La historia de la Quinta del Biberón es un testimonio conmovedor y crucial de la Guerra Civil Española, marcando la movilización forzosa de miles de jóvenes, muchos de ellos aún adolescentes, para defender la Segunda República. En 2020 y 2021, muchos de estos valientes, nacidos en 1920 y 1921, cumplen o han cumplido un siglo de vida, lo que resalta la urgencia de preservar su memoria y legado.
¿Quiénes Eran la "Quinta del Biberón"?
La Quinta del Biberón es el nombre que recibieron los nacidos en los años 1920 y 1921. Fueron reclutados para defender la Segunda República española en abril de 1938 y a principios de 1939. Cuando entraron en batalla, sin apenas instrucción ni equipamiento, la mayoría no había cumplido los dieciocho años. Ante su movilización hubo un clamor de protesta por parte de los propios reclutas y de sus familiares, pues se anticipaba en tres años las levas de los años 1941 y 1942, cuando los «biberones» cumplirían los veintiuno.
A Federica Montseny se le atribuye la frase que eran tan jóvenes que aún tomaban el biberón, encapsulando la dramática juventud de estos combatientes. A pie de trinchera, los «biberones» enfrentaron las balas en una guerra que había comenzado cuando tenían catorce y quince años. La necesidad de cubrir las numerosas bajas llevó a la orden de realizar nuevas quintas el 13 de abril de 1938, entre ellas la quinta de 1941, compuesta por quienes deberían haber servido en 1941 a los 21 años, pero fueron forzados a luchar con apenas 17 o 18.

La Batalla del Ebro: Un Infierno para los Jóvenes Reclutas
El río Ebro fue el escenario de uno de los enfrentamientos más sangrientos de la Guerra Civil Española. En julio de 1938, las tropas republicanas lanzaron un gran contraataque, un cruce del río que atraviesa el noroeste de España, lo que les permitió recuperar parte del territorio que Franco había conquistado.
Esta fue la batalla que curtió a muchos de estos jóvenes. Si bien los historiadores han dado cifras diferentes, la mayoría estima un saldo de al menos 20.000 soldados muertos en ambos bandos durante los casi cuatro meses que duró la batalla. Las batallas del Segre y del Ebro se convirtieron en un infierno con más de 200.000 combatientes, con 35.000 muertos y 100.000 heridos.
El Ejército Popular de la República en Aragón había acabado desbandándose en abril de 1938, una situación crítica que dejaba a los soldados presas del pánico y buscando regresar a sus casas. Según señaló Negrín, presidente del gobierno de la República, no había entre el Segre y Barcelona ninguna fuerza militar leal, lo que podría haber permitido a los franquistas ocupar la capital catalana sin dificultad y terminar la guerra un año antes. Sin embargo, esta "digresión franquista" permitió reorganizar el ejército del Ebro, formado a partir de las unidades republicanas destrozadas en Aragón. La base de este nuevo ejército fueron el V Cuerpo del Ejército dirigido por Juan Modesto y formado por las divisiones 3ª Tagüeña, la 11ª Lister y la 45 Internacional Hans Khale.
Testimonios de Supervivientes: La Dura Realidad del Frente
La crudeza de la guerra es vívidamente recordada por sus protagonistas. Joan C., un joven de 17 años natural del Pla de Cabra, de infancia dura, con escasos libros y muchas horas de trabajo en el campo, fue uno de ellos. Fue llamado a filas el 28 de abril de 1938, presentándose en la Caja de Reclutas de Tarragona con lo básico: una manta, una escudilla y cubiertos. Le dijeron: "SOIS LA LEVA DEL 41", y se encontró con otros jóvenes de 17 años, y algunos más mayores, casados.
Su instrucción fue muy básica y apresurada en el Centro de Instrucción Provincial de Samá, donde los "niños", como los llamaban, convivían con soldados y reclutas de quintas anteriores. Se les entregó un Mauser checoslovaco, calibre 7'92, más corto que el modelo 98. Joan salió de allí con camisa y pantalón, sin casco, sin gorro, sin cinta para el fusil, caminando hacia Botarell con el resto de sus compañeros. No iban muy pertrechados de munición, apenas 150 balas y alguna granada de mano, lo que daba un protagonismo más relevante a la bayoneta calada en el cañón de aquel pesado Mauser, convirtiendo el conjunto de adolescente, fusil y bayoneta en un instrumento de carnicería.
En algún lugar cerca de Vilalba dels Arcs, a mediados de agosto, Joan se encontraba en la posición que llamaban "La Targa", un verdadero bastión con fortines de hormigón, nidos de ametralladoras y morteros de 50mm. El terreno descubierto y los viñedos ofrecían poco abrigo, pero aún así fueron atacados. Aquel día, Joan tuvo la certeza de que moriría. Despertaron con un bombardeo aéreo; vieron caer un avión, y luego el cañoneo de artillería muy nutrido, que, por suerte, quedó largo sin causar destrozos. Tras la artillería, se hizo un silencio denso y tranquilizador, y entonces, comenzó todo: el ataque de los Requetés Catalanes, conocidos por ser muy aguerridos. Los defensores y atacantes tragaron el polvo fúnebre de la tierra ametrallada. Empezaban ya a tener muertos; los heridos gritaban de dolor. Aquel viñedo fue un cementerio para muchos Requetés; algunos se hacían los muertos tras las cepas para evitar la lluvia de balas. Al anochecer, se hizo un caballeresco "alto al fuego" para permitir a los rivales retirar a sus caídos de la "tierra de nadie".
Las atrocidades no solo venían del enemigo. Joan recordaba una escena "repugnante": un suboficial apuntando con su pistola a un "biberón" que no quería subir a la colina. Los "niños" fueron adoptados por la mayoría de los veteranos de aquella posición. Un teniente, a riesgo de recibir un tiro, hizo un gesto de saludo en respeto a los caídos "de ellos", siendo fusilado días más tarde a finales de agosto.
A Joan C. y a Ramón Camats les tocó recoger 207 cuerpos de compañeros, 165 con nombre o apodo, y 42 desconocidos. Aquello fue su guerra, su batalla. Los jóvenes que sobrevivieron de aquella quinta se hicieron viejos de golpe. En una ceremonia de "hacer justicia", acordaron realizar el mismo número de disparos (4) por Tomás, Antoni y Josep; Joan solo hizo dos, considerando que "aquel maldito no merecía tanto". Rufino, por su parte, recibió "puerta" ese día de 12 individuos.
La primera carta de Joan a casa, justo el día de su alistamiento, decía: "Les escribo estas apresuradas líneas para que sepan de mí. Todo por aquí parece muy convulso y precipitado. Nos han dado 30 pesetas. Sin nada más, reciban todo mi cariño y un fuerte abrazo de su hijo y hermano que les quiere." Todavía se conservan los 12 billetes (30 pesetas) que le mandaron a la guerra.
Hoy, bajo aquellos pinos, aún se pueden apreciar los restos de hormigón de la posición "Targa".

El Legado y la Memoria Histórica
La memoria de la Quinta del Biberón se ha mantenido viva gracias al esfuerzo de sus propios miembros y a las nuevas generaciones que buscan entender su sacrificio. Lluís Canet, quien cumplió 100 años el 30 de noviembre, es uno de estos valientes. Cada julio, durante las últimas tres décadas, Canet ha realizado su viaje anual a un monumento de la paz construido en las colinas cerca del río Ebro, un escenario de un gran contraataque realizado por las tropas republicanas en julio de 1938. La peregrinación, ya de por sí difícil, fue más ardua en esta oportunidad por la pandemia. En la conmemoración de este año, Canet fue el único presente, aunque el escritor Víctor Amela sugiere que probablemente no sea el único miembro sobreviviente.
El monumento cerca del Ebro, erigido en 1989, fue financiado por exsoldados y sus familias, ya que, según Canet, "el Estado español tristemente se ha negado a mirar hacia atrás y enfrentar el legado de nuestra guerra civil, y mucho menos ofrecer una disculpa a un grupo de niños que fueron obligados a pelear en ella”. Este sentimiento se reitera en el Monumento a la Paz en la cota 705 de la Sierra de Pàndols, en la Terra Alta, erigido cuando los supervivientes cumplieron 80 años y pagado por ellos mismos. Allí suben cada 25 de julio para conmemorar el aciago día de 1938 en el que se desató el infierno, y, en un verdadero ejercicio de reconciliación, se juntaron supervivientes de ambos bandos, algunos de los cuales incluso habían cambiado de trinchera. Amela acompañó a los supervivientes al paraje desde donde se divisa el escenario de la batalla más cruenta de la Guerra Civil, arrasado por miles de proyectiles. "Al final, todos murieron para nada. Quería entender por qué no quisieron explicar la batalla del Ebro y levantar el velo del olvido", dice Amela.

La Lucha por la Reparación y la Justicia
En septiembre, el gobierno encabezado por el presidente Pedro Sánchez presentó un proyecto de ley destinado a reactivar y ampliar una ley de 2007 que facilite la apertura de más de 2.000 fosas comunes repartidas por toda España para identificar los restos de quienes están en su interior. Este es un paso hacia la reparación histórica, una tarea pendiente para una generación marcada por la guerra.
Víctor Amela y "Nos Robaron la Juventud"
El periodista y escritor Víctor Amela rescata la memoria de la Quinta del Biberón en su libro Nos robaron la juventud. En esta obra, fruto de 15 años de trabajo, Amela rehace el puzle vital y emocional de 25 de aquellos «biberones», siete de los cuales serán centenarios este año. Solo viven siete de los 27.000 adolescentes reclutados a la fuerza en 1938 como combatientes republicanos de nuestra cruenta e incivil contienda. El título del libro resume el sentir de casi todos aquellos chicos enviados a una carnicería: sobrevivieron apenas la mitad, condenados luego a cinco años de mili franquista o reclusión. Los mejor parados volvieron a casa con 25 años y la juventud arrasada.
El interés de Amela surgió a los 17 años, cuando su tío Josep le mostró la cicatriz que le dejó en el pecho la bala que le hirió en el Ebro el mismo día que cumplía 18 y vio morir a su mejor amigo. Aunque su tío Pepito alzó un muro de silencio, Amela logró derribarlo tras su muerte con cartas y fotos halladas en 2005. La médula del libro son las entrevistas realizadas desde 2005 a los supervivientes de la leva forzosa, revisando cartas, documentos y diarios. Los recuerdos de unos chavales, algunos de 14 años, que maduraron de golpe entre granadas, fusiles, bombas, metralla y muerte. De estas entrevistas emergieron historias de traiciones y generosidad, de luz y esperanza en medio del horror. Pere Godall cuenta cómo «rendido en la trinchera», tocó su piano imaginario, mientras Gabriel León recordaba haber «enterrado a doscientos compañeros en la Venta de les Camposines». Amela ilustra que incluso los del bando franquista admiraron la resistencia de aquellos chavales con alpargatas que salían de debajo de las piedras.
Los Últimos de la Guerra Civil Española
"In memoriam. La quinta del biberón": El Teatro como Testimonio
Lluís Pasqual, director de Teatre Lliure, abordó esta memoria colectiva en su obra In memoriam. La quinta del biberón. Esta pieza se concibe como un "documental en teatro", apegado a los hechos y cercano al deber de memoria, al deber de reparación y justicia. Pasqual, atento a la historia viva de la generación que se acerca a los cien años, arrima el hombro para la recuperación de esa memoria colectiva que va muriendo de modo natural.
Gran parte del texto está basada en los testimonios recabados por el propio autor mediante entrevistas a los «biberones» supervivientes. Con una sencillez abrumadora, seis jovencísimos actores encarnan a seis reclutas de la Quinta del Biberón. Los «encarnan» más que los representan, pues los actores comparecen como los propios reclutas que van a narrar lo que les ocurrió en el frente del Ebro, buscando ir más allá de la re-presentación para alcanzar la comparecencia real de los verdaderos protagonistas. Esta argucia dramática es coherente con el compromiso de Lluís Pasqual con la verdad y su apuesta estética por la verdad sin filtros.
La obra es también un acto político, no un simple alegato, sino uno muy sofisticado. El poder de convicción es tal que todo el público se levanta en cada función para guardar un minuto de silencio por los «biberones» muertos en el frente, difuminando la frontera entre escena y patio de butacas, entre drama y espacio político. Lluís Pasqual integra apelaciones reales al espectador: "Bueno, es que ustedes ahora saben mucho de la guerra. Han visto películas, han leído periódicos, y libros… Pero nosotros, ¿qué sabíamos en la España de 1938 a los diecisiete años?". A través de estos diálogos, unos toman la palabra y otros asienten o refutan, completando la narrativa. Se evocan historias como la del muchacho que, tras desertar, fue convencido por sus padres para volver al frente, solo para ser fusilado. Se culpa a los mandos comunistas, muchos de ellos civiles, que tomaron el control del ejército republicano, y los reclutas reprochan las palabras de Negrín más que los ataques de la artillería franquista. Así, Lluís Pasqual consigue que esas viejas fotografías de la guerra cobren movimiento y respiren.
In memoriam. La quinta del biberón presenta un rosario de atrocidades que describe perfectamente los horrores de la guerra. Su materia y su forma de presentación -un conjunto de testimonios-, confiere a lo narrado la categoría de «verdad probada más allá de cualquier duda», dándole al teatro de Lluís Pasqual algo de prueba forense.
