El Papel de las Matronas en la España del Siglo XX: Un Análisis Histórico y Profesional

Introducción: La Visibilidad de las Matronas en la Historiografía Sanitaria

Las matronas fueron uno de los grupos ocupacionales femeninos más destacados y el único dentro de los sanitarios en el cual las mujeres tuvieron durante largo tiempo absoluta autonomía en la España moderna (Ortiz Gómez 1996, 229). Si bien las mujeres están siempre presentes en las prácticas de salud, el discurso científico con relación a las profesiones sanitarias tiende a ignorarlas u ocultarlas (Santo Tomás 2006). Esto se debe a que la historiografía tradicional de las profesiones sanitarias se caracteriza por analizar exclusivamente la actividad sanitaria masculina desde una perspectiva androcéntrica (Cabré Pairet y Ortiz Gómez 2001, 10).

Desde principios del siglo XX, cobraron especial protagonismo las investigaciones históricas que trataron de visibilizar a las mujeres en las prácticas sanitarias y de dotarlas de protagonismo en el mundo de la salud. En este sentido, los primeros estudios sobre historia de las mujeres en las profesiones y actividades sanitarias utilizaban como eje central el dominio femenino de la asistencia al parto, muy especialmente a través del análisis de matronas ilustres (Ortiz Gómez 2006, 489). Esta visibilización ha permitido conocer en profundidad las formas de participación y autoridad de las mujeres en las actividades relacionadas con la salud.

La investigación acerca del personal cuidador es sobre la que menos se ha profundizado (Santo Tomás 2006). Dentro de este personal cuidador, las mujeres son, en su mayoría, las encargadas de cuidar. Por tanto, la historia de las profesiones sanitarias necesita ser analizada en relación con la historia de las mujeres y debe inscribirse en la historia social y local para hacer emerger el papel que estas mujeres cuidadoras han desempeñado en la sociedad de su tiempo. Las matronas constituyen un magnífico ejemplo de mujeres en las profesiones sanitarias que lucharon por su autonomía y visibilidad en una ciencia biomédica androcéntrica.

Evolución Histórica de la Profesión de Matrona y su Regulación

Del Saber Empírico a la Cualificación Académica

El término matrona parece que se generaliza a partir del siglo XVIII, cuando la profesión es regulada normativamente con más contundencia. Por consiguiente, puede ser considerada una actividad cualificada con relación al rango de los estudios que se necesitan para ejercerla. Con anterioridad, los términos más comunes para denominar a esta ocupación fueron partera, comadre, comadrona, madrina o llevadora, cuyos saberes eran de carácter empírico y se transmitían de forma oral, aprendidos junto a otra comadre, o entre mujeres de una misma familia, igual que hacían los artesanos y la mayoría de los grupos sanitarios, excepto los médicos, únicos con formación universitaria (Ortiz Gómez 1996, 230).

Desde mediados del siglo XVIII tuvo lugar una reorganización de las profesiones sanitarias que dio lugar a la masculinización de la actividad de partear y a la subordinación formal de las matronas. Esta masculinización y subordinación comenzó con la regulación de una actividad que, si bien en sus comienzos se basaba en el conocimiento empírico y en la transmisión oral, a partir de ese momento pretendía ser una actividad regulada por una institución médica. Dado que serían las facultades de medicina y una comisión de médicos varones quienes acreditarían la suficiencia de conocimientos de las aspirantes, todos los contenidos de la obstetricia se convertirían en parte integrante de la especialidad de cirugía (Ortiz Gómez 1996, 229-230). Por tanto, es necesario analizar este proceso desde el punto de vista de las relaciones de género para comprender con profundidad cómo subyace la desigualdad de género en los hechos históricos.

La Ley Moyano y la Profesionalización

La conocida como Ley Moyano dio estatuto legal a la práctica de los cuidados bajo dos denominaciones: practicantes y matronas. Desde la promulgación de la Ley, estas profesiones adquirieron reconocimiento tanto desde el punto de vista académico, con planes de estudio reglamentados, como desde el ámbito laboral (Domínguez Alcón 1986, 96; Camaño Puig y Forero Rincón 1998; García Martínez y García Martínez 2004, 607; Parrilla Saldaña y García González 2004, 411; Ortiz Gómez 2005: 524). La directriz de julio de 1860 determinaba provisionalmente el reglamento para la enseñanza de estas profesiones, y la titulación de matrona fue regulada a partir de los reglamentos de 1861.

Los requisitos de acceso a estos estudios eran haber cumplido 20 años de edad, ser casada o viuda, justificar buena vida y costumbres mediante un certificado del párroco, y haber recibido la primera enseñanza elemental completa. La Ley Moyano estableció una importante novedad educativa al acabar con la enseñanza teórica de las matronas en las facultades de medicina, que venía realizándose desde 1750 en los Colegios de Cirugía por Real Cédula de Fernando VI (Ortiz Gómez 1996, 230-231). Las competencias sobre la enseñanza teórico-práctica se transfirieron a los hospitales y Casas de Maternidad para que los médicos que allí ejercían se encargasen de la formación.

Como consecuencia de la ley, las matronas se convirtieron en ayudantes del médico, pudiendo asistir únicamente los partos y sobrepartos naturales y auxiliando a los facultativos en los casos complicados. Esta reforma educativa, por tanto, terminaba de cimentar el relegamiento científico y la sumisión profesional de las matronas que había comenzado en el siglo XVIII (Ortiz Gómez 1999, 56-59; Ruiz-Berdún 2014, 163).

Las matronas tituladas fueron aumentando lentamente durante la segunda mitad del siglo XIX hasta completar un total de mil setecientas entre 1853 y 1900, lo que supuso un promedio anual de treinta y siete nuevas matronas que ejercían la profesión (Ortiz Gómez 2006, 490). En la práctica, estas profesionales ejercieron su actividad en las salas de partos de las Casas de Maternidad y salas hospitalarias de mujeres, pero también ejercieron la asistencia domiciliaria tanto en la atención como en la educación sanitaria del niño sano y de la higiene en los domicilios (González Canalejo 2007, 226-234).

Esquema de la organización de estudios de matronas en España en el siglo XIX

Reorganización de la Asistencia Sanitaria en España a Comienzos del Siglo XX

A comienzos del siglo XX, la asistencia sanitaria en España fue reorganizada en tres pilares básicos. Por un lado, lo relativo a la sanidad pública quedó regulado por la Instrucción General de Sanidad Pública del año 1904. Por otro lado, la beneficencia (municipal y provincial) y, por último, existía también el ejercicio libre de las profesiones sanitarias en consultas privadas, clínicas especializadas o en el domicilio (Porras Gallo 1997, 36; Hernández Ferrer 2003, 389; Fernandez Mérida 1998, 148; 2008, 584; Chamizo Vega 2009, 68). El marco legislativo de la Beneficencia se había desarrollado a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX en consonancia con la evolución político-social de la época, y era entendida como aquellas prestaciones que el Estado y las instituciones privadas ofrecían a aquellos colectivos incapaces de procurárselas (Fernández Mérida 1998, 148).

Este modelo supuso un aumento del intervencionismo estatal en el aspecto sanitario. Así, el Estado fue asumiendo el socorro a las mujeres pobres embarazadas, en detrimento de las instituciones religiosas, encargadas de este menester hasta aquel momento. Otra consecuencia de este hecho fue el incremento del control de la formación de las matronas, que a partir de ahora tendrían que acreditar académicamente su cualificación si querían trabajar para las nuevas instituciones sanitarias de Beneficencia, Casas de Maternidad, Hospitales o Casas de Socorro (Fernández Mérida 2006).

La Ley de Sanidad de 1904 reorganizaría los estudios de las distintas profesiones sanitarias existentes hasta el momento, reconociendo a la medicina, cirugía, farmacia, veterinaria, matronería, dentista y practicante como profesiones sanitarias (Santo Tomás 1997, 76; Parrilla Saldaña y García González 2004, 415), y éstos tuvieron que remodelarse ligeramente.

El Sistema de Beneficencia: Pública y Privada

Centrándonos en la asistencia de aquellas personas sin recursos, las opciones de atención clínica podían ser dos. Por un lado, la beneficencia privada a través de las Sociedades Benéficas, la religión, Juntas de Damas, etcétera. Por otro lado, la beneficencia pública, quedando insertada en la Administración general, provincial y municipal.

Como establecimientos generales de beneficencia se incluyeron los destinados a prestar asistencia a los locos, sordomudos, ciegos, impedidos y decrépitos. A nivel provincial, cada capital debía tener un hospital de enfermos, casa de misericordia, de huérfanos y expósitos, y de maternidad, todo ello con cargo a la Diputación Provincial (Barona Vilar 2002, 77).

A los establecimientos municipales de beneficencia se les atribuyó el papel de socorrer las enfermedades accidentales, trasladar a los pobres residentes en su municipio a los establecimientos provinciales, y proporcionarles atención en su hogar para el alivio de sus dolencias. A tal fin se clasificó en esta modalidad asistencial a las casas de refugio y hospitalidad pasajera y a la beneficencia domiciliaria. De este modo, cada ayuntamiento debía tener un lugar como albergue de mendicidad, hospitalidad en tránsito y socorro de necesitados y beneficencia domiciliaria, con cargo a la Junta Municipal de Distrito Dependiente de la Beneficencia Municipal (Fernández Mérida 1998, 149; Chamizo Vega 2009, 73). Esta beneficencia municipal debía contar, en los grandes municipios, con médico, cirujano, tocólogo, farmacéutico, practicante de varias categorías y enfermeros (Porras Gallo 1997, 36). Los municipios estaban obligados a tener un médico titular por cada 300 familias pobres, y eran los responsables del pago de sus salarios (Blacik 2009, 265).

Mapa de la estructura de la beneficencia en España a principios del siglo XX

El Caso de Cuenca: Asistencia Sanitaria y la Incorporación de Matronas

Infraestructura Sanitaria en la Capital Conquense

La provincia de Cuenca contaba con todas las infraestructuras necesarias. Se da la circunstancia de que la doble condición de capital y municipio hacía que se concentrase en Cuenca el mayor número de establecimientos benéficos de la provincia sin que se duplicasen los servicios, puesto que la existencia de aquellos de carácter provincial eximía al municipio de prestarlos, limitándose al establecimiento de una Casa de Socorro como única representación de la asistencia genuinamente municipal (Barona Vilar 2002, 77).

La asistencia sanitaria en la capital conquense se estructuraba principalmente a través de la beneficencia pública, insertada en las administraciones provinciales y municipales. De este modo, encontramos el Asilo Provincial y el Hospital de Santiago, uno de los hospitales más antiguos de España, fundado el 13 de marzo de 1182 por don Tello Pérez y don Pedro Gutiérrez (Delgado Marchante 2008, 321). A nivel municipal, el ayuntamiento contaba en la plantilla de la Beneficencia Municipal con tres médicos titulares, cuatro farmacéuticos y cuatro practicantes. Además, la asistencia de necesitados se ofrecía a través de la Casa de Socorro con un médico, un practicante, y un auxiliar de limpieza.

Hasta este momento, las matronas se circunscribieron a las salas de partos de las Casas de Maternidad, las salas de mujeres de los hospitales, y el ámbito domiciliario privado. La legislación reconocía únicamente el ámbito de la atención materno-infantil en el nivel provincial de la asistencia sanitaria, a través de estas instituciones sanitarias a cargo a la Diputación Provincial (Barona Vilar 2002, 77).

La Incorporación de Matronas a la Beneficencia Municipal de Cuenca

En diciembre de 1915, tuvo lugar la incorporación de la primera matrona a la plantilla de la Beneficencia Municipal. Mercedes Arjona (2012, 11) ha sugerido que la creación de estos cuerpos de beneficencia domiciliaria supuso la máxima profesionalización de la matrona, pues quedó insertada en un grupo sanitario. Sin embargo, la obligación de los ayuntamientos de proveer una plaza de estas características no llegó de forma generalizada hasta 1924 (De la Peña 1926, 584).

Desafíos en el Estudio de la Historia de las Matronas

La aproximación al estudio de las matronas no resulta tarea fácil. La razón fundamental es la escasez de fuentes documentales. En este sentido, son relativamente escasos los trabajos de investigación llevados a cabo sobre esta profesión y las profesionales que ejercieron la matronería. En el estudio de otros períodos históricos, las fuentes documentales utilizadas son aquellas generadas por las propias parteras en el ejercicio de sus funciones y de peritaje (Linares Abad 2010, 469; García Martínez 2012, 90-94).

En el caso de los estudios enmarcados en el siglo XX, las fuentes giran en torno a los archivos locales, provinciales y Generales de la Administración, estos últimos localizados en la Comunidad de Madrid (Ruiz-Berdún 2012). Por ejemplo, la reconstrucción de los diferentes procesos de creación y supresión del cargo de profesora en partos de la Beneficencia Municipal del Ayuntamiento de Cuenca ha requerido la consulta de los diarios de sesiones, así como diferentes expedientes del negociado de personal del Archivo Municipal de Cuenca (AMC) y el Archivo Histórico Provincial (AHP). Las trayectorias personales y profesionales de las matronas exigieron consultar, además, el Registro Civil (RCC). También se analizaron los principales periódicos de la capital conquense de la época: El Día de Cuenca, El Liberal y Ofensiva, todos ellos accesibles on-line a través del Centro de Estudios de Castilla-La Mancha (CECLM); y del Instituto Nacional de Estadística (INE), apartado INEbase Historia, en donde se encuentran los datos sobre movimiento natural de la población y anuarios estadísticos del país.

Describir los casos con los nombres y apellidos de las propias protagonistas, sus respuestas ante las doctrinas de sumisión y la simple lucha espontánea por su supervivencia, viene a convertirlas en elementos activos contra un sistema que las relegaba a un segundo plano y que las marginaba tanto en el hogar como fuera de él (González Castillejo 2000, 1).

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