En 1943, el horror de Auschwitz se cernía sobre la vida de miles de personas. Ana Kaminski, junto a su amiga Ester Pasternak, cruzó las puertas de hierro de este campo de exterminio. Al presentarse ante el oficial, Ana declaró ser comadrona, designando a Ester como su asistente. Pronto, se dio cuenta de que el destino de muchos niños recién nacidos recaía sobre sus manos.
La brutalidad del régimen nazi se manifestaba de formas devastadoras. Cuando dos oficiales de las SS arrebataban a un bebé de los brazos de su madre para entregarlo a una familia alemana, Ana experimentó un dolor infinito. Sin embargo, encontró una manera de preservar la conexión entre madre e hijo: comenzó a tatuar en el brazo de cada recién nacido el mismo código de identificación que llevaba la madre, con la esperanza de un futuro reencuentro.

Esta historia ficticia, inspirada en hechos reales, evoca la figura de Stanisława Leszczyńska, la valiente partera polaca que se convirtió en un símbolo de resistencia y humanidad en uno de los lugares más oscuros de la historia del siglo XX. Su legado, marcado por la violencia extrema de un régimen que no debemos olvidar, resalta la fortaleza del espíritu humano.
La Vida de una Matrona en Tiempos de Guerra
Stanisława Leszczyńska nació el 8 de mayo de 1896 en Łódź, Polonia. Hija de un soldado del ejército zarista y una obrera, creció en los difíciles albores de la industrialización. A los 12 años, su familia emigró a Brasil en busca de un futuro mejor, y fue en Río de Janeiro donde asistió a una escuela impartida en alemán y portugués. Dos años más tarde, decidieron regresar a Polonia, donde la adolescente continuó sus estudios, mientras ayudaba a su madre a criar a sus dos hermanos pequeños.
A los 20 años, Stanisława contrajo matrimonio con Bronisław Leszczyński, un impresor. Al año siguiente, dio a luz a su primer hijo, seguido de una niña dos años después. Trasladados a Varsovia con sus dos pequeños, Stanisława tomó la decisión de matricularse en la Escuela de Matronas, obteniendo el Premio al Éxito en 1922 como la mejor alumna.
De regreso en Łódź, y a pesar de tener dos hijos más, comenzó a ejercer como partera, una profesión que amaba profundamente y a la que dedicaría el resto de su vida. Su trayectoria quedó plasmada en el documento titulado "Raport położnej z Oświęcimia" (Informe de la partera de Auschwitz), que posteriormente inspiraría una exitosa obra de teatro.
Detención y Deportación a Auschwitz
En 1939, la invasión nazi de Polonia marcó el inicio de la Segunda Guerra Mundial. La casa de la familia Leszczyński se encontró dentro del gueto creado en su ciudad para la población judía. Durante años, Stanisława y su familia brindaron ayuda a los judíos, proporcionándoles comida y documentos falsos elaborados en la imprenta de Bronisław.
Sin embargo, sus actividades fueron descubiertas. En febrero de 1943, la Gestapo arrestó a Stanisława junto a dos de sus hijos y su hija, acusándolos de asistir a personas buscadas por la policía secreta nazi. Bronisław y el otro hijo lograron escapar, pero Stanisława nunca volvió a ver a su marido con vida. Los nazis enviaron a sus dos hijos como mano de obra esclava a las canteras del campo de concentración de Mauthausen-Gusen, mientras que ella y su hija, de 24 años, fueron deportadas a Auschwitz, donde se les tatuaron los números 41335 y 41336.

La Labor Humanitaria en el Corazón del Horror
En Auschwitz, Stanisława Leszczyńska se encontró en la enfermería del campo, un lugar donde las condiciones eran espantosas. Los testimonios de supervivientes relatan que a los recién nacidos se les tatuaba un número para ser gaseados o dejados morir de hambre. Fue en este entorno desolador donde conoció al infame doctor Josef Mengele.
Mengele, apodado "el ángel de la muerte", dirigía el "bloque de la recuperación", destinado a enfermas con infecciones graves. A pesar de su propia debilidad y las terribles circunstancias, Stanisława asistía a las jóvenes parturientas, a menudo en condiciones precarias. Su serenidad, su sonrisa amable y su profunda fe infundían esperanza a quienes la rodeaban.
Con ingenio y determinación, la partera polaca lograba obtener comida, trapos para pañales y agua hervida para las madres y sus bebés. Los relatos posteriores aseguran que todos los niños que trajo al mundo en aquel lugar macabro nacieron vivos y sin complicaciones, utilizando apenas unas tijeras, una palangana y sus manos.
Tras cada parto, Stanisława bautizaba a los recién nacidos con agua o infusión, un acto que servía como ritual y ofrecía consuelo a las traumatizadas madres. A pesar de las directrices de Auschwitz que ordenaban no cortar el cordón umbilical y arrojar al bebé con la placenta a la basura, Stanisława arriesgaba su vida al devolverlos a sus madres, aunque la mayoría morían de hambre por falta de leche.
En su informe, Stanisława relataría cómo el doctor Mengele le solicitaba información sobre estas muertes y le ordenó practicar la eutanasia a los recién nacidos. Su respuesta fue rotunda: "Ni ahora ni nunca". Sorprendentemente, no fue ejecutada en ese momento. Sin embargo, muchos de estos bebés fueron arrebatados para ser ahogados en barriles. De los aproximadamente 3000 niños a los que ayudó a nacer, 2500 murieron, mientras que unos pocos cientos, de ojos azules, fueron dados en adopción para ser germanizados. Apenas 30 lograron sobrevivir junto a sus progenitoras.
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La empatía que sentía Stanisława por las madres y sus hijos era su fuerza: "Es lo que me hacía más fuerte cada día y cada noche que dedicaba al trabajo arduo; el esfuerzo y el sacrificio eran solo una expresión de mi amor por los niños pequeños y sus madres, cuyas vidas intentaba salvar a toda costa. De lo contrario, no habría podido sobrevivir."
Regreso a la Vida y Legado
Tras la liberación del campo el 26 de enero de 1945, Stanisława regresó a Łódź, donde también llegaron sus hijos. A pesar de su precaria salud tras el cautiverio, continuó ejerciendo como partera hasta 1958.
En 1965, publicó su obra "El informe de una partera de Auschwitz", dando a conocer su extraordinaria vida. El 27 de enero de 1970, asistió a una celebración oficial en Varsovia, donde se reencontró con prisioneras de Auschwitz y sus hijos adultos, nacidos con su ayuda. Stanisława Leszczyńska falleció el 11 de marzo de 1974, a los 77 años, en su ciudad natal.
En su funeral, la doctora Jadwiga Węgierska‑Paradecka la describió como "una manifestación, la despedida pública de una persona de complexión delgada, modesta en su conducta y vestimenta, pero simbólicamente una gigante, completamente dedicada al servicio de sus semejantes y de Polonia… Tuvo el coraje de desafiar las órdenes de los criminales nazis para ayudar a sobrevivir a sus compañeras de prisión cuyas vidas estaban en peligro y que también habían perdido a su mayor tesoro: los hijos".
Hoy en día, en Polonia, varios hospitales y organizaciones llevan el nombre de Stanisława. La calle principal del museo del campo de concentración de Auschwitz y otra calle en Łódź también honran su memoria. En 1983, la Escuela de Obstetras de Cracovia adoptó su nombre en su honor. Por su inmensa labor humanitaria, la Iglesia católica ha iniciado su proceso de beatificación, y las peregrinaciones a su tumba son habituales.

La historia de Stanisława Leszczyńska es un poderoso recordatorio de la capacidad humana para la compasión y la resistencia frente a la adversidad más extrema. Su negativa a obedecer las órdenes de Mengele y su dedicación a salvar vidas en Auschwitz la convierten en una figura inolvidable y un ejemplo de valentía moral.