La preocupación de los padres ante la frase “este niño no come nada” constituye un motivo muy frecuente de consulta en pediatría de Atención Primaria. Aunque en la mayoría de los casos nos encontramos ante una percepción errónea del poco apetito por parte de los progenitores, es fundamental tomar estas inquietudes en serio. Existe una asociación demostrada entre la preocupación de los cuidadores respecto a la dificultad de la alimentación y el crecimiento ponderal del niño.

El desarrollo de la alimentación en el lactante
El acto de comer no solo es una necesidad primaria, sino que contribuye esencialmente a la relación con la familia. Durante los primeros meses, el lactante tiene un patrón rítmico de hambre, solicitando comida cada 2-4 horas. La alimentación a demanda permite que el bebé asocie el inicio de la toma con el hambre y su fin con la saciedad. A partir del tercer mes, el cuerpo ajusta la producción de leche a las necesidades reales del bebé, lo que puede dar a los padres una falsa sensación de falta de producción al notar los pechos más blandos.
La crisis de los tres meses
Es común que en esta etapa el lactante experimente cambios significativos. Los bebés se vuelven expertos en succionar y pueden terminar las tomas en pocos minutos, lo que a menudo genera confusión en las madres. Además, el desarrollo cognitivo hace que el bebé se distraiga con facilidad ante los estímulos del entorno, mostrando más interés por el mundo que le rodea que por la alimentación.
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Factores desencadenantes de la inapetencia
La anorexia en el lactante se define como la disminución del deseo fisiológico de comer. Las causas son múltiples y, fuera del periodo neonatal, rara vez actúan de forma aislada:
- Causas orgánicas: Infecciones (frecuentes en guarderías), problemas digestivos como el reflujo gastroesofágico, patologías de la deglución o el efecto adverso de ciertos medicamentos.
- Causas conductuales: La “anorexia infantil” descrita por Chatoor afecta a niños activos e inquietos que prefieren jugar a comer. También influyen las técnicas de alimentación inadecuadas (presión, sobornos o distracciones).
- Factores psicosociales: Conflictos familiares, estrés en el entorno o la ansiedad de los padres respecto a la ganancia de peso pueden perpetuar el rechazo al alimento.
Abordaje y tratamiento
El pediatra debe realizar una exploración completa para descartar patologías orgánicas. El enfoque debe ser individualizado y basarse en dos pilares:
1. Tratamiento nutricional
Consiste en establecer pautas básicas de alimentación, marcando horarios regulares y evitando “picoteos”. Si el estado nutricional está afectado, se puede valorar el aumento del aporte calórico mediante fórmulas especiales o suplementos, siempre bajo supervisión médica.
2. Tratamiento conductual
Es fundamental para mejorar la relación del niño con la comida. Las estrategias incluyen:
- Refuerzo positivo: Premiar conductas deseables durante las comidas.
- Control ambiental: Crear un entorno tranquilo, sin televisión ni distracciones.
- Respeto a la saciedad: No obligar al niño a comer cuando muestra señales de rechazo, evitando técnicas de coacción o fuerza.

La aplicación de una terapia adecuada en trastornos de la conducta alimentaria (TCA) es altamente efectiva, alcanzando tasas de éxito de hasta el 90%. El manejo multidisciplinar, que puede incluir a psicólogos, nutricionistas y logopedas, queda reservado para los casos más complejos o cuando existe una falta de mejoría con el tratamiento ambulatorio.