La cuna del hombre: cuentos y características de la narrativa venezolana

La literatura venezolana del siglo XX, especialmente en su primera mitad, alcanzó un notable reconocimiento continental gracias a figuras como Teresa de la Parra (1889-1936) y Rómulo Gallegos (1984-1969). Sin embargo, esta prominencia literaria pareció no encontrar una continuidad clara en la época del Boom latinoamericano. Los escritores venezolanos se incorporaron tardíamente a este fenómeno, siendo Adriano González León (1931) una notable excepción al ganar el premio Biblioteca Breve en 1968 con su novela País portátil (1969).

A pesar de ello, obras de autores como Julio Garmendia (1898-1977), Guillermo Meneses (1911-1979), Oswaldo Trejo (1928) y Salvador Garmendia (1928-2001) matizaron la crítica y autocrítica intelectual de las décadas de 1960 y 1970 en Venezuela. Estos autores señalaron el escaso valor de la escritura nacional, argumentando que el país, en general, no había asumido las renovaciones técnicas que la Nueva Novela había impulsado en gran parte del continente.

La narrativa venezolana al margen del Boom

Resulta innegable que la narrativa venezolana, salvo contadas excepciones, creció al margen del escaparate internacional que supuso el Boom. En las últimas décadas, pocos autores venezolanos han logrado un reconocimiento significativo fuera de sus fronteras. Entre ellos se encuentran Arturo Uslar Pietri (1906-2001), Miguel Otero Silva (1908-1985), José Balza (1939), Denzil Romero (1938-1999), Luis Britto García (1940), y de las generaciones más jóvenes, Juan Carlos Méndez Guédez (1967), quien reside en España.

Frente a la tradición de autores de generaciones anteriores, que abordaron textos de gran envergadura y proyectos ambiciosos que no excluían el relato -como es el caso de Adriano González León, José Balza y Carlos Noguera (1943)-, los escritores venezolanos emergentes en las últimas tres décadas del siglo XX mostraron una clara preferencia por lo breve y fragmentario.

La preeminencia del cuento breve

Esta tendencia fue observada en 1998 por Julio Miranda, quien señaló que el fenómeno más distintivo de la nueva narrativa venezolana era la "importancia cuantitativa del cuento breve o brevísimo, microrrelato, minicuento, ficción súbita' o mínima' o como quiera -¡aún!- bautizársele, dándole a dicha categoría funcional la extensión máxima de dos páginas impresas". Esta característica se manifiesta en las obras de Ednodio Quintero y de otros narradores coetáneos como Sael Ibáñez (1948), Humberto Mata (1949), Laura Antillano (1950), Gabriel Jiménez Emán (1950) y Armando José Sequera (1953).

Estos autores iniciaron su carrera en la década de 1970 con una inclinación por el fragmento y el cuento corto. Si bien esto no implicó una permanencia exclusiva en el género, muchos de estos intentos sirvieron como eficaces ejercicios preparatorios para abordajes literarios de mayor extensión.

Ednodio Quintero: Un maestro del cuento breve

Ednodio Quintero nació en Las Mesitas (Trujillo) en 1947. Proveniente de un entorno rural andino, su infancia transcurrió en una aldea remota, cuyo imaginario colectivo se asemejaba más a la España del siglo XIII que a la Venezuela de mediados del siglo XX. Sus ancestros, de origen español (Andalucía y Extremadura), se habían asentado en la región hacía tres siglos, mientras que sus ancestros indígenas, de la rama norteña de los chibchas, habitaban la zona desde tiempos inmemoriales.

Quintero se trasladó a Mérida en 1965, donde estudió Ingeniería Forestal y posteriormente ejerció como profesor universitario. Fue director y fundador de la revista y editorial Solar, organizador de la I Bienal Nacional de Literatura Mariano Picón Salas, y autor de guiones cinematográficos como Rosa de los vientos (1975) y la adaptación de la novela Cubagua (1931) de Enrique Bernardo Núñez en 1987.

Trayectoria narrativa y consolidación del estilo

La carrera de Quintero como narrador se consolidó en las últimas décadas del siglo XX, partiendo de sus cuentos iniciales. Sus primeras publicaciones incluyen La muerte viaja a caballo (1974), compuesta por 36 relatos de corta extensión, seguida por Volveré con mis perros (1975) y El agresor cotidiano (1978). Estos volúmenes, que el autor considera su "prehistoria narrativa", fueron posteriormente seleccionados y reescritos.

Las colecciones La línea de la vida (1988) y, de manera destacada, la antología Cabeza de cabra y otros relatos (1993), sedimentaron su producción. Su maestría en la ficción breve alcanzó su máxima expresión con títulos como El combate (1995) y El corazón ajeno (2000), demostrando una ambición y coherencia notables en su manejo del género.

Retrato de Ednodio Quintero

Más allá del cuento: Novela y reflexión literaria

A pesar de su reconocida vocación de cuentista -"No sé cuándo me hice escritor. Creo que fue apenas a los cuarenta años cuando supe -con alegría y horror- que ése era mi único destino"-, Quintero también incursionó en textos de mayor envergadura. Su novela La danza del jaguar (1991) fue seguida por varias novelas cortas, entre ellas la recordada El rey de las ratas (1994) y la más reciente Mariana y los comanches (2004).

Esta amplia trayectoria revela a un escritor de gran dimensión, cuya obra narrativa se ha proyectado tanto dentro del contexto de la narrativa venezolana como de forma independiente. Quintero se caracteriza por su fidelidad a sus principios literarios, plasmados también en sus ensayos. En obras como De narrativa y narradores (1996) y Visiones de un narrador (1997), se aprecian sus gustos literarios, incluyendo su pasión por Julio Cortázar y la literatura japonesa, de la cual es un profundo conocedor.

La meditación sobre el oficio de escribir

Fue a partir de la década de 1990, tras casi dos décadas de escritura de relatos, cuando Quintero comenzó una labor reflexiva sobre su propio trabajo. Un texto inicial en esta línea fue "Al margen de la novela", presentado en 1990 en México. El autor afirma: "A partir de entonces, y paralelamente a mi labor de narrador, he continuado mi indagación en torno a la narrativa como fenómeno artístico y existencial", desafiando la idea de Kafka de que "O narra o calla".

Sus libros de ensayos contienen variadas reflexiones sobre su oficio. Curiosamente, a pesar de la mayor presencia de textos extensos en su obra reciente, Quintero dedica más espacio a la novela y a los novelistas que al cuento. El único texto dedicado exclusivamente al relato, titulado "(Poé)ticas del cuento", es un claro homenaje a Edgar Allan Poe, a quien considera el fundador del cuento moderno. Quintero resume las características del cuento poeano: brevedad, estructura cerrada, economía de medios y manipulación del lenguaje para lograr un efecto específico en el lector.

Quintero reconoce la dificultad de hablar en abstracto sobre el cuento: "Tal vez por haber escrito cerca de un centenar de cuentos, se me hace cuesta arriba hablar en abstracto de este género de la narrativa, tan seductor para quien se inicia en el arte de narrar y de tan difícil realización".

Portada del libro

Estrategias para la escritura de cuentos

Al igual que Poe y el escritor uruguayo Horacio Quiroga, Ednodio Quintero se aventura a proponer "ciertas estrategias mínimas" para el arte de escribir cuentos. Al tiempo que intenta definir normas, se protege con una mirada irónica sobre su propio quehacer.

Las estrategias de Quintero recuerdan a las de sus antecesores. Aconseja "Eliminar cualquier ripio, casi todo sobra en un cuento", eco de la idea de Quiroga de que "Un cuento es una novela depurada de ripios". Mientras Quiroga, en su Decálogo del perfecto cuentista (1927), enfatizaba la importancia de saber adónde se va desde la primera palabra y que "las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas", Quintero aconseja: "La primera frase debería plantear un dilema -o al menos un asunto de interés".

Además, Quintero abunda en premisas como la coherencia y la creación de una tensión imprescindible, la dosificación de datos, la hábil inserción de pistas falsas y dobles sentidos, el uso de la atemporalidad para imprimir un "aire metafísico" a la narración, y la importancia de ejercitarse en los finales para anticiparse a la perspicacia del lector. Su decálogo concluye con una propuesta irónica: "Si desea convertirse en un cuentista original, es decir en usted mismo, no haga caso de ninguna de las recomendaciones anteriores".

Comparación con José Balza

Si se comparan las opiniones de Quintero con las de otro destacado narrador venezolano, José Balza, se observan diferencias pero también una misma profundidad reflexiva. Balza, al igual que Quintero, cree en la importancia de una técnica que asegure una trabazón precisa del texto, considerando que "El estilo y la distribución de un cuento constituyen su absoluto".

Sin embargo, Balza sostiene que "El cuento no vive de su final sino de la parte intermedia", ya que la trabazón interna se logra a lo largo del texto. Para él, no basta un brillante comienzo ni un final sorpresivo; el cuento, como toda obra literaria, requiere una composición cuidada en cada una de sus partes.

La evolución de la obra de Quintero: De la brevedad a la profundidad

La insistencia en la brevedad, característica defendida por todos los cuentistas, marcó sin duda el inicio de la obra de Ednodio Quintero. Sus primeros títulos abundan en lo que se ha denominado microrrelato, género del cual el autor ha abjurado posteriormente, considerándolo un "estrecho mundo" que ya no le correspondía.

Esta evolución se refleja en la antología Cabeza de cabra y otros relatos, donde Quintero recoge y reescribe 44 de los 65 relatos publicados hasta 1993. Respecto a su libro inicial, La muerte viaja a caballo, reconoce que "Se trataba de un conjunto de cuentos breves, tal vez demasiado breves, y en los cuales la ejecución no estaba al nivel de las ideas".

En la antología, los cuentos de este primer libro se presentan en el apartado "Primeras historias", evidenciando la estrategia de reelaboración constante y remozamiento de sus textos. Quintero amplía, pule y expande sus textos originales para infundir mayor precisión. Los relatos que superaron la prueba de su propia selección demuestran los requisitos fundamentales de su poética del cuento: "La eficacia de un cuento dependerá, en último término, del tramado de la red" y "la brevedad se deberá asociar no a la economía de lenguaje sino al rigor y la precisión".

Se observa un paso desde el despojamiento inicial a un estilo más consolidado, con una escritura que se deleita en "sus propios giros, en la densidad de sus imágenes líricas" y en su "espesa textura onírica". Esto ha permitido que sus personajes ganen en dimensión y profundidad psicológica, haciendo imposible el esquematismo reduccionista de sus inicios.

Ilustración que evoca la atmósfera onírica de los cuentos de Quintero

Obsesiones temáticas y formales

El crítico Julio Miranda ha señalado que del primer libro de Quintero, La muerte viaja a caballo, se pueden extraer las obsesiones temáticas y metafóricas del autor. Estas incluyen:

  • La serie "incesto-parricidio-venganza".
  • El duelo o reto, influenciado por el género western y la observación de la violencia rural.
  • El encierro o clausura, con su dualidad polar.
  • Las frecuentes e insólitas metamorfosis.
  • Los sueños y las perversiones, incluyendo un erotismo provocador hasta la transgresión.

En el plano formal, destaca el gusto por la circularidad del relato, a menudo marcada por finales inesperados. En la antología Cabeza de cabra y otros relatos, dentro de las "Primeras historias", se aprecia una tendencia a un diseño similar de cuentos, con comienzos efectivos y contundentes, y finales sorprendentes.

Ejemplos de cuentos breves

El ejercicio de concisión de Quintero se manifiesta hasta el máximo en algunos de sus "Siete cuentos cortísimos". Por ejemplo, en "TV":

"Una niña vio en la TV el sacrificio de un bonzo. Entonces buscó su única muñeca, la bañó en gasolina y le dio fuego. Cuando llegaron los bomberos todo el barrio estaba en llamas."

En "Gallo pinto", lo fantástico aflora como señuelo de la violencia final:

"Mi tío tenía un gallo pinto que se alimentaba de alacranes vivos."

"El manantial" inicia mezclando onirismo, metamorfosis e imágenes ensoñadoras:

"La hija del brujo amaneció sangrando."

"Un suicida" comienza con una aparente reflexión filosófica:

"Luego de profundas reflexiones había llegado a una conclusión definitiva: la vida carece de sentido."

Este inicio oculta hasta el final el verdadero sujeto del suicidio, manteniendo el dato con habilidad hasta recalar en un sujeto no racional.

Una especial redondez y concisión se percibe en "La muerte viaja a caballo", donde el tema del verdugo y la víctima se ambienta en un atardecer estremecedor, incluyendo la persecución de un doble huidizo. El itinerario, aunque breve, resume una vida trasplantada a lo irreal, hasta que una detonación interrumpe las "tareas cotidianas". La tercera persona narrativa, aparentemente omnisciente, adquiere identidad en el párrafo final, revelando que el doble misterioso, el agresor innominado, se reviste de la misma carnalidad del agredido.

Si la muerte es el tema de este cuento con un deje existencial, "Cacería" guarda relación al presentar un acoso en las reducidas dimensiones de una habitación, donde la indefensión...

Ceremonias de Ednodio Quintero · Vista previa del audiolibro

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