A lo largo de la historia, la cuestión del aborto y el destino de los bebés que mueren antes de nacer ha generado profundas reflexiones teológicas y ha sido objeto de diversas interpretaciones dentro del cristianismo. Aunque la Biblia no aborda directamente el aborto tal como se entiende hoy, sus principios fundamentales sobre el valor de la vida, la concepción y la misericordia divina proveen una base para la comprensión de este tema. Las enseñanzas de las iglesias y las distintas perspectivas teológicas recalcan la sacralidad de la vida humana desde sus etapas más tempranas.
La Vida Humana: Creación Divina Desde la Concepción
La Biblia nos muestra cómo la vida humana es diferente de otros tipos de vida, ya que los seres humanos hemos sido hechos a la imagen y semejanza de Dios (Génesis 1:27) desde el mismo momento de su creación. El hecho de ser persona no depende de la edad, del nivel de desarrollo, de la habilidad intelectual o del estatus social. Para Dios, la persona lo es ya desde el vientre de su madre, así lo dice a Job y también a Isaías.
Job 10:8-12 (NTV) declara: “Tú me formaste con tus manos; tú me hiciste, sin embargo, ahora me destruyes por completo. Recuerda que me hiciste del polvo; ¿me harás volver tan pronto al polvo? Tú guiaste mi concepción y me formaste en el vientre. Me vestiste con piel y carne y tejiste mis huesos junto con mis tendones. Me diste vida y me mostraste tu amor inagotable, y con tu cuidado preservaste mi vida.”
Isaías 44:2 (RVR1960) añade: “Así dice Jehová, Hacedor tuyo, y el que te formó desde el vientre, el cual te ayudará: No temas, siervo mío Jacob, y tú, Jesurún, a quien yo escogí.”
Dios se involucra totalmente en la creación de ese nuevo ser que está por nacer, como lo expresa el Salmo 139:13-16 (NVI): “Tú creaste mis entrañas; me formaste en el vientre de mi madre. ¡Te alabo porque soy una creación admirable! ¡Tus obras son maravillosas, y esto lo sé muy bien! Mis huesos no te fueron desconocidos cuando en lo más recóndito era yo formado, cuando en lo más profundo de la tierra era yo entretejido. Tus ojos vieron mi cuerpo en gestación: todo estaba ya escrito en tu libro; todos mis días se estaban diseñando, aunque no existía uno solo de ellos.”
Al profeta Jeremías también le manifiesta cuán implicado está en su creación aún antes de su nacimiento (Jeremías 1:5). En el Nuevo Testamento, el evangelio de Lucas nos habla de un “no nacido”, Juan el Bautista, con un propósito de vida (Lucas 1:41,44). El ángel dijo a Zacarías que Juan sería lleno del Espíritu Santo desde el vientre de su madre (Lucas 1:15), y cuando María saludó a Isabel, Juan saltó en el vientre, respondiendo a la presencia del Salvador (Lucas 1:41).
La Ley mosaica, de acuerdo con Éxodo 21:22, 23, implicaba que la vida no comienza en el nacimiento, sino mucho antes, y quien causara la muerte de una criatura no nacida podía ser castigado. Esto refuerza la idea de que la criatura en la matriz es vista como un alma, una vida humana individual, cuya vida es muy valiosa para Dios.

La Condena Bíblica del Sacrificio de Infantes
La terrible práctica del sacrificio de infantes ha sido, en muchos lugares del mundo y durante miles de años, entrelazada a “deidades” paganas. Los antiguos aztecas, los incas y otros pueblos de América Central y del Sur lo practicaban; igualmente, los druidas de Europa y en la ciudad de Cartago en el norte de África, los sacrificaban a un “dios” fenicio.
Los propios hebreos fueron avisados de las prácticas abominables de los habitantes de Canaán, quienes ofrecían a sus hijos a Moloc, un culto que incluía rituales sexuales y sacrificio de niños. Dios aborrecía estas prácticas, y los profetas advirtieron que darían como resultado su terrible juicio.
Levítico 18:21 (RVR1960) establece: “Y no des hijo tuyo para ofrecerlo por fuego a Moloc; no contamines así el nombre de tu Dios. Yo Jehová.”
Levítico 20:1-5 (RVR1960) detalla la severidad del castigo por tales actos: “Cualquier varón de los hijos de Israel, o de los extranjeros que moran en Israel, que ofreciere alguno de sus hijos a Moloc, de seguro morirá; el pueblo de la tierra lo apedreará. Y yo pondré mi rostro contra el tal varón, y lo cortaré de entre su pueblo, por cuanto dio de sus hijos a Moloc, contaminando mi santuario y profanando mi santo nombre.” Esta clara condena subraya la sacralidad de la vida infantil ante los ojos de Dios y la prohibición de quitarla.

La Doctrina Católica sobre el Aborto y la Esperanza de Salvación
La Iglesia Católica enfatiza que Dios infunde el alma en el ser humano concebido. Todo ser humano es «engendrado» por sus padres y por Dios, quien es el «Creador en cada hombre del alma espiritual e inmortal» (Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios, 1968,8). El aborto es un crimen abominable (GS 52) porque mata un ser humano al que Dios ha infundido el alma. Juan Pablo II, en la encíclica Evangelium vitæ (1995, 53), subraya que «Dios se proclama Señor absoluto de la vida del hombre, creado a su imagen y semejanza (cf. Gn 1,26-28). Por tanto, la vida humana tiene un carácter sagrado e inviolable, en el que se refleja la inviolabilidad misma del Creador.» Precisamente por esto, Dios se hace juez severo de toda violación del mandamiento “no matarás” (Ex 20,13), que está en la base de la convivencia social. En el aborto, el hombre y la mujer se rebelan contra Dios, constituyéndose en señores de la vida humana, impidiéndola o matándola.
El Destino de los Niños sin Bautismo y Abortados
Una cuestión de inmensa importancia es el destino eterno que Dios da a los niños que, sin haber llegado al uso de razón y libertad, mueren sin bautismo, y a los que son abortados involuntaria o criminalmente. La Comisión Teológica Internacional (CTI), dependiente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, publicó en 2007 un amplio estudio sobre “La esperanza de salvación para los niños que mueren sin bautismo”. El estudio aborda la urgencia de la pregunta debido al creciente número de niños no bautizados en los tiempos modernos.
El Concilio Vaticano II (1965) afirma que «Cristo murió por todos y la vocación última del hombre es realmente una sola, es decir, la vocación divina. En consecuencia, debemos mantener que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, de un modo conocido sólo por Dios, se asocien a este misterio pascual» (GS 22; cf. LG 16 y AG 5).
El Catecismo n. 1261, en cuanto a los niños muertos sin Bautismo, indica que la Iglesia solo puede confiarlos a la misericordia divina, como hace en el rito de las exequias por ellos, basándose en la gran misericordia de Dios, que “quiere que todos los hombres se salven”. La CTI concluye que «hay razones teológicas y litúrgicas para motivar la esperanza de que los niños muertos sin Bautismo puedan ser salvados e introducidos en la felicidad eterna, aunque no haya una enseñanza explícita de la Revelación sobre este problema.» No obstante, subraya que esto no niega la necesidad del bautismo ni justifica retrasar su administración.
La enseñanza tradicional recurría a la teoría del limbo, entendido como un estado en el que las almas de los niños que mueren sin bautismo no merecen la visión beatífica a causa del pecado original, pero no sufren ningún castigo. Esta teoría, elaborada por los teólogos a partir de la Edad Media, nunca ha entrado en las definiciones dogmáticas del Magisterio, aunque el mismo Magisterio la ha mencionado en su enseñanza hasta el Concilio Vaticano II.
La liturgia actual, reflejando el sensum fidei de la Iglesia, incluye la fiesta de los Santos Inocentes, venerados como mártires aunque no habían sido bautizados, y los funerales por niños no bautizados, introducidos en el Misal Romano de 1970. Esta oración litúrgica expresa hoy la esperanza en la misericordia de Dios a cuyo cuidado amoroso es confiado el niño.

La Condena del Aborto en el Cristianismo Primitivo
Lo que sí hay son registros que muestran que la criminalización del aborto fue parte de la mentalidad de los primeros cristianos. En la Didaché, un texto de 16 capítulos escrito en el primer siglo de la era cristiana que fungía como una especie de catecismo, hay un pasaje que dice: “No matarás, por medio del aborto, el fruto del pecho.” El cristianismo del siglo I ya condenaba explícitamente la práctica generalizada del aborto entre griegos y romanos.
Perspectivas Protestantes y la Misericordia de Dios
La Biblia no dice explícitamente qué ocurre con los bebés que mueren, pero la justicia y la misericordia de Dios nos dan motivos para esperar que estén a salvo bajo Su cuidado. Aunque la salvación solo llega a través de Cristo (Hechos 4:12), muchos cristianos creen que Su misericordia cubre a los que mueren antes de que puedan comprender mentalmente o responder al evangelio.
Esta opinión se ve reforzada por pasajes que indican que Dios juzga según el conocimiento que tenemos (Hechos 17:30; 2 Pedro 2:20-21). Incluso Jesús oró al Padre para que perdonara a Sus perseguidores a causa de su ignorancia (Lucas 23:34). La Escritura confirma que el Juez de toda la tierra hace lo que es justo (Génesis 18:25) y muestra compasión hacia los frágiles e indefensos (Salmo 103:13-14).
El Antiguo Testamento presenta sistemáticamente a Dios como justo, misericordioso y digno de confianza. Moisés declaró: “¡La Roca! Su obra es perfecta, Porque todos Sus caminos son justos; Dios de fidelidad y sin injusticia, Justo y recto es Él” (Deuteronomio 32:4). El salmista también dijo: “El Señor es bueno para con todos, Y Su compasión sobre todas Sus obras” (Salmo 145:9).
El Nuevo Testamento confirma que todos los seres humanos heredan la caída de Adán y necesitan la salvación por medio de Cristo (Romanos 5:12-19). Si la salvación depende enteramente de la gracia de Dios y no del esfuerzo humano (Romanos 9:15-16), entonces Su misericordia podría incluir justamente a quienes mueren antes de poder comprender o elegir. La cruz y la resurrección revelan la profundidad de ese amor y la perfección de la bondad de Dios (Romanos 3:23-26; Efesios 2:8-9).

El Caso de David y la Esperanza de Reunión
El pasaje de 2 Samuel 12 relata la muerte del hijo de David y Betsabé. Cuando el niño falleció, David dejó de lamentarse. Sus sirvientes estaban confusos, pero David respondió: “Pero ahora que ha muerto, ¿por qué he de ayunar? ¿Podré hacerlo volver? Yo iré a él, pero él no volverá a mí” (2 Samuel 12:23).
Las palabras de David reflejan un claro entendimiento de que, aunque el niño no podría volver al mundo, David estaría con su hijo un día en el cielo. Esto indica no solo la seguridad de David de su propio futuro en el cielo (Salmo 23:6), sino también la seguridad de que su hijo compartiría ese futuro. Esta esperanza de reunión ofrece consuelo para aquellos que mueren en la infancia o antes de nacer.

Interpretaciones Contemporáneas y el Debate Actual
La Biblia, como base de la mayoría de las religiones occidentales, apenas aborda el tema del aborto directamente, lo que permite una amplia gama de interpretaciones. La discusión a menudo parte de premisas filosóficas y biológicas: ¿cuándo exactamente comienza la vida?
El padre Renato Gonçalves da Silva, maestro en teología, defiende que la Biblia subraya el valor de la vida humana llamada por Dios incluso antes del vientre materno. Para él, la vida humana proviene de una decisión atemporal de Dios, quien ya formó, conoció y santificó la vida humana. Esta creación de una vida humana es una decisión divina que siempre se actualiza, sin importar las circunstancias del mundo humano.
Gerson Leite de Moraes, historiador, filósofo y teólogo, señala que pasajes como el Salmo 139 se interpretan para argumentar que esa “sustancia aún sin forma” es el proceso inicial de la vida. Para los opositores al aborto, se trabaja con la idea de que desde el momento de la fecundación existe una persona, creada por Dios, aplicando la lógica aristotélica de acto y potencia: la semilla tiene el potencial de convertirse en un árbol, y el embrión tiene el potencial de ser una persona completa. Para un religioso, atacar a un feto es atacar la vida, ya que Dios es el dueño y creador de toda vida.
Sin embargo, algunas organizaciones, como la Red de Católicas por el Derecho a Decidir, enfatizan que la Biblia no puede usarse para guiar la criminalización del aborto. Argumentan que los temas bíblicos atañen a horizontes de organización de la sociedad, de la vida, y de la defensa de la vida plena para todos, no a la restricción de derechos sexuales y reproductivos. En su opinión, invocar la Biblia para condenar el aborto es una reinterpretación política para sustentar la restricción de derechos.
Thiago Maerki, investigador, destaca que la Biblia no tiene un mandamiento categórico que diga “no abortarás”. Lo que hacen las iglesias es una interpretación de ciertos versículos, utilizando el “no matarás” para condenar también el aborto. Él afirma que muchas veces estas interpretaciones se dan “fuera de contexto, para justificar sus dogmas, sus intereses, sus enseñanzas”.
Francisco Borba Ribeiro Neto, biólogo y sociólogo, comenta que la doctrina católica siempre ha condenado el aborto, pero la comprensión científica de la concepción y el embarazo ha cambiado a lo largo de los siglos. El auge del individualismo y la absolutización de la autonomía individual han impactado directamente en las interpretaciones. En el pasado, la mentalidad hegemónica consideraba que el niño era un nuevo ser humano deseado por Dios. Actualmente, la mentalidad hegemónica establece que la autonomía de la madre prima sobre cualquier otro hecho, de manera que el derecho del feto a la vida está determinado por la voluntad de la madre.

Consuelo y Esperanza Ante la Pérdida de un Bebé
Para quienes sufren la pérdida de un embarazo, ya sea por aborto espontáneo, muerte fetal o un aborto, el dolor puede ser inmenso y se sienten solos. El duelo es una reacción proveniente del amor intrínseco de los padres, un reflejo de la imago Dei, que nos lleva a amar a nuestros hijos como Dios nos ama a nosotros. Jesús está cerca de los quebrantados de corazón (Salmo 34:18).
Dios soberanamente permite la concepción, da vida en el vientre y tiene un propósito para cada vida creada, independientemente de cuán breve sea (Jeremías 1:4-5). Él hace que todas las cosas trabajen para Su gloria y es bueno (Salmo 25:8), y utiliza la prueba de la pérdida para aumentar nuestra fidelidad hacia Él y hacernos perfectos en Cristo (Santiago 1:2-4).
La Escritura provee la certeza de que los bebés, aunque no están sin el pecado original, son inocentes. No tienen culpabilidad moral, pues no han alcanzado una madurez que les permita tener incredulidad y desobediencia intencional y premeditada, ni tienen la habilidad de distinguir entre el bien y el mal (Deuteronomio 1:39). La primera cara que ven estas criaturas es la de su Creador y Salvador Jesús. La esperanza es que estén con Jesús, completos, santos y maduros en el Señor. La Biblia nos anima a descansar en el carácter de Dios -justo, misericordioso y cercano a los quebrantados de corazón- y a confiar en Él con los pequeños perdidos.
Si una persona ha participado en un aborto, la muerte de Jesús ofrece verdaderamente el perdón por ese pecado. Él cargó con todo el peso de la culpa en la cruz y ofrece limpieza a todos los que acuden a Él en arrepentimiento y fe. Dios ama a los niños, nunca descuida la justicia y es abundante en misericordia.
