Es muy común que los padres primerizos se sientan inquietos al escuchar a su bebé emitir sonidos como quejidos, gruñidos, silbidos o jadeos, especialmente durante el sueño o la lactancia. Aunque el instinto natural es preocuparse, en la gran mayoría de los casos, estos ruidos son una parte normal del desarrollo infantil durante los primeros meses de vida.

Causas fisiológicas de la respiración ruidosa
Los bebés son, por naturaleza, "respiradores ruidosos". Esto se debe a que su sistema respiratorio y digestivo aún está en plena madurez. Algunas razones clave incluyen:
- Vías respiratorias estrechas: Las estructuras como la laringe y las fosas nasales son muy pequeñas y flexibles, lo que provoca que el aire produzca sonidos al pasar, similar al efecto de un silbato.
- Sueño activo: Los bebés pasan gran parte del tiempo en esta etapa de sueño ligero, caracterizada por movimientos corporales frecuentes, respiración irregular y una mayor emisión de ruidos.
- Adaptación digestiva: El sistema digestivo inmaduro y el reflejo gastrocólico pueden provocar sonidos abdominales, gases o quejidos al intentar expulsarlos.
- Acumulación de mucosidad o saliva: Pequeñas cantidades de secreciones pueden generar gorgoteos o estridor leve que no indica enfermedad.
La laringomalacia: cuando el ruido tiene una causa anatómica
La laringomalacia es la causa más común de respiración ruidosa en recién nacidos. Ocurre cuando el tejido de la parte superior de la laringe (epiglotis) es más blando o flácido de lo habitual. Cuando el bebé inspira, este tejido colapsa y obstruye temporalmente las vías, provocando un sonido agudo conocido como estridor.
Signos y síntomas de la laringomalacia
- Sonido penetrante y áspero al inhalar (estridor).
- El ruido empeora al llorar, alimentarse o estar acostado.
- Suele manifestarse en las primeras semanas de vida.
- Muchos bebés también presentan reflujo gastroesofágico (RGE), lo cual puede agravar los síntomas.

Diagnóstico y tratamiento
La laringomalacia suele ser una condición benigna que mejora por sí sola a medida que el cartílago de la laringe se endurece, generalmente entre los 12 y 18 meses de edad. El diagnóstico suele realizarlo un otorrinolaringólogo pediátrico mediante una laringoscopia flexible, un procedimiento sencillo y rápido.
El tratamiento es mayoritariamente conservador, centrado en el control del peso y el manejo del reflujo. En casos severos donde la respiración o la alimentación se ven gravemente comprometidas, se puede considerar una intervención quirúrgica llamada supraglotoplastia para tensar el tejido laxo.
¿Cuándo debemos consultar al pediatra?
Aunque la mayoría de los sonidos son inofensivos, es fundamental acudir a un profesional si observa cualquiera de las siguientes señales de alerta:
- Retracciones torácicas: La piel se hunde notablemente alrededor de las costillas o el cuello al respirar.
- Cianosis: Labios o piel con tonalidad azulada.
- Dificultad extrema para alimentarse: Jadeos constantes o ahogos recurrentes.
- Pausas respiratorias: Si el bebé deja de respirar por periodos prolongados (más de 20 segundos).
- Vómitos en proyectil o falta de ganancia de peso.
Consejos para favorecer el bienestar del bebé
Para ayudar a que el bebé respire mejor y esté más cómodo, se pueden aplicar medidas sencillas:
- Mantener al bebé en posición vertical después de las tomas para prevenir el reflujo.
- Utilizar un humidificador si el aire ambiente está muy seco.
- Emplear aspiradores nasales suaves para despejar la mucosidad si esta interfiere con la respiración.
- Establecer rutinas de sueño que aseguren un entorno tranquilo.