La Catástrofe de Chernóbil: Un Desastre sin Precedentes
La madrugada del 26 de abril de 1986, el reactor número 4 de la central nuclear Vladimír Ilich Lenin, ubicada al norte de Ucrania, explotó durante un ensayo de seguridad. Este incidente, considerado el accidente nuclear más grave en la Escala Internacional de Accidentes Nucleares y uno de los desastres medioambientales más alarmantes de la historia, desintegró en segundos sus 2.000 toneladas de peso y sus 30 metros de altura, haciendo temblar a la cercana ciudad de Prípiat.
La explosión generó una nube radiactiva que se esparció por todo el hemisferio norte, desde la antigua Checoslovaquia hasta Japón, dejando en la atmósfera el equivalente a 500 bombas de Hiroshima. A pesar de la gravedad de la situación, las autoridades comunistas de la antigua Unión Soviética decidieron encubrirlo. Mijaíl Gorbachov fue informado del incidente a primera hora de la mañana y, tras unas horas de reflexión, decidió que no era necesario alertar a los países vecinos.
Sin embargo, se activó un plan de emergencia. Los trabajadores de la central, con la ayuda de residentes en la zona, trataron de sofocar las llamas. Del shock inicial pasaron a la negación de los hechos y, con ello, al sacrificio de miles de personas que vivían en las zonas cercanas y no fueron evacuadas. Muchos vecinos decidieron huir de sus casas. Las autoridades cortaron las redes de telefonía para evitar que cundiera el pánico y los trabajadores de la central tenían prohibido hablar de lo ocurrido.
Suecia fue el primer país que dio la voz de alarma al detectar altos niveles de radiación en la atmósfera, pero la URSS seguía con el telón de acero informativo. Los corresponsales de medios internacionales tenían que quedarse en Moscú y tenían prohibido viajar a la zona de la catástrofe. No fue hasta 1991, después de la caída de la Unión Soviética, que las autoridades admitieron que un fallo de diseño había causado el desastre que expuso a 8,4 millones de personas a la radiación.
Las cifras oficiales hablaron de que el peor accidente nuclear de la historia de la humanidad solo había provocado la muerte de 31 personas, las que perdieron la vida en la explosión y por el síndrome de irradiación aguda. Pero fueron muchas más; cifras semioficiosas indican que el número de víctimas supera las 60.000 y puede llegar a estar por encima de las 200.000. Se estima que el 20 por ciento de las muertes fue por suicidio.
Una de las medidas tomadas por las autoridades fue la creación de los “liquidadores”, equipos de bomberos, obreros, científicos, especialistas en energía nuclear, y tropas terrestres y aéreas preparadas para la guerra atómica, ingenieros de minas, geólogos y mineros del uranio, además de muchos voluntarios que decidieron dar su vida para mitigar los daños del accidente nuclear. La realidad de estos liquidadores es mucho más cruel de lo que se había contado, con sospechas y pocas evidencias gráficas hasta ahora. Las autoridades soviéticas recurrieron a los liquidadores para limpiar el techo del reactor porque los robots que tenían para realizar esa función quedaron inutilizados por la radiación.

Cada uno de los que entraban en el reactor iba armado con una pala y con un traje especial de aislamiento recubierto con 3 centímetros de plomo para que no absorbieran tanta radiación. Solo podían trabajar durante 90 segundos, tiempo en el que debían limpiar el techo y lanzar los desechos por una barandilla. Ningún humano podía sobrevivir más de 90 segundos expuesto a ese nivel de radiación. A pesar de las protecciones, el 80 por ciento de los que entraron murieron en los años posteriores por enfermedades relacionadas con el cáncer.
La Vida en la Zona de Exclusión: El Caso de María
Después de la catástrofe nuclear que asoló a Chernóbil, el 25 de agosto de un año reciente nació la pequeña María, el primer bebé registrado en la zona de exclusión de Ucrania. María ha cometido el "pecado" de nacer en esta área, un radio de 30 kilómetros que rodea la central nuclear accidentada, donde por orden del gobierno cualquier germen de vida está prohibido.

La radiactividad puede alcanzar allí hasta 5.000 micro-RAD (dosis absorbida de radiación) por hora, 200 veces la cantidad de radiaciones normalmente aceptada. Solo unos 600 samosiolis -los viejos inconsolables que han vuelto a vivir en la tierra de sus antepasados- son tolerados por las autoridades. Las 12.000 personas que trabajan en la central y en la zona dejan el lugar al anochecer. Antes de la explosión nuclear, alrededor de 100.000 personas vivían en este territorio, hoy prohibido y cercado con alambradas.
Los padres de María, que llegaron a Chernóbil hace algunos años buscando un trabajo, están ahora desocupados y viven de forma semiclandestina gracias a un huerto, una decena de gallinas y un chancho. El matrimonio se instaló en una cabaña abandonada después del accidente nuclear.
“Las autoridades nos amenazan, nos humillan, porque quieren echarnos de la casa. Me tratan como si fuera una criminal”, se indigna la madre de María, Lidia Sovenko, una robusta ucraniana de 46 años. “Dicen que es peligroso para la salud de María que crezca en esta zona. Yo también me preocupo por ella, pero por el momento no quiero irme. Además, ¿adónde iría?”, se pregunta Sovenko.
Las autoridades hacen todo lo posible para que la prensa no se acerque a este matrimonio de campesinos, y tratan por todos los medios de ocultar a María. Primero negaron su nacimiento, después dijeron que la familia se había ido al extranjero. Y ahora no saben qué explicación dar. Durante varios meses, la mujer escondió su embarazo, hasta que el 25 de agosto dio a luz a escondidas en su pequeña cabaña de madera. “No había médico ni partera”, recuerda Lidia. “Por suerte, todo salió bien. Solo tuve al padre de mi hija a mi lado”.
Los "Hijos de Chernóbil": Malformaciones y Políticas de Silencio
Se le llama “bebés de Chernóbil” o “los hijos de Chernóbil” a aquellos niños que nacieron tras el accidente nuclear y que, por ende, sufrieron malformaciones congénitas o enfermedades debido a la radiación. El nivel de radiación al que se vieron expuestos millones de ciudadanos de la por entonces Unión Soviética dejó un grave historial de muertes por cáncer y dio lugar a la generación de estos bebés, muchos de ellos con severas deformidades y graves problemas de salud.
Aunque el Gobierno de Mijaíl Gorbachov estaba al tanto de los severos problemas que traería la exposición radioactiva, poco sabía la población de la gravedad del cuadro. Durante esos primeros meses posteriores a la explosión, en los que desde el poder se intentaba instalar la versión de que el accidente ya se había superado y que no habrían secuelas congénitas, los “hijos de Chernóbil” fueron retirados de sus madres y aislados por políticas de la Unión Soviética para así no dar de qué hablar ni alertar a la población.
Aunado a eso, el gobierno había establecido que todos los niños nacidos con malformaciones físicas debían ser internados en un neuropsiquiátrico al cumplir los cuatro años, a pesar de que muchas de las complicaciones eran físicas y no neurológicas.
Un documental de HBO Max, “Chernóbil: The Lost Tapes (Chernóbil, las cintas perdidas)”, saca a la luz numerosas fotografías y vídeos inéditos, desgarradores y muy clarificadores de lo que allí ocurrió. James Jones, quien hizo la recopilación, complementó el material con entrevistas que revelan el terrible impacto que tuvo el desastre, mostrando cómo miles de jóvenes murieron abandonados y donde muchos niños sufrieron las consecuencias de la radiación extrema o nacieron con malformaciones incompatibles con la vida.
¿QUIÉN fue el CULPABLE? | Chernóbil | Documental
Una de las imágenes recuperadas muestra a un bebé recién nacido en una incubadora con manchas verdes por todo el cuerpo por culpa de la radiación. Otra instantánea muestra a un niño pálido y calvo que se tambalea por un pasillo, víctima de una rara forma de cáncer provocado por la exposición a la radiactividad. También se puede ver a otro menor llorando en una cama por los dolores y con sus padres sufriendo por verle así y tratando de reconfortarle.
Durante los siguientes meses, los hospitales cercanos vieron cómo los casos de anomalías congénitas se disparaban. Muchos recién nacidos tenían cáncer suprarrenal o de tiroides y también se dieron muchos casos de los conocidos como bebés sirena porque nacieron con toda la parte inferior del cuerpo fusionada, como si fuera una cola de pez, e incluso se dio algún caso de bebés de dos cabezas. Los hospitales estaban llenos de personas con enfermedades provocadas por la radiación, pero las autoridades seguían mirando para otro lado. Los médicos tenían prohibido vincular las enfermedades con el accidente nuclear.
Igor Pavlovets: Un Símbolo de Resiliencia
Igor Pavlovets, uno de los “bebés de Chernóbil”, nació el martes tres de marzo de 1987 en Bielorrusia, once meses después de la explosión en el reactor nuclear. Igor nació solo con un brazo y sus piernas no terminaron de desarrollarse, sufriendo las consecuencias de la radiación a la que sus padres se vieron expuestos. Creció en un hospital ubicado a menos de 60 kilómetros del reactor nuclear, “lejos de la opinión pública” y, durante muchos años de su vida, creyó que su madre lo abandonó al ver que había tenido un bebé con esas malformaciones.

Sin registros del nacimiento, como solía suceder por ese entonces, la política era clara: poco se tenía que saber sobre lo que estaba sucediendo con los “bebés de Chernóbil”. Sin embargo, Igor no fue enviado al neuropsiquiátrico debido a que las enfermeras del hospital donde él creció cambiaron sus papeles y fecha de nacimiento para impedir que fuera trasladado. “Logramos que no lo internaran en un psiquiátrico a los cuatro años porque las enfermeras nos encariñamos con él y cambiábamos todos los años su fecha de nacimiento”, reconoció una de las mujeres que lo atendió durante sus primeros años de vida. “Era muy tierno y vivo. Pese a que tenía muchos problemas físicos, su mente era brillante. Sabíamos que si lo trasladaban al psiquiátrico su vida hubiera sido un infierno”, sumó la mujer.
Igor se convirtió a los seis años en un emblema internacional de las innegables secuelas de la explosión nuclear. Su vida cambió cuando el director de la fundación Chernobyl Children's Lifeline, Victor Mizzi, visitó el hospital en el que estaba internado. Conmovido por su personalidad, Mizzi lo sumó al proyecto que en los últimos 30 años trató a más de 56 mil chicos de la ex Unión Soviética. El objetivo era poder darle un tratamiento prostético, por lo que desde un principio se supo que la estadía de Igor en el Reino Unido iba a ser mayor a las cuatro semanas que manejaba el programa. Igor desembarcó el cuatro de enero de 1994 en el Reino Unido, donde fue recibido por Barbara y Roy Bennett, una pareja inglesa que lo acompañó durante toda su vida. “No me acuerdo mucho de mis primeros años de vida. Debo haber estado en un hospital, pero tuve suerte porque me amaron y cuidaron mucho”, reconoció 22 años después.
El tratamiento incluyó en una primera etapa un brazo prostético, que no funcionó. “Lo sentía extraño. Le agradezco a la gente que trató de ayudarme, pero soy feliz con un solo brazo”, afirmó Igor Pavlovets. Con 32 años, Igor se convirtió en una de las postales de lucha que dejó Chernóbil. Se casó con Alice, una enfermera pediátrica, y tuvo dos hijos. Nunca más regresó a Rusia. “Ni bien llegué a Inglaterra supe que no quería regresar. Y si quiero algo, lo consigo”, advirtió.
Años después, Igor enfrentaría otra etapa en su vida: la de la paternidad. “No estaba preocupado cuando Alice quedó embarazada de Mia. Los doctores sabían que mi problema fue por la radiación y, además, las ecografías mostraban que el desarrollo de la beba era bueno”, reconoció. La posibilidad de que sus hijos heredaran algún problema congénito existía, pero la pareja nunca pensó en interrumpir los embarazos. “Tuve una gran vida y está bien ser diferente. Es cierto que en algunas oportunidades me hicieron bullying, pero una vez que la gente me conoce eso se termina”, sumó. Su esposa Alice advirtió: “No hubiera interrumpido los embarazos, sería como no aceptar a Igor. Sí, es cierto que hubiéramos tenido muchos más desafíos, pero tenemos tanto apoyo que hubiéramos podido hacerlo”.
La historia de amor de Igor y Alice comenzó cuando se conocieron en una pista de patinaje y fueron amigos por dos años antes de empezar la relación. “Tuvo otras relaciones, pero todo se terminaba cuando las chicas les presentaban a Igor a sus padres”, recordó Barbara, madre adoptiva de Igor, al tiempo que destacó: “Pero con Alice fue diferente”. “La primera vez que lo vi lo acepté de inmediato”, sumó Alice. “Tiene una personalidad enorme y me hace reír mucho. Una chica me dijo que no íbamos a durar, pero seguimos juntos. No peleamos y nos apoyamos mucho entre nosotros”. Igor, atento al relato de su mujer, aportó: “Simplemente fui yo mismo el día que la conocí. Actuaba con un payaso”.
La Verdad Tras el Abandono de Igor
“Lo único que sabía de mi pasado es que había nacido después de la explosión. Que crecí en un hospital y que al llegar a Inglaterra me encontré con una nueva casa que venía con una mamá”, cuenta Igor. Pero, al cumplir 12 años, su padre adoptivo lo arengó a que averiguara más sobre su familia biológica. Fue en ese entonces cuando logró encontrarlos: vivían todavía en la ciudad de Minsk. Al contactarlos, Igor se enteró de la verdad: su madre no había querido darlo en adopción, fue obligada por el Gobierno. Durante años sufrió sin saber siquiera si su hijo había logrado sobrevivir o si era uno más de los miles de bebés con muerte prematura. Se encontraron recién cuando Igor cumplió 16 años. Elena, su madre biológica, viajó a la casa de Barbara y Victor en Surrey. Ese día, Igor conoció a sus hermanos Alexei y Anna. “Siempre sentí en mi corazón que no me habían abandonado”, concluyó.
Avances Científicos: Despejando Incógnitas sobre la Herencia Genética
Una de las grandes interrogantes del mayor accidente nuclear de la historia parece haber encontrado una respuesta, 35 años después. Desde la explosión del reactor número cuatro, muchos sobrevivientes han lidiado con enfermedades vinculadas a la radiación y con la incertidumbre de qué podría pasar con sus descendientes, los llamados “hijos de Chernóbil”. Una de las preguntas que ha inquietado por décadas tanto a científicos como a sobrevivientes es si los efectos de la radiación nuclear podrían pasar a los descendientes.
Ahora, por primera vez, un estudio genético ofrece luces sobre el asunto y sus resultados, dirigidos por la profesora Meredith Yeager del Instituto Nacional del Cáncer (NCI) de EE.UU., fueron publicados en la revista Science en 2021. La investigación se centró en los hijos de los trabajadores que se alistaron para ayudar a limpiar la zona altamente contaminada (los liquidadores), y también en los descendientes de los evacuados de Prípiat y otros asentamientos en un radio de 70 km alrededor del reactor.
A los participantes, todos concebidos después del desastre y nacidos entre 1987 y 2002, se les examinó el genoma completo. El estudio no halló un “daño adicional al ADN” en los niños nacidos de padres que estuvieron expuestos a la radiación de la explosión de Chernóbil antes de ser concebidos. La profesora Gerry Thomas, del Imperial College de Londres, explicó que “incluso cuando las personas estuvieron expuestas a dosis relativamente altas de radiación, en comparación con la radiación de fondo, no tuvo ningún efecto en sus futuros hijos”. Thomas, que ha pasado décadas estudiando la biología del cáncer, explicó que este estudio fue el primero en demostrar que no existe un daño genético heredado tras la exposición a la radiación.

Stephen Chanock, uno de los investigadores principales del NCI, explicó que el equipo reclutó familias enteras para comparar el ADN de la madre, el padre y el niño o la niña. “Aquí no estamos viendo lo que les sucedió a esos niños que estaban [en el útero] en el momento del accidente; estamos viendo algo llamado mutaciones de novo”. Estas son nuevas mutaciones en el ADN que ocurren al azar en un óvulo o espermatozoide. “Hay entre 50 y 100 de estas mutaciones en cada generación y son aleatorias. De alguna manera, son los componentes básicos de la evolución”, explica Chanock. El estudio no encontró ninguna señal de estas mutaciones asociada con la exposición de los padres a la radiación. Esto significa, dicen los científicos, que el efecto de la radiación en el cuerpo de los padres no tiene ningún impacto en los hijos que conciban en el futuro.
“Se trata de una de las primeras investigaciones que evalúa las alteraciones de las tasas de mutación en humanos en respuesta a una catástrofe provocada por el hombre, como la exposición accidental a la radiación”, afirman los autores. Analizaron los genomas de 130 niños y sus 105 madres o padres en las que uno o ambos habían experimentado radiación gonadal relacionada con Chernóbil y en las que los niños fueron concebidos tras el incidente (todos nacieron entre 46 semanas y 15 años después, entre 1987 y 2002).
“Nuestro estudio no apoya un efecto transgeneracional de la radiación ionizante en el ADN de la línea germinal en los seres humanos. La incidencia era comparable a la registrada en la población general”, declararon. En consecuencia, sugieren que dicha exposición “tuvo un impacto mínimo, si es que lo tuvo, en la salud de la generación posterior”. Estos resultados son muy tranquilizadores para las personas que vivían en Fukushima en el momento del accidente en 2011 y para las que temían tener hijos después de exposiciones similares.
Impacto Específico: El Cáncer de Tiroides
Una de las causas de la exposición prolongada a las radiaciones ionizantes en los supervivientes del accidente de Chernóbil fue la lluvia radioactiva, la acumulación de partículas radiactivas transportadas por el aire que se depositan en la tierra durante y después de una explosión nuclear. Estas pueden ser inhaladas directamente y alcanzar los pulmones, pero también llegar al mar y al suelo a través de la lluvia, por lo que puede contaminar cultivos y pastos, fauna marina y agua. La energía de las radiaciones ionizantes rompe los enlaces químicos del ADN, lo que provoca distintos tipos de daños.
En un segundo estudio, investigadores de los Institutos Nacionales de Salud de EE UU (NIH) aportaron más datos sobre el proceso de desarrollo del carcinoma de tiroides tras examinar los efectos de dicha lluvia radiactiva en los supervivientes. Los autores analizaron los cánceres de tiroides que se desarrollaron en 359 personas expuestas en la infancia o en el útero a la radiación ionizante del yodo radiactivo liberado (I-131) y en 81 individuos no expuestos nacidos más de nueve meses después del accidente.
Según indica Lindsay M. Morton, directora del trabajo, “se observaron los cambios genéticos en los tumores de las personas que desarrollaron cáncer papilar de tiroides tras haber estado expuestas de niño o feto a la radiación liberada”. Estos datos amplían los informes preliminares sobre las características de los tumores humanos relacionados con la radiación al integrar datos de múltiples plataformas con un gran tamaño de muestra y con cifras detalladas sobre las proporciones. Los investigadores consideran que sus hallazgos sientan las bases para futuros estudios sobre los cánceres inducidos por este fenómeno, en particular los que implican diferencias en el riesgo en función de la dosis y la edad.
Mitos y Realidades de Chernóbil
El secretismo y la prohibición de volver a la zona han provocado que surjan numerosos mitos acerca de las consecuencias del accidente. Aquí desmentimos algunos:
- Monstruos mutantes: El más extendido es que la radiación había provocado la aparición de monstruos mutantes, con extremidades de más o sin ellas, pero no hay evidencia científica de ello. Lo que sí se sabe es que miles de pájaros y animales murieron en los meses posteriores.
- La radiación no fue peligrosa: Puesto que la zona de exclusión alberga una floreciente población de animales como lobos, venados, castores o jabalíes, algunos creen que la radiación causada por el accidente no era perjudicial para la salud. La realidad es que los animales han recuperado un sitio que los humanos les arrebataron y que tras el accidente abandonaron.
- Alcohol contra la radiación: Uno de los mitos más extravagantes es que la ingesta de alcohol mitigaba los efectos de la radiación. La única evidencia parecida es el hallazgo de un grupo de investigadores que descubrieron que el resveratrol, un antioxidante natural presente en el vino tinto, podría proteger las células de la radiación.
- La zona de exclusión llegará pronto a su final: Otra de las creencias es que la zona de exclusión de 30 kilómetros sería destinada a reserva natural apta para el turismo ecológico. Lo más parecido fue la consideración del gobierno de Ucrania, que el año pasado dijo que estudiaba la posibilidad de que la zona de exclusión se redujera a 10 km y que el resto sería declarado reserva de la biósfera, aunque finalmente no se llegó a concretar.
- La zona de exclusión se creó para instalar un centro de armas: Este es un mito sin fundamento. La zona de exclusión fue establecida estrictamente debido a los altos niveles de contaminación radiactiva y la necesidad de proteger a la población.