Kerstin Anita Marianne Ekberg (Malmö, Suecia, 1931 - Roma, Italia, 2015) fue una actriz cuyo nombre quedó grabado en la historia del cine, principalmente por su icónica escena en La dolce vita de Federico Fellini. Más allá de su personaje de Sylvia, la vida de Ekberg estuvo marcada por la fama, los romances intensos y, finalmente, una profunda soledad, un camino en el que tomó la decisión personal de no tener hijos.

Orígenes y Ascenso en la Industria del Entretenimiento
La sexta de ocho hermanos, Anita Ekberg comenzó su carrera en el modelaje siendo adolescente en su natal Suecia. Con 19 años, animada por su madre, se presentó a su primer gran concurso de belleza, Miss Malmö, donde arrasó. Su éxito continuó en Miss Suecia, lo que la llevó a los 20 años a viajar por primera vez a Estados Unidos para competir en Miss Universo. Aunque no ganó, quedó entre las seis finalistas y causó una gran impresión, captando la atención de la revista Life, que le dedicó un reportaje fotográfico.
Su espontaneidad y belleza fueron suficientes para que Universal Studios le ofreciera un contrato en Hollywood. Sus primeras apariciones cinematográficas fueron breves, todas estrenadas en 1953, e incluyeron papeles en The Mississippi Gambler, Abbott y Costello van a Marte (donde interpretó a una mujer de Venus), Take Me to Town y La espada de Damasco.
Consolidación en Hollywood y el Precio de la Belleza
Ekberg abrazó con entusiasmo su nueva vida en la meca del cine, aunque años más tarde admitiría que se sintió muy mimada por el star system y que al principio no se aplicó lo suficiente para buscar papeles más grandes. Ella misma reconoció en una entrevista con Entertainment Weekly en 1999 que su deslumbrante belleza podía ser un handicap: "Cuando naces guapa, te puede ayudar a empezar en el negocio, pero luego se convierte en un handicap".
Aunque Universal no le renovó el contrato al no mostrar interés en las clases de actuación, su estatus ya era suficiente para mantenerse en Hollywood gracias a sus constantes apariciones en la prensa sensacionalista. Mantuvo breves romances con figuras destacadas de la época como Frank Sinatra, Tyrone Power, Yul Brynner y Errol Flynn. También accedía a posar de manera provocativa para publicaciones como Playboy, e incluso simulaba roturas de vestido en público para generar más titulares. El comediante Bob Hope la reclutó para una de sus famosas giras para animar a las tropas estadounidenses, lo que llamó la atención de John Wayne, quien le ofreció un contrato con su productora, Batjac Productions.
Su primer papel verdaderamente destacado fue en Callejón sangriento (1955) junto a John Wayne, por el que recibió el Globo de Oro a la nueva estrella del año en 1956. Ese mismo año, amparada por Paramount Pictures, fue promocionada como "la Marilyn Monroe de Paramount" y apareció en películas con Jerry Lewis y Dean Martin, como Artistas y modelos (1955) y Loco por Anita (1956). Posteriormente, participó en producciones de mayor prestigio como Guerra y paz (1956) y Regreso de la eternidad (1956), donde fue la protagonista principal.

La Inmortalidad de La Dolce Vita
1956 fue un año crucial para Ekberg en muchos aspectos, incluyendo el personal. Se casó con el actor británico Anthony Steel, aunque el matrimonio fue turbulento y los paparazzi documentaron sus peleas. La relación con Steel también la llevó a trabajar más en Europa.
En 1959, Anita Ekberg viajó a Roma para rodar Bajo el signo de Roma y decidió establecerse allí. Poco después, llegó el papel que la convertiría en un icono internacional: Sylvia en La dolce vita (1960) de Federico Fellini. Se cumplen 63 años del estreno mundial de La dolce vita, 63 años desde que en 1960 los espectadores italianos vieron por primera vez a Anita Ekberg con aquel icónico vestido negro animando a Marcello Mastroianni a bañarse con ella en las aguas de la Fontana di Trevi. Ella se hizo inmortal a partir de ahí.
New trailer for Fellini's La dolce vita - back in cinemas 3 January 2020 | BFI
Sin embargo, la propia actriz matizó la idea de que Fellini la "descubriera": "¿Por qué dice la gente que Fellini me descubrió? Yo estaba ya en el cine antes de Fellini, por eso él me buscó. Y me quiso aún más cuando me vio conduciendo como una loca por Roma en mi Mercedes 300 SL descapotable, con mi melena al viento… Conducía tan rápido que, cuando llovía, la lluvia no me tocaba. Nunca me mojaba".
Este papel, si bien la catapultó a la fama, también la encasilló. "Las cosas se volvieron algo aburridas para mí después de La Dolce Vita, porque cada productor o director de Italia, Inglaterra o América quería que recrease el mismo papel: el de una estrella de cine americana que viaja a Italia", admitió al Sun Herald.
Matrimonios, Amores y Decisiones Personales
La residencia de Ekberg en Roma acabó dinamitando su primer matrimonio. Un desencantado Anthony Steel anunció su divorcio en 1961. En 1963, Anita se casó por segunda vez con el actor estadounidense Rik Van Nutter, con quien llegó a vivir brevemente en España. Su matrimonio duró 12 años, hasta 1975.
A pesar de sus dos matrimonios, su gran amor siempre se ha dicho que fue Gianni Agnelli, el magnate de Fiat, con quien mantuvo un idilio mientras él estaba casado. "Él fue el único gran amor de mi amarga ‘dolce vita'", confesó a La Repubblica en 2010. "Era maravilloso, un italiano de los que ya no quedan, el hombre que una chica como yo quería tener: inteligente, activo, irónico".
Desmintió categóricamente romances con Federico Fellini y Marcello Mastroianni, aclarando que su relación con Fellini era una profunda amistad. Cuando el director falleció en 1993, su esposa, Giulietta Masina, le pidió perdón a Anita, reconociendo su error al haberla celado. "Él fue el mejor director de cine de todos los tiempos, pero no lo hubiese mirado ni dos veces como hombre", sentenció Ekberg sobre Fellini.

La Maternidad Ausente: Una Elección de Vida
Un aspecto recurrente en la vida de Anita Ekberg fue su decisión de no tener hijos. Ni en su primer matrimonio con Anthony Steel, ni en el segundo con Rik Van Nutter, la actriz concibió descendencia. "No tengo un marido, no tengo hijos y, ahora, estoy sola aquí", compartió en una de sus últimas entrevistas desde el geriátrico.
La actriz no tuvo hijos, pero jamás se lamentó por eso. Vivía con sus dos perros, a los que consideraba su familia. Y, llegado un punto, desechó por completo la idea de volver a tener a un hombre a su lado. Sentía que la soledad era su mejor compañía. En ocasiones declaraba que nunca quiso ser madre, mientras que en otras afirmaba lo contrario, fiel a su naturaleza indescifrable.
Los Últimos Años: Soledad y Dignidad
Los últimos años de Anita Ekberg fueron verdaderamente tristes y estuvieron marcados por la adversidad. En 2011, sufrió una fractura de cadera tras ser empujada accidentalmente por su perro, un dogo alemán. Mientras estaba hospitalizada en Rimini, unos ladrones desvalijaron su villa italiana, llevándose casi todas sus joyas y muebles. Poco después, un incendio devoró el resto de sus pertenencias, dejándola en la indigencia.
A sus 80 años, tuvo que pedir asistencia al Estado italiano y a la Fundación Fellini. Los herederos del director se ocuparon de llevarla a una residencia para ancianos en los Castillos Romanos, donde residió hasta el final de sus días, recluida y con pocas visitas. "Me siento un poco sola. En soledad, sí, pero sin arrepentirme de nada. Amé, lloré, gané y perdí. Y hasta llegué a enloquecer de felicidad", expresó en una entrevista.
La prensa captó su estado de vulnerabilidad en 2013, algo que ella nunca hubiera querido mostrar. No por sus arrugas, que siempre defendió sin someterse a intervenciones estéticas, sino porque no toleraba estar postrada en una silla de ruedas. "No me interesan las cirugías, pienso que cada edad tiene su propio encanto, siempre se trata de vivir la vida al máximo y la edad te la marca tu mente", manifestaba a The Irish Examiner en 2013.
Anita Ekberg murió en la clínica San Raffaele Rocca di Papa de Roma el 11 de enero de 2015, a los 83 años, por complicaciones de una enfermedad. Sus cenizas reposan en su tierra natal, Suecia, el país que apenas volvió a pisar después de cumplir 20 años. Hasta el final, sus palabras resonaron con fuerza: "Pienso en mi vida, con lo bueno y lo malo, y no me arrepiento de nada".