La parábola del sembrador es una de las enseñanzas más profundas y recurrentes de Jesús, hallándose en los tres evangelios sinópticos: Mateo (13:2-9), Marcos (4:1-9) y Lucas (8:4-8). Pertenece a un grupo aún más reducido de parábolas que Jesús explicó a Sus discípulos, invitándonos a reflexionar sobre la disposición de nuestro corazón para recibir la Palabra de Dios.
Los temas de los discursos no son asignados por autoridad terrenal, sino por las impresiones del Espíritu, abordando las inquietudes terrenales que todos tenemos. Sin embargo, así como Jesús no enseñó la manera de superar las dificultades terrenales o la opresión política de Su época, Él inspira a Sus siervos modernos a que hablen acerca de lo que nosotros debemos hacer para reformar nuestra vida personal a fin de prepararnos para regresar a nuestro hogar celestial. Esta parábola sirve como una metáfora central para esta preparación.
Narración de la Parábola del Sembrador
En aquel tiempo, Jesús se puso a enseñar otra vez junto al lago. Acudió un gentío tan enorme que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y el gentío se quedó en la orilla. Les enseñó mucho rato con parábolas, como él solía enseñar:
«Escuchad: Salió el sembrador a sembrar; al sembrar, algo cayó al borde del camino, vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra; como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y, por falta de raíz, se secó. Otro poco cayó entre zarzas; las zarzas crecieron, lo ahogaron, y no dio grano. El resto cayó en tierra buena: nació, creció y dio grano; y la cosecha fue del treinta o del sesenta o del ciento por uno.»
Y añadió: «El que tenga oídos para oír, que oiga.»

La Explicación Divina: Jesús Revela el Sentido de la Parábola
Cuando Jesús se quedó solo, los que estaban alrededor y los Doce le preguntaron el sentido de las parábolas. Él les dijo: «A vosotros se os han comunicado los secretos del reino de Dios; en cambio, a los de fuera todo se les presenta en parábolas, para que por más que miren, no vean, por más que oigan, no entiendan, no sea que se conviertan y los perdonen.»
Y añadió: «¿No entendéis esta parábola? ¿Pues, cómo vais a entender las demás? El sembrador siembra la palabra. Los diferentes tipos de terreno donde cayeron las semillas representan las maneras diferentes en que las personas recibimos y obedecemos esas enseñanzas. La semilla es la Palabra de Dios.»
Es importante notar la similitud con la Parábola del crecimiento de la semilla, donde un hombre esparce semillas y luego deja que la naturaleza siga su curso. La semilla brota, produce tallo, hojas, espiga y granos, todo sin la ayuda del hombre. Esto subraya que Dios puede cumplir Sus propósitos incluso cuando no estamos plenamente conscientes de Su obra, y que el crecimiento lo ha dado Dios, como se ilustra en 1 Corintios 3:6: «Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios». La forma en que Dios usa Su Palabra en el corazón de una persona es misteriosa y totalmente independiente del esfuerzo humano.
Los Tipos de Terreno: Receptividad del Corazón Humano
El Borde del Camino: Corazones Endurecidos o Sin Preparación
Jesús explicó que «Hay unos que están al borde del camino donde se siembra la palabra; pero, en cuanto la escuchan, viene Satanás y se lleva la palabra sembrada en ellos». Las semillas que cayeron junto al camino no han alcanzado el terreno mortal donde pueden crecer; son como las enseñanzas que caen en un corazón endurecido o sin preparación. Los del borde del camino son aquellos que han oído la palabra, pero luego viene el diablo y se la lleva de sus corazones, para que no crean y se salven.
El Terreno Pedregoso: Entusiasmo Superficial y Falta de Raíz
«Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra; y brotó pronto, porque la tierra no era profunda. Pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y, por falta de raíz, se secó.» Este tipo de terreno representa a quienes reciben la simiente con alegría al escucharla, pero no tienen raíces. Son inconstantes y, cuando viene una dificultad o persecución por la palabra, en seguida sucumben.
Esta circunstancia se observa en nuevos miembros que sólo están convertidos a los misioneros, a las atrayentes características de la Iglesia, o a los muchos beneficios de ser miembros, pero no están arraigados en la palabra. Se secan y marchitan cuando surge la oposición. Incluso miembros desde hace mucho tiempo pueden deslizarse a una situación sin raíz firme. El alimento espiritual es necesario para la supervivencia espiritual, especialmente en un mundo que se aleja de la creencia en Dios y de los términos absolutos de lo bueno y lo malo.
Un ejemplo específico es si, durante la Santa Cena, los jóvenes están enviando textos, cuchicheando, jugando a videojuegos o negándose la nutrición espiritual esencial, estarán cortando sus raíces espirituales y colocándose en un terreno pedregoso. Se hacen vulnerables a marchitarse cuando surjan tribulaciones como el aislamiento, la intimidación o el ridículo.
Otro destructor potencial de las raíces espirituales es el tener una visión del Evangelio o de la Iglesia como si se viera por el ojo de una cerradura. Esta perspectiva limitada se centra en una doctrina, práctica o defecto percibido en particular de un líder e ignora el panorama completo del plan del Evangelio y los frutos personales y colectivos de su cosecha.

El Terreno con Espinos: Ahogados por Afanes y Riquezas Mundanas
Jesús enseñó que «otra parte cayó entre espinos; y crecieron los espinos y la ahogaron, y no dio fruto». Explicó que «éstos son los que son sembrados entre espinos, los que oyen la palabra, pero los afanes de este mundo, y el engaño de las riquezas, y las codicias de otras cosas entran y ahogan la palabra, y ésta se hace infructuosa» (Marcos 4:18-19).
El engaño de las riquezas tienta a todos, sin importar su trayectoria espiritual. Cuando las actitudes o las prioridades están fijas en la compra, el uso o la posesión de pertenencias, esto se llama materialismo. Quienes creen en la teología de la prosperidad padecen de este engaño, pues la posesión de riqueza no es señal de favor divino. Jesús no condenó la riqueza en sí, sino la actitud hacia ella, como mostró con el joven rico y el buen samaritano.
En el Libro de Mormón se habla de una época en la que la Iglesia de Dios «empezó a detenerse en su progreso» (Alma 4:10) porque «los del pueblo de la iglesia empezaban a... fijar sus corazones en las riquezas y en las cosas vanas del mundo» (Alma 4:8). Quienquiera que tenga abundancia material está en peligro de quedar «adormecido» espiritualmente por las riquezas y otras cosas del mundo.
Los espinos más sutiles que ahogan el efecto de la palabra del Evangelio en la vida son las fuerzas mundanas que Jesús llamó «los afanes, y... las riquezas y... los placeres de esta vida» (Lucas 8:14). Nos superan «los afanes... de esta vida» cuando nos paraliza el miedo al futuro, lo cual obstaculiza nuestro avance con fe, confiando en Dios y en Sus promesas. Esto implica no apreciar «lo que es de Dios, sino lo que es de los hombres» (Mateo 16:23).
La Tierra Buena: Fruto Abundante y Perseverancia
La parábola del sembrador concluye con la descripción que el Salvador hace de la semilla que «cayó en buena tierra y dio fruto» en diversas medidas (Mateo 13:8). Jesús explicó que la «buena tierra son los que con corazón bueno y recto retienen la palabra oída, y dan fruto con paciencia» (Lucas 8:15).
Tenemos la semilla de la palabra del Evangelio, y depende de cada uno de nosotros el establecer las prioridades y el hacer aquello que cause que la tierra sea buena y la cosecha abundante. Debemos procurar estar firmemente arraigados en el evangelio de Jesucristo y convertidos a él (véase Colosenses 2:6-7). Logramos esa conversión al orar, al leer las Escrituras, al prestar servicio y al participar de la Santa Cena con regularidad para tener siempre Su Espíritu con nosotros.
Cuando la palabra de Dios es enviada a la tierra, es fecunda siempre. La palabra de Jesús puede fructificar en mayor o menor medida, ya que los hombres no son iguales, pero siempre es eficaz. «Cuando esta palabra es proclamada, la voz del predicador resuena exteriormente, pero su fuerza es percibida interiormente y hace revivir a los mismos muertos: su sonido engendra para la fe nuevos hijos de Abrahán. Es, pues, viva esta palabra en el corazón del Padre, viva en los labios del predicador, viva en el corazón del que cree y ama.»
Aplicación Personal y Comunitaria de la Parábola
La idoneidad de la tierra depende del corazón de cada uno de nosotros que queda expuesto a la semilla del Evangelio. En la vida diaria, esto nos enseña a prestar atención al modo en que escuchamos y aplicamos la enseñanza de Jesús. ¿Somos tierra fértil o permitimos que las preocupaciones y distracciones ahoguen su mensaje?
La semilla de la Palabra de Dios no está destinada a crecer de manera aislada. En nuestras parroquias y comunidades, el trabajo colaborativo es esencial para fortalecer la fe. Jesús nos recuerda que nuestra misión no es solo recibir la Palabra, sino compartirla y apoyarnos mutuamente en su crecimiento. Una comunidad que ora, dialoga y sirve unida se convierte en tierra fértil donde la semilla puede dar fruto abundante.
El camino, las piedras y los espinos son obstáculos que impiden el crecimiento de la semilla. Estos representan las preocupaciones, tentaciones y pruebas que enfrentamos a diario. Sin embargo, Jesús nos anima a confiar en que su Palabra tiene el poder de superar cualquier barrera, siempre que nuestro corazón esté dispuesto a perseverar.
No basta con ser buena tierra; también estamos llamados a ser sembradores. Esto significa llevar la Palabra de Dios a todos los ámbitos de nuestra vida, desde el hogar hasta el lugar de trabajo. Ser sembradores implica ser testigos de amor, compasión y justicia, mostrando con nuestras acciones que el mensaje de Jesús transforma vidas.
La parábola concluye con la promesa de que la semilla en tierra fértil dará fruto al treinta, sesenta o ciento por uno. Esto nos inspira a confiar en que nuestro esfuerzo por vivir el Evangelio nunca es en vano. Cada acto de fe, por pequeño que parezca, tiene el potencial de transformar vidas y multiplicar el amor de Dios en el mundo.
La parábola del sembrador nos invita a examinar nuestro corazón y preguntarnos: ¿estamos abiertos a recibir la Palabra de Jesús y permitir que transforme nuestra vida? Este Evangelio nos recuerda la importancia de perseverar en la fe, incluso cuando enfrentamos dificultades. Cada uno de nosotros está llamado a ser tierra fértil y a llevar la Palabra al mundo. Es nuestra responsabilidad preparar nuestro «terreno interior», eliminando las piedras de la indiferencia, arrancando las zarzas de las preocupaciones mundanas y cultivando la tierra con actos de caridad y misericordia. Pidamos a Dios que nos dé la fuerza para superar los obstáculos y la paciencia para cultivar su mensaje en nuestra comunidad.