religión del Imperio. La necesidad imperiosa de implantar la nueva religión y volver al Dios único era el peligro inminente del fin del mundo, argumentado tan largamente por Lactancio, que dedicó a este tema todo el libro séptimo y último de su largo alegato defensor.

De esta manera, las profecías del fin del mundo, que se pusieron en boca de Jesús y Pablo, no se referían a la destrucción de Jerusalén, ni a nada relacionado con el pueblo judío, pueblo que sería vilipendiado y calumniado desde el mismo Lactancio. Esto es un indicio muy fuerte de que los Evangelios y las Epístolas paulinas fueron escritas en el mismo momento en que Lactancio muestra su preocupación, en sus Instituciones divinas, por el posible fin del mundo y lo identifica con la caída de Roma. Podríamos decir que hay un anacronismo mayúsculo entre una profecía proferida a destiempo en el siglo primero, la del final de los tiempos, cuando el auténtico final de los tiempos solo se planteó cuando lo que corría peligro fue Roma. De modo que siempre se ha tenido claro que Jesucristo, ni siquiera cuando se pensaba que pudo haber existido, podía equivocase en lo del «apocalipsis», que eso no podía ser suyo. En efecto, no era suyo, era de Lactancio, el primer ser humano que escribió en serio que el final de los tiempos podía estar cercano, planteando la idea como una forma de meter a la sociedad en cintura, a base de miedo.

Representación de un escriba o filósofo romano del siglo IV

Eusebio de Cesarea: El Historiador y Compilador Imperial

Perfil y Rol en el Imperio

Eusebio de Cesarea era uno de los mejores grammateos o escritores del Imperio. Fue bibliotecario oficial de la ciudad de Cesarea, una persona eminentemente culta, docta en varios idiomas y en Historia, y un gran defensor del Conocimiento y la Sabiduría de los antiguos maestros griegos. Constantino costeó su manutención y gastos, y Eusebio tuvo a sus órdenes a varios copistas. Eusebio fue llamado como historiador y literato para crear el entramado literario de la nueva religión que se buscaba.

La "Historia Eclesiástica" y los Códices del Nuevo Testamento

Eusebio escribió, entre otros libros, la ‘Historia eclesiástica’ y las cartas de los ‘padres apostólicos’, de quienes la Historia guarda absoluto silencio, así como también guarda sospechoso silencio de las persecuciones de cristianos. En los relatos de Eusebio, algunos de los cuales se sabe que eran de Lactancio y que Eusebio interpoló, se relacionan varios emperadores que persiguieron a los cristianos, como Nerón, de quien se dice que hizo que los cristianos fueran devorados por fieras en el Coliseo de Roma. Pero resulta que el Coliseo no existía en tiempos de Nerón, quien murió en el año 68, y el Coliseo fue inaugurado por Tito en el año 80.

Al emperador Diocleciano se le presentan la ‘Historia eclesiástica’ de Eusebio y los escritos de Lactancio como uno de los peores perseguidores de cristianos. Sin embargo, está comprobado históricamente que Diocleciano fue uno de los mejores emperadores que existieron y que instauró la Tetrarquía de cuatro Augustos más sus Césares, dejando libertad de religión a todos sus súbditos, como siempre había sido el caso en el Imperio. Solamente a Constantino, que usurpó el poder de la parte oriental del Imperio, no le agradaba la diversidad de religiones.

Eusebio tuvo a sus órdenes a varios copistas que escribieron en griego los primeros cincuenta códices del Nuevo Testamento, que fueron distribuidos entre los epískopos nombrados por el emperador. Ello indica que hasta el siglo IV no conocían los epískopos los evangelios ni las epístolas, lo cual resulta lógico al comprobar que tales clérigos fueron nombrados por el emperador en ese tiempo, pues no había epískopos cristianos anteriormente, a pesar de lo que Eusebio se obligó a escribir en su Historia. Estos cincuenta códices, que incluían el libro ‘El Pastor de Hermas’, considerado tan inspirado como los demás del Nuevo Testamento, estaban amparados por los textos de Eusebio y de Lactancio.

Manuscrito antiguo o página de códice griego

El Códice Sinaítico y la Vulgata

Algo insólito contendrían los códices griegos de Eusebio para que en el año 382 el epískopo de Roma, Dámaso, los mandase traducir al latín a Jerónimo de Estridón. Probablemente contenían algún tipo de acróstico continuo que disgustaba a los pastores de la Iglesia y que ponía en entredicho la veracidad de lo escrito. Lo cierto es que la traducción al latín de la Vulgata deshizo la disposición del texto griego. Casi todos los códices griegos fueron destruidos y sustituidos por copias de los latinos. La Vulgata de Jerónimo aprovechó gran parte de los códices de Eusebio, aunque el mismo Jerónimo confesó que se había visto obligado a reestructurar parte de los evangelios.

Se cree que el Códice Sinaíticus, el más antiguo de todos, pudiera ser uno de aquellos cincuenta códices de Eusebio. Pero el Sinaíticus ha sufrido innumerables borrados y sobrescritos a lo largo de los siglos, para tratar de adaptar los textos a la versión de la Vulgata latina. El Códice Sinaíticus es muy diferente de los demás que vieron la luz a partir del siglo V y que tenían como modelo a la Vulgata. Tan diferente es el Códice Sinaíticus que muchos eclesiásticos afirman que se trata de una auténtica herejía, ya que no incluye los textos del nacimiento de Cristo ni su resurrección y apariciones ni su ascensión al cielo. Tampoco incluye el capítulo 21 de Juan ni los pasajes de Lucas 9:51 a 18:14, estos desconocidos antes del siglo XV y conocidos por los teólogos como ‘la gran inserción’.

Comparación de fragmentos del Códice Sinaítico y la Vulgata

La Colaboración Bajo Constantino: El Nacimiento de una Nueva Religión

Constantino y el Concilio de Nicea

Son muchos los fieles e incluso los clérigos que se extrañan de que el emperador Constantino presidiese el Concilio de Nicea en el año 325. Se preguntan por qué razón no presidió el Concilio el Papa, que hubiera sido lo propio. La razón es evidente: en primer lugar, aún no existía la figura del Papa como tal; se supone que el Papa era Silvestre I, pero históricamente nada se sabe de él, salvo por los escritos eclesiásticos que se redactaron con carácter retroactivo y que alegan que Silvestre mandó una delegación al Concilio. En segundo lugar, Constantino presidió el Sínodo de Nicea porque él fue en realidad el creador de la Iglesia y nombró los primeros cincuenta epískopos, a gran parte de los cuales reunió en el año 313 en la ciudad de Arelate (hoy Arlés, Francia) para instruirles acerca de sus funciones.

A Nicea acudieron en el año 325 sesenta y cuatro epískopos de los que había nombrado Constantino, cuyo número fue ampliado después del año 313. Notorios en esta magna asamblea fueron Eusebio de Cesarea, Eusebio de Nicomedia, Osio, Atanasio y Arrio. El tema a discutir era si a Jesucristo se le consideraba Hijo de Dios o simplemente un Maestro del Conocimiento. Quedó establecido lo primero y solamente tres epískopos no estuvieron de acuerdo con el fallo, entre ellos Arrio.

Mapa del Imperio Romano con la ubicación de Nicomedia, Cesarea y Nicea

Creación de Textos Sagrados y la Nueva Ideología

Constantino, según esta perspectiva, suministraría copias de los escritos sagrados institucionales que él ordenó inventar y escribir a sus grammateos. Ellos incluyeron no pocos textos religiosos egipcios. La idea de Constantino era implantar una religión monoteísta única en todo el Imperio, a fin de evitar las constantes disputas entre los presbíteros de las diferentes religiones, algo que él pensaba que socavaba la paz romana. Hemos dejado a Constantino dominando medio Imperio en el año 312, y Lactancio había explicado ya con todo detalle la solución, buscando una religión monoteísta que sería la inmediata religión del Imperio. De todas las religiones del Imperio, solo la hebrea era claramente monoteísta.

Se escriben los textos por parte de Eusebio y se escribe la defensa de la nueva religión por parte de Lactancio, de manera coordinada. Lo que escribía Eusebio en Cesarea era enviado por correo imperial a la Galia, o adonde residiera Constantino, donde Lactancio planteaba la defensa de la nueva religión para los círculos cultos del Imperio. El tiempo de poner en marcha la operación no sería antes del 312, año en que Constantino había resuelto parte de su problema territorial. La señal la darían sus escritores contratados con la famosa visión sobre el puente Milvio, «con este signo vencerás». En ese momento Constantino ya tenía la idea entre ceja y ceja. Hemos interpretado que Jesucristo se equivocó con su visión apocalíptica, perfectamente descrita en Marcos 13, y eso se ha escrito así miles de veces. Sin embargo, esta visión era de Lactancio, el primer ser humano que escribió en serio que el final de los tiempos podía estar cercano.

CONCILIO de NICEA: Controversia sobre la NATURALEZA de CRISTO | BITE

La Personalidad de Constantino

Constantino era un joven tribuno, medio apadrinado por Diocleciano, que esperaba tener un papel relevante al lado de su padre. Cuando faltaba poco para su acceso al poder, Diocleciano cambió de opinión y lo relegó en favor de otros. Eso le impulsó a conseguir, fuera como fuera, el control que tenía Diocleciano, sobre todo el Imperio. Desalojó a sus colegas, haciéndose con el poder sobre todo el Imperio, donde implantó la religión que había ordenado crear a Lactancio y Eusebio. Era muy ambicioso, un gran general, el mejor de su tiempo. No salió derrotado en ninguna batalla de las muchas en que intervino. Pero si como general era el mejor, en temas de ideología era un profano. Se dejó engañar por Lactancio, que era un visionario, y apoyó una ideología, el Cristianismo, que era "bastante peor que otras que había ya en el Imperio". Asimismo, la fundación de una nueva capital en un lugar fácil de defender, Constantinopla en el Cuerno de Oro, iría en la línea de defender al mundo de su final, aunque también influiría la reacción de los intelectuales de Roma ante las veleidades religiosas de su Emperador.

Controversias y Discrepancias Históricas

Ausencia de Jesucristo en Anales Históricos Coetáneos

En los tiempos atribuidos a Jesucristo vivió el historiador Filón de Alejandría, uno de los principales cronistas de entonces. Sorprendentemente, Filón, gran conocedor de lo que sucedía en Judea, nada escribió sobre Jesucristo. La Iglesia alude que a Filón no le interesaba la figura de Jesús, a pesar de que su fama trascendió las fronteras debido a que curaba a enfermos y resucitaba muertos. Los anales y la Historia de Roma tampoco dan razón de Jesucristo. Y con respecto al historiador Josefo, las pocas líneas que se leen en su ‘testimonio flaviano’ sobre Jesús resulta que son espurias, insertadas posteriormente. Muchos teólogos se preguntan por qué no se conocen códices evangélicos anteriores al siglo IV, tiempo en que Eusebio de Cesarea y Lactancio formaban el equipo redactor de Constantino.

Persecuciones Cristianas: Entre el Relato y la Realidad Histórica

Eusebio guarda sospechoso silencio de las persecuciones de cristianos. En relación con las persecuciones a los cristianos a principios del siglo IV, se comunicó en su día el Peristephanon o Libro de las Coronas del hispano Aurelio Prudencio Clemente. Proclamado como el primer emperador cristiano, Constantino el Grande es reconocido como el gobernante que puso fin a las persecuciones cristianas, cambió toda la religión de un imperio y fundó una nueva ciudad capital al este de la otrora poderosa Roma. No es sorprendente que, debido a estos logros, los historiadores modernos consideren a este emperador del siglo IV como “uno de los hombres más destacados de los años en decadencia de Roma”. Una de las primeras áreas de debate sobre Constantino es sobre los eventos que llevaron a su conversión al cristianismo. Lactancio y Eusebio de Cesarea subrayaron que el símbolo cruciforme visto en el cielo y en el sueño de Constantino era la base para hacer cristiano a Constantino.

Perspectivas Modernas: La Reconstrucción de Fernando Conde Torrens

"Año 303. Inventan el Cristianismo"

En "Año 303. Inventan el Cristianismo" de Fernando Conde Torrens, se hace una reconstrucción histórica en forma novelada del proceso por el que Constantino se hizo dueño absoluto del Imperio, desplazando a todos los demás Emperadores. El escritor irundarra desvela los secretos de su novela que ha pergeñado durante los doce años que ha estado buceando en los evangelios. Sus conclusiones son escalofriantes: toda la historia del Cristianismo se fraguó, se redactó, entre el año 303 y el 313. Todo lo escribieron dos personas, a las órdenes de Constantino: Lactancio, que era el hombre de la idea, y Eusebio de Cesarea, historiador y amigo de Constantino.

Entre los dos se repartieron el trabajo y cada uno escribió dos Evangelios. Primero Eusebio escribió el Evangelio de Marcos. Y, a continuación, Lactancio copió de este, añadiendo pasajes nuevos, el de Mateo y el de Lucas. Finalmente, Eusebio redactó el de Juan, con material inventado por él. Se cree que Lactancio murió primero y Eusebio tomó sus Evangelios, los de Mateo y Lucas, y los interpoló, añadiéndoles unos cuantos capítulos, donde colocó la marca delatora, “SIMÖN”. Eusebio dejó la misma marca escrita en cada capítulo de los Evangelios y en otros muchos escritos cristianos primitivos. El autor explica que para descubrir lo que expone en este libro, y no estaba descubierto en los dos anteriores, le han hecho falta 12 años: diez para investigar y dos para darle forma, para escribirlo. Básicamente en estos 10 años descubrió las firmas auténticas, puestas por Eusebio de Cesarea en todos los Evangelios, y la forma estructurada con que se escribía en la Antigüedad, a cuyas reglas los Evangelios no se escapan.

Infografía:

Reacciones y el Contexto de la Investigación

Las afirmaciones de Fernando Conde Torrens han despertado sorpresa e incluso incredulidad. El autor lleva 24 años profundizando en este tema y lo ha ido asimilando poco a poco, conforme iba descubriendo nuevos aspectos de la trama. Recuerda que, hace unos 15 años, revisando las Cartas de Santiago y Juan, llegó a la conclusión de que Jesucristo no había existido realmente, lo que le entró una gran tristeza. Considera que, para quien se lo dicen de repente, es natural que no lo pueda creer, pero afirma que están descubiertas las pruebas de que todos los Evangelios son obra de las dos personas citadas.

Como ingeniero industrial, Conde Torrens se dedicó a investigar sobre este tema tan alejado de su especialidad, buscando averiguar quiénes habían escrito realmente los Evangelios, cuándo y por orden de quién, ante informaciones confusas y ambiguas por parte de la jerarquía oficial. No espera ninguna reacción por parte de algún medio religioso, ya que "la mejor forma de impedir la difusión de mi libro es hacer como si no existiera".

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