Antonio Gala: La Fundación como su Gran Legado

Antonio Gala, el lucidísimo escritor, afirmaba que cualquier obra literaria puede ser mejor interpretada por el lector que por el autor. A lo largo de su vida, se le conoció como un hombre generoso, buen conversador, con un humor afilado y una gran lealtad, aunque también fue descrito como solitario y críptico. Su "soledad acompañada", como él la llamaba, era una constante en su existencia, entregándose por completo a su pluma y su cuaderno.

Su éxito estuvo ligado al de Antonio Gala, y la actriz Concha Velasco, musa y eterna compañera del escritor, aseguró que él escribió sus mejores papeles. Velasco se puso en la piel de muchas mujeres creadas por Gala en obras como Carmen, Carmen, Las manzanas del viernes o Inés desabrochada. En una entrevista al diario Córdoba, la ciudad natal de Gala, Velasco describió la ambivalencia del escritor: "Los genios, y Antonio Gala lo es, al tener curiosidad por la vida y escribir sobre la vida, son muy tímidos y muy frágiles. Entonces, se disfrazan con una coraza de distancia, pero, cuando traspasas eso, (cuesta, cuesta, hay que quererle mucho), entonces es el amigo leal y fiel para siempre, para siempre".

La Vida de Antonio Gala: Entre la Soledad y la Vitalidad

La profunda soledad de Antonio Gala fue una de las grandes contradicciones de su vida, ya que sus conocidos se congregaban a su alrededor, atraídos por el constante estímulo de su genio. Conocerlo siempre fue un reto, pues solo se entregaba por completo a su pluma y su cuaderno. Con el mundo, se obligaba a guardar una distancia reflexiva, que sentía como la única manera de aprender a sentirlo, observarlo y describirlo de forma adecuada.

Sin embargo, Antonio Gala fue un vitalista y un vividor. En el documental Antonio Gala: figuración con paisajes, todas las voces coincidían en esta afirmación: "A Antonio le ha encantado siempre vivir. Vivir para él era lo único importante". Salir, estar, viajar con él era una experiencia incomparable; según Concha Velasco, era "la persona más amena del mundo", experto tanto en disfrutar la levedad como en la forja de recuerdos. Gala mismo comentaba: "Una persona que a mi edad no está llena de cicatrices no tendría recuerdos, no tendría ni buenos ni malos recuerdos". También tenía opiniones sobre cómo sería recordado después de su partida: "Los premios a una vida son de agradecer, a veces se descuidan y te los dan cuando ya estás muerto".

Despreciaba el ejercicio de la autobiografía, afirmando: "Si la escribiese ahora se llamaría No os molestéis, conozco la salida".

Fotografía de Antonio Gala con su característico bastón

Primeros años y dificultades

Antonio Gala conoció sinsabores y esfuerzos desde joven. Había terminado tres carreras cuando cumplió los veinte años y entró en el convento, pero lo dejó porque "no sabía estarse callado". Cuidó a su padre durante el Alzheimer, una experiencia muy dolorosa porque no lo reconoció. Maduró muy temprano, y esta etapa marcó su carácter.

El bastón como seña de identidad

Gala se hizo famoso por lucir siempre bonitos bastones, que usaba como apoyo. Él mismo contó que empezó a usarlos a raíz de un percance que sufrió en 1973 en Madrid. Se le perforó el duodeno, lo que lo llevó a una operación de urgencia y un duro postoperatorio. Al abandonar el hospital, pesaba apenas 48 kilos y desde entonces, se dejó ver con su característico bastón: "Al principio, porque lo necesitaba; después, porque me acostumbré", señaló en una ocasión. El escritor cordobés tenía varios cientos de bastones de colección, la mayoría procedentes de un taller de Jarafuel.

Homosexualidad y postura política

El autor de La pasión turca nunca ocultó su condición de hombre homosexual, aunque no se le conocieron parejas. En su libro de memorias, dejó entrever que había vivido un romance con cierto actor cuyo nombre no quiso mencionar. Tampoco tuvo problemas en definirse públicamente como una persona de izquierdas, sin identificarse abiertamente con ningún partido político, ni en contar los numerosos problemas que tuvo con la censura durante el franquismo.

La Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores: Su Única "Hija"

Antonio Gala no se casó ni tuvo hijos. "Mi único hijo verdadero, mi único hijo querido, lo más consecuente conmigo mismo, es la Fundación", decía en el documental Figuración con paisaje. "Tardé mucho en hacerlo hasta que yo pude, hasta que estuve suficientemente herido y suficientemente sano para dar, no para recibir". La Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores se convirtió en su gran legado, la que consideró su "única hija".

En un antiguo convento, el del Corpus Christi, recibía a los novicios que querían profesar su fe y a esa religión de la palabra la hizo heredera universal de todo lo que había reunido en sus 92 años.

El testamento y el legado

Un mes después de su fallecimiento, su testamento, redactado en 2013 con un estilo espartano y casi administrativo, reposa en la caja fuerte del notario cordobés. En un folio, con su particular caligrafía, Antonio Gala dejó atado el que consideraba su verdadero gran legado: la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores, a la que nombró heredera universal.

El grueso de la herencia, más allá de propiedades o cuentas bancarias, son los derechos de autor de su obra. De su bolsillo salían, cada año, 200.000 euros para sufragar la mitad de los gastos de su fundación, que incluían alojamiento, manutención y un curso en creación literaria y artística para los 14 novicios que cada año seleccionaba personalmente. Ese dinero saldrá ahora del legado material del poeta, una vez que el testamento sea efectivo.

Interior de la Fundación Antonio Gala, con alumnos y obras artísticas

El Olivo de Gala y su última morada

En una esquina del patio del convento del Corpus Christi, junto a un olivo que él mismo plantó hace diez años, el médico y amigo Enrique Maestre esparció sus cenizas, tal y como el escritor le pidió. La Fundación Antonio Gala ocupó casi en su totalidad los últimos años de la vida del poeta, quien volvió a su querida Córdoba cuando sintió que el final se acercaba.

La primera promoción de jóvenes escritores traspasó el umbral del edificio del siglo XVII hace ya 21 años, y fue recibida personalmente por Gala, aunque entonces vivía en Madrid. La gran obra de Gala empezó a gestarse años antes.

Su sobrino y secretario de la fundación, José María Gala, recuerda una llamada de su tío en la que le comunicó su idea de la fundación. Tras cinco años de obras, el 2 de octubre de 2002, coincidiendo con su cumpleaños, la orden de la sagrada escritura de Gala ofició su primer ceremonial de ingreso de novicios/aprendices. Desde entonces, más de 300 jóvenes creadores han pasado por sus celdas y por sus aulas. Algunos de ellos, como el poeta Ben Clark, son hoy maestros e, incluso, patrón de la fundación.

Gala consideraba a estos jóvenes no solamente sus pupilos, sino casi como los hijos que no tuvo, dejando constancia de ello en manuscritos, algunos de ellos inéditos, que se guardan tanto en el convento como en la finca La Baltasara, en Alhaurín el Grande (Málaga), donde vivió antes de trasladarse definitivamente a Córdoba. En una nota firmada que hasta hoy no había visto la luz, y que puede considerarse otro testamento de Antonio Gala, escribió: "Mi vida ha sido como la de aquel que quiso tener un hijo propio y no lo tuvo y, en cambio, pusieron un hospicio enorme a su cargo".

La BIOGRAFÍA y Vida Personal de Antonio Gala

El círculo de confianza y el último refugio

El eterno secretario de Gala, Luis Cárdenas, fue el guardián de sus manuscritos y de sus lúcidas reflexiones. Entre los papeles que custodia Cárdenas estaba el que hace referencia a su gran legado, el que más inmortalidad le regalará al inmortal Gala. Él lo sabía y por eso se ocupó en persona de dejar su fundación en las manos de aquellos en los que más confiaba.

José María Gala es uno de los tres guardianes de la memoria del escritor. Él es el secretario del patronato que preside Francisco Moreno, un empresario al que confió lo que a él nunca se le dio bien: las cuentas. El tercero es el fiel secretario, Luis Cárdenas, una presencia tan constante en la vida del escritor como su perro, Mambrú, o sus bastones. Ellos tres, junto al doctor Enrique Maestre, fueron de los pocos, poquísimos, que Gala aceptó a su lado en sus últimos años, en los que la enfermedad hizo mella en su cuerpo y, a ratos, en su mente, en su encierro definitivo y voluntario en el apartamento que se construyó en el corazón del convento para pasar el epílogo de su existencia.

Cuando aún no estaba postrado, Gala los convocaba para tomar el té, siempre a las seis de la tarde, y les regalaba, además de su siempre divertida conversación trufada de algún que otro insulto ("decía que él solo insultaba a los quería, a los que no, que les insultara su madre"), una mezcla de infusiones según una receta que él mismo había ideado. El ceremonial era exquisito, recuerdan su sobrino y el presidente de la fundación, fijos en torno a aquella mesa baja transparente donde el escritor servía el té humeante mientras disparaba algún dardo.

Hoy, en el último refugio de Antonio Gala, el tiempo parece haberse detenido. El sillón en el que siempre se sentaba en aquellas reuniones en torno a la tetera parece esperar a que su dueño ahueque el cojín antes de sentarse. Su gran mesa de despacho, despejada de papeles desde hace años y tan repleta de recuerdos como el resto de la estancia, la principal de un apartamento de cien metros cuadrados al que da luz un hermoso patio sembrado de plantas olorosas al que Gala gustaba de salir para tomar el aire y escapar, aunque fuera un poco, de su reclusión.

Detrás de un muro que no llega hasta el techo abuhardillado, se encuentra el dormitorio del escritor. Este fue el sancta sanctorum de Antonio Gala, un territorio vedado salvo para los más íntimos y que se abre, por primera vez desde su muerte, para Crónica. Recorrerlo es hacer un viaje por la vida del escritor. Hasta aquí trajo sus objetos más queridos, sus recuerdos más personales, los restos de una existencia brillante que ya veía palidecer cuando en 2015 se trasladó hasta el convento desde su finca malagueña. Sus fotos con los Reyes, los de antes y los de ahora, sus queridas figuras de cerámica, sus cuadros... Y sus bastones.

Francisco Moreno y José María Gala ejercen de guías y van recuperando recuerdos como quien pasa las hojas de un libro. Con delicadeza, con cariño. Moreno recuerda la última vez que vio con vida a su amigo la semana anterior a su muerte. Su sobrino también le visitaba asiduamente y, hasta el final prácticamente, dice, Gala tenía destellos de aquella brillantez que le desbordaba. "Era una persona agudísima, rapidísima y divertida en el trato cercano, daba gusto hablar con él por su manejo privilegiado del idioma. Te deslumbraba", explica el sobrino del poeta.

Lo que será de este refugio postrero de Gala no lo saben aún los guardianes de su memoria. Pero de lo que no tienen duda es que su legado -"ésta es mi mejor obra"- tiene el futuro asegurado. Gracias a ese testamento manuscrito que aún espera a ser leído, a un libro inédito de poemas de juventud que va a ver la luz en unos meses, a la serie de televisión basada en La pasión turca que se va a estrenar a finales de año y, muy probablemente, a la película que se rodará a partir de El manuscrito carmesí.

Aunque, por encima de todo, lo que cuenta es que el "hospicio enorme" que pusieron a su cargo siga abierto para los hijos que no tuvo.

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