La Quinta del Biberón: Un Capítulo Crítico de la Guerra Civil Española

La historia de España está marcada por episodios que, a pesar del tiempo, siguen generando debate y la necesidad de mantener viva la memoria. Uno de estos capítulos es el de la Quinta del Biberón, un nombre que evoca la dramática movilización de jóvenes en los últimos compases de la Guerra Civil Española.

¿Quiénes eran la Quinta del Biberón?

Foto de archivo de jóvenes soldados republicanos en la Guerra Civil Española, posiblemente de la Quinta del Biberón, mostrando su juventud y falta de equipamiento.

La Quinta del Biberón es el nombre que recibieron los nacidos en los años 1920 y 1921, quienes fueron reclutados para defender la Segunda República española entre abril de 1938 y principios de 1939. Cuando estos jóvenes entraron en batalla, la mayoría no había cumplido los dieciocho años, y lo hicieron sin apenas instrucción ni equipamiento. Ante su movilización, hubo un clamor de protesta por parte de los propios reclutas y de sus familiares, pues esta convocatoria anticipaba en tres años las levas de los años 1941 y 1942, cuando los «biberones» habrían cumplido los veintiuno.

A pie de trinchera, los «biberones» enfrentaron las balas en una guerra que había comenzado cuando tenían catorce y quince años. De hecho, fue el nombre que recibieron los reemplazos militares que se convocaron a finales de abril de 1938, cuando el presidente elegido democráticamente Manuel Azaña, viendo que las tropas sublevadas avanzaban y ocupaban territorio después de casi dos años de guerra transcurridos (1936-38) y que la guerra estaba perdiéndose, pensó en esta fórmula de movilización militar. El ejército republicano reclutó a los reemplazos del 15 hasta el del 42. Este último reemplazo, el de la Quinta del Chupete, ya con la guerra perdida en enero de 1939, apenas tuvo trascendencia y fueron los nacidos en 1921.

El Horro Histórico y el Clamor de Protesta

La inmensa mayoría de los españoles simplemente aceptaron sobrevivir, o luchar si su pueblo era republicano y no estaba ocupado, haciéndolo en ese bando. Lo que está claro es que aunque todos perdieron, no fueron todos, ya que Franco y sus secuaces no perdieron, de eso sí que no hay duda. El bando sublevado rompió la democracia existente y, como siempre ocurre, cuando hay un golpe de estado, se usó la fuerza, la fuerza militar, el ejército. Es un tópico insoportable que se diga que se han hecho demasiadas obras, películas, libros o canciones sobre la Guerra Civil española; sencillamente: no es verdad.

Las elecciones de 1931 y las de 1933 fueron democráticas, imperfectas y seguro que mucho, pero democráticas, al fin y al cabo. Una democracia que permitió, por ejemplo, que en 1933 las mujeres por primera vez en España pudiesen tener derecho a voto.

La Tragedia y la Memoria Colectiva

La estimación de víctimas mortales en la Guerra Civil Española, consecuencia de la represión, puede cifrarse en 200.000 personas. Las investigaciones realizadas hasta la fecha demuestran que un alto porcentaje de desaparecidos no consta en registro alguno. Debido a ello, España, con más de 114.000 desaparecidos, es el segundo país del mundo, tras Camboya, con mayor número de personas víctimas de desapariciones forzadas cuyos restos no han sido recuperados ni identificados. Siguen habiendo miles de muertos en las cunetas de las carreteras españolas, y en los muros de los cementerios aún permanecen los agujeros de las balas, donde la hierba ya no crece debajo.

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La Nueva España, con su represión franquista tan extrema, hizo que el miedo se apoderara de todos, luchasen en el bando que luchasen. Ese miedo se traducía en silencios y expresiones que aparecían incluso ya en los años finales de la Dictadura o primeros de la Transición. Porque el miedo es cuando se teme a lo desconocido, pero muchísimo peor es cuando ese miedo es a algo conocido, algo que conocieron nuestros abuelos. Por ello, el silencio siempre acompaña al miedo, y nos hacía callar canciones inocentes que nombraban al "demonio" mismo, personalizado en Franco.

La mayoría de participantes en esta Quinta del Biberón fallecieron en la batalla del Ebro, y los que no, acabada la guerra corrieron suertes bien diferentes: algunos acabaron en los campos de concentración de Argelès-sur-Mer, Saint-Cyprien y Agda, mientras otros fueron fusilados por desertores o actuaron bajo coacción en gran parte de los casos.

"In memoriam. La quinta del biberón": Un Documental en Teatro

Escenografía de la obra

Lluís Pasqual, director de Teatre Lliure y autor de In memoriam. La quinta del biberón, crea con estos materiales un «documental en teatro»[1]. Pasqual vuelve a hacer teatro apegado a los hechos, cercano al deber de memoria, esto es, al deber de reparación y justicia. Ya lo hizo recientemente con su montaje de Mujer no reeducable, de Stefano Massini, sobre la figura de la periodista y disidente rusa Anna Politkóvskaya, asesinada en 2006.

No menos urgente y necesaria es una visión realista sobre muchos de los episodios de la Guerra Civil española. Lluís Pasqual, atento a la historia viva de la generación que se acerca a los cien años, arrima el hombro para la recuperación de esa memoria colectiva que va muriendo de modo natural. Gran parte del texto de In memoriam. La quinta del biberón está basada en los testimonios recabados por el propio autor mediante entrevistas a los «biberones» supervivientes. Y, sin embargo, al margen del oficio del autor y director, la pieza se constituye con una sencillez abrumadora. Seis jovencísimos actores encarnan a seis reclutas de la Quinta del Biberón. Los «encarnan» más que los representan, pues los actores comparecen como los propios reclutas que van a narrar lo que les ocurrió en el frente del Ebro.

La obra busca ir más allá de la re-presentación para alcanzar la comparecencia real de los verdaderos protagonistas. La argucia dramática es coherente con el compromiso de Lluís Pasqual con la verdad, con su apuesta estética por la verdad sin filtros. Pero, además, In memoriam. La quinta del biberón es también un acto político, no un simple alegato, sino uno muy sofisticado. El poder de convicción es tal que todo el público se levanta en cada función para guardar un minuto de silencio por los «biberones» muertos en el frente.

La frontera entre escena y patio de butacas, entre drama y espacio político, se esfuma en este y otros momentos de In memoriam. Lluís Pasqual integra en el texto apelaciones reales al espectador, como: «Bueno, es que ustedes ahora saben mucho de la guerra. Han visto películas, han leído periódicos, y libros… Pero nosotros, ¿qué sabíamos en la España de 1938 a los diecisiete años?». Así, unos toman la palabra y otros asienten, o refutan, en todo caso completan.

En la obra se recuerdan episodios como el de un muchacho que, al poco de estar en el cuartel, regresó a su casa. Sus padres lo convencieron para que volviese al frente, lo hizo, y lo fusilaron por desertor. Al día siguiente, los padres volvieron al cuartel para ver cómo estaba su hijo. Al enterarse, la madre no podía dejar de culparse. Y se culpa a los mandos comunistas, muchos de ellos civiles, que tomaron el control del ejército republicano. Los reclutas reprochan las palabras de Negrín más que los ataques de la artillería franquista. Así, Lluís Pasqual consigue que esas viejas fotografías de la guerra cobren movimiento y respiren.

Hay en In memoriam. La quinta del biberón un rosario de atrocidades que describe perfectamente los horrores de la guerra. Pero, además, su materia y su forma de presentación -un conjunto de testimonios- confiere a lo narrado la categoría de «verdad probada más allá de cualquier duda». En efecto, además de su calidad artística, el teatro de Lluís Pasqual tiene algo de prueba forense.

La Búsqueda de la Verdad y los Archivos

La búsqueda de información sobre los combatientes de la Guerra Civil, especialmente los de la Quinta del Biberón, puede ser un proceso arduo. Muchas personas familiares no saben que existen documentos personales, propiedad exclusiva de la familia, en los diferentes archivos militares o civiles de sus antepasados, de los que como mucho se consiguen fotocopias o copias digitales. El proceso de búsqueda puede implicar solicitudes a organismos como el Archivo General Militar de Ávila, o Archivos Históricos Provinciales.

Un ejemplo de esta búsqueda personal es la del abuelo de un investigador, Juan Tirado Rodríguez. La única pista disponible era que el abuelo Juan estuvo aproximadamente 3 o 4 años cumpliendo el servicio militar y que, según le habían contado, lo "cogieron" en la Quinta del Biberón. Tras investigar en hemerotecas de diarios de la época, como el ABC, se buscó algo sobre el reclutamiento de la Quinta del Biberón. El ABC, con sus dos ediciones durante la Guerra Civil (Madrid y Sevilla), fue una metáfora periodística de lo que sucedía en España en esos momentos, con distintas cabeceras luchando con la propaganda mientras el resto de españoles luchaban en las trincheras.

El abuelo nació el 18 de mayo de 1919 y en la convocatoria de 1938 tendría 18 años. A esa edad, si ya tenías ideas republicanas o falangistas, te habrías ido de voluntario cuando empezó el golpe militar en julio de 1936. En esos tiempos, la mayoría solo pensaba en trabajar el campo o en progresar, como el abuelo que tenía el sueño de ser ferroviario, un sueño que esta maldita guerra le haría esperar hasta junio de 1944.

La edición del 14 de abril de 1938, en la que se movilizaba a los jóvenes de 18 y 17 años, correspondía a la edición del ABC de Madrid. Esto llevó a la conclusión de que el abuelo Juan Tirado Rodríguez no había estado de forma oficial en la célebre Quinta del Biberón, al menos en el bando republicano, confirmando que su ingreso como recluta el 10 de febrero de 1938 no cuadraba con la convocatoria de reclutamiento de fecha 13 de marzo del ABC de Sevilla para la Quinta del Biberón. Había encontrado la prueba de la convocatoria de los reclutas del bando sublevado, pero del mismo reemplazo del 40 que la del bando republicano. Para entender el concepto de reemplazo, por ejemplo, el reemplazo del 39 corresponde a los nacidos en 1918 (restándole 21 años de edad para reclutar), que hasta 1936 salía la edad mínima de 18 años en la que serían alistados en esos años de Guerra Civil.

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