La interrogante sobre si un criminal nace o se hace ha sido el núcleo del debate en la criminología desde finales del siglo XIX. Esta disciplina, definida como la ciencia que estudia la relación entre el crimen y los trastornos psicológicos, busca determinar qué factores -biológicos, psicológicos o sociales- impulsan a una persona a transgredir la ley.

Perspectiva biológica: la teoría del delincuente nato
Históricamente, los primeros intentos de explicar la criminalidad se centraron en la naturaleza del individuo. Cesare Lombroso, considerado el padre de la criminología positivista, postuló en su obra L’uomo delinquente (1876) que ciertos sujetos nacen con características físicas que los predisponen al crimen, como anomalías en la forma del cráneo o mandíbulas prominentes.
Aunque estas teorías iniciales han sido superadas, la vertiente biológica ha evolucionado hacia la neurocriminología. Investigadores como Adrian Raine han analizado cómo anomalías en áreas cerebrales influyen en la conducta:
- Corteza prefrontal: Encargada de la toma de decisiones y el autocontrol. Su disfunción suele relacionarse con comportamientos impulsivos y antisociales.
- Amígdala: Crucial para regular el miedo y la agresión. Anomalías en su tamaño o actividad pueden explicar la incapacidad de sentir emociones negativas o remordimiento.
- Genética: Se ha estudiado el gen MAOA (el "gen del guerrero"), cuya función irregular puede afectar la descomposición de neurotransmisores como la dopamina y la serotonina, aumentando la predisposición a la agresividad.

El entorno como determinante: factores sociales y ambientales
Frente a las teorías deterministas, la sociología criminal subraya que el entorno es el campo donde se fragua la conducta delictiva. Los factores más relevantes incluyen:
Factores Familiares y Escolares
La familia es el foco primario de socialización. El estilo de crianza, la ausencia de supervisión o la normalización de la violencia doméstica son predictores críticos de conductas antisociales en la edad adulta. Por su parte, la escuela actúa como un entorno de refuerzo de principios; no obstante, el fracaso escolar y el individualismo pueden actuar como agentes negativos.
Factores socioeconómicos y estructurales
La pobreza y la falta de oportunidades son factores que contribuyen a que los individuos vean en la actividad delictiva una vía de supervivencia. Asimismo, la teoría de la anomia de Émile Durkheim y la teoría de la tensión de Robert K. Merton explican que el crimen surge ante la falta de cohesión social y la brecha insalvable entre las aspiraciones culturales y los medios legítimos para alcanzarlas.
Teorías del aprendizaje y la conducta
No todos los enfoques ven el crimen como una fatalidad biológica o una carencia económica. La teoría del aprendizaje social de Bandura y Walters sugiere que el comportamiento criminal se adquiere mediante la observación y la imitación. En esta línea, Edwin Sutherland sostiene que el delincuente es alguien que, mediante sus redes sociales, adopta las normas y valores del entorno criminal.
Por otro lado, figuras como Freud exploraron los conflictos inconscientes y emocionales, mientras que la teoría de la elección racional propone que el individuo delinque tras un proceso de cálculo, sopesando beneficios frente a riesgos.
Caso de estudio: Mary Bell
El caso de Mary Bell, quien cometió actos violentos a los 11 años, sirve como ejemplo de la interacción compleja entre factores. Su historia personal, marcada por abusos y un entorno familiar disfuncional, refleja cómo la predisposición puede ser activada por circunstancias externas devastadoras, haciendo difícil trazar una línea divisoria entre lo innato y lo aprendido.
En síntesis, la criminología contemporánea sugiere que no existe un "gen criminal" absoluto. La conducta delictiva es el resultado de una interacción dinámica entre predisposiciones biológicas y un ambiente que puede actuar como catalizador o inhibidor.