A partir de los 2 años, muchos padres notan que sus hijos comienzan a comer menos o a rechazar ciertos alimentos que antes aceptaban. Esta situación, aunque preocupante, es en la mayoría de los casos un comportamiento normal en el desarrollo del niño. En este artículo, exploraremos las razones detrás de este cambio en la alimentación, cómo diferenciar entre un comportamiento típico y problemas de salud, y qué estrategias pueden ayudar a fomentar una alimentación equilibrada, manteniendo un enfoque paciente y positivo.
Entendiendo la falta de apetito en niños pequeños
Cambios fisiológicos y desarrollo de la autonomía
Una de las principales razones por las que los niños a partir de los 24 meses pueden empezar a comer menos es que, a esta edad, la velocidad de crecimiento se desacelera. El aumento de peso es menor en comparación con los primeros dos años de vida, por lo que sus necesidades energéticas también disminuyen. Es normal que el apetito disminuya en consecuencia.
Además, a esta edad, los niños comienzan a desarrollar autonomía y preferencias alimentarias. Quieren hacer casi todo por sí solos, empiezan a hablar y a relacionarse con el entorno, y todo les llamará la atención más que la comida. También comienzan a regular sus ciclos de hambre-saciedad y a comer sólidos en lugar de triturados, lo que puede dar la falsa sensación por parte del adulto de que está comiendo menos cantidad. Es importante recordar que el niño cambiará de aspecto, perdiendo las redondeces en las piernas desde el momento en que comienza a andar y correr. Aprenderá a comer imitando a los mayores, y es entonces cuando aparecerán sus preferencias y aversiones por los alimentos, que a menudo serán similares a los de sus padres.

Influencia de factores externos
En muchos casos, una ingesta excesiva de bebidas azucaradas o dulces puede reducir el apetito por alimentos más nutritivos, como frutas y verduras. Este rechazo a ciertos alimentos puede frustrar a los padres, pero es crucial mantener una actitud paciente. Forzar o insistir en que coman puede generar una experiencia negativa y llevar a la aversión a ciertos alimentos.
El comportamiento alimentario de un niño de 24 meses está muy influenciado por su entorno familiar. Los niños aprenden observando; por lo tanto, comer en familia, con una actitud positiva y ofreciendo los mismos alimentos que los adultos, puede ayudar a que acepte alimentos que le resultan más difíciles. Si la familia sigue hábitos alimentarios saludables, es más probable que el niño los adopte también. Compartir la comida y no aislar al niño en momentos de rechazo refuerza los hábitos positivos.
Factores emocionales y psicológicos
Los factores emocionales, como el estrés o los cambios en la rutina, también pueden afectar el apetito de un niño pequeño. Un ambiente estresante durante las comidas puede llevar a que el niño asocie este momento con tensión. Por otro lado, un entorno relajado y tolerante puede tener un efecto positivo en su comportamiento alimentario.
Es importante que los padres se enfoquen en crear un espacio agradable, sin distracciones como la televisión o dispositivos electrónicos, y sin peleas o castigos relacionados con la comida. El apoyo emocional y la paciencia son esenciales para fomentar una relación saludable con la comida. Si un niño ha sentido náuseas, ha vomitado o incluso ha tenido dolor de estómago tras comer algo, es normal que lo relacione con ese alimento y lo evite en el futuro, incluso si el malestar fue causado por otro motivo.
Selección saludable de alimentos presentado por Puros Cuentos Saludables
¿Cuándo preocuparse? Distinguiendo entre lo normal y un problema de salud
“Doctor, mi hijo no quiere comer” es una de las expresiones más repetidas en las consultas de pediatría. Es importante que los padres diferencien entre una fase normal del desarrollo y posibles problemas de salud. Si el niño presenta buen aspecto general, tiene energía y continúa desarrollándose adecuadamente, la disminución del apetito suele ser un cambio fisiológico normal.
Sin embargo, es recomendable consultar con el pediatra si la inapetencia es generalizada, si el niño no engorda ni crece desde hace unos meses, o si se presentan síntomas como dolor abdominal, fiebre o náuseas. Durante las revisiones pediátricas, se puede evaluar si hay otras causas detrás de la pérdida de apetito, como enfermedades, intolerancias o alergias alimentarias. Según Mapi Herrero, dietista-nutricionista, es importante evaluar siempre qué pasa cuando un niño deja de comer, aunque lo más frecuente es que no pase nada grave.

Estrategias para fomentar una alimentación saludable
Estableciendo rutinas y un ambiente positivo
- Establecer 4-5 comidas al día: Esto ayuda a crear un hábito y evita que el niño pase demasiado tiempo sin comer. Es mejor comer poco y a menudo, evitando picotear entre horas (entre comidas, mejor solo agua).
- Limitar el tiempo de las comidas: Es recomendable no alargar demasiado la hora de comer. 30-40 minutos son más que suficientes; si tarda más, probablemente lo dedicará a jugar. Es importante que no se levante durante la comida.
- Comer en familia: Las comidas deben ser en familia. En esta etapa, los niños son los mejores imitadores. Si ven que sus padres toman alimentos sanos y tienen rutinas y horarios establecidos, se acostumbrarán a ello.
- Ambiente tranquilo y sin distracciones: En las comidas el ambiente debe ser tranquilo. Evitar distracciones como la televisión, otras pantallas, juguetes o canciones.
- No presionar ni chantajear: Nunca se debe obligar a un niño a comer. Los chantajes, las amenazas y la presión por parte de los adultos no pueden ser el camino en el contexto de una adecuada educación alimentaria, ya que lo verán como algo negativo y puede generar un círculo de enfado. No hable delante de su hijo de sus problemas con la alimentación.
Ofreciendo alimentos de forma atractiva y variada
- Porciones pequeñas y presentación atractiva: Dele porciones pequeñas. Es mejor que él sea el que pida repetir. Presente los platos de forma atractiva, por ejemplo, haciendo caritas o dibujos con la comida, disfrazando la verdura en croquetas o albóndigas, o mezclando la fruta con yogur.
- Variedad en la dieta: Es preferible que un niño coma poco y variado de alimentos saludables que mucho de lo mismo con mucha grasa y azúcar. Ofrecerle alimentos nuevos de manera gradual, justo al empezar a comer. Son necesarias hasta ocho o diez exposiciones antes de que el niño acepte cualquier novedad en su dieta.
- Incluir vegetales y frutas: Intente que en todas las comidas haya presentes vegetales u hortalizas y fruta fresca, que ocuparán la mitad del plato. El otro medio se repartirá entre hidratos de carbono (patata, pasta, arroz) y proteínas (carne, pescado, huevo). Si se acostumbra a ver verduras en el plato, las comerá.
- Implicar al niño en la cocina: Involucrar a los niños en la compra y en la cocina puede fomentar su interés por los alimentos. Una idea divertida es colorear la comida, por ejemplo, el arroz o la pasta de amarillo con colorante alimentario; de rojo con tomate; de rosa con remolacha; o de verde con espinacas.
- Combinar alimentos: Combine alimentos que le gustan con otros desconocidos en la misma comida, poniendo una cantidad muy muy pequeña de algo nuevo junto con algo que le gusta en cantidad moderada. No haga ningún comentario ni mirada ansiosa para ver si se lo come o no.
Consideraciones nutricionales y emocionales
- Alimentos nutritivos y calóricos: Si el niño come mucho menos de lo normal, en algunos casos puede estar indicado aumentar las calorías. Añadir lácteos (queso, leche entera, yogures naturales) en purés o salsas, hacer batidos naturales de frutas con ellos, usar frutos secos triturados, dar alimentos ricos en hidratos de carbono como la patata, la pasta, el arroz combinados con proteínas y vegetales en todas las comidas. Las legumbres son una excelente fuente de proteína, hidratos y fibra. Utilizar alimentos naturales más calóricos como el aguacate o el plátano. Endulzar con miel o chocolate (con más del 70% de cacao a ser posible), sin excederse.
- No usar estimulantes del apetito ni suplementos sin consejo médico: No es aconsejable dar algo que "abra el apetito" o "suplementos energéticos" por cuenta propia. No se ha demostrado que den buenos resultados y pueden quitar el hambre, haciendo que el niño coma peor el resto de la comida. Una alimentación variada cubre todas las necesidades de vitaminas y oligoelementos.
- Relacionar la alimentación con el placer: Inculcar al niño que comer de forma higiénica y sana es un valor positivo y que el ritual de comer debe ser satisfactorio. La comida debe ser una experiencia agradable en un ambiente relajado y familiar, sin gritos ni presiones de ningún tipo.
- Entender la neofobia alimentaria: Es normal que los niños adopten comportamientos neofóbicos (miedo a probar cosas nuevas) y se vuelvan muy selectivos. La neofobia alimentaria se refiere al trastorno que restringe la alimentación de nuevos alimentos a causa de un miedo irracional. Es importante que el adulto mantenga la calma y normalice la variedad de alimentos en casa. Un niño puede necesitar probar un alimento hasta diez o quince veces para normalizarlo en su repertorio de sabores.

El rol de los padres y el apoyo profesional
El rol de los padres frente a la inapetencia es garantizar la seguridad y salud del niño, que no es siempre conseguir que coma. Pese a la angustia de los padres, son pocas las situaciones en las que el niño no come y su salud queda afectada. Si la hora de la comida se ha convertido en una lucha continua, y no se consigue que el niño haga una comida o cena "decente" o si su horario no coincide con el del bebé, analizar la situación puede ser clave. La integración sensorial también influye; muchos niños no comen porque no pueden gestionar lo que sienten frente a determinados alimentos o porque no son capaces de gestionarlos en la boca.
Es fundamental dejar cualquier método de coacción, premios o sobornos, y menos aún condicionar el cariño hacia el hijo a que coma o no. Evitar toda expectación en relación con la comida. Desde la consulta de nutrición, se trabaja con las familias para buscar formas creativas y adaptadas para reintroducir alimentos, lograr que la hora de la comida sea más relajada y positiva, y crear un entorno donde el niño se sienta libre de elegir cuánto y qué comer sin presiones. El ejemplo de los adultos juega un papel importante. En las consultas de seguimiento, la nutricionista ayuda a las familias a identificar dificultades y a ser conscientes de los avances.