Las Funciones de las Matronas en el Inicio del Siglo XX en España

Durante siglos, las matronas se encargaron de asistir a las mujeres en los partos, así como de las enfermedades de mujeres y niños. Este fue el primer oficio de la mujer reconocido, pero también el primero en el que se la apartó por género. A partir de los siglos XVII-XVIII, el Estado comenzó a ocuparse del Arte de Partear, lo que implicó quitar protagonismo a las mujeres e incluir a cirujanos en esta actividad. Esta intervención llevó a una serie de regulaciones y una mayor formación técnica, excluyendo directamente a muchas mujeres. Desde ese momento, las matronas quedaron supeditadas a la autoridad médica y a los cirujanos. Los hombres/cirujanos, que sí tenían acceso a los estudios de medicina a diferencia de las mujeres, empezaron a desplazar la asistencia en casa por la asistencia en hospitales, donde investigaban y trataban los casos más complicados o de estudio.

A pesar de esta transición, a principios del siglo XX, las matronas aún mantenían un papel crucial en la asistencia sanitaria femenina, si bien en un contexto de creciente control y profesionalización.

Una matrona asistiendo un parto a principios del siglo XX en un domicilio

Un Contexto Histórico de Transformación

En España, las matronas fueron las primeras mujeres que pudieron acceder a matricularse en la universidad, aunque con unas condiciones especiales. Esta apertura, aunque limitada, marcó el inicio de una profesionalización formal que contrastaba con la transmisión empírica de saberes que había sido la norma hasta finales del siglo XVIII, cuando la enseñanza se instituyó en los Reales Colegios de Cirugía. A finales del siglo XIX, estaba aceptado que la matrona trabajase de manera autónoma en los pueblos, sustituyendo así a las «comadres rutinarias» que ejercían en ellos, pero la autonomía plena era un proceso en declive.

Funciones Asistenciales Dominantes a Principios del Siglo XX

Asistencia al Parto Domiciliario

A principios del siglo XX, aún era lo más normal del mundo que las mujeres diesen a luz en sus casas con la ayuda de la comadrona. En este entorno familiar, la matrona era la principal figura de apoyo y asistencia durante el alumbramiento, encargándose de todo el proceso en la mayoría de los partos.

Cuidados Ginecológicos y Reproductivos

El catálogo de cuidados ginecológicos ofertados por las matronas a través del tiempo fue muy variado. Aunque algunas de estas funciones desaparecieron de los planes de estudio con la regulación de su formación, algunas matronas continuaron practicándolas. Entre estas funciones se incluían:

  • "Recomponer virgos" para evitar el escándalo de una virginidad perdida antes del matrimonio.
  • Colaborar en la elección de la pareja, funcionando como un ancestral consejo genético.
  • Tratamiento de diversos trastornos relacionados con la posición del útero o «madre» e infecciones ginecológicas.
Esta ocupación no pasó desapercibida para los médicos, quienes deseaban acaparar este tipo de cuestiones y denunciaban a las matronas por intrusismo.

Funciones Testimoniales y Religiosas

Las matronas desempeñaban un carácter testimonial importante, con documentos que las mencionan en pleitos sobre herencias, testamentos en caso de muerte de la parturienta, nulidad matrimonial, infidelidad o para certificar la integridad del cuerpo de la mujer en casos de violación. Era una función que les daba una autoridad legal y social significativa. Además, una de las funciones tradicionales de las matronas fue la de administrar el bautismo de urgencia a los bebés en peligro de muerte. Esta función se consideró tan importante que estuvo incluida dentro de los diferentes planes de estudio de la carrera de matrona hasta 1888, y se explicaba minuciosamente en varias obras. Si el parto transcurría con éxito, los padres otorgaban a la matrona el privilegio de sacar al recién nacido de la casa y llevarlo a bautizar, actuando como madrinas del bebé. Cuando se inició en España la obligación de inscribir a los recién nacidos en el Registro Civil, no era extraño que la misma matrona que había atendido el parto fuese la encargada de realizar este trámite.

La Evolución de la Formación y Regulación Profesional (Principios del Siglo XX)

El inicio del siglo XX fue un periodo de importante reglamentación para la profesión, que buscaba formalizar la práctica de la matrona. La Ley de Instrucción Pública de 9 de septiembre de 1857 ya definía a la partera como «la mujer práctica en el arte de partos o que ejerce en virtud de título», lo que llevó a la creación del Título de Partera o Matrona. El Real Decreto de 10 de agosto de 1904 reorganizó los estudios de matrona. En 1916, la Casa de Salud de Santa Cristina en Madrid fundó la primera escuela de matronas en España, que se constituyó como escuela oficial para la obtención del título mediante Orden de 1 de marzo de 1940. En 1925, se dispuso un nuevo servicio municipal de matronas para la asistencia gratuita a las embarazadas. En los años veinte de este siglo, se publicaron varios manuales dirigidos a la formación de las matronas, como el Manual de Obstetricia para Comadronas del Dr. L. Piskacek (1929) y el Manual de Obstetricia. Ginecología Menor para las Comadronas del Dr. L. M. Bossi (1929), que ofrecían información sobre anatomía, embarazo, parto y puerperio. En 1933 se estableció un nuevo plan de estudios para Matronas y Practicantes.

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El Desafío a la Autonomía y la Subordinación Médica

La desaparición de la praxis independiente de las matronas fue un proceso lento pero inexorable. Una campaña de desprestigio contra la figura de la matrona, iniciada en siglos anteriores, se intensificó. Este proceso culminaría en los años treinta del siglo XX, cuando la figura de la matrona se confinó progresivamente a instituciones cerradas y bajo la supervisión médica. Las causas de este cambio se deben al creciente interés de los médicos hombres por encargarse de la salud sexual y reproductiva de las mujeres y al confinamiento de las matronas en instituciones. A mediados del siglo XX, la profesión ya estaba considerada auxiliar de la medicina y su instrucción, bajo control médico, se dirigió al mantenimiento de esta posición. Los médicos veían a las matronas como auxiliares femeninas que podían prodigar atenciones a las parturientas, reservando la intervención del tocólogo para anomalías o desviaciones del parto, lo que implicaba que la vigilancia y el trabajo arduo recaían en la matrona para que el tocólogo pudiera descansar o realizar otras actividades.

El discurso médico de la época enfatizaba la necesidad de que la matrona tuviera ciertas cualidades físicas y morales. Se valoraba la buena presencia, la higiene personal ("limpia, por dentro y por fuera, espiritual y corporalmente"), el equilibrio emocional y una inteligencia que se traducía en la capacidad de anticiparse a las necesidades del médico. Se esperaba que la matrona fuera honorable, lo que para la mentalidad de la época implicaba ajustarse a las normas morales y religiosas, y se le inculcaba la lealtad hacia los médicos, quienes les "proporcionaban" el trabajo y las clientas. Esta visión, que buscaba la sumisión y el adoctrinamiento, también se manifestaba en la instrucción sobre el intrusismo, delimitando claramente la parcela de actuación de las matronas como asistentes de la gente sin recursos, mientras los tocólogos atendían a la gente adinerada, considerando "indigno" competir con una subordinada. Para el discurso médico, una matrona bien formada no solo era útil, sino que también contribuía al prestigio de los médicos, a quienes se consideraba sus superiores.

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