Pocos soberanos dejaron una huella tan profunda en su tiempo como Jaime I el Conquistador. Considerado una de las figuras más trascendentales de la historia peninsular, su reinado marcó el apogeo de la Corona de Aragón en la Edad Media, transformándola en una de las principales potencias del Mediterráneo. Heredó extensos dominios por parte de su padre, el reino de Aragón y los condados de Barcelona y Urgel, y de su madre, María, el señorío de Montpellier. Territorios que amplió con una serie de campañas de conquista contra los musulmanes, que le llevaron a incorporar dos nuevos reinos: el de Mallorca y el de Valencia. El recuerdo de estas victorias y de su poderosa personalidad, caracterizada a la vez por la fuerza física y la devoción religiosa, cristalizaron en la imagen de un rey ideal, santo y conquistador, justiciero y providencial.
Orígenes y Minoría de Edad
Jaime I nació el 1 de febrero de 1208 en Montpellier, ciudad de su madre, María. Las crónicas medievales envuelven su concepción en un aura milagrosa. Se relata que su padre, Pedro II de Aragón, quien era amante ardiente de cualquier hermosa dama salvo de su esposa, cayó en una estratagema planeada por los cónsules y prohombres de Montpellier con el fin de procurar un heredero legítimo a la corona. Una noche, el rey entró en un aposento de palacio creyendo que una noble doncella consentía a sus deseos, pero al despuntar el nuevo día, los cortesanos irrumpieron en la cámara real para notificar al atónito soberano que la cortesana a su lado no era sino la reina María. De aquel engaño nacería don Jaime nueve meses después.
Su infancia estuvo marcada por la tragedia y la inestabilidad. Las intrigas que rodearon al pequeño Jaime se agudizaron tras la muerte de su padre en la Batalla de Muret, en 1213, un desastre para la Corona de Aragón que significó su acceso al trono cuando solo tenía cinco años. Su madre había muerto poco antes, lo que lo dejó huérfano. En un primer momento, cuando tenía tres años, el futuro Jaime I quedó bajo la custodia de Simón de Montfort y fue recluido en el castillo de Carcasona. Después de la muerte de su padre, Jaime I, bajo la tutela teórica del Papa, quedó en la práctica bajo el control de un consejo de regencia que era la expresión del poder de los grandes linajes nobiliarios aragoneses y catalanes. Durante su minoría de edad, Jaime estuvo bajo la custodia de los caballeros Templarios en el castillo de Monzón, junto a su primo, de su misma edad, Ramón Berenguer V, conde de La Provenza, siendo su tutor Guillermo de Montredón entre 1214 y 1217. En 1218 fue nombrado mayor de edad por las primeras Cortes Generales de Lérida, con tan solo 10 años.
Desafíos y Consolidación del Poder Real
La primera década de su gobierno fue complicada. A principios del siglo XIII, los reinos de Jaime I estaban dominados por los barones feudales. El poder del rey dependía del consentimiento de la nobleza, que era capaz de imponer duras condiciones a cambio de prestarle homenaje y prometerle consejo y ayuda, como ocurrió en el juramento que los estamentos del reino prestaron al joven monarca en 1214. La promesa de ayuda era, sobre todo, de índole militar, puesto que el ejército se reclutaba a través de mesnadas de caballeros encabezados por linajes aristocráticos como los Montcada, los Cardona o los Lizana. Las relaciones del Conquistador con la nobleza estuvieron llenas de tensiones, que derivaron a menudo en la sublevación abierta. Las crónicas de la época recogen numerosos episodios de esta naturaleza. Así, cuando tenía 15 años, Jaime estuvo tres semanas en Zaragoza prisionero de algunos ricohombres aragoneses junto a su joven esposa.
En el Reino de Aragón se produjo una alianza entre buena parte de la nobleza y algunas de las ciudades más importantes, lo que llevó a Jaime a ser, en la práctica, un prisionero en su propio reino. Incluso en 1227 tuvo que afrontar un levantamiento de nobles liderado por su tío, el infante Fernando, que solo pudo ser aplacado gracias a la intervención del papado y la firma de la Concordia de Alcalá. Esta paz rubricó el definitivo triunfo de la monarquía sobre los nobles de Aragón y proporcionó a Jaime I la estabilidad necesaria para iniciar sus campañas militares.

Grandes Conquistas Militares
Lo que realmente solucionó las tensiones internas y consolidó su poder fue la reanudación de la conquista contra los musulmanes. Las islas Baleares siempre habían supuesto un grave problema para el comercio mediterráneo debido a la piratería islámica. Los mercaderes de Barcelona, Tarragona y Tortosa pidieron ayuda al rey para poner fin a ese problema, ofreciendo sus naves al servicio de la corona, llegando al acuerdo en diciembre de 1228 de preparar la invasión. La nobleza aragonesa propuso una empresa similar, pero dirigida hacia Valencia, como su zona de expansión natural y para lograr una salida directa al mar.
Conquista de Mallorca
La conquista de Mallorca, emprendida en 1229, fue una empresa audaz y un punto de inflexión. El 5 de septiembre de 1229 zarpó de los puertos de Tarragona, Salou y Cambrils una escuadra de 155 naves, con 1.500 caballeros y unos 15.000 infantes. Para diciembre de ese mismo año ya se había hecho con el control de la isla, salvo un pequeño reducto en la sierra de Tramontana que resistió hasta 1232. No solo aseguró las rutas comerciales marítimas de la Corona, sino que también estableció las Islas Baleares como parte integral del reino aragonés, constituyendo Mallorca como un nuevo Estado dentro de la Corona de Aragón, definido como Regnum Maioricarum et insulae adyacentes. Aunque fue incapaz de conquistar la Isla de Menorca militarmente debido a divisiones internas y una epidemia, logró un vasallaje de los musulmanes de la isla mediante la diplomacia en el Tratado de Capdepera (1231). Ibiza y Formentera fueron sometidas y cedidas al arzobispo de Tarragona en 1235.
Conquista de Valencia
Aprovechando los recursos y el prestigio obtenidos, Jaime I asumió en 1232 la dirección de la conquista de Valencia. Tras años de asedios y campañas militares, Jaime I logró la anhelada conquista de la ciudad de Valencia en 1238. Este hito fue de vital importancia, ya que incorporó un territorio fértil y densamente poblado a la Corona, dando origen al Reino de Valencia. Tanto en Mallorca como en Valencia, Jaime I decidió crear reinos autónomos, pero integrados en la Corona de Aragón.
Expedición a Murcia y Cruzadas Fallidas
En la década de 1260, Jaime I decidió socorrer a Alfonso X el Sabio de Castilla con una gran expedición militar que retornó el dominio cristiano al reino de Murcia en favor de Castilla. Los últimos años de vida de Jaime I fueron amargos, ya que asistió al fracaso de sus dos tentativas de realizar una cruzada en Tierra Santa (1269 y 1274). En el último tramo de su libro, el rey Jaime I dedica una decena de capítulos a la única empresa militar fracasada de su vida: la cruzada a Tierra Santa contra el sultanato mameluco de Egipto, a la que partió con su flota desde Barcelona en septiembre de 1269.
Legislación y Gobierno
El principal cometido de un rey en la Edad Media era el gobierno de su pueblo. Urgido por la necesidad de organizar y unificar sus vastos dominios, aunque respetando a la vez la autonomía de cada uno de ellos, Jaime I se sumergió en una intensa labor legislativa. Secundado por la voluntad y el consejo de los prelados y prohombres de sus dominios, reformó y corrigió los fueros antiguos de sus reinos. Así, en 1247 impulsó la redacción de un Fuero General de Aragón y cuatro años después promulgó los Fueros del reino de Valencia. En Cataluña tuvo especial importancia la reforma por la que se constituyó el Consejo de Ciento, la asamblea municipal de Barcelona. Impulsó también la expansión comercial catalana por el Mediterráneo y promovió la redacción del Libro del Consulado de Mar, una compilación de derecho marítimo.
La aplicación de la justicia era el principal deber del rey, aunque en la práctica era extraño que la rindiese personalmente. Aun así, Jaime I no renunció a intervenir en persona en cuestiones de justicia. Por ejemplo, después de la caída de Mallorca, cuando algunos de sus soldados arremetieron contra los musulmanes vencidos, don Jaime propuso castigar a los culpables con tal severidad que "se abstuvieron de allí adelante de robar ni saquear ninguna cosa".

Carácter y Vida Personal
Un Gigante Valeroso
La admiración que causó su figura entre los cronistas medievales estimuló la redacción de descripciones que elogian no solo su cualidad de buen monarca, sino también su presencia física. Quizás la más conocida sea la que ofrece Bernat Desclot: "Fue el hombre más hermoso del mundo; era un palmo más alto que el resto, y muy bien formado, y perfecto en todos sus miembros. Tenía un gran rostro, sonrosado y fresco, la nariz larga y bien recta, la boca grande y bien dibujada, y dientes grandes, bonitos y blancos que parecían perlas, y ojos verdes y bonitos cabellos rubios semejantes al hilo de oro, y anchas espaldas y cuerpo largo y delgado, y los brazos fuertes y bien contorneados, y bellas manos y largos dedos, y los muslos gruesos, y piernas largas, rectas y gruesas de acuerdo con su estatura; y pies largos y bien formados y calzados con elegancia."
Numerosas referencias atestiguan igualmente su coraje y valentía. En el curso del sitio de Valencia, en 1238, recibió un disparo de ballesta en la cabeza y, para evitar que sus mesnadas se derrumbaran moralmente, se arrancó la flecha de cuajo para seguir al mando de las operaciones durante la jornada. En su crónica, el monarca explica que no pudo ver durante cuatro o cinco días con el ojo de la zona lesionada y que, una vez recuperado, cabalgó por todo el campamento "para que la gente no se desanimara".
Vida Amorosa y Religiosidad
En consonancia con su naturaleza de seductor, la historiografía corrobora que sus brazos rodearon a hermosísimas mujeres. Se casó muy joven con la infanta Leonor, hija menor de Alfonso VIII de Castilla, matrimonio que fue anulado por razones de parentesco. Luego se casó con Violante de Hungría, que le daría nueve vástagos. Además, sobre todo tras la muerte de Violante en 1251, Jaime I mantuvo numerosas relaciones con damas de alta alcurnia, como Aurembiaix de Urgel, Teresa Gil de Vidaure o Sibil·la de Saga. Su vida amorosa llegó a ser motivo de escándalo; en 1269, cuando Jaime se ofreció a lanzar una cruzada, el Papa le replicó: "Queremos que sepáis que el Crucificado no acepta el servicio de aquel que, maculándose con un contubernio incestuoso, lo crucifica nuevamente"; se refería a la relación de Jaime con Berenguera Alfonso, considerada incestuosa por tratarse de una prima del rey de Castilla, yerno a su vez de Jaime.
A pesar de haber sido excomulgado por el Papa por ordenar cortar la lengua a Berenguer de Castellbisbal, obispo de Girona y confesor del rey, por haberle traicionado al quebrantar el secreto de confesión, no caben dudas sobre su sincera y fervorosa religiosidad. Devoto de la Virgen María, don Jaime creyó siempre ser objeto de la protección divina, manifestada especialmente durante sus campañas militares. Considerándose como abanderado de la fe, se marcó como objetivo primordial y casi obsesivo la expansión territorial a costa de los musulmanes. La intensidad de este sentimiento se refleja en las palabras que recoge el cronista Muntaner, según el cual, el rey, recuperándose en su lecho de una grave herida en territorios de Valencia, exclamó: "Arrea mi caballo y apareja mis armas que quiero ir contra los traidores sarracenos que quieren que muera. ¡No lo crean! ¡Que antes los destruiré a todos!".

El "Llibre dels Feyts": Una Autobiografía Real
Una de las joyas de su legado es su propia autobiografía, el «Llibre dels Fets» (Libro de los Hechos). Escrito en catalán, es una crónica detallada de su vida y reinado, narrada desde su propia perspectiva. Muy posiblemente es en este momento, en Valencia, junio de 1270, en un periodo de relativa tranquilidad y de muchas dudas, que el rey Jaime empezó a dictar sus memorias, creyendo que su vida entera había sido dirigida por la Divina Providencia, tal era la magnitud de sus logros.
Muerte y Legado
El reinado de Jaime I fue uno de los más largos que constan en los anales de la España medieval: nada menos que 63 años. Finalmente, enfermo y fatigado, Jaime I fallecía el 2 de febrero de 1276, tras recibir "católicamente todos los sacramentos, y con mucha reverencia y devoción", en términos del cronista Lucio Marineo Sículo. Otro cronista, Bernat Desclot, cuenta que en ese instante "los ángeles del cielo vinieron con alegría, le tomaron el alma del cuerpo y se la llevaron al cielo ante Dios". Su desaparición fue recibida con desconsuelo generalizado en todo el reino. Su sepultura, como había ordenado, se dispuso en Santa María de Poblet.
A la muerte de Jaime I, su reino se dividió entre su primogénito Pedro (que recibió Cataluña, Aragón y Valencia) y su segundo hijo Jaime (quien sería rey de Mallorca y el Rosellón). Aunque fue un monarca paladín de la fe católica, las diferencias políticas que había mantenido con el Papado impidieron que alcanzara la santidad, a diferencia de otros reyes de su época. Aun así, surgió una corriente de veneración popular por su memoria y de culto a las reliquias asociadas a su persona. Uno de sus sucesores, Pedro IV, entrado ya el siglo XIV, no dudaba en calificar a Jaime I como "lo sant rei", al tiempo que ordenaba que cada año se celebrase el aniversario de su muerte.
Hoy en día, la memoria de Jaime I sigue viva en los territorios que forjó. Los límites que marcó al reino aragonés son, en gran medida, los que hoy en día siguen existiendo, incluida la falta de la ansiada salida al mar que tanto se buscaba entonces.