La construcción de un Nuevo Estado Español, fundamentado en la unidad y la grandeza de la Patria, requería la supeditación de la acción individual y colectiva al destino común. Esta premisa, reconocida por el sentido común del pueblo español, resultaba incompatible con las pugnas de partidos y organizaciones políticas. A pesar de sus nobles intenciones de servir a España, estas facciones a menudo consumían sus energías en la lucha por el predominio de sus estilos particulares o, peor aún, en cuestiones personalistas que generaban discordias internas y resucitaban la vieja intriga política, poniendo en trance de descomposición a organizaciones cuyas bases se movían por ideales puros.
Con la guerra en un punto avanzado y la victoria próxima, se hacía imperativo acometer la gran tarea de la paz, cristalizando en el Estado nuevo el pensamiento y el estilo de la Revolución Nacional. La unificación de los españoles bajo un pensamiento y una disciplina comunes era esencial para esta labor. Esta unificación, exigida en nombre de España y de los caídos por ella, no implicaba un mero conglomerado de fuerzas, una concentración gubernamental o una unión pasajera. Para afrontar la tarea de modo decisivo y eficaz, era necesario evitar la creación de un partido artificial y, en cambio, recoger las aportaciones de todas las fuerzas para integrarlas, por vía de superación, en una única entidad política nacional. Esta entidad serviría de enlace entre el Estado y la Sociedad, garantizando la continuidad política y la adhesión viva del pueblo al Estado.
Para lograr este objetivo, se tuvo en cuenta que, además de las valiosas aportaciones colectivas e individuales de patriotas que vistieron el uniforme de Soldados de España, la Falange Española y los Requetés fueron los dos exponentes auténticos del espíritu del alzamiento nacional iniciado por el glorioso Ejército el diecisiete de julio. En consonancia con otros países de régimen totalitario, la fuerza tradicional se integraba ahora en la fuerza nueva. La Falange Española aportó masas juveniles, propaganda con un estilo novedoso, una forma política y heroica del tiempo presente y la promesa de una plenitud española. Los Requetés, por su parte, aportaron su ímpetu guerrero y el sagrado depósito de la tradición española, con su espiritualidad católica, elemento formativo principal de la nacionalidad, en cuyos principios eternos de moralidad y justicia debía seguir inspirándose.
Dado que el sentir de ambas organizaciones era uno y su inquietud patriótica análoga, con un ansia de unión respaldada por el anhelo de España, esta fusión no debía retrasarse más. Así, fundiendo sus virtudes, estas dos grandes fuerzas nacionales hicieron su presencia directa y solidaria en el servicio del Estado. Su norma programática se constituyó por los veintiséis puntos de la Falange Española, reconociendo que el movimiento era más que un programa, y por lo tanto, no sería rígido ni estático, sino sujeto a revisión y mejora según aconsejara la realidad. Se contemplaba la posibilidad de instaurar en la Nación el régimen secular que forjó su unidad y grandeza histórica si las necesidades patrias y los sentimientos del país así lo aconsejaran tras la tarea de reconstrucción espiritual y material.
La Creación del Consejo Nacional
El Decreto de Unificación, promulgado en Salamanca el diecinueve de abril de mil novecientos treinta y siete, estableció la integración de la Falange Española y los Requetés, con sus servicios y elementos, bajo la Jefatura del Generalísimo Franco, en una sola entidad política de carácter nacional denominada Falange Española Tradicionalista y de las JONS (FET y de las JONS). Esta organización, intermedia entre la Sociedad y el Estado, tenía la misión principal de comunicar al Estado el aliento del pueblo y llevar a este último el pensamiento de aquel, a través de las virtudes político-morales, el servicio, la jerarquía y la hermandad.
Como consecuencia de este decreto, quedaron disueltas las demás organizaciones y partidos políticos. Los afiliados originarios de la nueva organización serían todos aquellos que poseyeran el carnet de Falange Española o de la Comunión Tradicionalista en la fecha de publicación del decreto, y podrían serlo también, previa admisión, los españoles que lo solicitaran.
Los órganos rectores de la nueva entidad política nacional quedaron establecidos como el Jefe del Estado, un Secretariado o Junta Política y el Consejo Nacional. Al Secretariado o Junta Política le correspondía establecer la constitución interna de la entidad, auxiliar al Jefe en la preparación de la estructura orgánica y funcional del Estado, y colaborar a la acción de gobierno. La mitad de los miembros de la Junta serían designados por el Jefe del Estado y la otra mitad elegidos por el Consejo Nacional. El Consejo Nacional, por su parte, conocería de los grandes problemas nacionales que el Jefe del Estado le sometiera, según se establecería en disposiciones complementarias. Mientras se realizaban los trabajos para la organización definitiva del Nuevo Estado totalitario, se daría realidad a los anhelos nacionales de que los componentes de Falange Española Tradicionalista y de las JONS participaran en los organismos y servicios del Estado para imprimirles un ritmo nuevo.
El Artículo Tercero del decreto fusionó en una sola Milicia Nacional las de Falange Española y de Requetés, conservando sus emblemas y signos exteriores. A esta milicia se incorporarían también, con los honores ganados en la guerra, las demás milicias combatientes. La Milicia Nacional actuaría como auxiliar del Ejército, y el Jefe del Estado sería su Jefe Supremo. Un General del Ejército, con dos subjefes militares procedentes de las Milicias de Falange Española y de Requetés, actuaría como Jefe directo, y se nombrarían dos asesores políticos del mando para mantener la pureza de su estilo.

Estructura y Funciones del Consejo Nacional
La estructura interna del Consejo Nacional del Movimiento se inspiró fuertemente en el Gran Consejo del Fascismo y el Consejo Nacional del Partido Nacional Fascista italianos. Sus miembros, los consejeros, con un número máximo de 50, fueron designados por primera vez por Franco en 1937. Estos miembros integraban a todas las fuerzas políticas que participaron en el golpe de Estado de julio de 1936 y que habían sido unificadas en abril de 1937 bajo el nombre de Falange Española Tradicionalista y de las JONS (FET y de las JONS).
El Consejo Nacional, creado por el Decreto de Unificación, fue concebido como un órgano rector de la nueva entidad política nacional, junto al Jefe del Estado y el Secretariado o Junta Política. En cuanto a su composición, los estatutos indicaban que estaría formado por el Jefe Nacional (el propio Caudillo), el presidente y el vicepresidente de la Junta Política, el jefe de Milicias y los delegados de los distintos servicios del partido. Además, el Caudillo podía designar a otros miembros por razón de su jerarquía en el Estado (hasta doce) o por sus méritos y servicios excepcionales.
El Consejo era presidido por el Jefe Nacional (Franco), quien era el único facultado para convocarlo y establecer el orden del día de las deliberaciones. En noviembre de 1937, el Generalísimo Franco designó a los cincuenta miembros del Consejo Nacional. Este Consejo estaba formado por 50 miembros que agrupaban diversas tendencias políticas, con una mayoría de falangistas veteranos y neofalangistas, quienes sumaban más del cincuenta por ciento. Cuarenta consejeros eran designados por el Caudillo entre personas de reconocidos servicios, y el Secretario General ejercía las funciones de Vicepresidente.
Entre las funciones del Consejo Nacional, destacaba la promoción de la acomodación de las leyes y disposiciones generales a los Principios del Movimiento Nacional y demás Leyes Fundamentales del Reino, ejerciendo a tal efecto el recurso de contrafuero. Se consideraba contrafuero cualquier acto legislativo o disposición general del Gobierno que vulnerara dichos Principios o las Leyes Fundamentales.

Evolución y Papel del Consejo Nacional
A lo largo de la dictadura franquista, el Consejo Nacional del Movimiento experimentó diversas fases y tuvo un papel cambiante. Inicialmente, se concibió como un órgano de participación pública y un enlace entre el Estado y la Sociedad, pero con el tiempo su función derivó más hacia la homologación de las decisiones del régimen y la expresión de la "doctrina nacional".
En sus inicios, la estructura del Consejo Nacional del Movimiento se inspiró en modelos fascistas italianos, y sus miembros, designados por Franco, incluían a representantes de las distintas fuerzas políticas que habían apoyado el golpe de Estado. El Consejo se reunió por primera vez en diciembre de 1937. Con el tiempo, se integraron en él representantes municipales, sindicales y familiares, reflejando una aparente ampliación de la base social del régimen.
A pesar de su pretensión de ser una "cámara de las ideas" del franquismo, el Consejo Nacional a menudo se vio limitado por la preeminencia del Jefe del Estado y la burocracia del régimen. Las propuestas surgidas en su seno, como las relativas al asociacionismo o a la participación pública, a menudo se encontraron con la resistencia o la parálisis de los mecanismos de poder establecidos. El llamado "Proyecto Solís", que buscaba una mayor apertura y participación, fue paralizado por la actitud del Ministro Solís y el Vicesecretario Herrero Tejedor.
En ocasiones, el Consejo Nacional sirvió como foro para el debate de cuestiones importantes, como la reforma de las Leyes Fundamentales o la sucesión de la Corona. Sin embargo, las discusiones a menudo reflejaban la esterilidad de las propuestas ante la voluntad del Caudillo o la complejidad de las fuerzas políticas internas. La defensa de la integridad de los Principios del Régimen y la interpretación ideológica del mismo recaían en gran medida sobre el Consejo, que actuaba como intérprete de la "doctrina nacional".
El Consejo Nacional también intervino en la aprobación de disposiciones legales y en la homologación de diversas iniciativas, como las asociaciones juveniles. Sin embargo, su papel principal se convirtió en el de un organismo que legitimaba las decisiones del régimen y proporcionaba una fachada de participación y debate, a menudo sin capacidad real de influir en las decisiones fundamentales. A pesar de los intentos de revitalización y de la aparición de figuras que buscaban un mayor dinamismo, el Consejo Nacional, en última instancia, se mantuvo como un instrumento al servicio del Jefe del Estado y del mantenimiento del Régimen.