La Matrona de Éfeso: Un Relato de Lealtad y Seducción a Través de los Siglos

La historia de La matrona de Éfeso, la viuda inconsolable que acaba dejándose seducir por un desconocido, es uno de los cuentos más difundidos en la tradición literaria europea desde el siglo I. Es un relato misógino, cómico-satírico, con antecedentes en la literatura greco-latina y cuyo origen remoto parece situarse en Oriente, donde abundaron los cuentos sobre viudas infieles, documentado incluso en la tradición budista. La anécdota, a juzgar por la multiplicidad de versiones provenientes de diversas épocas, parece convocar inquietudes poderosas del inconsciente social sobre la fidelidad femenina y la naturaleza humana.

Representación artística de la Matrona de Éfeso en el sepulcro con el soldado

Orígenes y Autoría

Petronio y "El Satiricón"

El relato más conocido de la matrona de Éfeso se encuentra en la obra de Gayo Petronio Árbitro (ca. 14-27 d.C. / ca. 66 d.C.). Petronio, amigo y protegido del emperador Nerón, fue una figura destacada en la corte romana, conocido como elegantiae arbiter (árbitro de la elegancia). Tácito lo describe como un aristócrata, gobernador y procónsul en Bitinia, dotado de extraordinaria inteligencia, sentido del humor, creatividad, brillantez y profundidad de pensamiento, aunque hedonista en su conducta.

A Petronio se le atribuye la novela satírico-picaresca El Satiricón, de la que solamente se conservan algunos fragmentos. Esta obra narra costumbres romanas de la época, algunas declaradamente obscenas, en prosa con pasajes en verso. Estructurada en diferentes episodios y repleta de recursos estilísticos, constituye una sarcástica descripción de la sociedad romana, partiendo de la observación de la vida real y la cotidianidad social. El lenguaje de Petronio es notable porque, si bien el narrador emplea el latín clásico erudito, muchos de los personajes se expresan en lenguaje coloquial, aportando valiosos elementos para rastrear los orígenes de las lenguas romances. El relato de la matrona de Éfeso se encuentra dentro del episodio de la «Cena de Trimalción».

Antecedentes del Relato

Antes de Petronio, la historia ya circulaba en la tradición grecolatina, encontrándose versiones en Esopo y Fedro ("Viuva et miles"). El origen más profundo en el tiempo de algunas de sus tramas se remonta a la China antigua, con narraciones que hablan sobre la infidelidad de las mujeres, como la citada "La leyenda de Chuang Song", presumiblemente del siglo IV, considerada la primera del género. A partir del texto de Petronio, la fábula se difundió ampliamente por toda Europa.

El Relato de la Matrona de Éfeso (Versión de Petronio)

En Éfeso, había una matrona de virtud tan reconocida que atraía para verla a mujeres de pueblos vecinos. Cuando perdió a su esposo, su luto fue extremo; no solo lo acompañó tras el cortejo fúnebre con la cabellera despeinada y golpeándose el pecho, sino que fue con su difunto esposo hasta su tumba. Luego de depositarlo en el hipogeo, se consagró a velar el cuerpo y a llorarlo día y noche, consumiéndose sin probar bocado durante cinco días.

Sus padres y familiares no pudieron apartarla de su aflicción ni de su intento de morir por hambre. Incluso los magistrados, al verse rechazados, dejaron de intentarlo. Todos la lloraban como si ya hubiera muerto, a esta mujer que daba un ejemplo sin igual de castidad y amor conyugal. La acompañaba una sirvienta muy fiel que compartía su llanto y que, cuando comenzaba a apagarse, renovaba la llama de la lamparilla que alumbraba el sepulcro.

En ese tiempo, el gobernador de la provincia ordenó crucificar a varios ladrones cerca de la cripta donde la matrona lloraba. La noche siguiente a la crucifixión, un soldado vigilaba las cruces para impedir que alguien desclavase los cuerpos para sepultarlos. Notó una lucecita titilando entre las tumbas y oyó los lamentos de alguien que lloraba. Llevado por la curiosidad, bajó a la cripta y, al descubrir a una mujer de extraordinaria belleza, quedó paralizado de miedo, creyendo hallar un fantasma. Pero, al ver el cadáver tendido, las lágrimas de la mujer y su rostro rasguñado, se dio cuenta de que estaba ante una viuda desconsolada.

El soldado llevó su cena a la cripta y comenzó a exhortar a la afligida mujer para que no se dejara dominar por aquel dolor inútil. Le recordó que la muerte es el fin de todo y el sepulcro, la última morada. Aunque sus consejos exacerbaban el sufrimiento de la matrona, quien se golpeaba el pecho y arrojaba mechones de cabello sobre el cadáver, el soldado insistió, tratando de hacerla probar su cena. Finalmente, la sirvienta, tentada por el olor del vino, no pudo resistir la invitación y, al recobrar las fuerzas con alimento y bebida, comenzó a atacar la terquedad de su ama:

-"¿De qué te servirá todo esto? ¿Qué ganas con dejarte morir de hambre o enterrada, entregando tu alma antes que el destino la pida? Los despojos de los muertos no piden locuras semejantes. Vuelve a la vida. Deja de lado tu error de mujer y goza, mientras sea posible, de la luz del cielo. El mismo cadáver que está ahí tiene que bastarte para que veas lo bella que es la vida."

Al fin, la viuda, agotada por el ayuno, depuso su obstinación y comió y bebió con la misma ansiedad que su sirvienta. Se sabe que un apetito satisfecho produce otros. El soldado, entusiasmado con su primer éxito, asaltó su virtud con halagos similares. La matrona, además acuciada por la sirvienta que le repetía: "¿Te resistirás a un amor tan dulce? ¿Perderás los años de juventud? ¿A qué esperar más tiempo?", no tardó en ceder. Se acostaron juntos no solo esa noche, sino también el día siguiente y el otro, cerrando bien las puertas de la cripta para que nadie sospechara.

Sin embargo, los parientes de uno de los ladrones crucificados, notando la falta de vigilancia, descolgaron su cadáver y lo sepultaron. El soldado, al día siguiente, halló una cruz vacía. Temeroso del suplicio que le aguardaría, contó lo ocurrido a la viuda:

-"No, no -le dijo-, no esperaré la condena. Mi propia espada, adelantándose a la sentencia del juez, castigará mi descuido. Te pido, mi amada, que una vez muerto me dejes en esta tumba. Pon a tu amante junto a tu marido."

Pero la mujer, tan compasiva como virtuosa, le respondió:

-"¡Que los dioses me libren de llorar la muerte de los dos hombres que más he amado! ¡Antes crucificar al muerto que dejar morir al vivo!"

Una vez dichas estas palabras, le hizo sacar el cuerpo de su esposo del sepulcro y colgarlo en la cruz vacía. El soldado usó el ingenioso recurso y, al día siguiente, el pueblo admirado se preguntaba cómo un muerto había podido subir a la cruz.

Difusión y Adaptaciones en la Literatura Europea

Tradición Medieval

La historia de "La matrona de Éfeso" se consolidó como un paradigma de la lujuria y la falsedad de las mujeres, pasando rápidamente a los ejemplarios medievales. Se encuentra en la obra del clérigo inglés Juan de Salisbury, Policraticus, y en un Novellino italiano del siglo XII. También aparece en la famosa Historia Septem Sapientum Romae (siglo XIII) y en los exempla de Jacques de Vitry y Etienne de Bourbon. En el siglo XIV, fue tema de un exemplum de la Scala Caeli del dominico francés Jean de Gobi, de donde la toma la Novella de Diego Cañizares (siglo XV), presentando una nueva versión que se aparta de la clásica.

Siglos Posteriores y la Tradición Oral

Junto a las nuevas versiones que se fueron elaborando, la fábula latina fue recogida en las colecciones fabulísticas europeas, en textos literarios y en tratados didácticos hasta el siglo XVIII. Aparece documentada en el Fabulario Portugués del siglo XV con el título de “A viúva e o alcaide”, y en versos endecasílabos la recoge el Romancero general de Miguel de Madrigal (1605) como “Carta contra los vicios de las mujeres”. Como muestra del carácter femenino -pecaminoso y desleal-, la historia fue utilizada frecuentemente desde los púlpitos y reelaborada en la tradición oral con motivos más acordes a las costumbres de las comunidades rurales.

La versión oral más conocida en la Península Ibérica sobre el tema es “La falsa esposa”, que narra la historia de un labrador que, para probar la fidelidad de su mujer, finge su muerte con su criado y comprueba cómo la viuda, inicialmente llorosa, acaba cediendo a los afectos del sirviente. El cuento aparece en 1589 en el tratado de moralidad Diálogos familiares de la agricultura cristiana, de Juan de Pineda, con el título “Muérete y verás”. También fue recogido por Teófilo Braga en el Algarve (siglo XIX) con el nombre de “Alería da viúva”, y por Aurelio Espinosa (1946) en la provincia de Ávila. En la recopilación de literatura popular vasca de R. M-Azkue (1935), la historia figura bajo el título de “Biziak ezagutzeko” (Para conocer a los vivos, morir).

Interpretaciones Modernas

El relato ha sido objeto de diversas interpretaciones y adaptaciones. Por ejemplo, en la versión francesa de La Fontaine y en la tradición iconográfica, así como en algunas adaptaciones cinematográficas como la de Fellini, la cruz es a veces sustituida por la horca. Este cambio se debe, probablemente, a la intención de no incurrir en blasfemia religiosa, dada la importancia que la cruz adquirió para el cristianismo.

El Tema de la Viuda en la Literatura y la Sociedad

La literatura de todo tipo, a menudo, ha sido rigurosa -y hasta cruel- con respecto a las viudas. Fallecido el marido, se esperaba que ellas estuvieran "muertas al mundo". La sociedad pretendía y exigía que la buena viuda aprendiera a serlo de veras, recordando que, en el matrimonio, de ella y de su marido se hacía una misma carne; así, muriéndose el marido, quedaba muerta la mitad de ella. Por esa razón, los velos cubrían desde la cabeza hasta la mitad de su cuerpo, como una mortaja, simbolizando que la mitad de su cuerpo debía estar muerta.

Se distinguían las "viudas de Dios", que cumplían estas expectativas, de las "viudas de burla" y "viudas del diablo". Estas últimas se mostraban "llenas de olores y afeites, dando lustre al rostro con vinagres destilado, con aguas de habas y boñigas de buey refrescan la tez, ablandan la carne con aguas de almendras y pérsigo y con zumo de limón". La sabiduría popular sentencia lo que la literatura mandaba: "Viuda que se arrebola, para mí que no duerme sola."

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