La lactancia materna, un fenómeno biocultural por excelencia, ha sido un acto vital para madres e hijos en diversas sociedades a lo largo de la historia. Desde los albores de la humanidad y hasta casi el año 1900, la alimentación con leche de mujer era la norma universal para todos los niños. Los intentos de alimentarlos con leches de otros mamíferos solían terminar en el fallecimiento de los lactantes, debido a la diferente distribución porcentual de los componentes orgánicos e inorgánicos de estas leches. Aunque el reflejo de búsqueda y succión-deglución en el recién nacido es instintivo, la lactancia también posee un importante componente cultural transmitido: la técnica o arte femenino de amamantar, transferida de madres a hijas, que formaba parte del acervo cultural de la humanidad.
La Persistencia de la Lactancia Mercenaria
A lo largo de la historia, la leche de mujer no siempre provino de la propia madre. Desde tiempos muy antiguos, el fenómeno de la lactancia mercenaria, o el uso de nodrizas, ha existido por diversas consideraciones sociales, económicas y sexuales en la mayoría de las civilizaciones conocidas. Esta práctica se mantuvo, con mejor o peor aceptación social, durante siglos y hasta bien entrado el siglo XX. Por ejemplo, la mayoría de los niños europeos de clase alta eran alimentados por amas de cría en lugar de sus madres. La lactancia mercenaria se extendió de tal manera durante el Renacimiento en Europa, especialmente en Francia e Italia, que la mayoría de las mujeres de clase humilde amamantaban a más de una criatura a la vez: la suya propia y la que se dejaba a su cuidado.
En el siglo XVIII, lo que en el siglo XVI era una práctica exclusiva de la aristocracia en Francia, se extendió a la burguesía en el siglo XVII y alcanzó a las clases populares en el siglo XVIII. Tanto las mujeres de clase baja, para poder trabajar, como las de clase alta, para atender sus numerosas obligaciones sociales, dependían de la leche de pago. Sin embargo, en el siglo XIX en Rusia, a excepción de la nobleza que seguía las costumbres francesas, la mayoría de los niños eran amamantados por sus madres. La legislación sobre las nodrizas alcanzó su máximo desarrollo en la sociedad francesa de los siglos XVIII y XIX. Los médicos y autoridades sanitarias de finales del siglo XIX limitaron y regularon cada vez más la labor de las nodrizas, a quienes se les llegó a calificar de "mercenarias", bajo la preocupación de la transmisión de enfermedades y en pos de hacer responsable a cada madre de alimentar a su hijo.

Creencias y Conocimientos Médicos sobre la Lactancia en el Siglo XIX
Durante el siglo XIX, el conocimiento científico sobre la composición de la leche humana y sus diferencias con las de otros mamíferos era limitado. No obstante, algunas creencias antiguas y sin fundamento científico persistieron. Por ejemplo, la idea de Hipócrates (siglo V a.C.) de que la leche del pecho es una modificación de la sangre menstrual del útero, llegando allí por conexiones internas entre ambos órganos, subsistió sin ser cuestionada hasta bien entrado el siglo XVII. A pesar de que Vesalio (siglo XVI) no encontró tal vaso en sus disecciones, este concepto persistió hasta el siglo XIX.
Una consecuencia de esta falsa creencia anatómica fue la prohibición de las relaciones sexuales mientras la mujer era madre lactante, para evitar la mezcla de semen y leche. Esta proscripción, propuesta por Galeno y Avicena, alcanzó los principios del siglo XX. Asimismo, existía el antiquísimo tabú del calostro: no administrarlo al recién nacido por considerarlo venenoso o impuro. Esta práctica ancestral y generalizada, que implicaba desechar la leche "contaminada" por la sangre menstrual durante días o semanas y alimentar al bebé con mezclas de agua, leche animal, grasa, manteca, miel o leche de otra mujer, persistió en el siglo XIX y causaba alta mortalidad infantil. Normas dietéticas carentes de fundamento, como la prohibición de beber leche para la madre o purgar a la madre/nodriza si el lactante estaba enfermo, dificultaron aún más y desacreditaron la lactancia materna. Todos estos factores contribuyeron a una baja opinión social del amamantamiento, considerado indigno, vergonzoso, propio de clases inferiores o de animales.
A pesar de las creencias erróneas, todos los tratados médicos del siglo XIX coincidieron en afirmar la superioridad de la leche de mujer sobre la de cualquier animal. Sin embargo, el discurso médico respecto a la lactancia materna fue ambiguo. Algunos eminentes pediatras, como Pierre Budín (1846-1907), pioneros de la medicina perinatal, recomendaban la lactancia materna para disminuir una mortalidad infantil que, a finales del siglo XIX, rondaba el 300 por mil. Él mismo reconocía que la mortalidad infantil en lactantes amamantados era del 5%, mientras que en los alimentados con fórmulas artificiales era casi 10 veces mayor (46%), lo que significaba que prácticamente uno de cada dos bebés no llegaba a su primer año de vida.
Las madres de los siglos XVIII y XIX, según algunas perspectivas, eran muy prácticas y, aunque deseaban amamantar, también eran claras cuando la lactancia era dolorosa, no funcionaba o necesitaban abandonarla. Si bien puede que no estuvieran contentas con esta situación, su prioridad era mantener al bebé con vida, recurriendo a la alimentación disponible. El canon de belleza imperante, que exigía pechos pequeños y un sobrepeso moderado, también estaba reñido con la práctica de la lactancia. Además, la decisión de amamantar o no solía ser prerrogativa del marido, quien a menudo se oponía por diversas razones culturales y sociales.
El Auge de la Alimentación Artificial y la "Maternidad Científica"
Desde la antigüedad se conocía el fracaso irremediable de la alimentación con leche de animales, que casi indefectiblemente acababa con la muerte del lactante. Ya en yacimientos arqueológicos desde hace 2.000 años a.C. se han encontrado numerosas vasijas con boquilla que probablemente servían de biberón para niños pequeños. El sustituto más común a la leche materna era la panada, una mezcla acuosa de dudoso valor nutritivo, que junto a otras "cosas muy raras" (leche, harina, mantequilla derretida, sopa de carne, pan) provocaba una alta mortalidad infantil. Esto significaba que, si una mujer no podía amamantar, las perspectivas de supervivencia de su hijo eran escasas.
En el siglo XVIII, se realizaron experimentos en hospicios sobrecargados de lactantes abandonados, buscando fórmulas alimenticias que pudieran sustituir a las nodrizas y disminuir los enormes costos. Estas prácticas resultaron en terribles fracasos, originando una gran mortandad, muchas veces cercana al 100%, y en cualquier caso dos o tres veces superior a la conseguida con la alimentación por nodrizas. Sin embargo, la fórmula llegó como un "regalo del cielo" para muchas.

A partir de 1865, nuevos avances en la conservación de productos alimenticios, como la pasteurización, abrieron nuevas posibilidades. En 1865, el químico Justus von Liebig desarrolló, patentó y comercializó la primera fórmula láctea para alimentación infantil, una mezcla de leche de vaca, harina de trigo y malta, y bicarbonato potásico, disponible en forma líquida y luego en polvo. Dos años después, el suizo Henri Nestlé adoptó la idea para fabricar su harina lacteada. Apenas 20 años más tarde, ya existían 27 fórmulas para alimentación infantil patentadas en el mundo.
A finales del siglo XIX, a pesar de las recomendaciones de médicos como Budín, la "maternidad científica" se popularizó, abogando por la lactancia artificial. Este cambio fue impulsado por el desarrollo de una industria química cada vez más preparada, la competencia comercial en un mercado de alimentación infantil muy lucrativo (donde químicos y comerciantes como Nestlé entraron en un campo inicialmente reservado a los médicos), y una ideología dominante que ensalzaba el progreso y la tecnología. La ciencia de la nutrición, al volverse dependiente del cálculo y la medición, llevó a la falsa creencia entre la población y los profesionales de que lo industrial era más perfecto que lo natural porque podía medirse y calcularse "científicamente".

La Lactancia Materna en México durante el Siglo XIX
En México, la lactancia materna también fue un tema vital durante el siglo XIX. Con las reformas liberales de 1861, todos los hospitales, hospicios, orfanatos y casas de maternidad, que habían sido administrados por la Iglesia durante tres siglos, fueron secularizados y quedaron bajo la dirección de la beneficencia pública. En 1869 se retomó la inquietud de establecer un hospital para la infancia, lo que llevó a que la sección de niños enfermos del Hospital de San Andrés pasara como departamento a la Casa de Maternidad, denominándose Hospital de Maternidad e Infancia hasta 1905. Posteriormente, en 1893, el médico Miguel Otero y Arce fundó el Hospital Infantil en San Luis Potosí, atendiendo desde lactantes hasta adolescentes.
Las publicaciones médicas decimonónicas, como la Gaceta Médica de México, documentan las investigaciones y debates sobre la lactancia. En la transición del siglo XIX al XX, no había una posición universal entre los médicos mexicanos respecto a la lactancia artificial. Aunque expresaban distintas posturas, todos buscaban el bienestar de los niños. Algunos médicos, como Aniceto Ortega, mostraron preocupación por las madres que no amamantaban a sus hijos, quienes aludían a la escasez de leche, dolores de espalda, palpitaciones o neuralgias. Por su parte, el médico español Andrés Martínez Vargas señaló en 1890 que la lactancia materna era vital para la correcta nutrición, reflejándose en el aumento de talla, peso y en el desarrollo del niño.
Desde finales del siglo XIX, los médicos también controlaron el suministro de leche de vaca, burra o cabra a los lactantes. No había un consenso sobre cómo consumirla: algunos recomendaban brindarla desde los primeros días, otros sugerían agregarle agua, y algunos aconsejaban consumirla cruda y entera, aunque generalmente se favorecía que fuera hervida o pasteurizada. La mortalidad infantil seguía siendo una preocupación. En 1898, el médico Manuel S. Iglesias escribió que la primera causa de mortalidad eran las enfermedades relacionadas con el aparato digestivo, frecuentes durante el destete y posiblemente producto de un descuido en la alimentación. Sugirió una cruzada nacional para difundir nociones sobre el destete y la alimentación a madres y al público general.
A principios del siglo XX, el médico Roque Macouzet, una autoridad en el "arte de criar a los niños", consideraba el cuerpo de la madre como un "laboratorio que producía leche", describiéndola como un "líquido dulce, suave y tibio". Estaba convencido de que la lactancia contribuía a la íntima unión de la madre y el niño, y que la leche era óptima por su composición, riqueza y propiedades. Macouzet observó que pocos casos de madres realmente no podían criar a sus hijos; más bien, las exigencias sociales, el cuidado estético, el no querer sujetarse al niño, el temor a enfermedades como la debilidad pulmonar y la alusión a la escasez de leche eran las verdaderas razones por las que las mujeres no amamantaban, una decisión que, lamentablemente, a veces era secundada por los propios médicos. Las consecuencias para el niño eran pasar por varias nodrizas, aparatos de esterilización, diversas leches animales o condensadas, sin obtener los resultados esperados. Macouzet incluso propuso la idea de "leche de vaca humanizada" diluyéndola con agua de perla de cebada. Así, las directrices médicas en la alimentación infantil cobraron importancia en los discursos y guías para las madres.
Hacia una Revalorización de la Lactancia Materna
En el siglo XIX, se inició un "mayor experimento a gran escala" en la especie humana: se cambió la forma de alimentación inicial de centenares de miles de niños a leche modificada de una especie distinta. Este alejamiento de la práctica mamífera natural se reforzó con múltiples mecanismos culturales, disfrazados de argumentos filosóficos, morales, teológicos, supersticiosos e incluso científicos, que a menudo escondían una misoginia profunda y un desprecio hacia el cuerpo de la mujer. La creencia en la inferioridad de la mujer, defendida por Aristóteles, persistió culturalmente hasta el siglo XX, y se asociaban ideas como que la lactancia "afea los pechos" o "puede empeorar la salud". Estas ideas dificultaron la práctica del amamantamiento.
Los profesionales de la salud del siglo XIX y principios del XX, expertos en la técnica de la alimentación con fórmulas lácteas, a menudo realizaban un trasunto erróneo de esas técnicas para describir, normalizar y "enseñar" la lactancia materna, una práctica ancestral de la que en realidad poco sabían. Esto se sumaba a la concepción del lactante como un ser inadaptado e incompetente, apenas un tubo digestivo al que había que alimentar y calmar, en lugar de una persona en desarrollo con necesidades afectivas. Además, el creciente valor atribuido a la competitividad individual y la independencia en los dos últimos siglos buscaba que los niños se valieran por sí mismos lo antes posible, lo que iba en contra de una crianza de proximidad.
Este modo de vida, construido en una huida de lo mamífero, no parece adecuado para la crianza y es incompatible con la lactancia materna. Los errores cometidos a lo largo de milenios al construir las bases de nuestra cultura, especialmente en la "maternidad científica" y la tecnificación de la lactancia que comenzó a predominar a finales del siglo XIX, han tenido consecuencias duraderas. La lactancia materna, el modo perfecto y más seguro de alimentación, afinado durante milenios de selección evolutiva, posiblemente nunca se habría abandonado si las fórmulas artificiales se hubiesen inventado tan solo un siglo más tarde, ya que las normas básicas de bioética y ensayos clínicos con humanos implementadas en el último cuarto del siglo XX habrían impedido su difusión generalizada.
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