Alfred Hitchcock: El Eterno Legado del Maestro del Suspense

El 29 de abril de 1980, el mundo del cine despidió a una de sus figuras más icónicas. Alfred Hitchcock falleció en su residencia de Bellagio Road, en el lujoso barrio residencial de Bel-Air, Los Ángeles. Su muerte, aunque no prematura en edad, marcó el fin de una era, pero su influencia y su obra continúan tan vigentes hoy como hace décadas, consolidándolo como el gran maestro del género de intriga y suspense.

Retrato de Alfred Hitchcock en sus años de esplendor

El Genio detrás de la Cámara

Alfred Hitchcock, autodefinido como «un misterio dentro de otro misterio», dirigió largometrajes que se convirtieron en auténticas obras maestras de la historia de la gran pantalla. Su nombre es sinónimo de intriga y de suspense. Sin lugar a dudas, ha sido el gran maestro del género en el ámbito del cine, y pese a los años transcurridos desde su muerte, ningún otro director ha logrado superarle. Nació en Londres, aunque luego se nacionalizó estadounidense, y empezó muy pronto a trabajar compulsivamente en el cine mudo, haciendo intertítulos en películas, donde quizás surgió su amor por el séptimo arte.

Entre sus obras maestras destacan:

  • Rebeca (1941), que le valió su único Premio Óscar.
  • La ventana indiscreta (1954).
  • Vértigo (1958), considerada la culminación del cine de suspense.
  • Con la muerte en los talones (1959).

Psicosis: La Revolución de un Clásico

Una de las grandes aportaciones de Alfred Hitchcock al cine de suspense se observa claramente en Psicosis (1960). El 'macguffin', que hace que los personajes avancen en la historia sin que el elemento en sí sea importante, funciona como ejemplo paradigmático en el dinero que Marion roba al principio de la película. Así empieza la trama, pero luego pasa a ser irrelevante.

Esta película fue revolucionaria en muchos aspectos. Lo que ahora parece algo más habitual, en el año 1960 era la primera vez que se veía en una pantalla. La primera secuencia, en la que Marion y Sam charlan en una típica escena 'poscoital', fue un escándalo. Ya en el motel, Hitchcock enseñó por primera vez en la historia un váter, con evacuación incluida. Sin embargo, nada fue comparable a la icónica escena de la ducha, cuya violencia permitió dar por comenzado el subgénero de las películas 'slasher'. Para esta escena, se necesitaron 78 configuraciones y 52 cortes para algo más de tres minutos, un proceso que se tardó siete días en rodar. Aunque Janet Leigh estuvo muy presente en esta escena, el realizador tuvo que contar con una anónima 'conejita playboy' para los momentos de mayor intimidad corporal, especialmente cuando Bates recogía el cadáver del suelo para introducirlo en el vehículo envuelto en sirope de chocolate que, gracias al blanco y negro, daba mucha credibilidad a la sangre de la protagonista. La sombra de un desquiciado Norman Bates -con peluca y un cuchillo- entrando en el baño de ese motel a medio camino entre California y Arizona sigue siendo hoy, casi 60 años más tarde, una imagen terrorífica.

Escena icónica de la película Psicosis de Alfred Hitchcock

El realizador reconoció que se había tomado el filme como un chiste, «Pero descubrí que algunos se la tomaban en serio. Mi intención era hacer que la gente gritara, chillara y todo eso...» El rechazo de la Paramount a financiar Psicosis no fue un obstáculo; de hecho, pasó a ser la película con mayor éxito de taquilla de toda la carrera del director británico. Más allá de su éxito, la película dejó una huella imborrable: nadie termina de sentirse seguro estando en la ducha sin compañía.

La Influencia Incalculable y el Enigma de su Obra

La influencia de Hitchcock en el cine es incalculable. Se ha escrito sobre él, su influencia y su cine tanto o más que sobre la Segunda Guerra Mundial, y se han hecho películas, «biopic», adaptaciones y plagios a centenares. De todo lo escrito sobre él, sobresale el libro con aura que le dedicó François Truffaut, «El cine según Hitchcock», en el que ambos desmenuzan su filmografía con mucho conocimiento y sentido del humor.

Hasta que la «nouvelle vague» no se fijó, subrayó y predicó las excelencias autorales de Hitchcock, él mismo creía de sí que solo era un director que hacía películas que le gustaban a todos. Truffaut tuvo que convencerlo durante la gestación del libro de que había alcanzado el tamaño de uno de los grandes creadores del lenguaje cinematográfico. En el mundillo cinéfilo, este libro suele considerarse la frontera (ficticia) que divide al gran artesano del auténtico autor.

El gran enigma de las películas de Hitchcock, las que todos conocen y vuelven a ver, es cómo, misteriosamente, no sufren el menor menoscabo en la curiosidad, misterio y nervioso interés. ¿Cómo es posible que un cine que lo apuesta todo al suspense y a los guiños y giros de su argumento no pierda la pegada a pesar de que uno se los sepa? Las escenas de la ducha, del campanario o de la bodega inciden en las mismas terminales nerviosas y emocionales que la primera vez que se vieron. Han transcurrido cuarenta años de la muerte de Alfred Hitchcock y su cine sigue siendo revisado como si fuera lo último del catálogo de cualquier plataforma.

Más Allá de la Pantalla: Vida, Traumas y Obsesiones

El autor de Vértigo, además de un artista genial, fue también un hombre atormentado y acomplejado, un personaje que vivió asfixiado por miedos insuperables. Muchos episodios de su infancia y juventud marcaron su vida de forma dolorosa y llegaron a provocarle una serie de traumas que, años después, le servirían de inspiración para algunas de sus más célebres películas.

Infancia y la Figura Paterna

Hitchcock nació en 1899 en el East End londinense, en el seno de una familia de comerciantes. Su padre, William, era un hombre duro y estricto que lo educó con mano de hierro, hasta el punto de que el pequeño Alfred llegó a sentir auténtico pánico de su figura. En una ocasión en la que su hijo cometió una travesura mayor de lo habitual, William se las apañó para que, como castigo, el niño pasara una noche encerrado en una celda de la comisaría del barrio, presentándose ante un policía amigo suyo con una carta en la que pedía que encerrase a su hijo. De aquella experiencia, al futuro cineasta le quedaría un imborrable miedo a la policía. La prematura muerte de su padre, cuando Alfred tenía catorce años, lo obligó a abandonar sus estudios y ponerse a trabajar siendo un adolescente.

Fotografía de un joven Alfred Hitchcock junto a su padre frente a la tienda familiar

La Influencia Materna

El temor que le provocaba la figura paterna hizo que Hitchcock se refugiara en su madre, Ellen Kathleen. Ella era una mujer que pasaba la mayor parte del tiempo en la cama debido a una lesión en las piernas que le impedía moverse con facilidad. Tal vez por eso no resulta difícil comprender la morbosa atracción que Hitchcock tendría a lo largo de su vida por las mujeres impedidas, como se observa en Marnie la ladrona (1964), donde todo el filme pivota sobre la cojera de la madre de la heroína.

Pero además de impedida, Ellen Kathleen era una mujer manipuladora y posesiva. Por un lado, trataba a su hijo con una ternura exagerada (le llamaba “mi corderito sin mácula”), mientras que por otro le obligaba a hacer continuos ejercicios de contrición. Cada noche, el niño estaba obligado a subir a la habitación de su madre, sentarse al lado de su cama, confesar lo que había hecho mal a lo largo del día y rezar con ella para pedir perdón. Con tales antecedentes resulta fácil entender por qué en el cine de Hitchcock las madres posesivas son personajes omnipresentes, como en Encadenados (1945), Los pájaros o el caso más emblemático, Psicosis. Hitchcock tenía con su madre una relación ambivalente; por un lado la quería de forma casi edípica, pero por otro no tenía reparos en definirla literalmente como: “Un sargento castrador”.

Años de Formación y la Semilla del Morbo

Hitchcock estudió hasta los catorce años en un colegio de los jesuitas. Los religiosos se encargaron de acabar la tarea que inició su padre en lo que se refiere a inculcarle un temor sin límites a la autoridad. “Su método de castigo era altamente dramático. El pupilo debía decidir cuándo recibir la penitencia que se le había impuesto. Algo parecido a decidir el momento de tu propia ejecución.” Como reacción a esa dureza, Hitchcock sacó a relucir una vena gamberra y casi sádica. Según relata su biógrafo Donald Spoto, el futuro cineasta era una especie de líder entre sus compañeros, y entre sus trastadas preferidas estaba la de ordenar atar a otros colegiales y prenderles pequeños petardos en el trasero. Ese gusto por las bromas macabras y de mal gusto le acompañaría toda su vida, como demuestra el hecho de que en 1964, durante el rodaje de Marnie, le envió como regalo a la hija de Tippi Hedren (Melanie Griffith, que tenía siete años), la cabeza reducida usada en la película Atormentada (1949).

Pero en sus años de estudiante, Hitchcock descubrió también su pasión por el mundo de lo criminal, aprovechando los domingos para visitar la Torre de Londres y el Museo de Scotland Yard. Él declaró: “Filmo los crímenes como si fueran una obra de arte, y las obras de arte como si fueran un crimen”.

Complejos y Relaciones Personales

Desde joven, Hitchcock se sentía acomplejado por su aspecto físico, avergonzado de su gordura. Fue en 1920 cuando empezó a trabajar como decorador en una productora cinematográfica, donde conoció a Alma Reville, la mujer que se convertiría en su esposa. Era una mujer muy inteligente, aunque físicamente no muy atractiva, que le atrajo desde el primer momento. En 1922, ya convertido en director, Alfred se atrevió a cortejar a Alma. En 1926, durante un viaje en barco, le pidió matrimonio. Según relató en su biografía, ella estaba en su camarote, víctima del mareo, cuando él le pidió que se casara con él. “No dijo ni sí ni no. Solo soltó un eructo”, relató el cineasta, “algo que yo interpreté como una respuesta positiva.”

La retorcida personalidad de Hitchcock, su obsesión por «las rubias», sus tendencias fetichistas y su naturaleza de mirón y ser mirado (sus célebres cameos), fueron elementos característicos de su persona y su obra. Su relación tormentosa y retorcida con sus actrices, como los episodios con Janet Leigh, son escalofriantes. Además, la fascinación por los muertos también era compartida por el propio director, quien definía la enfermiza obsesión que consumía al personaje de James Stewart en Vértigo como necrofilia: “Este hombre quiere acostarse con una muerta.” En su cine, es habitual que los asesinos sean incluso más atractivos que los héroes.

Un Legado de Premios y una Espina Clavada

La larga carrera cinematográfica y su especial talento le llevaron a conseguir multitud de premios y reconocimientos:

  • Dos Globos de Oro.
  • Ocho premios Golden Laurel.
  • Dos estrellas en el Paseo de la Fama de Hollywood.
  • El título de Caballero de la Orden del Imperio Británico.
Alfred Hitchcock recibiendo un premio o reconocimiento

No obstante, a Hitchcock siempre le molestó el no haber logrado ningún Premio Óscar a mejor director, considerado por él el galardón más importante a nivel mundial, y eso pese a que estuvo nominado en hasta cinco ocasiones. Quizás por ello, en 1968, cuando la Academia decidió hacerle entrega de una distinción simbólica, Hitchcock protagonizó uno de los discursos más breves de la historia: “Thank you… very much indeed”, una intervención que no llegó a los 6 segundos.

Fobias y Peculiaridades del Director

Puede parecer extraño en una persona acostumbrada al cine de terror y suspense, pero Alfred Hitchcock era una persona asustadiza con multitud de fobias. Una de ellas era el pánico a las alturas, o acrofobia, que se debe a un trauma de sus años escolares cuando, para escapar de los curas tras una gamberrada, Hitchcock y sus amigos subieron al tejado del colegio y uno de sus compañeros se cayó, quedando bastante grave. También llegó a reconocer ser incapaz de ver sus propias películas.

Su comportamiento nunca fue el habitual entre sus colegas, y se dice que rodar con Hitchcock llegaba a suponer una auténtica tortura para los actores. Filmaba los crímenes con un salvajismo impactante, como en Psicosis o Cortina rasgada (1966), donde Paul Newman y un personaje femenino tardan varios minutos en matar a un espía alemán: primero lo apuñalan repetidas veces, pero el cuchillo se rompe, y tienen que acabar metiéndole la cabeza en un horno.

Hitchcock dirigió también dos cortometrajes para el Ministerio de Información del Reino Unido llamados Bon Voyage y Aventura Malgache, ambos en francés y utilizando miembros de las Fuerzas Francesas Libres. Las innovaciones argumentales y de rodaje que introdujo Alfred Hitchcock han marcado un antes y un después en el mundo del cine, y han influenciado a directores posteriores como Scorsese o Spielberg. Además, los cameos de Hitchcock fueron y aún son algo totalmente inaudito en el mundo del cine, y a medida que avanzó la carrera del director, sus apariciones se hicieron más prolongadas, protagonizando papeles más importantes.

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