"Los muertos no se tocan, nene": Una sátira de la sociedad española a través de la muerte

La película "Los muertos no se tocan, nene", dirigida por José Luis García Sánchez, es una obra cinematográfica basada en la novela homónima del célebre guionista y escritor Rafael Azcona. Esta cinta, protagonizada por Airas Bispo, Silvia Marsó y Carlos Iglesias, cierra una trilogía iniciada con "El cochecito" y "El pisito", películas que también se inspiraron en obras de Azcona y que fueron dirigidas por Marco Ferreri. La película se presenta como un recorrido por las salas de España, evocando la atmósfera de una representación teatral.

Cartel de la película

La obra de Azcona, y por extensión la película, requiere una comprensión arraigada en un contexto cultural específico. "Los muertos no se tocan, nene" se caracteriza por ser una narración que oscila entre la locura, un cúmulo de situaciones absurdas y caóticas, y un muestrario de personajes, símbolos y veleidades de diversa índole. Se define como un film irreverente, escatológico y cómico, con un humor difícil de catalogar. La película está repleta de pequeños detalles significativos, que trascienden lo meramente funerario.

El cartel de la película es una obra del dibujante Antonio Mingote, quien la realizó pocos meses antes de su fallecimiento. La obra de Rafael Azcona, uno de los guionistas más talentosos del cine español, también se manifestó en su faceta de escritor de primer nivel. "Los muertos no se tocan, nene" es un retrato humorístico, donde un muchacho, posiblemente el propio Azcona, se presenta camuflado y envuelto en un realismo teñido de humor y poesía. Este tono poético realista, característico de la estética del autor y de su generación, se fusiona con lo jocoso.

La vida y obra de Rafael Azcona

Rafael Azcona, nacido en Logroño, fue un autor que observó su entorno y su mundo interior para retratar la sociedad de su tiempo a través del humor. Su biografía incluye diversas facetas, como la de vendedor de carbón o contable. A pesar de las dificultades económicas, se mantuvo en Madrid, resistiendo como gato panza arriba y sin regresar a su Logroño natal. Su perseverancia en el cine como guionista le permitió expresar sus ideas y visiones.

Quienes le conocieron lo describen como un misántropo recluido en su hogar, pero cuya misantropía no le impedía ser un excelente conversador, poseedor de anécdotas muy simpáticas. Su novela, y por ende la película, aborda la temática de la muerte.

Argumento y personajes

La acción se sitúa en Logroño, en la primavera de finales de la década de 1950. Un hombre cercano a los cien años, don Fabián Bígaro, se encuentra al borde de la muerte. Su agonizante espera se convierte en escenario de las escenas más cómicas protagonizadas por sus bisnietos, Fabianito y Lolín. Lolín, de nueve años, ansía la muerte de su bisabuelo para poder hacer la Primera Comunión con un traje de princesa.

Para la nieta Luisa y su esposo, la inminente muerte de don Fabián se percibe como un trámite que se alarga. Finalmente, el anciano expira, y tras su muerte, los acontecimientos se precipitan. Los lamentos se tornan en suspiros, y la familia se congrega alrededor del finado, participando en conversaciones inoportunas durante el velatorio. La elección del tipo de entierro se convierte en un tema de debate, considerando el estatus del difunto, quien ostentó cargos como Jefe de Administración Municipal y Medalla al Mérito Agrícola.

Escena de un velatorio, recreando la atmósfera de la época

Una vez certificado el fallecimiento, se comunica la noticia a familiares y amigos. El velatorio se convierte en un evento social donde desfilan vecinos, autoridades, miembros destacados de la sociedad local, empleados de pompas fúnebres, instaladores de un nuevo televisor, mendigos y un peculiar invitado de Bilbao. El velatorio también sirve de escenario para el regreso de Clarita, la nieta desheredada, que busca la reconciliación familiar tras un romance con un afilador de Orense que causó su expulsión del clan.

Fabianito, el bisnieto adolescente y aspirante a poeta, es testigo de las últimas palabras de su bisabuelo: "patatas, patatas". Poco después, asiste atónito a la grotesca organización del velatorio.

"Los muertos no se tocan, nene" como metáfora social

La obra se presenta como una excelente metáfora de un país y de unos años que marcaron la historia española. El muerto, si bien es el protagonista, se torna en un mero invitado, no el más relevante. Rafael Azcona, perteneciente a una generación de intelectuales complejos, vivió en una época de desencanto, marcada por la miseria y la ruina, tanto material como intelectual. Supo encontrar en el humor un espejismo de bonanza, mostrando descreimiento pero también profundidad.

Azcona plasmó la vida con un desenlace diferente, utilizando su ingenio, ternura y rebeldía. Se considera que no ha habido un sucesor a la altura de su capacidad imaginativa, rigor intelectual y brillantez. "Los muertos no se tocan, nene" se interpreta como un trasunto autobiográfico, ambientado en los años cincuenta en Logroño, que explora la amargura, el pesimismo, las sonrisas inesperadas y la perspicacia de un autor descrito por Josefina Aldecoa como "fuerte, desarmado, tierno, independiente, rebelde, insobornable, solitario, solidario, tremendamente reservado bajo su apariencia jovial, su palabra ingeniosa, su corrosivo sentido del humor".

Adaptación cinematográfica y contexto histórico

La novela "Los muertos no se tocan, nene" data de 1956, aunque su ambientación se sitúa en 1959 en Logroño. La película, adaptación de esta obra, se enmarca en la trilogía "Estrafalario" iniciada por Rafael Azcona. Las primeras novelas de Azcona, como "El repelente niño Vicente" y "Los muertos no se tocan, nene", reflejan la influencia de su trabajo como humorista gráfico en la revista La Codorniz.

Silvia Marsó- LOS MUERTOS NO SE TOCAN, NENE de Jose Luis Gª Sanchez

La adaptación cinematográfica, dirigida por José Luis García Sánchez y con guion de David Trueba y Bernardo Sánchez, surge casi 50 años después de la publicación de la novela, y cuatro años después de la muerte de Azcona. García Sánchez ha optado por un estilo que evoca la década de 1960, filmando en blanco y negro, con largos planos-secuencia y diálogos doblados a posteriori. La ausencia de color, según el director, es un recurso narrativo que permite a los jóvenes sentirse como arqueólogos y a los mayores revivir esa época.

La película logra trasladar al espectador a la época gris, ruin y mezquina del franquismo. La intención original de Azcona era llevar esta historia al cine, pero el guion, que se reía de la Iglesia y de los militares, fue bloqueado por la censura franquista. La película de García Sánchez convierte en realidad la esperanza de Azcona de ver adaptada esta tercera entrega de su serie.

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