Maltrato infantil a recién nacidos: un problema invisible en el entorno de las matronas

La protección integral a la infancia y la adolescencia frente a la violencia es un tema crucial, sin embargo, el proyecto de ley orgánica aprobado el 15 de abril en el Pleno del Congreso no incluye la palabra "bebé", a pesar de las 69 menciones realizadas por Ibone Olza, directora del Instituto de Salud Mental Perinatal, en el documento de propuestas. Esta omisión dificulta la visibilización del colectivo de bebés, quienes son especialmente vulnerables a sufrir violencia tanto en el ámbito familiar como institucional.

Ibone Olza enfatiza la importancia de nombrar esta realidad, ya que los bebés, a diferencia de niños y adolescentes, no pueden expresar verbalmente sus necesidades. La creencia errónea de que los bebés no sufren ni padecen esconde una violencia sistematizada que a menudo pasa desapercibida. Los bebés en la etapa perinatal, de exterogestación y hasta los 3 años son especialmente vulnerables, ya que esta primera infancia es la fase de desarrollo más importante del ciclo vital.

Infografía que muestra las etapas del desarrollo infantil temprano, desde la etapa perinatal hasta los 3 años, destacando su vulnerabilidad.

Violencia en el entorno hospitalario e institucional

La violencia contra los bebés a menudo proviene del entorno hospitalario o institucional, y está frecuentemente ligada a la violencia obstétrica. Un ejemplo paradigmático es la separación forzosa de la madre, o la realización de pruebas sin acompañamiento, vulnerando el derecho del bebé a estar acompañado las 24 horas por sus progenitores. Incluso la custodia compartida impuesta a bebés de pocos meses, sin que el progenitor implicado tenga un vínculo establecido, puede constituir una forma de violencia grave.

La dificultad para conceptualizar el maltrato a un recién nacido se agrava por su incapacidad para expresar verbalmente sus necesidades. El estudio "Defining disrespect and abuse of newborns" de Emma Sacks señala que los casos más frecuentes de falta de respeto y abuso a recién nacidos incluyen el incumplimiento de los estándares profesionales de atención, así como experiencias de estigma y discriminación. Algunas tipologías de cuidado irrespetuoso reportadas incluyen abuso verbal, discriminación, o incluso acciones físicas como abofetear o sumergir al bebé en agua fría durante la reanimación, o la denegación de atención a madres que optaron por un parto en casa.

Bebés desamparados por las instituciones

Existen casos documentados de bebés que han sido separados de sus madres por decisiones institucionales, a menudo basadas en interpretaciones erróneas de la situación familiar. El caso de Habiba, a quien le quitaron a su hija Alma, ilustra cómo los centros de apoyo familiar, en lugar de ofrecer un entorno seguro, pueden convertirse en escenarios de conflicto y desprotección. La retirada de la tutela de un bebé, que debería ser una medida temporal, puede derivar en una situación definitiva, separando al niño de su figura de apego primaria.

Paco Herrero Azorín, coordinador de La Dinamo Acció Social, señala que las instituciones a menudo priorizan la separación en situaciones de dificultad, sin considerar las necesidades de apoyo de las madres, especialmente las adolescentes. La falta de recursos para amparar a la madre junto con el bebé agrava la situación, llevando a procesos de adopción que podrían haberse evitado con un acompañamiento adecuado.

Ilustración simbólica de una mano institucional separando a una madre y un bebé.

Las instituciones también son responsables cuando los bebés tutelados por el Estado viven en residencias en lugar de con familias, o cuando se aparta a bebés de sus madres en centros de acogida para comprobar su parentesco. La administración no está preparada para dar cabida a las necesidades de apoyo a las familias, abordando los abusos y dificultades de forma reactiva en lugar de preventiva.

Bebés y violencia obstétrica

La violencia obstétrica, definida como la sufrida por las mujeres durante la atención al embarazo, parto y puerperio, tiene un impacto directo en los recién nacidos. Prácticas como la maniobra de Kristeller, que implica presionar el útero para acelerar el parto, pueden causar daños al bebé, como la rotura de clavícula. La separación de los bebés al nacer, el uso de fórceps o espátulas, y las inducciones o cesáreas innecesarias son ejemplos de violencia obstétrica que generan sufrimiento para los recién nacidos.

Incluso en casos donde no hay daño físico directo, el bebé es víctima indirecta. La judicialización de partos por parte de hospitales, amenazando con inducciones forzosas mediante órdenes judiciales, es una práctica denunciada que vulnera la autonomía de las mujeres y, por ende, afecta a la experiencia de nacimiento del bebé. El uso de antipsicóticos durante el parto, partos en soledad, episiotomías abusivas o el "punto del marido" son otras formas de violencia obstétrica con impacto en la criatura.

Violencia obstétrica: los derechos de la madre y su bebé

A pesar de los esfuerzos por visibilizar la violencia obstétrica, su inclusión en leyes de protección a la infancia ha sido infructuosa hasta ahora. La reforma de la Ley de Salud Sexual y Reproductiva se presenta como una vía para abordar esta problemática, con el compromiso del Ministerio de Igualdad de incluirla en la Estrategia Nacional contra las violencias machistas.

Hacia una cultura perinatal

Para abordar eficazmente la violencia contra los bebés, es necesaria una cultura perinatal que priorice los cuidados en el inicio de la vida y comprenda la huella que estos dejan en el desarrollo afectivo. Esto implica tener nociones básicas de los procesos neurobiológicos que facilitan la construcción del vínculo seguro y protegerlos.

La "díada madre-criatura" debe ser entendida como un ecosistema saludable que requiere el "mimo" de la sociedad y las instituciones. Sin embargo, este lenguaje aún no tiene cabida en las leyes, y la infancia es a menudo percibida como un espacio subordinado a la vida adulta. Es fundamental reconocer a la infancia como sujeto de derechos efectivos, interviniendo en los contextos sociales para que se pongan al servicio de sus necesidades y deseos.

El impacto de la negligencia y el maltrato

La prevalencia real del maltrato infantil es desconocida, ya que la mayoría de los casos no son detectados. La negligencia es uno de los tipos de maltrato más frecuentes, pero a menudo no se reconoce, especialmente en la población adolescente. Estudios indican que el abandono de lactantes y niños pequeños tiene consecuencias de gran alcance en su desarrollo físico, cognitivo y socioemocional, manifestándose en apego evitante o inseguro, retrasos en el lenguaje y actitudes violentas en la edad adulta.

Las ideas erróneas sobre la educación, los estilos de crianza culturalmente diversos y la pobreza pueden contribuir al maltrato. Sin embargo, es crucial diferenciar la negligencia de la pobreza, donde no existen los recursos para satisfacer las necesidades del niño. Los profesionales de bienestar infantil se enfrentan a la presión social y a la dificultad de establecer límites claros entre la autodeterminación familiar y el derecho del niño a la protección, especialmente en casos de negligencia por desconocimiento o ignorancia de los padres.

Gráfico circular que muestra los diferentes tipos de maltrato infantil por edad de la víctima.

La negligencia puede manifestarse de diversas formas, desde la falta de provisión de necesidades básicas y supervisión inadecuada, hasta la omisión de tratamientos médicos o de salud mental necesarios. La exposición a drogas o alcohol durante el embarazo aumenta significativamente el riesgo para el recién nacido, constituyendo un motivo de notificación urgente a los servicios de infancia.

La crisis de las matronas y la violencia obstétrica

La escasez de matronas en España ha alcanzado un punto crítico, poniendo en riesgo la seguridad y calidad de la atención durante el parto. La falta de personal, agravada por las jubilaciones y la interrupción formativa de las residentes debido a la pandemia, impide que las matronas puedan trabajar bajo estándares de seguridad y calidad, y en muchos casos, las obliga a atender múltiples partos simultáneamente.

Esta situación, además de ser una vulneración de los derechos sexuales y reproductivos, puede llevar a una sobreintervención en los partos, ya que la falta de matronas especializadas en partos normales puede derivar en la intervención de obstetras, cuya competencia principal son los partos complicados. La falta de personal y el agotamiento de las matronas incrementan el estrés, la ansiedad y el burnout, perpetuando la violencia obstétrica.

Las asociaciones de matronas reclaman la creación de un grado específico para esta profesión, reconociendo y valorando su papel fundamental en la atención a la salud sexual y reproductiva de las mujeres. La atención de los partos por matronas es esencial para garantizar una atención digna y respetuosa, y la falta de profesionales atenta contra estos derechos.

Fotografía de un grupo de matronas trabajando en un hospital.

La violencia de género en el embarazo

Las mujeres embarazadas son particularmente vulnerables a los efectos nocivos de la violencia de género, que puede desencadenar embarazos no deseados, abortos espontáneos, muertes fetales, partos prematuros, bebés con bajo peso al nacer y mayores ingresos hospitalarios neonatales. Esta violencia también incrementa el riesgo de lesiones y muertes maternas, atención prenatal inadecuada, tabaquismo y consumo de alcohol, y perjudica el desarrollo psicológico y físico del niño a largo plazo.

La detección precoz de la violencia en el embarazo es fundamental. Un caso clínico describe cómo una matrona identificó signos de subordinación y presión en una gestante, logrando hablar con ella a solas y ofrecerle apoyo emocional e información sobre sus derechos, incluyendo la opción de interrumpir el embarazo si no era deseado. La falta de diagnósticos de enfermería específicos para la violencia y la necesidad de herramientas para su detección son limitaciones importantes.

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