El Nacimiento de Cristo y el Papel de las Parteras en las Tradiciones y el Arte

Cuando la mayoría de nosotros imagina la escena del nacimiento de Jesús, de forma natural pensamos en María y José solos en el pesebre con los animales a su alrededor. Si bien esta imagen tradicional se encuentra normalmente precedida por un José preocupado que llega a Belén en plena noche y no encuentra ningún lugar para dormir, descuida los hechos bíblicos e históricos que presentan un panorama diferente, sugiriendo la posible presencia de ayuda adicional en aquella fría noche de Navidad.

La Percepción Tradicional y las Narrativas Históricas

Lo que explica el Evangelio es que María y José ya se encontraban en Belén desde hacía varios días. Lucas lo relata claramente: “También José […] subió de Nazaret, ciudad de Galilea, a Judea. Fue a Belén, la Ciudad de David […] y, mientras estaban allí, se le cumplió el tiempo.” Otras versiones lo dejan incluso más claro: “Mientras se encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre”. En el relato no está presente la sensación de urgencia, lo que lleva a pensar que María y José tuvieron tiempo de sobra para preparar el parto y buscar una matrona local.

La Necesidad de una Partera

Las parteras existen desde hace miles de años e incluso se mencionan en el Antiguo Testamento, donde desempeñan un papel fundamental en la historia de Moisés. Por ejemplo, el rey de Egipto se dirigió a las parteras de las mujeres hebreas -una de ellas se llamaba Sifrá y la otra Puá-, y les ordenó: "Cuando asistan durante el parto a las mujeres hebreas, observen bien el sexo del recién nacido: si es varón, mátenlo, y si es una niña, déjenla vivir". Pero las parteras tuvieron temor de Dios, y en lugar de acatar la orden que les había dado el rey de Egipto, dejaban con vida a los varones (Éxodo 1,15-17).

Hubiese resultado extraño que José estuviese solo con María durante el nacimiento de Jesús. Si bien José poseía una gran fe en Dios y confiaba en que Jesús se convertiría en el Mesías, los hombres en aquella época no sabían cómo ayudar a dar a luz a un bebé. Su condición de hombre honesto hubiese hecho que buscase ayuda en una matrona local y reconociese su falta de conocimiento en la materia. En términos prácticos, tenía sentido que José buscara ayuda en una matrona.

El Descubrimiento Arqueológico de la Tumba de Salomé

Tumba de Salomé, Israel, con inscripciones y lámparas de aceite

Recientemente, las autoridades de Israel anunciaron que un grupo de arqueólogos israelíes ha encontrado nuevas pruebas sobre el nacimiento de Jesús, con la localización de la tumba de Salomé, “la partera de Jesús”. Se trata de un sitio arqueológico donde hay una cueva y aseguran que fue un antiguo sitio de peregrinación, ubicado en la región de Laquis, en el centro de Israel. Adentro, los investigadores dieron con un gran patio de 350 metros cuadrados con invaluables objetos históricos, según The Times Of Israel, citando fuentes de la Autoridad de Antigüedades de Israel (IAA).

Zvi Firer, de la IAA, refirió que, según «una tradición cristiana, Salomé era la partera de Belén y fue llamada a ayudar en el nacimiento de Jesús». Asimismo, el arqueólogo explicó que «los antiguos cristianos de la región identificaron el sitio como el lugar de enterramiento de Salomé y lo convirtieron en un centro de peregrinación. Creemos que los peregrinos venían aquí, alquilaban una lámpara de aceite, hacían sus oraciones en el interior y seguían su camino. Es como cuando hoy vas a la tumba de un rabino venerado y enciendes allí una vela». En diciembre de 2022 circuló el anuncio de que se había hallado, en el Parque Nacional de Tel Lachish, en Israel, la tumba de Salomé. El emplazamiento es antiguo según los arqueólogos. Quizás lo más llamativo sean las inscripciones en la pared y los restos votivos que hacen pensar en una suerte de capilla en su honor que perduró hasta el siglo XI.

Las Parteras en los Textos Apócrifos: Zelomí y Salomé

Tradicionalmente, el periodo navideño ha sido enriquecido con pasajes aportados por los apócrifos y otros escritos sagrados, muchos de ellos de origen medieval, dada la carencia de anécdotas que existe en los pasajes canónicos. Precisamente, las noticias de los apócrifos -escritos cristianos primitivos, en parte paralelos a los libros del Nuevo Testamento, pero no aceptados por la Iglesia- hablan de dos mujeres que habrían presenciado el milagro del nacimiento de Jesús, conservándose ecos preciosos en el arte medieval.

El Relato del Protoevangelio de Santiago

Además del conocimiento histórico, un texto antiguo que data del año 145 llamado Protoevangelio de Santiago cuenta la historia de la partera de María y otra mujer que asistió al parto. Este evangelio, escrito en griego probablemente a mediados del siglo II, habla de una comadrona hebrea no identificada que comunica a un personaje femenino llamado Salomé la virginidad de María. El Protoevangelio de Santiago, de mediados del siglo II d. C., nos muestra a un José anciano que lleva a María sobre una burra y que decide depositarla en el interior de una cueva porque había comenzado a tener los dolores de parto.

José sale deprisa en busca de una partera y encuentra a una mujer anónima (en el evangelio del pseudo-Mateo se le da el nombre de Zelomí). La narración describe: "Y he aquí que una mujer descendió de la montaña, y me preguntó: ¿Dónde vas? Y yo repuse: En busca de una partera judía. Y ella me interrogó: ¿Eres de la raza de Israel? Y yo le contesté: Sí. Y ella replicó: ¿Quién es la mujer que pare en la gruta? Y yo le dije: Es mi desposada. Y la partera siguió. Y llegaron al lugar en que estaba la gruta, y he aquí que una nube luminosa la cubría. Y la partera exclamó: Mi alma ha sido exaltada en este día, porque mis ojos han visto prodigios anunciadores de que un Salvador le ha nacido a Israel. Y la nube se retiró en seguida de la gruta, y apareció en ella una luz tan grande, que nuestros ojos no podían soportarla. Y esta luz disminuyó poco a poco, hasta que el niño apareció, y tomó el pecho de su madre María." Según estos textos, José partió a la búsqueda de una partera. Cuando regresó, Jesús ya había nacido. Cuando la deslumbrante luz se atenuó, la partera se encontró ante una escena increíble: ¡Jesús ya había encontrado el pecho de su madre!

La Incredulidad y el Milagro de Salomé

Salomé comprobando la virginidad de María, con la mano quemada (arte medieval)

A continuación, el escrito narra: "Cuando la comadrona salió de la cueva, vino a su encuentro Salomé a la que dijo: «Salomé, Salomé, tengo una maravilla nueva que contarte: una virgen ha dado a luz, cosa incomprensible para su naturaleza». Replicó Salomé: «Vive el Señor mi Dios, que, si no meto mi dedo y examino su naturaleza, no creeré que una virgen haya dado a luz»." Se advierte que esta Salomé comparte la misma profesión de partera, necesitando tocar para creer, al igual que el apóstol Tomás en el relato juanino. En este caso, se menciona en tanto que representante femenina de la incredulidad. Cuando María logra acomodarse y recibir a Salomé, esta la palpa y grita: «¡Ay de mí, por mi maldad y mi incredulidad! Porque he tentado al Dios vivo, y he aquí que mi mano se me cae quemada».

Luego de este castigo, Salomé se arrodilla con una súplica: «Oh Dios de mis padres, recuerda que soy descendiente de Abrahán, Isaac y Jacob. No me pongas como escarmiento para los hijos de Israel, sino devuélveme a los pobres, pues tú sabes, Señor, que en tu nombre realizaba mis curaciones y recibía de ti mi salario»*. El perfil humano que se muestra es interesante: Salomé pide volver a los pobres y aclara que realizaba su tarea con el beneplácito de Dios. Luego se presenta un ángel e informa que el Señor escuchó su oración y que debe tocar al niño y alzarlo para tener “salud y alegría”. Salomé sigue las instrucciones y adora al niño, lo reconoce como futuro rey, y recupera su antigua condición. En todo caso, cabría afirmar que Salomé fue la primera en haber recibido un milagro de Jesús.

Aunque estas comadronas no asisten el nacimiento de Cristo en un sentido práctico, su presencia parece cardinal. Las manos de las comadres atestiguan el milagro que acaba de ocurrir. Si le creemos a otros testimonios como los de José el carpintero, Salomé incluso acompaña a María para que escape a Egipto; el Evangelio armenio de la infancia la hace hablar con Eva. Los mosaicos bizantinos retratan a las dos mujeres, Zelomí y Salomé, tomándolo en brazos o preparándole un baño. De Salomé persisten otras informaciones en el llamado Evangelio de los egipcios, de origen gnostizante y en fragmentos que la ubican como única interlocutora de Jesús, siendo reconocida como discípula digna en obras como el Evangelio de Tomás o el Primer Apocalipsis de Santiago.

Interpretaciones Artísticas y Teológicas del Parto

Artemisia Gentileschi ¿Quien es? - Artisteando

Las primeras representaciones del nacimiento de Cristo mostraban a María dando a luz con dolor. Este periodo, que comprende desde la festividad de San Nicolás hasta el día de la Candelaria, ha sido enriquecido con pasajes aportados por los apócrifos y otros escritos sagrados. En el relato canónico del nacimiento de Cristo, sin embargo, no hallamos asistentes. La Virgen da a luz sin ayuda, su hijo emerge al mundo como un rayo de luz, dejando su carne intacta. No obstante, hasta el siglo XV se difunden diferentes versiones de relatos apócrifos sobre las parteras Salomé y Zelomí, que llegan al lugar justo después del nacimiento del Santo Niño y quedan asombradas por el parto virginal.

La Obra de Artemisia Gentileschi y la Labor de las Comadronas

Cuadro

Dos nacimientos, dos madres, el destino de sus santos hijos entrelazado desde el momento en que comienzan a desarrollarse en sendos vientres maternos. El cuadro de Artemisia Gentileschi Nacimiento de San Juan Bautista, encargado por la corte española, fue colgado hacia el año 1635 en el Palacio del Buen Retiro de Madrid. En esta creación de la mano de una mujer encontramos una viva laboriosidad y auxilio mutuo femenino, típico de las escenas de parto de la época. Un grupo de comadronas domina el escenario. Esas figuras conforman los primeros momentos de la vida de San Juan: cuidan del recién nacido, lo preparan para su primer baño y se mantienen dispuestas para envolverlo en paños secos. La actividad de estas parteras es briosa, cruzan miradas obsequiosas, una mano ayuda a la otra. El niño Juan no parece menos atento: sus ojos despiertos, sus brazos abiertos como las palmas de sus manos.

Junto al grupo encontramos a Zacarías, el marido de Isabel. De espaldas a su esposa, su rostro y cuerpo se apartan ligeramente del bullicio de los cuidados postnatales. En la penumbra del segundo plano, Santa Isabel se recupera de los esfuerzos del parto; su agotamiento se hace visible en la expresión de su rostro y las manos con que se cubre el vientre. Otra mujer, a su lado en la sombra, la observa con cautela sujetando una toalla preparada para atender las necesidades de la puérpera. Al movernos hacia el fondo de la composición, volvemos a encontrarnos con la luz.

Al acudir a la tradición textual del Nuevo Testamento, encontramos notables divergencias con esta representación del nacimiento de San Juan: dos momentos se convierten en uno. La presencia de Zacarías, escribiendo el nombre de Juan en un trozo de papel, representa un error de continuidad en la cronología; debería tener lugar ocho días más tarde, durante la presentación del niño en el templo. Y aún más, las relaciones sociales en el cuadro -el encuentro entre Zacarías y las comadronas- contrastan con la interpretación canónica del nacimiento de Juan. En el texto, es la comunidad del templo la que dialoga con Zacarías e Isabel en el momento de dar nombre a su hijo.

Este cuadro subraya la importancia de las comadronas en los primeros momentos de la vida. Esta preeminencia se encuentra en imágenes y textos de la época que perfilan a la partera como una necesidad: es indispensable tanto para franquearle a la nueva vida la entrada al mundo como para aliviar los esfuerzos y dolores que supera la mujer durante el proceso. En el Siglo de Oro, esta necesidad se predica incluso en los sermones, a su vez inspirados en escritos hagiográficos. Basándose en la Legenda aurea medieval de Jacobus de Voragine, las ediciones vernáculas del Flos Sanctorum subrayan esta importancia. Hacen hincapié en la necesidad de la asistencia al dar a luz. Al relatar el nacimiento de San Juan, incluso perfilan a la Virgen como asistente de su prima. A la manera de parteras, María acompaña a Isabel ya durante su embarazo, idea a la que dan forma una miríada de interpretaciones de la Visitación. María se mantiene al lado de Isabel hasta el momento del parto, recibe a San Juan en sus manos, lo baña y lo envuelve en pañales.

En la obra de Gentileschi, la Virgen no aparece como tal, al menos no explícitamente. Sin embargo, el arco y la puerta del ángulo superior derecho pueden inspirar al observador la idea de su presencia. En las Letanías lauretanas, oración del siglo XVI que resuena no solo en los cantos sino también en las pinturas de la época, la puerta sirve como atributo de la santa madre María.

La Concepción del Parto Indoloro de María

En el imaginario de la época, María es Advocata Evae, abogada de Eva que expía su error al concebir un hijo sin pecado. Es una noción popular que hunde sus raíces en el pensamiento medieval e inspira obras como los Milagros de Nuestra Señora de Gonzalo de Berceo o las Cantigas de Santa María de Alfonso X el Sabio. Dentro de esta concepción, el parto indoloro de Cristo es primordial. Berceo incluso llega a contraponer el niño Jesús, «santo fruto», al «fruto del mal», mordido en el jardín del Edén. No es de extrañar pues que María sirva de modelo divino a las comadronas de los siglos XVI y XVII, que relatos milagrosos sobre la Virgen como aliada celestial consuelen a las embarazadas desesperadas, o que objetos marianos favorezcan el transcurso del alumbramiento, y que las parturientas y sus asistentes -hijas de Eva- apelen a los favores de la Santa Madre.

El nacimiento de San Juan, tal y como lo representa Gentileschi, supone un preludio de la Natividad del propio Cristo. Prepara el escenario para ciertos significantes clave en la interpretación de los dos alumbramientos sublimes, y estos entran en sinergia cuando el hijo de María ve la luz. Al igual que en el nacimiento de San Juan, también en la Natividad de Cristo el roce de una comadrona -el contacto con sus manos- alude al papel protagonista que el Niño desempeñará en el futuro. Estas manos expresan la importancia de las redes femeninas y la cooperación entre mujeres en el momento histórico.

Una Perspectiva Contemporánea sobre el Parto de María: Michel Odent

Ilustración de un parto natural en un establo, con animales

El capítulo de la obra “La cientificación del amor” de Michel Odent ofrece una perspectiva única sobre el nacimiento de Jesús, alejándose de las narrativas tradicionales y proponiendo una visión más conectada con la experiencia instintiva del parto mamífero. Según esta visión, el día que Jesús estuvo lista para su llegada al mundo, María recibió un mensaje -un mensaje de humildad: se encontraba en un establo, entre otros mamíferos. Sin decir palabra alguna, sus compañeras la ayudaron a comprender que en dicha circunstancia debería aceptar su condición de mamífera. Debería sobrellevar su handicap de ser humano y quitarse de encima la efervescencia de su intelecto. La situación era ideal para que María se sintiera segura. El “trabajo” pudo establecerse en las mejores condiciones posibles.

Habiendo percibido el mensaje de humildad y aceptado su condición mamífera, María se reencontró en cuatro patas. En tal postura, y en la oscuridad de la noche, ella se desconectó fácilmente del mundo. Poco después de su nacimiento, Jesús se encontró en los brazos de una madre extática, tan instintiva como puede serlo una madre mamífera que acaba de parir. El cuerpo de María estaba muy caliente. El establo mismo estaba cálido gracias a la presencia de los otros mamíferos. Instintivamente, María cubrió el cuerpo de su bebé con una ropa que tenía cerca de su mano. Ella estaba fascinada por los ojos de su bebé, y nada hubiera podido distraerla del intenso intercambio de miradas que se establecía. Pronto la placenta fue liberada.

Al principio, María, guiada por la parte del cerebro que compartimos con todos los mamíferos, estaba de rodillas. Luego de la liberación de la placenta, se puso de costado, con el bebé cerca de su corazón. Enseguida Jesús comenzó a mover la cabeza, a veces hacia la derecha, otras a la izquierda, y finalmente, a abrir la boca en forma de "o". Guiado por su sentido del olfato se acercaba cada vez más al pezón. María, que aún se encontraba dentro de un equilibrio hormonal particular, y por ello muy instintiva, sabía perfectamente cómo sostener a su bebé, e hizo los movimientos necesarios para ayudarlo a encontrar el pecho.

Fue así como Jesús y María transgredieron las reglas establecidas por los neocórtex de la comunidad humana. Con el sostén de su madre, salió victorioso de uno de los episodios más críticos de su vida. En breves instantes se había adaptado a la atmósfera y había comenzado a utilizar sus pulmones, se adaptó a las fuerzas de la gravedad y a las diferencias de temperatura y entró en el mundo de los microbios. No había reloj en el establo. María no necesitaba saber cuánto tiempo Jesús había tomado de su pecho antes de dormirse. La noche siguiente María durmió un sueño ligero. Estaba vigilante, protectora y preocupada de satisfacer las necesidades de la más preciosa de las criaturas terrestres. Los días siguientes María aprendió a sentir cuando su bebé tenía la necesidad de ser mecido. Había tal acuerdo entre ellos que ella sabía perfectamente adaptar el ritmo del balanceo a la demanda del bebé. Siempre meciéndolo, María se puso a canturrear unas melodías a las que agregó algunas palabras. Como millones de otras madres antes que ella, María descubrió así las canciones de cuna. Jesús comenzó a aprender lo que es el movimiento y el espacio. Aprendió también lo que es el ritmo y entonces comenzó a adquirir la noción de tiempo. Entró progresivamente en la realidad espacio-temporal. Luego María introdujo cada vez más palabras al tararear sus canciones de cuna.

La Relevancia Actual del Rol de la Mujer en el Cristianismo

Mujeres teólogas y el Papa Francisco

La Real Academia Española (RAE) acaba de agregar en su última edición del diccionario el término doula -del griego ‘servidora’-, con el sentido de mujer que, entre otras cosas, acompaña física y emocionalmente en el parto, el puerperio y la lactancia. Este dato, sumado al llamado del Papa Francisco a que se trabaje más el rol de la mujer en el cristianismo primitivo, y a que haya más teólogas mujeres en una iglesia que cometió el pecado de masculinizarse, nos brinda la ocasión de meditar acerca de la Navidad a la luz de tradiciones que no son las habituales de los cuatro evangelios canónicos.

Es difícil estudiar estos testimonios apócrifos porque pertenecen a distintas épocas y porque no siempre coinciden con la doctrina canónica. Sin embargo, están ahí, y son las piezas de un rompecabezas que nos hablan de la relevancia de las mujeres en la historia del cristianismo y de una espiritualidad frondosa, y por momentos callada, que nutrió por siglos a estas comunidades. Salomé, siendo una partera que recibe un milagro y es reconocida como discípula en otros textos, representa una figura clave de esta narrativa femenina temprana.

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