Cuando una mujer no es madre o no lo desea, esto no solo se refiere al acto de parir, sino también a las prácticas sociales asociadas como amamantar, criar, educar, moralizar y proteger. En tales casos, el arrebato social parece ejercer una influencia considerable, ya que la vida de un niño o niña se percibe en juego, y con ella, la vida de la humanidad, lo que genera una tensión y una pregunta constante: ¿Cómo una mujer no querría ser madre si su cuerpo está dispuesto para aquello?

El Deseo de Maternidad desde la Perspectiva Psicoanalítica
La construcción social de la maternidad recaería en las mujeres como un destino deseado por la sociedad y la cultura patriarcal, lo que puede envolver al sujeto femenino en un profundo malestar. Sin embargo, no se debe dejar de lado el deseo de ser madre, ya que es significativo desde la historia individual de la mujer, donde puede constituir una meta y un sentido para su vida. Sigmund Freud nos indica que en nuestro inconsciente viven y se conservan los deseos más íntimos del ser humano, los cuales a menudo son invisibles y reprimidos por una cultura que los marca.
El Inconsciente y el Origen del Deseo Materno
El inconsciente de cada persona se estructura desde la niñez y es un determinante crucial en el transcurso de la vida, es decir, estamos constantemente condicionados por nuestra historia. El deseo de la madre en el psicoanálisis reconoce elementos como las pulsiones, fantasmas y huellas mnémicas que se construyen y configuran en la edad temprana de la mujer, y que sustentan el deseo de ser madre (Blaessinger, 2012).
- Para Freud (1976a), el deseo de ser madre surge de una pulsión, en la cual la mujer anhela concebir un hijo.
- Por otro lado, Lacan (2010) afirma que en la madre se aloja un deseo insaciable en el cual se instala el hijo, y en este sentido, el hijo adquiere una posición para esa madre, considerando que este estado es inconsciente.
La maternidad en la mujer se instaura desde el deseo de ser madre y permite aflorar identificaciones inconscientes con su figura materna que surgieron en la edad temprana. No obstante, se considera que el deseo materno se configura en el vínculo que se establece entre madre e hija y en lo que esta le transmite al infante, pero es fundamental comprender el modo en que cada mujer asumirá la maternidad.
Lacan y el Goce en la Maternidad
Para Lacan (2015), el deseo materno se relaciona con el goce, el cual posibilita que el hijo se le presente a la madre en cierta representación, puesto que, el niño, siendo un objeto fálico, representa un goce en la mujer.
La Comprensión del Deseo: Freud, Hegel y Lacan
Freud encontraba en el deseo una explicación de la formación del síntoma, un recurso que evitaba las causalidades biologicistas y daba paso a la comprensión del inconsciente. Comprendía que existen deseos que causan la formación de los sueños y los vinculaba con una realización espontánea de su meta, a manera de una realización alucinatoria (Fernández Durán, 2019).
El Deseo como Reconocimiento y la Diferencia entre Désir y Wunsch
Desde la óptica de Kojève, Hegel comprendía el deseo como el deseo de reconocimiento por el otro, es decir, que el deseo es un punto clave para que el hombre sea hombre, pues esto solo puede suceder ante los ojos del otro (Kojève, 1996).
Lacan establece una diferencia entre el deseo (Désir) y el Wunsch freudiano. Él señala que el Wunsch es un deseo ya formulado; es decir, un deseo ya articulado en la cadena significante que “se satisface con ser”, que no se satisface sustancialmente, sino solamente verbalmente en las apariencias del sueño. Lacan descubre que lo que se muestra en el sueño es lo anhelado, es decir, el enunciado del anhelo. El anhelo, por su parte, es la máscara de lo más profundo que hay en la estructura del deseo (Fernández Durán, 2019).
Por otro lado, el anhelo no es lo mismo que el deseo, sino una más de sus máscaras que se presenta mediante el sueño. Freud establece que existe otra diferencia entre el concepto de deseo freudiano y lacaniano: el origen del deseo freudiano es por una satisfacción ordinaria, mientras que en Lacan es por la falta.
Características del Deseo según Freud
Finalmente, mediante Freud, se pueden considerar características básicas del deseo:
- El deseo es un deseo imposible en tanto es siempre insatisfecho.
- Es inconsciente, pues es un deseo que ha sido reprimido tras la trama edípica.
- Es un deseo infantil, dado que hace referencia a la satisfacción originaria perdida para siempre.
- Es un deseo indestructible.
- El deseo posee una fuerza constante (Fernández Durán, 2019).
En este sentido, el estatuto materno parece adecuarse a un registro simbólico, aparece en el lenguaje y la cultura le otorga un valor. Por esto, se considera controversial cuando se piensa que un colectivo de nuestra sociedad se valora culturalmente mediante un ejercicio que ni siquiera aparece en sus deseos (Blaessinger, 2012). La maternidad posiblemente se construye como el principal valor femenino, que permite su entrada a la cultura. Se puede llegar a decir que el deseo materno se ha construido y formado desde las etapas tempranas, y a la vez, ha sido reforzado o reducido por la cultura.
Contradicciones culturales de la maternidad Con Deimos Aguilar 🎙️
La Represión del Deseo Materno en la Sociedad Patriarcal
En nuestro orden social, la sexualidad ha quedado reducida al falocentrismo adulto; es decir, lo que se entiende por ‘sexualidad’ es una pulsión adulta que gira en torno al falo. Por ‘acto sexual’, todo el mundo entiende el coito. Para cuando la civilización occidental empieza a reconocer ‘científicamente’ la sexualidad, la mujer lleva milenios arrastrando un cuerpo sometido a este orden falocrático, un cuerpo al que se le cortan las raíces desde el comienzo de su crecimiento, al igual que a un bonsái.
El Sexo Femenino en el Orden Falocrático
El sexo femenino, constata empíricamente Freud, no existe, partiendo de lo que observa y del sesgo falocrático y misógino de nuestra civilización. En el panorama del orden sexual vigente, se determina que solo hay un sexo, el masculino; y la mujer es sentida y definida como un varón sin sexo, castrado. Sin embargo, el mismo Freud reconoció que había algo que se le escapaba, un ‘continente negro’ inexplorado, difícil de devolver a la vida, como si hubiera caído bajo una represión particularmente inexorable.
El Orgasmo Femenino: Más allá de lo Falocéntrico
Según la cultura falocrática del sexo único, el orgasmo femenino tiene que ser vaginal o clitoridiano. Sin embargo, la psicoanalista y sexóloga francesa Maryse de Choisy, después de diez años de trabajo con cuestionarios, afirma que, aunque sus investigaciones sugieren cinco tipos de orgasmos (clitoridiano, vaginal, cloacal, sin acmé o sin paroxismo y cérvico-uterino), el orgasmo femenino más auténtico es el cérvico-uterino, por su profundidad, ritmo, intensidad y extensión. Por ejemplo, Maryse de Choisy dice que apretando los muslos o los glúteos firmemente, las mujeres alcanzan un tipo de orgasmo que arranca en el centro de su cavidad pélvica, en algún punto muy profundo de su interior, sin ninguna otra estimulación. Esto explica la imagen de las sirenas, las mujeres-pez que en la Antigüedad representaban la sexualidad no falocéntrica de la mujer.
Juan Merelo-Barberá afirma que el centro del sistema erógeno femenino no es el clítoris, sino el útero, que empieza a latir propulsando olas de placer cada vez que una mujer se excita sexualmente. Pero el útero es una bolsa de tejido muscular, y los músculos que no se utilizan se agarrotan y pierden su elasticidad y su funcionalidad. Si una pierna permanece inmovilizada por 20 o 30 años, su recuperación funcional sería muy compleja.

El Parto y la Maternidad en la Sociedad Patriarcal
Los partos sin dolor y con placer existen, y ya no hace falta recurrir a lo que informa Bartolomé de las Casas sobre las mujeres del Caribe de hace 500 años o a las investigaciones realizadas por Merelo-Barberá y otros, puesto que los partos con placer y orgásmicos han sido filmados. El parto con dolor, con el útero espástico, y la maternidad robotizada, sin el impulso del deseo, fue el gran logro de la paralización de la sexualidad de la mujer.
Orígenes Históricos del Sometimiento Femenino
Hace 4 o 5 mil años, el poder de un colectivo de hombres creó una sociedad basada en el sometimiento de la mujer. Este sometimiento incluía de una manera muy especial, su sometimiento sexual; es decir, se creó una sociedad basada en la violación sistemática de los deseos de la mujer. Independientemente de que esa violación en la práctica fuese más o menos forzada o violenta, según los momentos, poco a poco se consiguió que el deseo de la mujer dejara de ser relevante, hasta que se anuló, desapareció y se limitó a la complacencia falocrática.
Las mujeres perdieron sus costumbres, sus reuniones, sus bailes voluptuosos, sus baños sensuales compartidos entre hermanas, madres, tías, abuelas, el cuerpo a cuerpo con sus criaturas. Perdieron la maternidad nacida del deseo y guiada por el placer de sus cuerpos: perdieron su forma propia de existencia, como dice Lea Melandri, una existencia impulsada por el latido del vientre; perdieron la libertad de sus cuerpos y la conciencia del mismo. El deseo sexual en la mujer pasó a ser considerado lascivo y deshonesto, para que cuando emergiera en ella, se sintiera culpable, aborreciera y se distanciara de su propio cuerpo.
Como dice la Biblia, las buenas esposas eran esclavas del señor, debían hablar lo menos posible y sentir vergüenza hasta de su marido; como madres patriarcales tenían la misión de introyectar el pudor y el recato en las hijas, convirtiéndose en la garantía de la paralización de todo atisbo de producción del deseo sexual de las futuras generaciones de mujeres. Por ello, la mujer empieza a taparse con velos y a andar tiesa como un palo. La higiene se convierte en una asepsia que elimina el olor de nuestros flujos, que es un factor específico de atracción sexual (por ejemplo, la mujer lactante atrae al bebé).
La Sexualidad Femenina Cíclica y su Represión
Es obvio que la sexualidad de la mujer (a diferencia de la del hombre) no es uniforme, no es siempre la misma; a lo largo de su vida, la mujer pasa por diferentes ciclos y estados sexuales, unos de mayor producción libidinal que otros, y sobre todo, de diferente orientación. El equilibrio emocional, tanto psíquico como orgánico, libidinal y hormonal, que sostiene nuestros cuerpos es un proceso ondulante, cíclico. Por eso la luna, que aparece en el cielo cambiando de forma cíclica, ha sido siempre un símbolo de la feminidad.
Dejando de lado la sexualidad de la niña (la diferenciación de la libido empieza antes de la pubertad), no es el mismo estado sexual ni el mismo equilibrio hormonal el que tiene la mujer cuando ovula que cuando menstrúa. También es diferente el estado de la mujer grávida de la que no lo está, ni el de la mujer en el parto o después del parto, o durante la gestación extrauterina, o a lo largo de una lactancia prolongada, o cuando vivimos la pasión amorosa con adultos o adultas.
La generalización de la alienación sexual de la mujer en torno al falo se fue consolidando a lo largo de milenios de civilización patriarcal. Esta alienación, respaldada con toda la fuerza de la ley, se consolida tanto a nivel psíquico como somático. El parto, que es un episodio importante de la vida sexual de la mujer, deja de ser considerado como tal; esto es gravísimo porque la fisiología del parto está prevista para funcionar con el impulso de la emoción erótica. De hecho, para forzar el desencadenamiento del parto, la Medicina tiene que fabricar en laboratorio la oxitocina (que nos inyectan con los famosos goteros), la hormona llamada ‘del amor’ que se segrega naturalmente con la excitación sexual, porque no han encontrado otra cosa que abra el cérvix.
Además, como todo acto sexual, el parto requiere una intimidad para que el cuerpo pueda abandonarse a la emoción y a la relajación, intimidad que desaparece en el parto hospitalario. Todo esto, unido al desconocimiento de nuestro cuerpo y la pérdida de la confianza en él, junto con el miedo inculcado y la rigidez uterina resultante de la represión sexual durante la infancia, nos hace hacer todo lo contrario de lo que el parto requiere; contraídas, llenas de miedo, entregamos nuestra confianza a las autoridades de la Medicina, que -cesáreas aparte- no pueden saber ni hacer lo que solo el cuerpo sabe cómo y cuándo hacer.

Posiciones de Parto y la Manipulación Médica
El decúbito supino es una posición contraria al parto: el canal de nacimiento se estrecha y se alarga, y además la posición horizontal va en contra de la fuerza de gravedad; pero sobre todo, en esa posición la mujer no puede hacer fuerza con los músculos pélvicos. En cambio, en cuclillas se puede hacer toda la fuerza necesaria con los músculos pélvicos para impulsar el avance del bebé, el canal de nacimiento se acorta y la salida va a favor de la fuerza de la gravedad. Parir en decúbito supino supone alargar el parto, poner dificultades al avance del bebé, facilitar el atasco y la falta de oxígeno; es tan absurdo como defecar en esa posición. Solo tiene una lógica: la manipulación médica y agravar el sufrimiento de la madre y del bebé.
Todavía quedan zonas fuera de Occidente donde se sabe que el parto y la maternidad son episodios de la vida sexual de una mujer. Las mujeres de la India visualizan los pétalos de la flor de loto abriéndose para abrir el canal del nacimiento, un abrir suave, sin violencia alguna; claro que no se les ocurre ponerse a parir en decúbito supino, en medio de focos, entregadas a las órdenes de las autoridades médicas. Hablar del placer de parir suena a marciano, pero es tan real como difícil para la mujer socializada en el imperio falocrático.
La Recuperación de la Autorregulación Sexual Materna
A pesar de todo, hay algo muy importante que debe saberse: inmediatamente después del parto, incluso aunque este haya sido doloroso y violento para la madre y la criatura, hay una oportunidad de recuperar la autorregulación del proceso sexual de la maternidad. Son las dos o tres horas inmediatamente después de la salida de la criatura. En ese lapso de tiempo se producen las mayores descargas de oxitocina de toda nuestra vida sexual, así como de otras sustancias opiáceas como las endorfinas.
Si nos dejan un poco en paz, nos sentiremos invadidas de oleadas de placer y de felicidad al sentir a la criatura recién salida en nuestro vientre y succionando el pezón. Este fenómeno fisiológico está filogenéticamente establecido para organizar el acoplamiento o simbiosis de la exterogestación y se le conoce con el nombre de ‘impronta’. La extero-gestación (que dura más o menos un año, pero que es muy intensa los dos primeros meses) es el único periodo realmente simbiótico de nuestra vida.
Contradicciones culturales de la maternidad Con Deimos Aguilar 🎙️
La Atracción Libidinal entre Madre y Bebé
La atracción libidinal, como dice Michael Balint, entre madre y bebé produce y mantiene el estado de simbiosis, es una atracción mutua de índole sexual que corresponde a un nuevo estado sexual de la mujer y de la criatura, tan placentero y gratificante para la mujer como para el bebé. Balint afirma que se trata de la carga (o catexia) libidinal mayor de toda la vida humana, porque debe mantener la atracción mutua de la simbiosis, confirmando lo que ya dice el indicador hormonal. Y aunque ahora podamos sobrevivir con leche y calor artificial, el contacto piel con piel que corresponde a la producción libidinal sigue siendo necesario no solo psíquicamente, sino también orgánicamente, para la formación de las sinapsis neuronales, la coordinación neuromuscular, el sistema inmunológico, etc. Se ha demostrado que de la emoción dependen la producción de ciertas enzimas y otros moduladores químicos necesarios para la maduración psicosomática de la criatura humana. Hablar del placer y del deseo de amamantar suena también a algo extravagante, hasta tal punto hemos perdido las pulsiones sexuales.
La maternidad, que hoy se realiza de forma robotizada, sin el impulso del deseo y de pulsión libidinal (y que está a cargo de la Medicina como si de una enfermedad se tratara) es en realidad una etapa de la vida sexual de la mujer. El grado de castración de nuestros cuerpos es el necesario para dejar la reproducción humana a merced del orden establecido.
La Domesticación del Deseo Femenino y la Sumisión Inconsciente
Los padres de nuestra civilización descubrieron lo que hay que hacer para convertir un toro en un buey y poder utilizar su fuerza sumisa para tirar de la carreta o labrar los campos: castrarlo cuando es muy pequeño; entonces inventaron la ganadería, tener un montón de vacas, de ovejas o de lo que sea, reproduciendo lo que interesa; se trata de dominar a la especie en cuestión para reducir su vitalidad sin matarla del todo para poder explotar la producción de esas vidas mutiladas. Este arte de la dominación, de la devastación y de la explotación lo aplicaron a la sociedad humana, para conseguir ejércitos para las guerras de conquista, y esclavos para el trabajo forzado.
Aunque a lo largo de estos milenios de patriarcado, el arte y la técnica de la domesticación han variado, siempre ha habido una combinación de la represión exterior (por la fuerza física, la coerción sibilina y las incentivaciones en la escala social) con la represión interior (el propio autoconvencimiento y autoinhibición de la mujer). Hoy por hoy, la socialización de la mujer en Occidente produce una estructura psíquica y un adiestramiento corporal en la mujer, que hacen que nosotras mismas, como dice Lea Melandri, reproduzcamos nuestra propia autodestrucción.

La Construcción de Géneros y la Herida Psicosomática
Todo empieza cuando al nacer nos encontramos con que nuestra madre no está ahí como mujer con su cuerpo de mujer en gestación extrauterina, sino como mujer del hombre y para el hombre; cuando aprendemos de nuestras madres a mirarnos a través de la mirada del hombre (Melandri). Nosotras solas en nuestra cuna y ella en la cama con papá: esa es la imagen de ‘lo que debe ser’ (el deseo del cuerpo a cuerpo es adulto y falocéntrico); y es, a la vez, lo que saca de la conciencia lo prohibido, ‘lo que no debe ser’, (el deseo del cuerpo femenino-materno), para que nunca podamos evocar esa imagen, ni podamos imaginarnos ese valor básico y fundamental de nuestros cuerpos; porque tan importante es que la mujer prohibida quede fuera del orden social, como que quede fuera de nuestra imaginación.
La supresión del cuerpo a cuerpo con la madre es la base de la construcción de los paradigmas de hombre y de mujer, de los géneros que hacen funcionar esta sociedad; sus consecuencias están directa e inmediatamente relacionadas, entre otras, con el origen de la violencia, con la interiorización psíquica de las relaciones de Poder y de sumisión, y con la transformación del derramamiento del amor en relaciones de posesividad. La herida psicosomática que se inflige a la criatura humana que nace de una madre libidinalmente aséptica y robotizada, es decir, patriarcalizada, se ha constatado en distintos campos del conocimiento.
El golpe que recibe la criatura humana es un cuestionamiento de su existencia; el shock, el miedo, la ansiedad y la tensión muscular son las de alguien ante la proximidad de la muerte. La socialización es un proceso de manipulación de la herida producida por la falta de madre, y de la ansiedad que mana de esta herida. Por eso lo simbólico es tan importante y actúa con tanta eficacia: porque nos atrapa en lo más hondo y además inconscientemente.
El Chantaje Emocional y la Búsqueda del "Príncipe Azul"
El contenido de esta manipulación, que tiene lugar a lo largo del proceso de socialización, es un permanente chantaje emocional: para que te den un poco de lo que te han quitado tienes que obedecer y cumplir las reglas establecidas. Entonces crecemos pensando que nuestro anhelo es encontrar al príncipe azul, al hombre de nuestra vida, y que toda nuestra energía sexual será absorbida y colmada por la media naranja. Solo cuando se cumple puntualmente la Ley y se realiza el paradigma (encontramos al príncipe azul, o la media naranja) nos veremos libres de ansiedad, y también por eso el menor desajuste o crisis de inadaptación a la norma provoca tanta ansiedad y depresiones: porque deja al descubierto la herida primaria. La sublimación de la falta básica, claro está, es diferente en las niñas y en los niños, y ahí arranca la construcción de los géneros, y todo el sistema de identidad, que tienen profundas raíces emocionales e inconscientes.