"Bienaventurados los pechos que te amamantaron": Origen y significado

La exclamación "¡Bienaventurado el vientre que te trajo y los pechos que te amamantaron!", recogida en el Evangelio de San Lucas (11, 27), es una de las frases más significativas en la tradición cristiana. Una mujer, en medio de la multitud que escuchaba a Jesús, pronunció estas palabras en un arrebato de admiración. La respuesta de Jesús a esta alabanza no fue un rechazo a su madre terrenal, sino una elevación del concepto de bienaventuranza hacia un plano más espiritual: "Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan" (Lc 11, 28).

El contexto de la exclamación

El capítulo 11 del evangelio de San Lucas describe una conversación de Jesús con la multitud. En este pasaje, Jesús no solo enfrenta oposición, sino también un gran entusiasmo. La mujer, al alzar la voz, expresaba su asombro y admiración por lo que Jesús decía y hacía, reconociendo en Él algo extraordinario. Este grito espontáneo era, en esencia, una alabanza a María como madre de Jesús según la carne.

Bienaventurados los que oyen la palabra de Dios y la guardan

La alabanza a María y la respuesta de Jesús

Las palabras de la mujer recordaban la maternidad de María: la madre que concibe a Jesús en su seno, le da a luz y lo amamanta maternalmente, una madre-nodriza. Gracias a esta maternidad, Jesús, Hijo del Altísimo, es un verdadero hijo del hombre, es "carne", como todo hombre, el "Verbo que se hizo carne" (Jn 1, 14).

Sin embargo, Jesús responde a esta bendición física con una invitación a ir más allá. Su respuesta, "Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan", no minimiza la maternidad de María, sino que la eleva. No es solo el vínculo de sangre lo que marca la proximidad a su persona, sino la adhesión a la Palabra de Dios.

María meditando la Palabra de Dios en su corazón

María como modelo del discípulo

Aunque a primera vista la réplica de Cristo Jesús pudiera parecer una corrección, en realidad subraya que María es la primera y más perfecta de quienes escuchan y guardan la palabra de Dios. Testimonios como "He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra" (San Lucas 1, 38) y "María guardaba todas estas cosas meditándolas en su corazón" (San Lucas 2, 19, 51) demuestran su profunda obediencia y fe. Por lo tanto, María es digna de bendición no solo por su maternidad física, sino, y sobre todo, porque desde la Anunciación acogió la palabra de Dios, creyó y la cumplió totalmente en su vida.

San Juan Crisóstomo, en su homilía 45 sobre Mateo, explica que esta contestación no la dio el Salvador menospreciando a su Madre, sino manifestando que de nada le hubiese aprovechado el haberle dado a luz si después no hubiera sido buena y fiel. Beda agrega que una mujer confiesa con gran fe la encarnación del Señor, mientras que los escribas y fariseos lo tientan y blasfeman. La bendición proclamada por Jesús se refiere sobre todo a María, quien ha creído, y por eso recibe la auténtica alabanza, júbilo y bendición para todos aquellos que han creído como ella.

La "nueva maternidad" en el Reino de Dios

La "maternidad" en la dimensión del reino de Dios adquiere un significado diverso. Jesús, al ser anunciado que su "madre y sus hermanos están fuera y quieren verle", responde: "Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen" (Lc 8, 20-21; Mt 12, 46-50; Mc 3, 31-35). Esto no significa que Jesús se aleje de su madre terrenal, sino que subraya que la obediencia a la voluntad del Padre está por encima de todo lazo carnal. Esta nueva maternidad, según el espíritu y no solo según la carne, concierne a María de un modo especialísimo, ya que ella fue la primera en escuchar y cumplir la Palabra de Dios.

Ejemplo en las Bodas de Caná

En las bodas de Caná (Jn 2, 1-11), María está presente como Madre de Jesús y contribuye de modo significativo al "comienzo de las señales" que revelan el poder mesiánico de su Hijo. Cuando falta el vino, le dice a Jesús: "No tienen vino". La respuesta inicial de Jesús, "¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora", parece un rechazo. Sin embargo, María, con una fe profunda, instruye a los sirvientes: "Haced lo que él os diga". Este episodio muestra la nueva dimensión de la maternidad de María, una solicitud por los hombres en sus necesidades y una mediación intercesora. Ella se presenta como portavoz de la voluntad de su Hijo, indicadora de las exigencias que deben cumplirse para que se manifieste el poder salvífico del Mesías.

Este milagro produjo un dolor cierto en la vida de María, pues si bien experimenta la alegría de ver realizarse la Salvación según los planes divinos, ello conlleva separarse de su Hijo. La fuerza natural de la maternidad es muy grande, pero en su caso, el dolor era mayor ya que la comunión entre ellos era la más plena que haya podido darse nunca entre dos personas en esta tierra. Jesús, al señalar a sus discípulos y decir: "He aquí a mi madre y a mis parientes", subraya que el vínculo de la gracia y la vocación es más fuerte que el de la sangre, sin por ello rechazar o menospreciar a su madre, sino ensalzándola como la que más incondicionalmente cumplía la Voluntad de Dios.

La maternidad espiritual y la Iglesia

La maternidad espiritual, a la que Jesús se refiere, se extiende a todos los que escuchan y cumplen la Palabra de Dios. La Iglesia misma es madre, que engendra a Cristo en las almas de los fieles. "Cada alma que cree, concibe y engendra al Verbo de Dios", y es por la acogida en la fe de su palabra que se convierte en una madre virgen.

Representación de la Iglesia como madre, engendrando a Cristo en los fieles

La fe de María es al mismo tiempo vinculación a su Hijo y una distancia que se dilató asumiendo en el calvario dimensiones universales. En la cruz, su maternidad física alcanza su manifestación plena, al recibir como hijos a todos los redimidos por su Hijo. La maternidad física fue un privilegio singular de María, pero lo más importante, fundamento de dicha maternidad física, es su maternidad en la fe, la cual comparte con toda la Iglesia.

La importancia de escuchar y practicar la Palabra

La respuesta de Jesús nos invita a reflexionar sobre qué tan profundamente escuchamos y practicamos la Palabra de Dios. Escuchar la palabra de Dios no es simplemente oír o leer las palabras de la Escritura, sino oír la voz de Dios en esas palabras, notar en ellas el amor eterno y personal que dio origen y sostiene nuestra existencia. Es un acto que implica todo el cuerpo y todo el corazón, como el de una madre cuando gesta y amamanta a su hijo.

Al igual que María, que "guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón" (Lc 2, 4), somos llamados a meditar y a vivir el evangelio. La bienaventuranza se ofrece a todos, de cualquier origen o confesión, que se esfuercen por comprender y vivir el mensaje de Jesús. Esta es la "tierra buena", preparada por Dios, para sembrar en ella su Palabra.

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