La Historia y el Legado de Carmen, la Comadrona y la Enfermera en España

La historia de las mujeres en el ámbito sanitario, y en particular la de figuras como Carmen, la comadrona y la enfermera, revela aspectos cruciales sobre la evolución de estas profesiones y las desigualdades de género arraigadas en la sociedad española. Este artículo aborda tanto una vivencia personal transformadora en el parto, como la trayectoria de una comadrona emblemática y la reflexión sobre la enfermería desde una perspectiva feminista.

La Experiencia del Parto en el Contexto Hospitalario

Una vivencia personal, aunque no directamente atribuible a "Carmen comadrona", ilustra las complejidades y las intervenciones médicas en el parto en España. Tras años de espera, la decisión de una pareja de casarse y tener hijos culminó en un embarazo rápido, a pesar de los presuntos problemas de fertilidad de la mujer, quien tenía 36 años, endometriosis e hipotiroidismo tratado. Este logro les produjo "la mayor felicidad del mundo".

Durante el embarazo, la futura madre mantuvo una rutina de ejercicio, natación regular y seguimiento médico con su endocrino y osteópata, quienes pronosticaron un "parto fantástico" debido a su buen estado físico. Su ginecóloga coincidió con esta visión, y la mujer asistió religiosamente a los cursillos de preparación al parto, destacando por su tranquilidad ante el inminente nacimiento.

Primeras Señales de Alerta y la Tocóloga

La ginecóloga, al término del embarazo, remitió a la paciente a una tocóloga, ya que ella no atendía partos. Una señal de alerta, en retrospectiva, fue que dos amigas de la paciente, atendidas por la misma ginecóloga y tocóloga, terminaron en cesárea al poco de ingresar, bajo "distintas excusas".

La tocóloga se mostró "expeditiva", una característica que no sorprendió inicialmente a la paciente, pero que su marido consideró "demasiado agresiva", lo que debería haber activado un "avisador" en su cabeza. Durante cuatro semanas (desde la 37), la tocóloga realizó tactos para "mover la cosa", a pesar de que la placenta y el bebé estaban "en perfectas condiciones", mientras afirmaba querer darle la oportunidad de ponerse de parto por sí misma.

Inducción y Cesárea Forzada

Al llegar la semana 42, la tocóloga programó una inducción para el miércoles. Sin embargo, el martes la paciente se despertó con contracciones "regulares y potentes, aunque perfectamente indoloras", acompañadas de una "diarrea muy conveniente", lo que le pareció "perfectamente natural".

Al ingresar en la clínica, una matrona confirmó el parto, con el cuello del útero "prácticamente borrado", sorprendiendo a la paciente, quien seguía sin sentir dolor. La paciente se sintió "tan relajada y feliz que suponía esa era la explicación".

Una vez ingresada, se le impuso un enema, a pesar de haber ido al baño varias veces en casa. Posteriormente, se le indicó tumbarse para romperle la bolsa de aguas, ponerle suero glucosado (goteo) y monitores, prohibiéndole el movimiento. Las contracciones se volvieron dolorosas, y al llegar su marido, el goteo de oxitocina probablemente ya había comenzado. Al pedir la epidural, a pesar de no quererla inicialmente, se le informó que ya había dilatado 5 centímetros.

La epidural dejó de funcionar en un lado, y tuvo que ser administrada de nuevo. Cuando la tocóloga llegó a las cinco de la tarde (la paciente había ingresado a las doce), le comunicó que no había forma, que "cada vez que aumentaban la oxitocina había sufrimiento fetal", y que era necesario "sacar el niño cuanto antes". Al marido, en cambio, le dijeron que la dilatación se había parado (la matrona había informado de 7 cm de dilatación) y que, en una mujer "mayor", no se dilataba como en una joven, justificando así la cesárea.

El Trauma de la Cesárea y la Recuperación

En el quirófano, a pesar de la anestesia, la paciente sintió "cómo me abrían, cómo arrancaron al bebé de mi vientre", mientras el personal bromeaba sobre el tamaño del niño (4,4 kilos) y lo "ilusa" que era por querer parir. Tras la extracción, el bebé no lloró, y fue llevado a otro lugar sin que la madre pudiera verlo o tocarlo, generándole una profunda desazón y la sensación de no haber sido "capaz de parir un bebé". El bebé, por cierto, obtuvo un Apgar de 10/10.

Infografía sobre el procedimiento de cesárea y sus posibles complicaciones

En la habitación, la madre no podía moverse ni alcanzar a su bebé, y se le disuadió de amamantar, bajo la excusa del cansancio. Esa noche, el niño fue llevado al nido y se le dio un biberón. La madre sufrió intensos dolores, y la vía para la medicación se ocluyó repetidamente.

Días después, se le diagnosticó parálisis intestinal, un "bonito efecto secundario de la cesárea", posiblemente ayudado por el enema. La paciente se deshidrató varias veces, y el niño llegó a "arrancarle un trozo de pezón" en su intento de alimentarse. La falta de guantes durante las curas y el enganche de las grapas de la cesárea con las compresas aumentaron su angustia.

A pesar de las promesas de que la leche siempre subía, su cuerpo no reaccionaba, y pasó días sintiéndose "inútil por no poder atender a mi bebé, por no poder darle pecho". El bebé comenzó con cólicos de lactante al día siguiente de nacer. La paciente no recibió comida ni bebida hasta que su intestino expulsó gases, y la alimentación consistió en "caldo sin sal y manzanillas", lo que no ayudó a la lactancia.

La recuperación fue especialmente dura debido a un hipotiroidismo infradosificado. Tras mucho tiempo, al encontrar grupos de apoyo para cesáreas y el movimiento "el parto es nuestro", la mujer comenzó su proceso de "curación personal" y "recuperación física", comprendiendo que lo sucedido no era "natural sino sólo la norma de las cosas que se hacen en este país".

Carmen Medina Guerrero: "Carmencita La Comadrona"

Retrato de Carmen Medina Guerrero o imagen de una comadrona rural española

En un contraste con la experiencia hospitalaria moderna, la figura de Carmen Medina Guerrero, conocida como "Carmencita La Comadrona", representa una era de atención más personal y vocacional. Nacida en 1927, hija de una comadrona, Carmen siempre sintió la vocación de ayudar a los demás. Aunque deseaba estudiar Medicina, las limitaciones económicas de su padre, zapatero, le impidieron ir a Granada.

Así, Carmen se dedicó a "dar vida de otra forma". Comenzó como practicante por no tener la edad para ser comadrona, pero pronto empezó a asistir partos. Se formó como matrona en la Escuela de Matronas y realizó sus prácticas en el Hospital Civil. A finales de los años 40, empezó a ejercer como practicante y matrona, instalando su consulta en la calle Padre Lerchundi, donde trabajó durante casi medio siglo, manteniéndose activa hasta los 70 años.

En 1972 se casó con Francisco Caparrós, quien falleció dos años después. Viuda y con una pensión limitada, trabajó arduamente para sacar adelante a su familia. Era muy popular por su "entrega al servicio de los demás y la lucha cotidiana por la vida, con honradez, laboriosidad y alegría". Se dedicó especialmente a las comunidades de la playa. Si sabía que en la casa de la recién parida "poco había de comer", no solo no cobraba sus servicios, sino que le compraba un "puchero, le encendía la candela y ella misma se lo preparaba".

La Enfermería Española y la Perspectiva de Género

Carmen Chamizo Vega, enfermera de Asturias, España, ha reflexionado profundamente sobre la historia de la Enfermería española. Critica que ha sido "escrita clásicamente por varones, con una marcada influencia católica y una ausencia de la corriente feminista", lo que ha llevado a una concepción social de "profesión feminizada".

La Construcción Social del Género en Enfermería

El conocimiento, según Chamizo, es un proceso de construcción de nuestra vida en condiciones históricas y sociales. La realidad, aunque tiene entidad propia, se ve moldeada por "construcciones mentales con efectos prácticos, unos buscados, otros inesperados y otros indeseables". En este sentido, es crucial observar la enfermería como objeto de estudio, especialmente cuando las mujeres cuidadoras emergen "como colectivo y como sujeto político", rompiendo el discurso dominante de la feminidad y construyendo su propio discurso profesional.

El género se refiere a las funciones y relaciones de mujeres y hombres, no basadas en factores biológicos, sino sociales, económicos, políticos y culturales. Estas diferencias, producto de un largo proceso histórico, implican "desigualdades y jerarquías". Socialmente, la mujer fue asignada al cuidado de niños, ancianos y el hogar, lo que institucionalizó roles y atribuyó funciones específicas, castigando las desviaciones. El estereotipo masculino, valorado positivamente, muestra a los varones "triunfadores y desarrollando actividades prestigiosas y que les confieren poder".

La historia de la Enfermería EN 10 MINUTOS

Chamizo recuerda que, al iniciar sus estudios de enfermería en 1976, el ingreso se basaba en un "modelo moral intachable" y una formación que respondía a los "deseos de los médicos y a los intereses de los sectores dominantes de la sociedad". Existían escuelas femeninas y masculinas con asignaturas diferentes. Su "educación personal chocó con la enseñanza que se impartía en enfermería, donde asignaturas como labor o religión estaban impregnadas de sumisión y sexismo".

La enfermera se cuestionaba por qué sus compañeras no sentían frustración al hacer una muñeca de trapo en la asignatura de labor. Concluyó que "la alienación de la mujer" podía servir a la sociedad, suministrando "normas de aprendizaje estabilizador en la familia". Para suprimir esta alienación, era necesario "despertar y adquirir conciencia de dicha alienación".

Feminismo y Desigualdad en la Profesión

En 1994, en el W.E.R.N. (Workgroup European Research Nursing) en Estocolmo, Carmen Chamizo expuso un trabajo sobre la Historia de la Enfermería española, sorprendiéndose al ver que la división sexual del trabajo enfermero solo era referida por ella. Las diferencias de apreciación, señala, no son solo biológicas, sino socioculturales.

Robinson en 1946 afirmó que "la enfermera es el espejo en el que se reflejaba la situación de la mujer a través de los tiempos", una frase que Chamizo utiliza para iniciar su reflexión sobre la historia de la enfermería moderna y su relación con el movimiento feminista. Mientras la enfermería anglosajona surgió ligada a las luchas feministas, en España, durante el siglo XIX y principios del XX, las reivindicaciones se centraron más en lo social (educación, trabajo) que en la igualdad política y profesional. La Constitución de 1931 marcó un avance significativo, concediendo el sufragio femenino y legislando la familia desde la libertad e igualdad.

Publicaciones como "La Muger" (1882) reivindicaban la soltería y cuestionaban la maternidad como única función, mientras que "La Mujer y la Higiene" (1905), dedicada a madres y profesionales sanitarias, clamaba por la igualdad de oportunidades para las comadronas.

Otra manifestación de desigualdad de género es la "convivencia" de títulos como matrona, enfermera y practicante, con "principios de acción y de excelencia particulares" para cada sexo. Sin embargo, detrás de esta pretendida complementariedad, subyace una división de género y poder: "los varones son cultura y las mujeres naturaleza".

Hacia una Ética Feminista del Cuidado

El libro de la OMS de 1988, "Función de las Mujeres en la asistencia sanitaria", dedicó un capítulo a la Enfermería, la ética feminista y la Atención Primaria, temas que siguen siendo relevantes. Aunque los cuidados enfermeros se han convertido en un analizador socio-económico-político, "aún no son el objetivo de las instituciones sociales y sanitarias, sino que aún sigue siendo el tratamiento de la enfermedad". Hablar de una ética feminista del cuidado puede hacer que a una la tachen de "rara", como señaló Adrienne Rich a principios del siglo XX, quien instó a hacer "preguntas que han sido definidas como no preguntas".

Se estima que la verdadera revolución profesional de la mujer y la enfermera no se deriva tanto del desarrollo de su trabajo como del "acceso a la enseñanza superior", ya que sin una preparación igual no accederán a puestos de poder. Es necesario abordar no solo los contenidos docentes, sino también "cómo se sigue impartiendo la docencia y si recibe feed-back de la asistencia y de la realidad social".

En Ciencia e Investigación, la categoría de género es fundamental. Se cuestiona por qué un submarino es un logro tecnológico, pero no un biberón o un pañal desechable, o por qué se subvencionan becas sobre técnicas diversas y no sobre filosofía, género o historia de la enfermería. Las críticas a teorías plantean que el conocimiento, especialmente el científico, no es siempre objetivo o neutral. Por ello, se necesitan "criterios que tengan en cuenta de un modo especial el papel del género y la ideología de género", para "discriminar teorías o prácticas sesgadas como 'mala ciencia'". El género, de este modo, se convierte en un criterio de evaluación y en una línea de investigación fértil para la enfermería.

Marta Durán se preguntó sobre el costo de cambiar modelos sociales y de salirse del pensamiento único, y el costo de ser enfermera y defender el progreso social. Carmen Chamizo cree que la equidad de género implica "cambios sociales complejos" que requieren la modificación de actitudes y la democratización de mecanismos de promoción. Las hipótesis del "efecto cohorte" y el "techo de cristal" intentan explicar las desigualdades de poder. Estos cambios no se darán sin resistencias, ya que "trastocan jerarquías, cuestionan maneras de ejercicio de poder, redefinen ámbitos de acción social" y promueven nuevas formas de entender la vida y la organización del tiempo.

Estos desafíos implican abandonar la comodidad de la feminidad como construcción simbólica y asumir el poder no solo "en beneficio de los demás, por sacrificio y obediencia", sino como un derecho a relaciones profesionales y sociales basadas en la equidad. Al abandonar este modelo, las enfermeras se enfrentan al "desafío de asumirse como sujetos políticos pensantes y actuantes".

La igualdad de género también genera cambios en la estructura familiar, y los estudios de género arrojan luz sobre la crisis de la vida familiar y los roles de sus miembros. No se trata de "masculinizar (a la mujer o enfermera), feminizar (al hombre o enfermero) o 'reeducar' (a los profesionales de la medicina o a la sociedad)", sino de ser conscientes de las desigualdades y democratizar el poder. La mutualidad debe ser un modelo para todas las relaciones, y la enfermera debe implicarse en la defensa de la igualdad de la mujer y en todo acto que luche por la libertad concreta, "adquiriendo conciencia de la libertad propia (el derecho a la Licenciatura puede ser uno, ausencia de alienación otro) y además como un acto creador, personalizado".

La propuesta de trabajo en redes surge de esta experiencia cotidiana. El género es un concepto multidimensional, donde cada persona realiza múltiples funciones, sin una relación rígida entre sexo y género. Toda persona manifiesta simultáneamente aspectos de la masculinidad y la feminidad, en una combinación específica. Lo importante es analizar el sistema de relaciones entre ambos, no solo los valores masculino y femenino de forma independiente, para comprender el significado de cada uno. Esta perspectiva implica que la solución a la desigualdad no es la igualdad, sino la "desaparición de las diferencias de género, resituando las diferencias en el ámbito de lo individual y no de las clases de sexo". De este modo, lo que era masculino o femenino sería patrimonio de cualquier individuo, independientemente de su sexo, lo que significa que el sexo y el género "no forman parte del objeto de estudio, sino de la construcción teórica con la que nos aproximemos".

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