Qué es la adherencia anormal de la placenta: causas, síntomas y tratamiento

La placenta accreta es una afección grave que ocurre durante el embarazo cuando la placenta se adhiere profundamente a las paredes uterinas. Por lo general, la placenta se desprende de la pared uterina luego del nacimiento del bebé; sin embargo, en esta condición, parte de la placenta o su totalidad permanece unida al útero. Se considera una complicación del embarazo de alto riesgo y su incidencia ha aumentado notablemente en las últimas décadas.

Esquema anatómico que muestra la diferencia entre la placenta normal y los grados de acretismo (accreta, increta y percreta) invadiendo el miometrio.

El espectro de la placenta accreta

El término espectro de placenta accreta comprende tres subtipos principales basados en el grado de invasión de las vellosidades coriónicas:

  • Placenta accreta: Las vellosidades se adhieren al miometrio sin penetrarlo.
  • Placenta increta: Invasión de las vellosidades coriónicas en el músculo uterino (miometrio).
  • Placenta percreta: Penetración de las vellosidades a través de la serosa uterina, pudiendo incluso afectar órganos pélvicos cercanos como la vejiga o el intestino.

Causas y factores de riesgo

Se considera que la placenta adherida se relaciona con anomalías en el revestimiento del útero, generalmente derivadas de cicatrizaciones previas. Los principales factores de riesgo incluyen:

  • Cirugía uterina anterior: El riesgo aumenta significativamente con la cantidad de cesáreas previas.
  • Posición de la placenta: Si la placenta cubre parcial o totalmente el cuello uterino (placenta previa).
  • Edad materna: Más común en mujeres mayores de 35 años.
  • Multiparidad: El riesgo se incrementa con la cantidad de embarazos.
  • Lesiones endometriales: Como el síndrome de Asherman o la presencia de miomas submucosos.
Infografía sobre los factores de riesgo: historial de cesáreas, edad materna y posición de la placenta.

Síntomas y diagnóstico

A menudo, la placenta accreta no presenta signos claros durante la gestación. En algunos casos, puede ocurrir sangrado vaginal durante el segundo o tercer trimestre. Debido a la falta de síntomas externos evidentes, la detección depende de un monitoreo constante.

El diagnóstico se realiza principalmente mediante:

  1. Ecografía: Es la herramienta principal para la evaluación de la interfase uteroplacentaria, especialmente en mujeres con factores de riesgo.
  2. Resonancia magnética y Doppler: Se utilizan cuando la ecografía inicial no es concluyente para determinar la profundidad de la invasión.

Tratamiento y manejo clínico

Si se sospecha de esta afección, el equipo médico trabajará para elaborar un plan de parto seguro. El abordaje estándar implica una cesárea programada, generalmente entre las semanas 34 y 35 de gestación, para equilibrar los riesgos maternos y fetales.

Cesárea e histerectomía

En la mayoría de los casos, el tratamiento consiste en una cesárea seguida de la remoción quirúrgica del útero (histerectomía), dejando la placenta in situ. Este procedimiento ayuda a evitar una hemorragia posparto masiva, la cual es potencialmente mortal. Tras una histerectomía, la paciente no podrá volver a quedar embarazada. En situaciones excepcionales y muy específicas, se han intentado técnicas conservadoras para intentar salvar el útero, pero solo bajo condiciones controladas y ausencia de hemorragia aguda.

Placenta accreta, un caso de éxito del Centro Híbrido de Mínima Invasión

Es fundamental que el equipo de atención incluya obstetras, subespecialistas en cirugía pélvica, anestesiólogos y equipos pediátricos. Ante cualquier factor de riesgo, es imperativo acudir al médico constantemente y realizar todas las pruebas de seguimiento para reducir las complicaciones asociadas a este diagnóstico.

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