Adolfo Perinat, catedrático de Psicología evolutiva de la Universitat Autònoma de Barcelona, es una figura clave en el estudio de la primera infancia. Su obra se adentra en los complejos mecanismos que rigen el desarrollo de los seres humanos desde sus etapas más tempranas, abordando interrogantes fundamentales sobre el papel de la biología y el entorno.

Aspectos Centrales de la Obra de Perinat
La investigación y las reflexiones de Perinat están diseñadas para ofrecer una comprensión profunda sobre diversos aspectos de la primera infancia. Sus estudios buscan responder a preguntas esenciales como:
- ¿Qué sabe la ciencia de la primera infancia?
- ¿Cómo influyen las experiencias de los bebés en su vida futura?
- ¿Cuál debe ser el papel de la madre en la relación con su hijo?
- ¿Qué importancia tiene la movilidad en los recién nacidos?
- ¿Cómo intenta comunicarse un bebé?
- ¿Cómo llegan a hablar los niños?
- ¿Cómo se puede facilitar el desarrollo de un bebé?
Una Teoría del Desarrollo Humano
Los fenómenos humanos, como el desarrollo, las emociones y la inteligencia, son objeto de la experiencia inmediata y se traducen en unas «teorías» y un «saber hacer» que constituyen lo que Schutz denominó «el pensamiento de sentido común». Hasta finales del siglo XIX no se tenía una noción científica del desarrollo de los seres humanos como la que hoy se posee; este conocimiento formaba parte del conjunto de saberes y experiencias del hombre arraigado a la tierra: cómo «hacer crecer» niños, animales o plantas, cómo lograr que llegasen a la fase de plenitud.
El desarrollo humano se define como la fase de crecimiento y de adquisición de capacidades que tiene el individuo adulto, tales como la postura bípeda, el lenguaje, el razonamiento y la pubertad. La psicología científica no puede limitar el conocimiento del desarrollo a la descripción, por muy pormenorizada que sea, de cómo la criatura humana llega a la edad adulta. Por ello, debe crear una teoría del desarrollo.
Para los biólogos, el desarrollo consiste en una serie de transformaciones de índole biológica. En contraste, para los psicólogos, el desarrollo es el despliegue de las capacidades psicológicas. Estas capacidades poseen un sustrato biológico, pero además se expanden en una matriz social y relacional. Lo que denominamos desarrollo psicológico o humano es el resultado de una interpenetración mutua de la biología y la sociabilidad.

Capítulo I: Qué es Innato y Qué es Adquirido
Una antigua preocupación ha recorrido la historia de la primera infancia: ¿el desarrollo está promovido desde dentro, por fuerzas intrínsecas al organismo, o bien procede por impulso de los estímulos externos, es decir, del entorno social y natural? ¿O quizás se trata de un compromiso entre ambos polos?
Las «fuerzas» que desde dentro «hacen avanzar» o «determinan» el desarrollo (teniendo en cuenta que los términos entre comillas no son sinónimos ni su uso es neutral) serían los genes y la maduración; en una palabra, la naturaleza. Pero de fuera también provienen influencias decisivas: la familia, el entorno cultural y las adquisiciones del aprendizaje son las más invocadas. La polémica entre naturaleza o cultura (lo innato y lo adquirido) continúa vigente, tanto en la ciencia como en la imaginación popular.
Antes, sin embargo, es necesario aclarar los términos en que se plantea esta polémica. Los conceptos de «innato», «hereditario» e «instintivo» se encuentran dentro del mismo campo semántico y, aún peor, están contaminados con la idea de «determinismo» o de «fatalidad». Para el hombre de la calle, estos términos comportan la idea de que «está ahí dentro» y, para bien o para mal, forma parte de la naturaleza del niño.
Científicamente, atribuimos la calidad de innato a un rasgo de comportamiento si muestra un cierto grado de organización cuando se manifiesta por primera vez. Un rasgo es hereditario si se puede poner en correlación con el de un antecesor de parentesco. Si un rasgo es hereditario, lo podemos calificar de innato, aunque esta afirmación no tiene reciprocidad; es decir, no todo rasgo innato es hereditario, ya que puede ser innato como fruto de un proceso que ha tenido lugar durante el desarrollo fetal. El término instintivo, hoy día, se suele aplicar más bien a los animales, pero traduce la misma idea de «comportamiento connatural a una especie». También es innato y hereditario, porque es parte de la dotación de la especie.
1. La parte de la genética
La genética define el desarrollo como «el paso del genotipo al fenotipo». Esta formulación apenas revela algo, ya que este «paso» implica un gran número de fenómenos complejos y en gran parte desconocidos, muchos de los cuales no pertenecen al dominio de la genética. Sin embargo, está muy extendida la creencia de que los genes no solamente determinan rasgos orgánicos, sino también comportamientos. Es importante analizar hasta dónde se extiende su influencia.
Los genes producen, en las células constituyentes del organismo, las proteínas que diferencian los diversos tejidos. Se encuentran en el origen de la formación de los órganos, pero solo en la medida en que suministran la «materia prima» y crean condiciones de asociación celular. El desarrollo implica niveles de complejidad organizada superpuestos: formación de tejidos, configuración de órganos, conexiones neuronales. En cada uno de estos niveles, y con repercusiones en el resto, «se toman decisiones» sobre el destino del organismo en construcción. El sistema de genes interviene en el desarrollo, pero, simultáneamente, hay otros sistemas que también lo regulan.
Un aspecto que debe tratarse dentro del tema de la genética y el desarrollo es la herencia o la transmisión de elementos constitutivos del organismo de padres a hijos o dentro de familias. Dado que el vehículo de transmisión son los genes y estos están en el principio del organismo, se deduce que, cuando entre parientes se constatan «elementos constitutivos orgánicos» iguales o semejantes, ha habido transmisión hereditaria. Este razonamiento, sin embargo, exige algunas aclaraciones.
El primero es qué son «elementos constitutivos del organismo». Van desde sustancias bioquímicas hasta rasgos de comportamiento; pueden ser positivos o negativos según si contribuyen a una mejor o peor adaptación del organismo. Los defectos de metabolismo, origen de malformaciones o enfermedades congénitas, son un caso típico. Identificar una sustancia bioquímica defectuosa en progenitores y descendientes es hoy día un asunto relativamente trivial; aquí el «elemento constitutivo del organismo» que se transmite está claramente definido. No pasa lo mismo con los rasgos de comportamiento, normales o patológicos, cuya delimitación es imprecisa.
En segundo lugar, y no obstante lo dicho antes, se produce la transmisión de rasgos de comportamiento, tal como da testimonio la selección de razas animales. La sabiduría popular suscribe sin vacilaciones esta misma propuesta con las personas (cuando nace una criatura se le buscan «semejanzas»; ante un comportamiento determinado de un niño o niña se oye exclamar: «¡como su padre o su madre!»). Aquí hay que ser más cautos. El texto que sigue fundamenta científicamente esta cautela.
Una lacra vergonzante: La eugenesia
La enorme variedad de razas de perros, de caza, pastores u otros, es uno de los resultados de la selección animal, como también la que se lleva a cabo con el ganado vacuno, según si es para el toreo o para producir leche, carne, etc. La extrapolación de este proceso a la raza humana, aquello que se nombró eugenesia, ha sido, por contra, una de las lacras más vergonzantes, propuesta -¡todo se debe decir!- por científicos en nombre de la ciencia. Y no hablamos de los proyectos de selección racial -la búsqueda de la «pureza aria»- a la que se entregó el nazismo. He aquí por qué el tema de la herencia humana o de sus fundamentos está siempre bajo sospecha.

Para tratar fenómenos de tipo hereditario, es necesario analizar los mecanismos de expresión genética. Por expresión de un gen se entiende el proceso por el que la información codificada en el ADN se traduce en una proteína: hormonas, enzimas, neurotransmisores. Estas sustancias, a su vez, tienen funciones diferentes como, por ejemplo, la hormona del crecimiento, los neurotransmisores o las proteínas que constituyen el tejido vascular. Los productos de la expresión de los genes, además, deben actuar coordinadamente para que al final aparezca el comportamiento. La multiplicidad de niveles y la complejidad que aquí se adivina imponen una gran cautela a la hora de certificar igualdades o semejanzas entre progenitores y descendientes.
En síntesis, atendida la complejidad del sistema genético y de sus operaciones, hay que ser cauto a la hora de evaluar la transmisión de rasgos de comportamiento como la esquizofrenia, las adicciones, las disposiciones antisociales o las aptitudes artísticas entre padres e hijos. En primer lugar, muchas de estas transmisiones van asociadas a genes recesivos y para que se haga patente este rasgo es necesario que coincidan en el mismo lugar los provenientes por línea paterna y materna. En segundo lugar, en la transmisión de un gen de comportamiento intervienen, en general, muchos genes; sus acciones se superponen. El sistema genético se autorregula dentro de leyes bioquímicas que son las que aprovechan los organismos para desarrollarse y vivir. En tercer lugar, el sistema genético interactúa con el sistema celular del que forma parte. Las asociaciones celulares (tejidos) están también regidas por sus leyes fisicoquímicas y regulan la acción genética. Dentro de las asociaciones celulares hay que destacar el sistema nervioso, que es el gran rector de la conducta del organismo. El sistema nervioso actúa sobre niveles inferiores de organización y sufre la influencia del entorno material. Tampoco debemos olvidar el sistema hormonal. A las cautelas científicas debemos añadir las secuelas sociales de la detección de genes defectuosos, ya que esta comporta casi indefectiblemente una denuncia y un estigma.
2. La naturaleza y el equipaje
¿Qué sentido tiene la noción de comportamiento innato? Históricamente, es una noción que surge de la antigua polémica sobre lo que pone la «naturaleza» en el «equipaje» del niño al nacer y en qué momento lo hace. Se sobreentiende que aquello que no pone «la naturaleza», lo debe aprender el niño. Alguien acuñó la célebre expresión de tabula rasa como metáfora de una psique infantil en la que todo se debía adquirir. Finalmente, hay un sinfín de capacidades típicamente aprendidas, como son las habilidades instrumentales o la lectura y el cálculo.
Por lo tanto, ya en su origen, el concepto de comportamiento innato es confuso, ya que en la especie humana lo que es innato y lo que es aprendido se conjuga en una gradación que adopta matices muy finos. La idea de innato que hoy se maneja en la psicología científica es que numerosas funciones -perceptivas, motoras, de comunicación- poseen ya un núcleo de organización en la psique infantil. En otras palabras, la tabula no es rasa, sino que hay escritos unos rasgos tenues pero correctos. La calificación de innatos se reserva para aquellos comportamientos que tienen un nivel de organización no nulo al nacer el niño o muy poco después.
Ahora bien, esta referencia al grado o nivel de organización temprano de un comportamiento no resuelve aún la cuestión. Tradicionalmente se aceptaba que el bebé es el paradigma de la desorganización y la incapacidad; lo cual es inexacto. Descubrir, por lo tanto, que es capaz de girar levemente la cabeza cuando oye una campanilla de lado provoca la admiración del científico: ¡hay una coordinación innata entre el oído y la vista! Lo mismo pasa con otras coordinaciones que se producen quizá mucho más prematuramente de lo que tradicionalmente se aceptaba.
Afirmar que un carácter o una capacidad es innata equivale a reconocer que el sistema «niño» está predispuesto por la evolución a procesar una gama de estímulos que activan el desarrollo de capacidades. Ahora bien, como estos estímulos llegan rodeados de ruido, esta primera organización del dominio consiste en seleccionar o focalizar dimensiones muy concretas. En otras palabras, en establecer filtros que constriñen la «amplitud de banda» de la percepción sensorial. Un ejemplo es la rapidez con que los bebés discriminan los sonidos lingüísticos de otros sonidos a los que están expuestos o el rostro humano de otras configuraciones ovales.

3. Continuidad o discontinuidad en el desarrollo
La primera fase del desarrollo humano es «trascendental», no por su connotación enfática, sino por lo que significa etimológicamente: es trascendente aquello que se proyecta «más allá». La creencia sobre la relación entre las primeras fases del desarrollo y las ulteriores está muy arraigada en la «psicología del sentido común». Lo ilustra, por ejemplo, la analogía del «árbol que crece tuerto y, por lo tanto, es difícil de dirigir» con la que tantos maestros justifican algunas prácticas educativas.
Uno de los presupuestos del psicoanálisis es el hecho de que muchos traumas de la persona adulta se remontan a acontecimientos de la época infantil. Uno de los dogmas de fe de la psicología del desarrollo es que el establecimiento del vínculo social primordial es efectivamente trascendente para la criatura humana. El principio subyacente de estas ideas es el de la continuidad entre una fase de la vida y las que la siguen.
Sin embargo, cuando pasamos de hablar genéricamente de continuidad a establecerla mediante parámetros concretos, el panorama se hace desconcertantemente difuso. Resulta casi imposible demostrar si unos niveles altos o bajos de sociabilidad, afecto, inteligencia que posee una persona en la infancia se corresponden o presagian también niveles altos o bajos de estas capacidades en la adolescencia o la edad adulta. Otra variante de la continuidad es la representación de que el progreso inherente al desarrollo es regular, sin saltos ni estancamientos. Ciertamente, eso no se produce: en varios dominios un crecimiento monótono va seguido de una discontinuidad en forma de «irrupción». Por ejemplo, el primero (y reducido) repertorio de palabras del niño o la niña experimenta un aumento súbito al final del segundo año. Otro caso bien conocido es el «estiramiento» de la adolescen...