La literatura ha sido siempre un espejo de la experiencia humana, abordando temas universales como la relación entre padres e hijos. Desde la exploración de miedos y terrores hasta la búsqueda de un paraíso terrenal o la construcción de la identidad, los libros ofrecen un espacio único para la reflexión y el crecimiento. Como señalaba el cardenal Newman, lo literario es un archivo de la experiencia humana, y por ello, no es ajeno a las complejidades de este vínculo fundamental.
La literatura de terror y su papel en la formación
Cuando llega la adolescencia y los gustos de los jóvenes comienzan a cambiar, surge el dilema: ¿Es conveniente que se asomen a los abismos del terror literario? ¿Debemos explorarlos o evitarlos? Eugenio Trías se preguntaba si era conveniente evitar ese «feudo de misterios que, debiendo permanecer ocultos, producen en nosotros, al revelarse, el sentimiento de lo siniestro».
C. S. Lewis, en su obra «La pesadilla», sugirió que «es posible que al limitar a su hijo a historias irreprochables sobre la vida infantil en las que no ocurre nada alarmante, usted no lograría desterrar los terrores, sino que lograría desterrar todo lo que puede ennoblecerlos o hacerlos soportables».
La perspectiva cristiana sobre el terror
La visión cristiana de la existencia reconoce la profunda herida que el pecado ha traído al hombre y al mundo, un hecho que cohabita con el misterio del existir. El literato católico ha de tratar con esta realidad de forma prioritaria, viendo a la humanidad luchando en un mundo caído y combinando un anhelo de gracia y redención con una profunda sensación de imperfección humana y pecado. El mal existe, pero el mundo físico no es malo, y la naturaleza es sacramental, brillante, con signos de cosas sagradas.
El cristianismo admite el misterio, pero no el absurdo ontológico; admite lo tremendo, pero no la soberanía del caos; admite la pequeñez del hombre, pero dentro de una creación inteligible, providente y llena de esperanza. Por eso, una imaginación cristiana ha de ser educada dentro de estos márgenes, que son muy amplios. Sin embargo, cuando nos acercamos a los límites del miedo o el terror, sea físico o numinoso, habrá que andar con tiento para no caer en el abismo: el trato indiscriminado con el miedo y aquello que lo causa puede desviarse hacia la morbosidad y la desesperanza.
El miedo como herramienta para la virtud
El conocimiento intelectual depende de los sentidos y, especialmente, de la imaginación (clasificada como sentido interno por Santo Tomás), quien advierte que el intelecto necesita imágenes (phantasmata) para pensar. Por otro lado, el miedo es una pasión del apetito irascible ante un mal arduo o difícil de evitar. Aquí, la literatura puede jugar un papel importante.
Con el fin de la prudencia en el alma del lector, ya en el siglo XVIII, el doctor Samuel Johnson exigía que las ficciones temibles se subordinasen a la rectitud moral y a la comprensión de la naturaleza humana. Bajo esta misma premisa, Chesterton, Tolkien y C.S. Lewis nos mostraron que lo monstruoso y temible puede ser conveniente para la correcta formación y control de nuestras pasiones; pues al presentar el mal -que no es sino una privación del bien- como una entidad que debe ser combatida, este tipo de narración provee a la mente de los “fantasmas/imágenes” (como diría Aquino) necesarios para ejercitar la virtud cardinal de la fortaleza, disponiendo además al alma para comprender la victoria final de la gracia (o eucatástrofe, en términos de Tolkien).
De todo lo dicho podemos extraer una enseñanza: la literatura de terror, tomada con prudencia, cumple una función purificadora análoga a la que Aristóteles asociaba a la tragedia. Experimentar el miedo y el temor en el entorno seguro y controlado de la ficción literaria podría permitir al niño, adolescente o joven “entrenar” sus pasiones, preparándolas para los combates morales del mundo real.

Claves para una lectura prudente de la literatura de terror
Es necesario equilibrar dos aspectos: el tipo de alimento que proporcionamos a la imaginación y la intensidad de la emoción que ello provoca, porque aquello que consumamos alimentará de igual manera nuestra alma; y la emoción de temor que experimentemos podrá en ocasiones ser demasiado intensa y perturbadora. En función de lo que prudencialmente estimemos, habremos de obrar en consecuencia:
- El momento madurativo: El joven debe tener ya cierta formación de la sindéresis (el hábito de los primeros principios morales).
- El objetivo lector: Este tipo de lecturas deben abordarse con un propósito -incluso si el propósito no está en la conciencia del lector; pero, desde luego, sí que habrá de estar en la de sus padres o preceptores-. Si el descenso a las tinieblas de la novela o relato sirve para encarecer el valor de la luz, el heroísmo, la lealtad y el orden racional, o incluso, la mera existencia de un orden sobre o preternatural, la lectura será provechosa.
- El acompañamiento activo en cada lectura: Dividido en tres etapas:
- Antes de iniciar la lectura: guiando la elección del libro, despertando la curiosidad, y dando llamadas de atención sobre cuestiones delicadas.
- Durante la lectura: no solo para resolver dudas y compartir el entusiasmo del proceso, sino, sobre todo, para advertir a tiempo lecturas que puedan incitar al chico a deslizarse por una pendiente peligrosa.
- Después de la lectura: fomentando la reflexión crítica y la conexión personal con la historia.
En definitiva, una charla literaria como un acto de acogida, guía y cuidado que, además, transformará una experiencia individual en una vivencia social y acompañada, lo que es especialmente importante en el caso de lecturas que provoquen emociones intensas, como el temor.
- El seguimiento continuo: Deberemos estar atentos a los efectos que estas lecturas puedan estar causando en el joven lector, más allá del seguimiento activo de una lectura determinada, extendiéndose a los efectos a medio o largo plazo que un conjunto de obras de este tipo puedan estar causando en el joven. Debemos preguntarnos: ¿Estas lecturas fortalecen el amor a la verdad o vuelven al joven más impresionable?
- La dosificación: Santo Tomás prescribía el descanso, la música y el disfrute de la belleza natural para sanar la melancolía del alma. Una dieta literaria compuesta «exclusivamente» de terror o miedo tiende a ensombrecer el espíritu.
En definitiva, permitir que un joven lea historias de este tipo no es empujarle al mal, sino invitarle a visitar la armería y a ejercitarse en la destreza de la lucha. Haciéndose consciente de lo espantoso que es el abismo -el vampiro, el monstruo, la locura, lo demoníaco, el mal encarnado-, su voluntad libre podrá decantarse con mayor fundamento en la decisión a la que al final se reduce nuestra vida: que puedan decir con firmeza y claridad lo que Chesterton en su lecho de muerte: «La cuestión ahora está bastante clara.»
La búsqueda del paraíso en la Tierra y la literatura
Numerosos han sido los intentos humanos por establecer un paraíso terrenal; por encontrar las condiciones ideales para alcanzar la felicidad plena y permanente. La literatura puede ayudarnos a comprender esta búsqueda y sus implicaciones.
El comunismo y la utopía
El comunismo prometía -y promete- una sociedad utópica, libre de sufrimiento, en la que el proletariado se haría con los medios de producción y, tras una breve dictadura proletaria, se abriría la puerta a un paraíso terrenal, como lo ilustra un párrafo de Karl Marx y F. Engels. Lo imaginado por Marx es parecido a lo que propone Elon Musk, aunque por un camino diferente.
La perspectiva cristiana sobre la felicidad terrenal
Salvo el cristianismo, que ofrece una perspectiva diferente, pues no identifica la plenitud con un orden técnico o político. Desde la óptica cristiana, que la felicidad plena sea imposible en la tierra no es un error de diseño, sino una señal (aunque aquí pueda haber felicidad verdadera, pero imperfecta). Como esta vida terrenal es provisional y caduca, bastaría este hecho bruto, incompatible con esa idea de felicidad que nos persigue, para advertir no solo su imposibilidad, sino también su inconveniencia. Como dice esa frase que se atribuye a Hilaire Belloc: «Siempre pasa algo. Alguien muere.»
Dostoievski y la naturaleza humana
A finales del siglo XIX, Fiódor M. Dostoievski estudió las nuevas ideas marxistas y, tras considerarlas nefastas, decidió demolerlas en varias novelas, siendo Los hermanos Karamázov quizá la más destacada. La historia sigue al «hombre del subsuelo», un antihéroe: misántropo amargado, inteligente y pusilánime, rencoroso y solitario (casi el perfil de ciertos jóvenes actuales sumergidos en la tecnología, encerrados en los sótanos paternos hasta avanzada edad, con actitudes antisociales y misóginas; los hikikomori o basement dwellers). Dostoievski nos muestra, mediante la reflexión obsesiva del protagonista, el error basal del comunismo -común a toda ideología-: un error sobre la naturaleza humana. Dostoievski lo sabe: aunque se construyera un mundo de felicidad idílica, el hombre lo terminaría destruyendo. Los hombres buscarían sufrimiento y pruebas… ¿Por qué? Porque el hombre fue creado para la felicidad, pero no para una felicidad meramente terrena. El error de las ideologías es pretender alcanzarla en esta vida y por medios técnicos o políticos.
Benson y la incongruencia de un paraíso terrenal
A inicios del siglo XX, monseñor Robert Hugh Benson nos dio una respuesta mediante una parábola a contrario de su más famosa novela, El señor del mundo: Alba triunfante. La historia oscila entre un bosquejo del reinado de mil años de Cristo y un mensaje -menos evidente- sobre la inconveniencia o más bien, la incongruencia con el cristianismo, de un paraíso en esta tierra. Como escribe Juan Manuel de Prada: «Benson es consciente de la separación entre dogma católico y formas políticas; y de las tensiones en un mundo donde la Iglesia se hubiese convertido en gobierno triunfante que dejó de cargar la cruz.» Benson nos quería decir cómo sería el mundo si «el pensamiento antiguo» prevaleciese sobre el modernismo religioso de su tiempo, y su conclusión es clara: el encuentro pleno con Cristo y la visión beatífica con su infinita felicidad no son para este mundo. Por algo el Credo termina con la promesa de la «vida futura».
Huxley y la distopía del placer
Aldous Huxley presenta en su famosa novela Un mundo feliz una distopía de sociedad regida por el placer, con castas biológicamente diseñadas, ocio planificado y consumo perpetuo. El argumento central de Huxley es que la felicidad sin verdad, sin virtud, sin libertad real (con la posibilidad del error y del pecado), no es felicidad humana. Es algo maligno que deshumaniza.
Las tres obras de Dostoievski, Benson y Huxley plantean lo que Santo Tomás llamaría la sustitución de la verdadera felicidad (beatitudo vera), que requiere el ejercicio de las virtudes y la visión de Dios, por una felicidad aparente (beatitudo apparens) basada en el placer sensible. La ideología en Dostoievski o el soma en Huxley (hoy el consumo banal, el sexo sin límites o las drogas legales) no perfeccionan al hombre, lo anestesian. El sufrimiento solo es soportable si podemos apreciar su valor: Cristo lo transformó, dándole sentido redentor al unirlo a su Cruz. Además, el dolor actúa como “megáfono” que Dios permite para despertar a un mundo sordo. Como dijo C. S. Lewis, «Dios nos susurra en nuestros placeres, nos habla en nuestra conciencia, pero grita en nuestros dolores».
DALE SENTIDO AL SUFRIMIENTO - P. Carlos Spahn
El comunismo prometía -y todavía promete- el paraíso por la economía; Musk lo sugiere a través de la técnica: un pelagianismo ideológico y tecnológico que busca abolir el sufrimiento sin averiguar su sentido. Pretender abolirlo mediante algoritmos y rentas universales no construye el paraíso, sino que vacía de sentido la condición humana. Porque, como nos recuerda Santo Tomás, la beatitud perfecta no se alcanza en esta vida porque fuimos hechos para más: para la comunión eterna con Dios.
El "encantamiento" de las series de libros
Quizá pueda decirse, aunque con cierta prevención, que el éxito de las series de novelas con unos mismos personajes visitando, una y otra vez, nuestra imaginación, no es una rendición ante un capricho del mercado, sino más bien una confesión del alma humana. A pesar de todo y contra todo pronóstico, las series de libros continúan siendo una preferencia entre los gustos de los lectores; y ello a pesar de que en ellas casi todo vuelve. Lo vemos en el Londres victoriano de Sherlock Holmes y su apartamento en Baker Street, en los paisajes mágicos de Narnia, en la convulsa Tierra Media, en los rústicos cobertizos, reunidos con Guillermo y sus proscritos, o en las grandes mansiones señoriales con las heroínas de Austen o enfrascados en las investigaciones de Hércules Poirot.
El hombre no es simplemente un animal en busca de estímulos y sensaciones (aunque hoy lo parezca), sino un ser que busca significado y permanencia. Y esto precisa de continuidad, de memoria, de identidad frente al caos y la nada. Tampoco es ajena a esa soterrada e innata querencia nuestra, el afán por hacernos con un hogar, un lugar estable y cálido al que poder volver. Una novela aislada cae sobre nosotros fugaz, como un relámpago; pero una serie de novelas es como una lámpara en la ventana. En la primera, el lector la atraviesa; en la segunda, el lector la habita. De esta manera, no nos importa ya tanto «saber qué pasa», sino «saber con quién pasa» y «dónde pasa». Esto es algo profundamente humano: no amamos a nuestros amigos porque cada día sean distintos, sino porque, en lo esencial, siguen siendo ellos mismos.
Guías para fomentar la lectura en familia
Para que los hijos sean lectores, la primera condición es que los padres también lo sean. Miguel Sanmartín, autor del blog “De libros, padres e hijos”, ofrece una excelente guía para fomentar la lectura en la familia, describiendo lo que su mujer y él han hecho para lograr que sus hijas fueran lectoras desde muy pequeñas, un hábito que se construye poco a poco, pero con empeño, imaginación y entusiasmo.

Algunos de los temas tratados en breves capítulos, salpicados de anécdotas, citas de autores muy variados y datos sobre libros, son:
- La lectura oral
- La biblioteca de los hijos
- Las ilustraciones
- La lectura temprana
- Conversar sobre libros
- El mundo digital
Sanmartín comenta y recomienda textos adecuados a diversas edades (desde los 2 a los 13 años en adelante), con especial hincapié en los clásicos. El resultado es un libro que merece la pena tener y usar en los hogares y en los colegios, pues el autor es crítico con algunas tendencias actuales de la literatura infantil y juvenil y parte de un enfoque trascendente y cristiano. Miguel afirma que nunca ofrece a sus hijas algo que él no haya leído antes. Esto que parece fácil no lo es, y dedica abundantes páginas a libros para ser leídos o escuchados de los 3 a los 6 años, llegando hasta la adolescencia.
La importancia de la calidad en la literatura infantil
En los libros para niños tienen gran valor la calidad de las ilustraciones. Que los destinatarios sean pequeños no significa que cualquier cosa sirva. Esto es importante por dos motivos: uno porque es frecuente ver libros que adaptan otros antiguos para que sean políticamente correctos, y algunos que en su día fueron populares, ahora se venden en ediciones modificadas de acuerdo a tendencias que cambian buena parte del contenido. Algunos que leímos en nuestra infancia fueron de entretenimiento, no tenían gran valor literario, pero mantenían el fuego lector encendido. No se puede pretender que todos los que nos gustaron, gusten a la generación actual. Algunos tienen valor permanente y muchos caducos. Si leemos antes de aconsejar, nos daremos cuenta de ese rasgo. El valor del 80% de los que menciona para mayores de 8 o 10 años, puede ser duradero. Si en la infancia se coge gusto a la lectura, quizá desarrollen un paladar capaz de detectar libros excelentes. Es importante ofrecer lo mejor sin forzar.
La fascinación por las listas de libros
No hay un único camino para apreciar a los grandes clásicos. Parece ser que la elaboración y la lectura de listas es una de las debilidades del ser humano. Las listas nos fascinan porque nos transmiten la sensación de que existe un orden en este mundo caótico que nos hemos fabricado, nos ayudan a enfrentar la incertidumbre y nos permiten organizar nuestro pensamiento. “La lista es el origen de la cultura. Es parte de la historia del arte y la literatura”, afirmó Umberto Eco.
Una lista incompleta (y resumida) de John Senior para toda una vida incluye autores como:
- Lofting, Hugh.
- Mother Goose.
- Burroughs, Edgar Rice.
- Collins, William.
- Edward Lear.
- A. E. Housman.
- A.A. Milne.
- H. G. Wells.
- G. K. Chesterton.
- A. Conan Doyle.
- J.R.R. Tolkien.
- J. D. Salinger.
- Edith Nesbit.
- Ernest Thompson Seton.
- Henryk Sienkiewicz.
Guía para convertir a niños y adolescentes en lectores entusiastas
Un libro del autor del blog “De libros, padres e hijos”, experto en literatura infantil y juvenil y padre de familia, ofrece una elaborada guía de lecturas para niños y adolescentes. Incluye grandes libros de todos los tiempos, y también otros que contribuyen a que el amor a la lectura no naufrague ante las primeras olas. Hay en él hadas y maravillas, disparates y fantasía épica, imaginación asombrosa y viejas leyendas sobre el coraje heroico. Hay relatos de viajes extraordinarios, y de lucha generosa por ideales grandes. Y hay también sitio para historias sobre el valor de la familia, la maduración y el amor y entrega a los demás.
Libros destacados sobre padres e hijos
Con motivo de la celebración del Día del Padre, se recuperan clásicos y se busca la mirada infantil, con novelas, cuentos, ensayos, poesía y maravillosas ilustraciones que exploran la figura paterna y las relaciones filiales.
- Melvill, de Rodrigo Fresán: Una biografía fantaseada de Allan Melvill, padre de Herman Melville. El escritor argentino entrelaza sucesos reales con inventados para bucear en las relaciones paternofiliales, el estigma del fracaso como algo que se hereda y los procesos de creación. Es un artefacto literario que juega con referencias cronológicas imposibles, distintas voces narrativas y guiños a la literatura de Melville, ofreciendo una escritura hipnótica de rara belleza.
- Obra de Pachet (1987): Reinventó la literatura autobiográfica, contando la vida no como una sucesión de instantes parcelados, sino en su duración, en su experiencia del tiempo. Es una historia en la que la autora quiso mostrar, desde su mirada de madre y de forma emotiva, la evolución y crecimiento de la relación entre padres e hijos. Este cómic fue adaptado al cine como un largometraje documental.
- María cumple 20 años, de Ritxar Bacete: Siete años y medio después de la publicación de una obra anterior, Ritxar Bacete (Vitoria-Gasteiz, 1973) cede la palabra a hijos e hijas, que se convierten en los narradores de estos breves textos, ilustrados por Jordi Solano. Con ellos se perfila un apasionante viaje antropológico por distintas épocas y culturas basado en la investigación histórica. Sus páginas contienen mucha historia, amor, abnegación, cuidados, pasión, entrega, esfuerzo, sabiduría, contradicciones, presencias y ausencias.
- Coplas por la muerte de su padre, de Jorge Manrique: Esta edición de la obra de Jorge Manrique (Paredes de Navas h. 1440-Santa María del Campo Rus, Cuenca, 1479) se presenta a través de la visión contemporánea de Antonio Santos, con prólogo de José Manuel Ortega Cézar y diseño de Pep Carrió. Las coplas parten de las maravillosas esculturillas de cartón que Santos crea a partir de los sentimientos que le evocan esas profundas coplas. Esas piezas bellas y muy modernas pasan a las dos dimensiones que necesita el libro de la mano de Pep Carrió y su estudio.
- Libro sobre Iván Vladímirovich Tsvietáieva, padre de Marina Tsvietáieva: Como cuenta la traductora en el prólogo, el padre de Marina Tsvietáieva, Iván Vladímirovich Tsvietáieva era «historiador, arqueólogo, filólogo y un reconocido especialista en historia del arte, profesor en la Universidad de Moscú. Tranquilo, bondadoso y de carácter suave, ese padre en casa parecía ausente, pero su hija descubrió que ocultaba un «heroísmo silencioso».
- 1980, de Juan Vilá: Este libro se titula 1980 porque ese fue el año en que apareció en la vida del escritor Juan Vilá (Madrid, 1972) su segundo padre. Un personaje -sin nombre, como todos los demás en estas páginas- que es capaz de dar sentido y llenar huecos, que lo trastoca todo y consigue ordenar una familia desordenada. Anticipando o retrasando información, Vilá descubre al lector a ese segundo padre fundamental en su vida, con sus muchas luces y su alguna sombra. El escritor se desnuda y busca en su infancia el camino que ha marcado su vida.
- Huir fue lo más bello que tuvimos, de Marta Marín-Dòmine: Es un homenaje de Marta Marín-Dòmine (Barcelona, 1959) a su padre -al que se dirige en múltiples ocasiones a lo largo de este libro - y a muchos otros nómadas. Publicado por Galaxia Gutenberg en 2020.